Espejismos en una nueva guerra fría

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Manuel Bermúdez

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El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, cuya primera estadía podría haberse atribuido a un “tropezón” de la historia, confirmó la decadencia de la clase política estadounidense y, en general, de las potencias occidentales que no parecen capaces de responder con acierto al proceso de deterioro de su hegemonía.

Un equipo que va perdiendo la partida y teme una aplastante derrota inminente puede intentar: apuntalar fortalezas con miras a sacarle al rival un resultado más parejo o, al menos, no definitivo; sembrar el caos en la cancha para buscar que se renegocie el resultado; o huir hacia el frente violando todas las reglas del juego suponiendo la posibilidad de obtener un resultado favorable por la fuerza. Una mezcla de estas dos últimas parece ser la escogida por los líderes occidentales.

El problema es que mientras una contienda deportiva tiene un plazo perentorio, la historia es implacable y exige adaptarse.

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La política exterior del presidente Donald Trump es la de hacer a EE. UU. grande otra vez a cualquier costo.

Los agentes del caos

La tensión en el mundo, una nueva guerra fría y los focos calientes en Ucrania, y Oriente Medio y Lejano Oriente son los agentes del caos. Todos ellos desatados mediante los servicios de inteligencia de las potencias occidentales.

La diplomacia, el diálogo y la disuasión dieron paso a la agresión, el engaño y la amenaza.

Los conflictos bélicos parecen querer ser una cortina de humo para un debate global urgente, entre una antigua hegemonía occidental, que no ofrece soluciones ni siquiera a sus problemas más inmediatos, y un multilateralismo impulsado por economías emergentes mucho más sanas y programáticas, pero con religiones, culturas y democracias distintas a las occidentales.

Ese debate debería facilitar un nuevo orden mundial, una refundación de instituciones y organismos que enfrenten las crecientes amenazas para la humanidad como el cambio climático, el hambre, los desafíos científicos y tecnológicos, la desigualdad, la migración y la violencia.

Una lógica del poder sustentada en el despojo y el sometimiento, entronizada hace poco más de cinco siglos, está viviendo su declive estrepitoso. Los síntomas de su decadencia están por doquier al no poder responder a las demandas básicas de la sociedad y perder las esperanzas de luchar por una vida mejor.

“Trump afirma que su guerra contra Irán tiene como objetivo impedir que un país autoritario enriquezca material nuclear. Ahora permite que sus mejores amigos en Arabia Saudita —una de las dictaduras más brutales del mundo— hagan precisamente eso”, Bernie Sanders.

Cuando se intenta analizar los conflictos internacionales actuales, los que ciernen amenazantes sobre nuestras cabezas y las más jóvenes, se evidencia una falta total de argumentos, objetivos, justificaciones.

Se habla de querer proteger empleos o mejorar la inversión para generarlos, pero se abren las puertas y se impulsa la aplicación de la inteligencia artificial que avanza demoliendo puestos de trabajo y lanzando cada día a miles de personas de ingresos medios a la calle mientras las empresas ajustan sus hojas de cálculo.

Luego, se culpa al vecino, se busca o se inventa un enemigo y se promete crear empleos en la industria militar o en la guerra.

Todo es como un espejismo creado por unos gobernantes incapaces o sirvientes de otros poderes reales que carecen de escrúpulos, cuando no de humanidad.

El poder tradicional de Occidente se vino abajo y su único recurso parece ser la guerra.

Irán y Ucrania, dos guerras en el espejo

En grandes medios y cadenas de noticias occidentales se intenta hacer un paralelismo entre la guerra en Ucrania y la de Irán. Se trata de países que enfrentan a las mayores potencias militares del planeta y a las que han dado una respuesta de resistencia sorprendente. Pero la comparación casi que solo alcanza hasta ese punto.

Desde años atrás, Rusia advirtió que un ingreso de Ucrania a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) significaría una amenaza a su seguridad territorial, es decir, una línea roja que sobrepasarla sería una amenaza existencial.

Pero los países de la OTAN no quisieron escuchar la advertencia y continuaron con ese proyecto, por lo que Rusia invadió como una expresión de fuerza disuasoria para obligar a una negociación que se respetase.

Esa negociación se concretó en los acuerdos de Estambul a pocas semanas de la invasión, pero los aliados atlantistas obligaron al presidente ucraniano Volodimir Zelenski a no aceptar y continuar la guerra.

Estos hechos son radicalmente distintos a los ataques coordinados de Israel y EE. UU. del 28 de febrero 2026, con los objetivos de provocar un cambio de gobierno en Irán, asesinar a sus líderes, reducir su capacidad misilística y su proyecto nuclear bélico, que se suponía ya había sido destruido en junio 2025, durante la llamada “guerra de los 12 días” con una enorme bombardeo a sus instalaciones.

Militarmente, el ejercicio comparado de estos conflictos sí permite constatar la transformación del concepto de la guerra contemporánea. La aparición de nuevas tecnologías dio un giro radical. Lo que ha hecho inconquistable a Irán e inextinguible a Ucrania ha sido el avance tecnológico que desplaza a métodos convencionales de guerra.

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El presidente ruso, Vladimir Putin, aún intenta contener un estallido bélico con Europa, pero tendrá que someter primero a Ucrania.

La tecnología bélica

Los drones, pequeñas unidades no indetectables, pero sí difíciles de detener, pueden alcanzar objetivos a muy larga distancia y hacer un daño considerable de acuerdo con el objetivo. Y como son baratos y se pueden lanzar muchos, sirven para facilitar el trabajo de sus compañeros mucho más destructivos, los misiles ultrasónicos.

Para el combate no territorial, sino de hostigamiento y desgaste, los drones se convierten en el arma predilecta de esta fase de la guerra contemporánea. Cualquier grupo bélico puede hacer uso de ellos.

Pero la tecnología no solo está en el pequeño dispositivo, sino en las redes de conectividad que le permiten definir objetivos y desplazarse en el espacio.

Pero otro factor que es necesario tomar en cuenta al analizar las condiciones de la guerra fría actual, tanto en sus nodos calientes o su expresión comercial, es la compleja interconectividad de las cadenas de suministros.

Origen de materias primas, preindustrialización y transporte revelan complejas redes globales de interdependencia que crean puntos sensibles que pueden afectar todo el sistema.

El estrecho de Ormuz es quizás el ejemplo más claro en la actualidad de ese fenómeno, que ya ha tenido a los mercados mundiales en un vórtice desde los ataques del 28 de febrero contra Irán.

Arabia Saudita

Ante la derrota en Irán, un Trump delirante anuncia que quiere darle armas nucleares a Arabia Saudita como una forma de mantener poder en la región y que la conflictividad no se diluya, como habían intentado los chinos al lograr un acercamiento entre árabes e iraníes hace unos años.

“Trump afirma que su guerra contra Irán tiene como objetivo impedir que un país autoritario enriquezca material nuclear”, escribió el senador estadounidense de izquierda Bernie Sanders en X. “Ahora permite que sus mejores amigos en Arabia Saudita —una de las dictaduras más brutales del mundo— hagan precisamente eso. Es absurdo”, agregó.

Trump señaló que el acuerdo “será aprobado, pero está totalmente supeditado a que Arabia Saudita se sume a los muy respetados y exitosos Acuerdos de Abraham”, en referencia al conjunto de tratados para normalizar las relaciones de algunas naciones históricamente hostiles con Israel.

Por otra parte, una nota de la Agencia France-Presse (AFP) anunció que la empresa petrolera saudita Aramco obtuvo un aumento de 44% de su beneficio neto en el segundo trimestre de este año, impulsado por el incremento en los precios del crudo por la guerra en Oriente Medio.

Igualmente, los gigantes petroleros estadounidenses ExxonMobil y Chevron registraron beneficios extraordinarios en el segundo trimestre de este año, un reflejo de la importante mejoría en las condiciones del negocio por la guerra en Oriente Medio, que compensó con creces los efectos negativos en ambas compañías, informó la AFP.

Israel

El conflicto en Oriente Medio se ha visto como endémico, desde que las primeras Naciones Unidas, que eran un instrumento de reordenamiento mundial dirigido por los intereses de las potencias occidentales, decidieron imponer en tierras palestinas el Estado de Israel.

Mientras se descolonizaban, los países de la región de Oriente Medio, reaccionaron con violencia a esa imposición. Pero para los EE. UU., la presencia del nuevo Estado de Israel era la forma de sustituir el dominio británico en la región.

Los pueblos árabes, palestinos y musulmanes de esos territorios han aceptado, tras muchos años de oponerse, la existencia del Estado de Israel, pero siempre y cuando se mantenga en las fronteras originales y las anteriores a 1967, que abandone cualquier proyecto expansionista en la región y las aspiraciones colonialistas en territorios vecinos. A cambio, proponen garantizar la seguridad e integridad de Israel y promover las mejores relaciones de buena vecindad.

Pero algunos en Tel Aviv blanden oscuros argumentos escatológicos de una tierra que les pertenece por designio divino y con base en eso han sostenido su proyecto bélico y expansionista.

Con Taiwán

Otra comparación maliciosa que buscan hacer algunos analistas es Ucrania y Taiwán. Hablan de una eventual invasión de China. Desde que el gobierno del Kuomintang, liderado por Chiang Kai-shek, se refugió en la isla, tras la guerra civil y el triunfo de la revolución popular china en 1949, Beijing ha tolerado el gobierno autónomo de Taipéi, que otros gobiernos y potencias mundiales representadas en la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconocieron como legítimo, pero nunca una escisión del territorio.

Entonces, de los 60 países reconocidos en el mundo, cerca de 50 sostuvieron la relación con el gobierno en Taiwán, pero pronto los países europeos del bloque socialista encabezados por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) rompieron con la isla y aceptaron el Gobierno de Beijing.

Más adelante, el proceso de descolonización permitió la creación de excolonias como estados nacionales que también reconocieron a la República Popular China.

Así, durante la guerra fría, las potencias occidentales y sus aliados se mantuvieron contra China y en favor de Taiwán como una forma de presión y aislamiento.

Pero Taiwán quedó fuera de la ONU en 1971 tras la Resolución 2758, donde una mayoría de naciones representadas en las Asamblea General finalmente logró cambiar el estatus y le otorgó la representación a la República Popular China.

Al perder su asiento por votación de la Asamblea General, Taiwán perdió también su lugar como miembro del Consejo de Seguridad, que por 22 años le había dado derecho de veto.

No obstante, muchos países, por razones comerciales o ideológicas enmarcadas en la guerra fría, mantuvieron relaciones con Taiwán y no con China.

Poco a poco, Beijing ha logrado establecer en sus relaciones exteriores la política de “una sola China”, por lo que actualmente solo 12 países aún reconocen el gobierno de Taipéi, entre ellos Paraguay, Belice, Guatemala y Haití.

Conforme un largo proceso diplomático y económico, China ha buscado fortalecer la política de “una sola China”, incluso con otros territorios como Macao y Hong Kong, ha establecido la política de “un país, dos sistemas” que les otorga capacidades de autonomía administrativa y económica.

Igualmente, China no pretende apropiarse de Taiwán, sino atenuar las diferencias que tiene con el gobierno autónomo de la isla, a la que nunca ha dejado de considerar parte integral de su territorio.

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Ante un Occidente que se desploma enfurecido, pero que aún es su principal socio, China se prepara para cualquier escenario.

La amenaza china

Para los líderes de las potencias occidentales, una de las excusas de su propia incapacidad es buscar culpables y enemigos en los demás. Desde 2022, tanto la Unión Europea (UE) como los países del G7 (EE. UU., Canadá, Francia, Italia, Japón, Alemania y Reino Unido) han definido a China como una amenaza.

Sanciones y restricciones así como provocaciones directas han sido la diplomacia occidental hacia la potencia asiática.

China, como un gigante laborioso, pero no agresivo, soporta los embates que, lejos de debilitarlo, lo hacen más fuerte al desarrollar respuestas de inmunidad a cada golpe.

Las “nuevas rutas de la seda”, la “Franja y la Ruta”, un “Futuro Compartido”, programas y propuestas chinas para un mundo interconectado y que busca la prosperidad parecen chocar contra los proyectos bélicos, de enemigos, amenazas, odio, que esgrime un imperio en decadencia.

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