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Daniela Muñoz Solano
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La afectuosa despedida que le dio el pueblo de turrialba a Rebekita, una mujer que durante casi 30 años habitó las calles del centro del cantón, evidencia la importancia que tienen las relaciones que sostienen las personas en condición de calle con sus comunidades.
El pasado jueves 9 de abril las calles del centro de Turrialba se llenaron de vecinos a pie, en moto y en carro, que protagonizaron un gran desfile cargando flores, mensajes emotivos de despedida y fotografías de la mujer.
Rebeca Corrales Mendoza nació en julio de 1991 en Turrialba y vivió en la casa de sus padres solo hasta sus 9 años, cuando, a causa de la violencia y la desintegración familiar, decidió irse a vivir a las calles del centro, donde, según cuentan los vecinos, se sentía más segura que en su propia vivienda.
Decenas de vecinos a pie, en moto y en carro acompañaron el cuerpo de la mujer a su lugar de descanso final. (Imagen tomada de Internet)
La representante de la asociación comunitaria Levantando al Hermano Caído, Sonia Centeno, dijo a UNIVERSIDAD que desde entonces Rebekita pasó a ser parte de la población de interés de la organización.
“Yo conocí a Rebeca siendo una niña y la atendí en población de calle, la asociación le dio acompañamiento e incluso la internamos infinidad de veces, pero por su problemática desde la infancia ella no logró estabilizarse en ningún centro ni en ninguna familia”, comentó.
Así, a pesar de los esfuerzos comunitarios y de los suyos propios, la joven nunca dejó de habitar las calles y solo por periodos suspendió el consumo que la mantenía atada a esa forma de vida.
No obstante, como nunca se fue de su natal Turrialba, la gente la conocía, sabía de sus problemas de salud, de sus hábitos. De esa forma, tanto quienes hacen parte de Levantando al Hermano Caído como la comunidad misma le garantizaron recursos para comer, ropa, seguridad, espacios ocasionales donde pernoctar y acceso a servicios públicos, como los de salud.
En la calle, pero bien acompañada
Tanto fue el tejido comunitario que se construyó alrededor de la vida de Rebeca, que los tres embarazos que tuvo estando en condición de calle fueron apropiadamente atendidos y llegaron a término.
Incluso, en dos casos hubo intervención estatal para garantizar el bienestar superior de los menores de edad que nacieron de esos embarazos y ambos fueron colocados en adopción en hogares estables donde hoy se desarrollan plenamente.
Tristemente el menor de sus hijos falleció al nacer, producto del consumo de sustancias psicoactivas de su madre, pero aun en ese caso la comunidad acompañó a Rebekita en su duelo y en el entierro de su hijo.
Centeno cuenta que durante ese embarazo las personas de la organización trabajaron muchísimo con la mujer para convencerla de realizarse una esterilización voluntaria al momento del nacimiento del niño, para que no tuviera más embarazos no deseados.
La amistad y la solidaridad vecinal que rodearon la vida de Rebeca trascendieron los días que habitó esta tierra, pues después de que sus restos fueron hallados al lado del río Colorado el pasado 6 de marzo, la asociación que la atendió toda la vida asumió la responsabilidad de acompañarla hasta el cementerio.
Inicialmente, se informó mediante las redes de la organización que se recaudarían fondos para costear una despedida digna para la mujer, pero poco después se notificó por las mismas vías que “un alma caritativa” —en palabras de Sonia Centeno— se había encargado de pagar la vela, el féretro y el sepelio de Rebekita.
“Le dimos una despedida muy impresionante”, dice la activista comunitaria y detalla que se hizo en memoria de la mujer “una vela elegante y fina” y una caravana que recorrió las calles del pueblo, una despedida hermosa y emotiva “como cualquier ser humano se lo merece”.
Los vínculos comunitarios que sostuvieron a Rebekita durante casi 30 años son fundamentales en la vida de las personas habitantes de calle, dice Centeno. “Esas relaciones son importantísimas porque permite que se les brinde atención y acompañamiento. Nosotros los conocemos, sabemos sus nombres, sabemos cuál está enfermo, a cuál hay que llevarlo al hospital, cuál está con un tratamiento, cuál no tiene cédula”, dice y agrega que además la cercanía permite también que los habitantes de calle hagan manifiestas sus necesidades.
“Ellos saben que aquí estamos, entonces vienen y dicen “tengo hambre”, “se me rompieron los zapatos”, “estoy enfermo” y así, de acuerdo a la necesidad que tengan”.
La seguridad y acompañamiento que experimentan los habitantes de calle en esta comunidad turrialbeña y de muchas otras alrededor del país donde estas personas son parte del tejido comunitario, son muy distintos al riesgo que enfrentan las miles de personas que hoy viven en las calles del país y que no cuentan con el mismo apoyo de una comunidad.
Vulnerabilidad extrema acecha a miles
Y es que para finales de agosto del 2025 Costa Rica contaba con 7.133 personas habitantes de calle, la mayor parte de ellas, en la capital.
Según los datos provistos por el Gobierno durante la presentación del “Procedimiento de coordinación institucional para la atención de personas en situación de calle” (que tuvo lugar a finales de septiembre del año anterior) en la provincia de San José hay 3.643 personas viviendo en las calles, 1.159 en Alajuela, 694 en Puntarenas, 497 en Heredia, 477 en Limón, 425 en Cartago y 238 en Guanacaste.
Los datos de la Municipalidad de San José también son alarmantes, pues a la misma fecha se registraban 2.279 personas viviendo en las calles del cantón central de la capital, donde según la vicealcaldesa Yariela Quirós la mayoría no cuentan con vínculos comunitarios, sino que se ubican cerca de chatarreras y búnkers de droga.
Quirós comentó que el cantón central ha tenido un aumento de un 150% en la población de calle en los últimos 10 años, además de que la situación se ha complejizado, pues antes cuando se hablaba de personas habitantes de calle “hablábamos de la persona que todos conocíamos, en palabras comunes ‘el borrachito del pueblo’ o una persona que había perdido sus facultades mentales y ahora vivía en la calle, a eso nos referíamos y esas personas tenían vínculos fuertes con sus comunidades”, dice.
En cambio ahora, explica la vicealcaldesa, la necesidad de pedir dinero, buscar residuos valorizables en la basura o cometer delitos menores para tener qué vender, y su relación con el crimen organizado y el narcotráfico que les provee las sustancias de consumo usual, mantiene a los habitantes de calle atados a dinámicas que los alejan del tejido comunitario que podría protegerlos y garantizarles una calidad de vida digna.
Para tratar de atender esta compleja problemática, dice Quirós, la municipalidad tiene distintas iniciativas como el centro dormitorio donde se ofrecen alimentos, ropa limpia, servicios sanitarios y acceso a los servicios institucionales; las intervenciones en los focos de población de calle para intentar romper “el círculo perverso” que construye la relación entre las personas habitantes de calle, las chatarreras y el crimen organizado; y la implementación de protocolos que organizan las intervenciones de las organizaciones sociales sobre la población.
La vicealcaldesa también comentó que se está valorando la posibilidad de comprar un nuevo edificio para proveer dormida, alimentación y acceso a servicios públicos a estas personas; y adelantó que se está trabajando en un proyecto de ley con otros gobiernos locales que facilite recursos y que elimine obstáculos normativos para la atención de las personas está en condición de calle y que están desvinculados de sus comunidades, convirtiéndose así en una población sumamente vulnerable.
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