El secreto... pero no se lo cuente a nadie

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Raúl Lancheros

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El secreto... pero no se lo cuente a nadie

Todos guardamos secretos. Bueno... esa es la teoría.

Porque una cosa es recibir un secreto y otra muy distinta sobrevivir con él. Los secretos tienen vida propia. Se mueven, hacen cosquillas en la lengua, producen insomnio y, en algunos casos, generan una urgencia casi médica de contárselos a alguien. Eso sí, siempre bajo juramento: «Te lo voy a decir, pero prométeme que de aquí no sale».

La primera pregunta es inevitable: ¿sabemos realmente guardar secretos?

Porque apenas alguien nos dice: «No se lo cuentes a nadie», nuestro cerebro empieza a hacer una lista de las personas que, técnicamente, no califican como «nadie». El cónyuge no cuenta. El mejor amigo tampoco. La hermana, mucho menos. Y el compañero de oficina es casi de la familia. Al final, el secreto termina teniendo más espectadores que una final del Mundial.

Pero tampoco todos los secretos pesan igual. Uno, sin querer, los clasifica.

¿Es un secreto de verdad o apenas un chisme elegante? ¿Es un rumor con posibilidades de convertirse en noticia? ¿Es una confesión que puede destruir un matrimonio o simplemente la historia de que alguien se comió el último pedazo de pastel y le echó la culpa al perro?

También influye la forma en que llegó a nuestras manos. No es lo mismo que alguien nos mire fijamente a los ojos y diga: «Confío en ti», a que empiece la conversación con un sospechoso: «No debía contárselo a nadie, pero...». En ese momento, uno entiende que forma parte de una larga cadena de «nadies».

Y luego aparece el dilema moral.

¿Me lo contó porque realmente soy una persona confiable o porque no encontró a nadie más disponible para escuchar? Hay gente que no busca un confidente; busca un altavoz con buena cara.

Existen secretos de diferentes categorías. Está el secreto histórico, que lleva veinte años guardado y nadie sabe por qué sigue siendo secreto. Está el secreto familiar, que conocen treinta y siete primos, cuatro tías y dos vecinos, pero oficialmente sigue siendo «entre nosotros». Está el secreto empresarial, que curiosamente se filtra cinco minutos antes de la reunión. Y está el secreto de pareja, ese que empieza con un solemne «no se lo digas ni a tu mamá» y termina siendo tema de conversación en el almuerzo familiar.

Los más peligrosos son los secretos presenciales. Esos en los que uno vio algo... y la otra persona también lo vio a uno viendo. Allí no hay escapatoria. Uno queda condenado a cargar con la información o a convertirse en sospechoso permanente.

Hay personas incapaces de guardar un secreto. Son las mismas que, antes de contarle algo, advierten: «Yo soy una tumba». Lo curioso es que las tumbas guardan muertos; ellas no guardan absolutamente nada.

También están los expertos en disfrazar la indiscreción. Dicen: «No diré nombres...», y dos frases después revelan la profesión, el barrio, la edad, el color del carro y el nombre del perro. Con esos datos, hasta el interesado se reconoce.

Lo más irónico es que todos exigimos absoluta discreción para nuestros secretos, pero somos increíblemente flexibles con los ajenos. Consideramos que divulgar el nuestro es una traición imperdonable, mientras que contar el de otro es simplemente «compartir información de interés general».

Quizás por eso los secretos nunca desaparecen. Solo cambian de dueño. Van viajando de oído en oído, de café en café, de chat en chat, perdiendo un poco de misterio y ganando muchos adornos. Cuando finalmente regresan a la persona que los originó, ya incluyen detalles que ni ella misma conocía.

Así que, si algún día decide confiarme un secreto, puede estar tranquilo. Yo sé guardarlos perfectamente. Incluso puede escribirme al correo: desahogate-ya@hotmail.com.

Los que no saben guardarlos son las personas a quienes, inevitablemente, tendré que contarles que usted me hizo depositario de un secreto.

Pero tranquilo... ellas también prometieron no contárselo a nadie.

El autor es ingeniero retirado.

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