El príncipe y el principito: ¿temer o domesticar?

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Laura Martínez Quesada

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Cuando cursaba Estudios Generales escribí un par de páginas sobre esta comparación. Nunca las volví a ver, aunque muchas veces me referí a esa poderosa relación. Hoy vuelvo, con su permiso. (Pondré entre paréntesis algunas alusiones.)

Se suele contar a Maquiavelo y a Saint-Exupéry como opuestos: el manual del cálculo frío y el cuento de la bondad. La caricatura es clara. También es floja, porque los dos escriben sobre lo mismo -de qué está hecha la obediencia- y coinciden en más de un asunto.

Empecemos por el zorro, que aparece en ambos. El de Maquiavelo enseña a reconocer las trampas: el príncipe debe ser león para espantar lobos y zorro para no caer en lazos, y sobre todo «gran simulador y disimulador». El de Saint-Exupéry pide justo lo contrario. Pide ser domesticado, aclara que domesticar significa «crear lazos» y advierte que el lazo obliga para siempre al que domestica, no al domesticado. Un zorro enseña a no quedar atado; el otro, que atarse es la única forma de que algo importe.

Conviene recordar de dónde salen. Maquiavelo escribe en 1513, expulsado de la cancillería florentina, torturado, con lo que será Italia mucho tiempo después sirviendo de campo de batalla. Saint-Exupéry escribe en Nueva York en 1942, con Francia ocupada y sin saber si volverá. Ninguno es un moralista de escritorio. Los dos escriben cuando el poder legítimo no está funcionando y hay que hacer algo.

Por eso ambos son, en el fondo, tratados sobre el límite del mando. El rey del asteroide 325, el primero que visita el Principito, es un déspota absoluto que reina sobre nadie. Su doctrina cabe en una línea: «La autoridad reposa ante todo sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que se arroje al mar, hará la revolución.» Por eso sólo le ordena al sol ponerse a la hora en que el sol se pone. Es cómico. Y es exactamente la advertencia que recorre El Príncipe: sea temido, pero jamás odiado ni despreciado; no toque la propiedad de sus súbditos, porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio; no dé órdenes que revelen su debilidad. Los dos saben que el poder que manda lo imposible termina en la impotencia. La diferencia no está en el límite sino en su fundamento.

La divergencia de fondo no es solo de «poder malo contra poder bueno». Es una diferencia de costos y de plazos, que es como suelen presentarse las decisiones reales.

La coerción suele ser barata y rápida, pero también revocable. Maquiavelo lo dice con frialdad propia de una fábrica de hielo: las crueldades, todas de golpe, para que se saboreen menos; los beneficios, a cuentagotas, para que se saboreen mejor. El miedo se instala en una tarde. Su defecto es que se deprecia: exige renovación permanente y el día que el aparato falla quedan solo sus cenizas. Sin fuerza propia capaz de combatir está siempre a punto de fallar.

El poder suave funciona al revés. Domesticar, en el zorro, es un procedimiento lento y ritualizado: sentarse un poco más cerca cada día, sin hablar, y venir siempre a la misma hora, «porque si vienes a las cuatro, desde las tres empezaré a ser feliz». La rosa es única en el universo por una sola razón, y el texto la dice sin adornos: por las horas que le dedicaron. La obediencia voluntaria se fabrica con previsibilidad, repetición y tiempo invertido. (Puede ser con un estado social de derecho).

Pero el poder suave tiene una factura como lo dice el zorro: uno es responsable para siempre de lo que domesticó. Quien seduce queda de rehén de la expectativa que creó, no puede debilitar el bienestar del mayor número. Por su parte el gobernante temido puede cambiar de política sin explicar nada por algún tiempo y solo a los suyos; el querido no puede defraudar sin perderlo todo.

Hay dos coincidencias adicionales que suelen pasarse por alto. Maquiavelo dedica un capítulo entero a cómo huir de los aduladores: el gobernante rodeado de aplauso pierde el único bien que no puede comprar, que es información veraz. Saint-Exupéry pone en el asteroide siguiente al vanidoso, que sólo oye alabanzas y por eso no oye nada. A dos siglos y medio se repite. Y los dos desprecian por igual la acumulación sin propósito: el hombre de negocios que posee estrellas y no hace nada con ellas es el equivalente del que atesora poder sin orientarlo a conservar el Estado. (Puede ser con el debilitamiento de un estado social de derecho, o la movilidad social.)

Donde chocan de frente es en la apariencia. «Todos ven lo que pareces, pocos sienten lo que eres», escribe Maquiavelo, y concluye que la apariencia es la realidad operativa del poder. «Lo esencial es invisible a los ojos», responde el otro. En la era de la visibilidad algorítmica el florentino parece llevar ventaja abrumadora. Pero mire cómo caen los partidos y sus gobiernos cuando lo invisible llevaba años erosionándose mientras la escenografía y algunas encuestas decían otra cosa.

Ahí está la tentación permanente de un gobierno con base social enojada y espacio fiscal estrecho: administrar el enojo con confrontación institucional en vez de resolver las causas del enojo, asentarse sobre la identidad construida. (Pero ojo con un impuesto que castigue a su base.) Es la opción más barata de Maquiavelo y la más cara después, porque el enojo material sin cauce económico siempre termina encontrando culpables.

El resumen, para quien tenga que ejercer poder mañana: Maquiavelo explica cómo se conserva la silla; Saint-Exupéry explica por qué debería importarle a alguien quién está sentado en ella. Un príncipe que nunca domestica termina reinando sobre un desierto. Un principito sin virtù lo depone cualquier otro príncipe que pase.

Soy partidario del poder suave. Pero no ignoro que es el más lento de construir, el más caro y el que más obliga a quien lo ejerce. La pregunta no es cuál de los dos es más noble. Es si se está dispuesto a pagar el que dura, o si se seguirá prefiriendo el que se instala en una tarde pero que está construido sobre arena. Este cae rápido, igual a como se erigió.



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