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Fausto Segovia Baus
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Nadie discute la importancia de la formación como un objetivo central de la educación y la responsabilidad de padres y profesores. En el caso de la familia, la formación aparece como un instinto natural, y cuando actúa el sistema educativo, a través de la escolaridad, corresponde a los docentes completar ese proceso natural mediante acciones intencionadas, de conformidad con modelos científicos establecidos en los currículos. Pero, en ningún caso, se puede prescindir del papel de los progenitores como primeros educadores.
Estos escenarios de formación (sana), en ocasiones, son desbordados por el ambiente, que ejerce no solo influencias sino presiones para que los niños, niñas y adolescentes crezcan en escenarios de riesgo. Los hábitos derivados de las 4 pantallas (la televisión, la computadora, el celular y los video-juegos), intervienen casi inevitablemente en estos procesos que pueden deformar o incidir en los ideales formativos.
En este contexto es bueno recordar la pirámide de Abraham Maslow-, que incluye, de abajo hacia arriba: las necesidades fisiológicas, básicas para la supervivencia, como la alimentación y el agua; las necesidades de seguridad física, de salud y recursos; las necesidades sociales, de amor y pertenencia, y las relaciones interpersonales; las necesidades de estima, el reconocimiento y respeto, tanto de uno mismo como de los demás; y, las necesidades de autorrealización, que corresponden al deseo de alcanzar el potencial completo y la realización personal. En este ensayo dedicaremos algunas líneas a las necesidades de amor.
Las necesidades de amor se expresan de muy diversas maneras. El amor significa protección, ternura, afecto, ayuda, sentimiento y amparo para sobrevivir.
Desde el punto de vista biológico, la hembra y el macho preparan el lecho, el nido, el abrigo y proveen alimentos a la prole desde su nacimiento hasta que puedan valerse por sí mismos. En el caso de los humanos sucede igual. Los niños nacen desvalidos y requieren la presencia permanente de sus padres -sobre todo de sus madres-, con quieres se produce una dependencia crucial: de alimentos, afectos y atenciones. A este período, los científicos denominan “hambre de caricias”. Y así se desarrollan los aprendizajes básicos, que tienen un común denominador: la defensa de la vida, como parte de la supervivencia de la especie.
Los griegos distinguían cuatro tipos de amor: Philia o amor fraterno, la amistad y el afecto. Storgé o el amor que implica compromiso y se desarrolla de forma lenta, basado en el cariño, interés común o amistad. Ágape o el amor por los demás, que incluye el amor a un ser superior, la naturaleza, los extraños o los menos afortunados. Y Eros, el amor sexual o amor romántico.
La vida es un aprendizaje continuo, donde los afectos -y en ocasiones los abandonos- marcan a los individuos para siempre.
En ese tráfago aparecen los mensajes verbales y no verbales, con los cuales los humanos se comunican para expresar saberes, actitudes y comportamientos. Según la Semiótica -ciencia del signo-, los mensajes no verbales inciden de manera preponderante en los aprendizajes.
Los mensajes no verbales son formas de comunicación que transmiten información sin el uso de palabras, como gestos, expresiones faciales y posturas corporales. Algunos ejemplos: Una sonrisa genuina puede indicar felicidad o aprobación. Es una de las expresiones faciales más reconocidas y puede transmitir calidez y amabilidad. Mantener contacto visual durante una conversación muestra interés y atención; evitarlo puede sugerir desconfianza o incomodidad.
Levantar el pulgar hacia arriba es un gesto común que indica aprobación o acuerdo, aunque su significado puede variar según el contexto cultural. Una postura erguida puede transmitir confianza, mientras que encorvarse puede indicar timidez o sumisión. Inclinarse hacia adelante puede mostrar interés, mientras que alejarse puede indicar desinterés. Si se frunce el ceño puede mostrar desaprobación o enojo. Es un ejemplo de cómo las expresiones faciales pueden comunicar emociones sin palabras.
Estos ejemplos ilustran cómo los mensajes no verbales son fundamentales en la comunicación humana, porque complementan y a veces contradicen lo que se dice verbalmente. La interpretación de estos mensajes puede variar según el contexto cultural y la situación, pero siempre aluden a aprendizajes.
Cuando hablamos de placer, muchas veces lo relacionamos con la sexualidad. Pero este sentimiento y sensación abarca un abanico que va más allá del sexo. Existen distintos tipos de placer que la vida nos ofrece para poder alcanzar un bienestar pleno:
Placer psíquico. Se produce por la mente, a partir de recuerdos, fantasías o pensamientos.
Placer emocional. Por las emociones que surgen en las relaciones, como la empatía, el amor, el compañerismo, y la sensación de pertenecer a algo más grande.
Placer intelectual. A través del aprendizaje, la comprensión, y el descubrimiento de nueva información.
Placer lúdico. Por el juego y el ocio.
Placer contemplativo. Mediante la reflexión y la mirada estética del mundo.
El aprendizaje tiene relación con todos los placeres mencionados: el intelectual y el psíquico, desde luego, pero también el emocional, el lúdico y el contemplativo. La teorías y experiencias pedagógicas abundan, según la preferencia de uno o más de ellas.
En las relaciones profesor-alumno, alumno-profesor subyacen estos placeres -a veces como incógnitas-, pero siempre están presentes desde el saludo, las miradas, las conversaciones, e incluso, en las diferencias de opinión. Los docentes en su mayoría aman su profesión y la ejercen con deleite y pasión por el trabajo con la gente menuda, cuando se les ve sonreír, enfadarse y crecer como seres humanos. Los estudiantes admiran a sus profesores por sus conocimientos, por sus métodos y ocurrencias y, fundamentalmente, por hacerles felices.
El placer es un sentimiento o sensación agradable, que nos estimula a nivel físico y emocional. Este sentimiento positivo se manifiesta cuando satisfacemos alguna necesidad o cumplimos con algo que nos proponemos. El sentimiento de placer descarga una cantidad de hormonas como la dopamina, serotonina, oxitocina y endorfinas que generan una sensación de bienestar general en el cuerpo. Epicuro, fundador del hedonismo racional, explica que la búsqueda del placer tiene que ser siempre conducida por la prudencia.
En el ámbito educativo es fundamental descubrir y promover estos valores, que externalizan esos sentimientos positivos: el amor por la ciencia, el arte, los idiomas, la música, las matemáticas, el lenguaje, la fotografía, los dibujos; el amor a los libros, a la naturaleza y a la investigación; el amor a la vida. Y también ciertas inclinaciones a “no hacer nada”, que delatan -no problemas- sino búsquedas internas que deben ser descubiertas por los padres y profesores. Para ello es importante, según algunos estudios, crear opciones en la línea de la ética laica o civil, en función del ejercicio pleno de los derechos humanos.
Por eso, la profesión de profesor es maravillosa, porque cada alumno o alumna es un mundo que nos enseña a pensar y repensar en nuestro rol, y no es, precisamente, el de transmitir fríamente conocimientos, sino compartir vida, imaginar con ellos una existencia que se construye cada día. Si podríamos expresar en una palabra la misión del docente es INSPIRAR… humanidad.
¡Y ese placer es el valor más importante!
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Estos escenarios de formación (sana), en ocasiones, son desbordados por el ambiente, que ejerce no solo influencias sino presiones para que los niños, niñas y adolescentes crezcan en escenarios de riesgo. Los hábitos derivados de las 4 pantallas (la televisión, la computadora, el celular y los video-juegos), intervienen casi inevitablemente en estos procesos que pueden deformar o incidir en los ideales formativos.
La pirámide de Maslow
En este contexto es bueno recordar la pirámide de Abraham Maslow-, que incluye, de abajo hacia arriba: las necesidades fisiológicas, básicas para la supervivencia, como la alimentación y el agua; las necesidades de seguridad física, de salud y recursos; las necesidades sociales, de amor y pertenencia, y las relaciones interpersonales; las necesidades de estima, el reconocimiento y respeto, tanto de uno mismo como de los demás; y, las necesidades de autorrealización, que corresponden al deseo de alcanzar el potencial completo y la realización personal. En este ensayo dedicaremos algunas líneas a las necesidades de amor.
Hambre de caricias
Las necesidades de amor se expresan de muy diversas maneras. El amor significa protección, ternura, afecto, ayuda, sentimiento y amparo para sobrevivir.
Desde el punto de vista biológico, la hembra y el macho preparan el lecho, el nido, el abrigo y proveen alimentos a la prole desde su nacimiento hasta que puedan valerse por sí mismos. En el caso de los humanos sucede igual. Los niños nacen desvalidos y requieren la presencia permanente de sus padres -sobre todo de sus madres-, con quieres se produce una dependencia crucial: de alimentos, afectos y atenciones. A este período, los científicos denominan “hambre de caricias”. Y así se desarrollan los aprendizajes básicos, que tienen un común denominador: la defensa de la vida, como parte de la supervivencia de la especie.
Los griegos distinguían cuatro tipos de amor: Philia o amor fraterno, la amistad y el afecto. Storgé o el amor que implica compromiso y se desarrolla de forma lenta, basado en el cariño, interés común o amistad. Ágape o el amor por los demás, que incluye el amor a un ser superior, la naturaleza, los extraños o los menos afortunados. Y Eros, el amor sexual o amor romántico.
La vida es un aprendizaje continuo, donde los afectos -y en ocasiones los abandonos- marcan a los individuos para siempre.
Los mensajes
En ese tráfago aparecen los mensajes verbales y no verbales, con los cuales los humanos se comunican para expresar saberes, actitudes y comportamientos. Según la Semiótica -ciencia del signo-, los mensajes no verbales inciden de manera preponderante en los aprendizajes.
Los mensajes no verbales son formas de comunicación que transmiten información sin el uso de palabras, como gestos, expresiones faciales y posturas corporales. Algunos ejemplos: Una sonrisa genuina puede indicar felicidad o aprobación. Es una de las expresiones faciales más reconocidas y puede transmitir calidez y amabilidad. Mantener contacto visual durante una conversación muestra interés y atención; evitarlo puede sugerir desconfianza o incomodidad.
Levantar el pulgar hacia arriba es un gesto común que indica aprobación o acuerdo, aunque su significado puede variar según el contexto cultural. Una postura erguida puede transmitir confianza, mientras que encorvarse puede indicar timidez o sumisión. Inclinarse hacia adelante puede mostrar interés, mientras que alejarse puede indicar desinterés. Si se frunce el ceño puede mostrar desaprobación o enojo. Es un ejemplo de cómo las expresiones faciales pueden comunicar emociones sin palabras.
Estos ejemplos ilustran cómo los mensajes no verbales son fundamentales en la comunicación humana, porque complementan y a veces contradicen lo que se dice verbalmente. La interpretación de estos mensajes puede variar según el contexto cultural y la situación, pero siempre aluden a aprendizajes.
El placer de aprender
Cuando hablamos de placer, muchas veces lo relacionamos con la sexualidad. Pero este sentimiento y sensación abarca un abanico que va más allá del sexo. Existen distintos tipos de placer que la vida nos ofrece para poder alcanzar un bienestar pleno:
Placer psíquico. Se produce por la mente, a partir de recuerdos, fantasías o pensamientos.
Placer emocional. Por las emociones que surgen en las relaciones, como la empatía, el amor, el compañerismo, y la sensación de pertenecer a algo más grande.
Placer intelectual. A través del aprendizaje, la comprensión, y el descubrimiento de nueva información.
Placer lúdico. Por el juego y el ocio.
Placer contemplativo. Mediante la reflexión y la mirada estética del mundo.
El aprendizaje tiene relación con todos los placeres mencionados: el intelectual y el psíquico, desde luego, pero también el emocional, el lúdico y el contemplativo. La teorías y experiencias pedagógicas abundan, según la preferencia de uno o más de ellas.
En las relaciones profesor-alumno, alumno-profesor subyacen estos placeres -a veces como incógnitas-, pero siempre están presentes desde el saludo, las miradas, las conversaciones, e incluso, en las diferencias de opinión. Los docentes en su mayoría aman su profesión y la ejercen con deleite y pasión por el trabajo con la gente menuda, cuando se les ve sonreír, enfadarse y crecer como seres humanos. Los estudiantes admiran a sus profesores por sus conocimientos, por sus métodos y ocurrencias y, fundamentalmente, por hacerles felices.
El placer como valor
El placer es un sentimiento o sensación agradable, que nos estimula a nivel físico y emocional. Este sentimiento positivo se manifiesta cuando satisfacemos alguna necesidad o cumplimos con algo que nos proponemos. El sentimiento de placer descarga una cantidad de hormonas como la dopamina, serotonina, oxitocina y endorfinas que generan una sensación de bienestar general en el cuerpo. Epicuro, fundador del hedonismo racional, explica que la búsqueda del placer tiene que ser siempre conducida por la prudencia.
En el ámbito educativo es fundamental descubrir y promover estos valores, que externalizan esos sentimientos positivos: el amor por la ciencia, el arte, los idiomas, la música, las matemáticas, el lenguaje, la fotografía, los dibujos; el amor a los libros, a la naturaleza y a la investigación; el amor a la vida. Y también ciertas inclinaciones a “no hacer nada”, que delatan -no problemas- sino búsquedas internas que deben ser descubiertas por los padres y profesores. Para ello es importante, según algunos estudios, crear opciones en la línea de la ética laica o civil, en función del ejercicio pleno de los derechos humanos.
Por eso, la profesión de profesor es maravillosa, porque cada alumno o alumna es un mundo que nos enseña a pensar y repensar en nuestro rol, y no es, precisamente, el de transmitir fríamente conocimientos, sino compartir vida, imaginar con ellos una existencia que se construye cada día. Si podríamos expresar en una palabra la misión del docente es INSPIRAR… humanidad.
¡Y ese placer es el valor más importante!
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