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macsep2005
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Mientras la oleada de voces acreditadas no cesa en Inglaterra, donde piden la salida inmediata de Thomas Tuchel, por su planteamiento erróneo tras el gol contra Argentina, su selección y Francia tienen que disputar un juego por el tercer lugar.
Harry Kane es el capitán y máximo goleador histórico de la Selección de Inglaterra, mientras que Kylian Mbappé es el capitán y delantero de la Selección de Francia.
Es el partido, como ha dicho Ibrahima Konaté, nuevo central del Real Madrid, que nadie quiere jugar. Y es que llega cuando el sabor amargo todavía se lleva en las entrañas tras acariciar la posibilidad de una final.
La diferencia de jugar una final, al consuelo del tercer lugar es abismal. Es de esos encuentros en los que las horas previas son agua estancada y solo se activa el ánimo de los futbolistas una vez que el balón empieza a rodar, porque ahí, de manera inconsciente, sale a relucir el ADN competitivo.
En el caso inglés, Tuchel podría hacer que su equipo golee a Francia, que no encontrará perdón alguno. El término más amable que le dedica la crítica al entrenador de origen alemán, es «desastre». Y en el otro patio, luego de la floja presentación de Francia contra España, ni siquiera el goleo que pueda conseguir Kylian Mbappé sería visto como una manera de aplacar el fracaso de no alcanzar la final.
Como puede observarse, el partido de mañana entre Francia e Inglaterra es una intrascendencia para ambas partes. Es salir al campo con la herida abierta y la convicción de que la soñada final estaba al alcance de la mano y ambas selecciones la dejaron ir.
FIFA, que todo lo que toca lo convierte en dinero, debería tener piedad con los semifinalistas eliminados y evitar este partido, no porque sean malos perdedores, porque lo primero que han de aprender los deportistas, es que el fracaso es inherente en cualquier competición, sino porque nada compensa el no llegar a una gran final.
En este marco de sombras y lamentos, se disputará el partido más intrascendente de la Copa del Mundo, aunque en sí, en su desarrollo, pueda resultar atractivo, pero es que en el fondo, tras dejar ir una final, no puede haber consuelo alguno.
A los amantes defraudados, por ejemplo, les queda, al menos, un bolero que los haga soñar con que aquel amor algún día volverá, pero una final, una final es tocar las puertas del cielo y si se te escapa, no hay melodía que ayude a alivianar al corazón.
Por ende, el drama, en este encuentro en particular, no se da en la cancha, sino en la mente y el alma del jugador, quien sabe que el tercer lugar es la nada, la sinrazón, la angustia, las manos vacías y es un verso sin eco, sin vida, sin sentido, sin horizontes y sin la promesa de un amanecer; es, en definitiva, la desazón absoluta y el castigo más cruel.
*El autor es redactor de Cultura del Semanario Universidad, Máster en Literatura y Comentarista de Fox Costa Rica.
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