El ojo que no mira

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Jenny Martínez

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La ciudad de las miradas que no ven​


Caminar por las calles de Oporto es asistir a un fenómeno inquietante para quien viene de Sudamérica. Aquí, en esta ciudad de granito y vino, los ojos transitan sin posarse. Las pupilas no escanean, las retinas no juzgan, las miradas no se cruzan como espadas. Uno puede vestir el traje más extravagante o el pijama más harapiento, y el resultado es el mismo: nadie le verá.

No es grosería, no es desdén. Es un acuerdo social que convierte al peatón en un espectro, al transeúnte en un fantasma que no merece ser examinado.

Y entonces uno se pregunta: ¿qué sociedad es esta donde la mirada no agrede? ¿Dónde quedó ese acto primal de reconocernos, de medirnos, de desafiarnos con los ojos? Cómo lo hacemos cada instante en Ecuador.

El escáner sudamericano: Desconfianza​


En Ecuador, en cualquier esquina de Quito o Guayaquil, el ojo funciona como un radar. No hay peatón que no sea escaneado, no hay rostro que no sea procesado. Siempre alguien nos vigila. Miramos para saber quién viene, qué trae, si representa una amenaza … por una oportunidad. Miramos a la mujer y la desnudamos con la pupila. Miramos al hombre y calculamos su peso, su estatura, su potencial peligro o su evidente debilidad. La mirada es el primer filtro de la supervivencia, el primer gesto de una sociedad que aprendió a desconfiar antes que a saludar.

Esa mirada que todo lo registra es, paradójicamente, la antesala de todo tipo de agresión. Porque cuando vemos, juzgamos. Cuando escaneamos, clasificamos. Y cuando clasificamos, encontramos diferencias en inventamos jerarquías. Y cuando hay jerarquías, el más fuerte amenaza al más débil con solo un parpadeo.

La ceguera como acto de paz​


Pero en Oporto, la estrategia es inversa: no mirar es el principio de la no agresión. Si no veo tu rostro, no puedo juzgarlo. Si no veo tu ropa, no puedo medir tu estatus. Si no veo tu cuerpo, no puedo desearlo ni violentarlo. Aquí, la mirada se ha vuelto tan neutra que la mujer camina sin sentir el peso de los ojos sobre su espalda y más abajo de ella. No hay acoso porque no hay escrutinio. No hay peligro porque no hay evaluación previa.

Es una sociedad que ha entendido que el primer paso para respetar al otro es no invadirlo con la pupila. Que la seguridad no nace de la vigilancia constante, sino de la indiferencia pactada. Que el miedo no se combate mirando, sino aprendiendo a no necesitar mirar.

El superpoder de la invisibilidad​


Cuando un adulto se acerca a una joven en Oporto para hablarle, no hay sobresalto. No hay ese instinto de alerta que en Sudamérica se dispara ante cualquier aproximación. ¿Por qué? Porque la joven sabe que no ha sido mirada, que no ha sido evaluada, que no ha sido reducida a su carne o a su ropa. El otro se acerca como quien se acerca a una sombra, sin la carga de un examen previo.

Esa libertad es tan extraña para nosotros, los sudamericanos, que al principio la confundimos con frialdad. Pero no es frialdad: es respeto. Es la decisión colectiva de no convertir al otro en objeto de nuestra curiosidad ni de nuestro morbo. Es la renuncia al escaneo como herramienta de control.

Paradoja: Menos miramos, más vemos​


Acá han descubierto que la mirada no es un instrumento de conquista sino un acto íntimo que se reserva para los que realmente importan. En cambio, en Sudamérica, miramos tanto que hemos dejado de ver. Escaneamos cada cuerpo y olvidamos que detrás de cada rostro hay una historia. Nos fijamos en la ropa y perdemos de vista a la persona.

Quizás por eso en Oporto se vive con más seguridad: porque han entendido que el peligro no acecha en la calle, sino en la intención con que se mira. Y aprendieron simplemente a no mirar. No por indiferencia sino por sabiduría y respeto.

Y mientras tanto, nosotros, los sudamericanos, seguimos escaneando el horizonte con los ojos de un cazador, sin darnos cuenta de que la presa que buscamos somos nosotros mismos.

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