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Boris Gongora
Guest
Brasil acaba de oficializar mediante la Ordenanza 26 uno de los proyectos ferroviarios más ambiciosos de Sudamérica: la Ruta del Tren Bioceánico, una obra de aproximadamente 4.000 kilómetros que pretende conectar el Atlántico con el Pacífico, integrar economías regionales, reducir costos logísticos y convertir al continente en una plataforma estratégica de comercio hacia Asia.
En otras palabras: el mundo está hablando de integración ferroviaria, corredores bioceánicos y logística continental… mientras en Bolivia algunos siguen obsesionados con destruir reputaciones empresariales desde un escritorio editorial. Y justamente ahí comienza la verdadera preocupación. Porque resulta demasiada coincidencia que, en medio de un contexto donde el negocio ferroviario regional empieza a mover intereses multimillonarios, aparezcan campañas mediáticas orientadas a sembrar dudas sobre las empresas ferroviarias bolivianas, sobre la Gestora e incluso sobre el propio Estado.
Recientemente, el periódico El País de Tarija, volvió a publicar un editorial que, más que informar, deja la sensación de formar parte de una campaña cuidadosamente diseñada para desprestigiar a las ferroviarias bolivianas utilizando insinuaciones y afirmaciones tendenciosas que parecen tener un objetivo mucho más profundo que el simple “interés periodístico”.
Porque cuando un medio insiste obsesivamente durante semanas sobre el mismo tema, con la misma narrativa y el mismo tono alarmista, uno empieza a entender que aquí ya no se está ejerciendo periodismo profesional. Aquí parece existir una operación de desgaste perfectamente alineada con intereses que ven en el proyecto ferroviario boliviano una oportunidad gigantesca de negocio.
Y eso sí debería preocuparnos como país. Porque el Tren Bioceánico no es un proyecto cualquiera. Es probablemente el proyecto logístico más importante que pueda tener Bolivia en las próximas décadas, ya que peruanos y brasileños, quieren excluirnos.
Moverá millones, redefinira corredores comerciales, cambiará rutas de exportación y conectará mercados continentales.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿quiénes están desesperados por posicionarse alrededor de este negocio? Porque resulta curioso que justo cuando Bolivia comienza a recuperar protagonismo estratégico en materia ferroviaria, aparezcan editoriales intentando instalar miedo respecto a empresas que llevan más de 30 años operando, invirtiendo y sosteniendo la red ferroviaria nacional.
Lo más grotesco del editorial es la manera deliberadamente malintencionada con la que intentan sembrar dudas respecto a la Gestora y los aportes previsionales, afirmando que “el ahorro de los trabajadores sigue financiando empresas ferroviarias con control opaco y débil supervisión estatal”.
Qué manera tan elegante de intoxicar la percepción pública. Porque mientras ellos hablan de “control opaco”, las ferroviarias muestran vías, locomotoras, vagones, carga transportada, inversiones y décadas de funcionamiento real.
Mientras ellos hablan de “silencio”, las operaciones continúan funcionando frente a los ojos del país entero… Mientras ellos insinúan “riesgo”, los hechos demuestran continuidad empresarial y estabilidad operativa.
Entonces uno empieza a sospechar que el problema nunca fue el litigio accionarial en otro país. El verdadero problema parece ser otro: desvalorizar reputacionalmente a empresas estratégicas para debilitar su posición dentro del futuro negocio ferroviario regional.
Es el viejo manual corporativo: si no puedes controlar el activo… destruye primero su credibilidad. Y para eso sirven perfectamente ciertos “editoriales preocupados”.
Porque lo que antes era periodismo de investigación, hoy muchas veces parece transformarse en simple vocería elegante de intereses empresariales desesperados por entrar al negocio ferroviario continental.
Lo irónico es que intentan destruir precisamente a las empresas que hicieron durante décadas lo que muchos gobiernos jamás pudieron sostener: mantener operativas las vías, invertir, modernizar equipos, transportar carga y conectar regiones enteras del país.
Treinta años después, las ferroviarias siguen funcionando. Los trenes siguen moviéndose. Los proyectos de integración continental siguen avanzando.
Y lo único que empieza a quedar peligrosamente descarrilado… es la credibilidad de quienes creen que la gente todavía no entiende cuándo una nota periodística informa… y cuándo simplemente responde a intereses ocultos vestidos de editorial.
Y eso sí debería preocupar a Bolivia. Porque cuando el periodismo deja de buscar la verdad y comienza a servir intereses disfrazados de editorialismo moral, deja de ser contrapoder… y se convierte simplemente en vocería elegante de quienes quieren apropiarse del negocio ajeno.
The post El negocio no son las noticias… el negocio son los ferrocarriles appeared first on La Razón.
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En otras palabras: el mundo está hablando de integración ferroviaria, corredores bioceánicos y logística continental… mientras en Bolivia algunos siguen obsesionados con destruir reputaciones empresariales desde un escritorio editorial. Y justamente ahí comienza la verdadera preocupación. Porque resulta demasiada coincidencia que, en medio de un contexto donde el negocio ferroviario regional empieza a mover intereses multimillonarios, aparezcan campañas mediáticas orientadas a sembrar dudas sobre las empresas ferroviarias bolivianas, sobre la Gestora e incluso sobre el propio Estado.
Recientemente, el periódico El País de Tarija, volvió a publicar un editorial que, más que informar, deja la sensación de formar parte de una campaña cuidadosamente diseñada para desprestigiar a las ferroviarias bolivianas utilizando insinuaciones y afirmaciones tendenciosas que parecen tener un objetivo mucho más profundo que el simple “interés periodístico”.
Porque cuando un medio insiste obsesivamente durante semanas sobre el mismo tema, con la misma narrativa y el mismo tono alarmista, uno empieza a entender que aquí ya no se está ejerciendo periodismo profesional. Aquí parece existir una operación de desgaste perfectamente alineada con intereses que ven en el proyecto ferroviario boliviano una oportunidad gigantesca de negocio.
Y eso sí debería preocuparnos como país. Porque el Tren Bioceánico no es un proyecto cualquiera. Es probablemente el proyecto logístico más importante que pueda tener Bolivia en las próximas décadas, ya que peruanos y brasileños, quieren excluirnos.
Moverá millones, redefinira corredores comerciales, cambiará rutas de exportación y conectará mercados continentales.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿quiénes están desesperados por posicionarse alrededor de este negocio? Porque resulta curioso que justo cuando Bolivia comienza a recuperar protagonismo estratégico en materia ferroviaria, aparezcan editoriales intentando instalar miedo respecto a empresas que llevan más de 30 años operando, invirtiendo y sosteniendo la red ferroviaria nacional.
Lo más grotesco del editorial es la manera deliberadamente malintencionada con la que intentan sembrar dudas respecto a la Gestora y los aportes previsionales, afirmando que “el ahorro de los trabajadores sigue financiando empresas ferroviarias con control opaco y débil supervisión estatal”.
Qué manera tan elegante de intoxicar la percepción pública. Porque mientras ellos hablan de “control opaco”, las ferroviarias muestran vías, locomotoras, vagones, carga transportada, inversiones y décadas de funcionamiento real.
Mientras ellos hablan de “silencio”, las operaciones continúan funcionando frente a los ojos del país entero… Mientras ellos insinúan “riesgo”, los hechos demuestran continuidad empresarial y estabilidad operativa.
Entonces uno empieza a sospechar que el problema nunca fue el litigio accionarial en otro país. El verdadero problema parece ser otro: desvalorizar reputacionalmente a empresas estratégicas para debilitar su posición dentro del futuro negocio ferroviario regional.
Es el viejo manual corporativo: si no puedes controlar el activo… destruye primero su credibilidad. Y para eso sirven perfectamente ciertos “editoriales preocupados”.
Porque lo que antes era periodismo de investigación, hoy muchas veces parece transformarse en simple vocería elegante de intereses empresariales desesperados por entrar al negocio ferroviario continental.
Lo irónico es que intentan destruir precisamente a las empresas que hicieron durante décadas lo que muchos gobiernos jamás pudieron sostener: mantener operativas las vías, invertir, modernizar equipos, transportar carga y conectar regiones enteras del país.
Treinta años después, las ferroviarias siguen funcionando. Los trenes siguen moviéndose. Los proyectos de integración continental siguen avanzando.
Y lo único que empieza a quedar peligrosamente descarrilado… es la credibilidad de quienes creen que la gente todavía no entiende cuándo una nota periodística informa… y cuándo simplemente responde a intereses ocultos vestidos de editorial.
Y eso sí debería preocupar a Bolivia. Porque cuando el periodismo deja de buscar la verdad y comienza a servir intereses disfrazados de editorialismo moral, deja de ser contrapoder… y se convierte simplemente en vocería elegante de quienes quieren apropiarse del negocio ajeno.
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