El modelo ciudadano y la ruptura necesaria

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El modelo ciudadano y la ruptura necesaria

Ningún régimen resiste cuando la ciudadanía deja de obedecer y empieza a exigir.​

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Carlos R. Paredes


26 de abril de 2026

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Guatemala llegó al límite de un modelo político que agotó su capacidad de corregirse. El Estado funciona sin brújula y el Congreso perdió toda autoridad moral. La refundación del país no puede surgir de quienes administran el deterioro. La reconstrucción exige un rediseño del poder que devuelva al ciudadano la capacidad de decidir su destino. La crisis es una fractura de confianza que convirtió la vida pública en un espacio donde la ley dejó de ser garantía y pasó a ser obstáculo.


La vía ordinaria está clausurada. El Congreso se convirtió en un espacio donde la legalidad se acomoda a intereses y donde cualquier intento de reforma se anula con negociaciones que sostienen la decadencia. Lo ocurrido en la elección de rector de la Usac y en la comisión postuladora para fiscal general demuestran que un modelo político fallido no solo abandona el mérito, sino que crea condiciones donde la corrupción y la impunidad se vuelven norma. La estructura fue moldeada para resistir cambios y simular participación mientras excluye al ciudadano de toda decisión real. La política se volvió un ritual vacío donde la forma se respeta para que el fondo nunca cambie. La democracia se redujo a un trámite que disfraza la continuidad del mismo poder.


La salida requiere una ruptura democrática que abra el camino hacia una Asamblea Nacional Constituyente. No se trata de un golpe ni de un arrebato improvisado, sino de la disolución de un Legislativo que ya no representa a la Nación. La decisión solo puede surgir de un presidente con legitimidad suficiente para sostener el proceso y con respaldo ciudadano capaz de convertir la indignación en mandato. La pérdida de confianza volvió insostenible un orden que ya no ofrece salida. La presencia masiva en plazas y cabildos es la fuerza que legitima el inicio de un nuevo pacto fundacional. La historia demuestra que los sistemas colapsan cuando la ciudadanía deja de obedecer y empieza a exigir. Ningún orden injusto resiste cuando la población decide recuperar su voz.

La ruptura no es caos: es el acto de recuperar la soberanía que nos arrebataron.



El Nuevo Modelo Ciudadano demanda algo más que reformas técnicas. Requiere una población que deje de comportarse como súbdita y acepte que la dignidad pesa más que la comodidad. La ley es una herramienta de liberación y no un muro que protege privilegios. La transformación requiere mecanismos que devuelvan el poder a la sociedad: listas abiertas, menos diputados y un sistema electoral que impida la reproducción automática de redes clientelares, entre otras medidas necesarias. La reconstrucción exige reglas de transparencia que permitan auditar cada decisión pública y mecanismos de revocatoria que impidan que la representación se convierta en propiedad privada. La República solo renacerá si la ciudadanía recupera la capacidad de vigilar, cuestionar y corregir a quienes gobiernan.


La reconstrucción de la República comienza cuando el ciudadano deja de delegar su poder y acepta que la dignidad pesa más que la comodidad. Ningún régimen resiste cuando la población decide que la obediencia ante la injusticia ya no es opción. La apatía, disfrazada de prudencia, es el último triunfo de un modelo que se alimenta de la resignación. Ceder ahora es entregar el país a quienes han demostrado saber administrar su destrucción. El futuro no se negocia con quienes viven del presente. Se conquista recuperando la soberanía que nos arrebataron. La refundación no es un acto jurídico, sino un acto moral que definirá si Guatemala seguirá siendo administrada por su decadencia o reconstruida por su ciudadanía. La pregunta ya no es si el país puede cambiar, sino si tendremos el valor de asumir el costo de hacerlo.

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