El mágico realismo de Armando Morales

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Joaquín González J.

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El artista nicaragüense Armando Morales (1927-2011) fue uno de los pioneros del arte vanguardista en el continente americano. Además de maestro y pintor excepcional, logró consolidar con el lenguaje de sus pinturas y la fuerza de sus paisajes, la gran metáfora del alma latinoamericana, estableciendo para la posteridad con el conjunto de su obra, ese realismo mágico que de igual forma supo consolidar en la literatura García Márquez. De hecho, ambos fueron grandes amigos y el Gabo, gran admirador de su obra.

Dos elementos omnipresentes recogen la temática primordial de la obra de Morales: el paisaje tropical y la figura humana. La combinación de ambos, y la incorporación de texturas y espacios oníricos pletóricos de misterio, logrado esto últimos, mediante la técnica del Scumbling o raspado sobre capas, con lo cual, los colores adquieren una mayor transparencia y profundidad, convierten a cada obra en una pieza de excepcional belleza y contenido.

Morales fue un artista itinerante. Vivió un tiempo en Nueva York, varios años en París, incluso en África. Su retorno a Nicaragua en la década del 70, le indujo a profundizar con mayor madurez y serenidad la ruta de las selvas atemporales en su pintura. Fue en su natal Granada donde la comprensión cabal de la vastedad e imponencia de la selva tropical de su país convulsionado eternamente por los conflictos y las desigualdades sociales, donde su obra cobró fuerza e hizo crecer su fama a nivel internacional.

Bañistas, obra de Armando Morales. Cortesía

Desnudos femeninos, paisajes, selvas tropicales y naturalezas muertas surgen exclusivamente de su reino personal, poblado por los recuerdos y vivencias de Granada, a los cuales une la recalcitrante presencia de los objetos más inverosímiles y cotidianos, que él califica como utilería: un embudo de brillo acerado, una bicicleta, un viejo gramófono, una antigua bocina, un trípode con frutas. Su figuración jamás está sujeta al realismo tradicional, y en su estrategia pictórica refleja el conocimiento de los grandes maestros de la pintura clásica como Giotto, Tiziano, Masaccio, Velásquez y Piero della Francesca, entre otros.

Morales dibuja por medio de la pintura, pero es la línea lo que define las formas y les confiere un carácter escultórico, llegando a lograr una feliz unión entre lo lineal y lo pictórico. Aunque sus figuras parecen estar construidas en base a gruesas capas de pintura, son superficies lisas, raspadas y vueltas a pintar de tal forma que adquieren el volumen y configuración de un altorrelieve.

Pescadoras, obra de Armando Morales. Cortesía

En una ocasión, ante un grupo de jóvenes artistas de su país natal, Morales explicó con gran desprendimiento, el proceso y la técnica de su obra, y cómo logra ese efecto: -Yo trabajo con bocetos de memorias y pienso en un arreglo de colores… cuando veo que el boceto ya está organizado, lo pinto con guache de pintura base diluida. Después lo dejo secar y le aplico una capa de scumbling, que es una mezcla de pintura sucia que queda como una veladura sobre la obra y da un toque mágico. Después se pinta otra capa de “scumbling” pero más oscuro, y luego trabajo por áreas. Todas las demás capas ya están bastante secas y, antes de que se sequen finalmente, las raspo con cuchillas de afeitar hasta lograr ese efecto”.

Sus obras, por lo tanto, aparentan tener más de dos dimensiones. El artista comentó al respecto que lo que trata de lograr “no es la tercera dimensión, sino la segunda y media”. Simplemente pinta las imágenes grabadas en su memoria y las obras van saliendo solas. Estas imágenes vienen principalmente de un viaje al Amazonas al que fui con un amigo, vi todo lo mágico de la selva… tengo una memoria visual muy buena… Nunca he tomado fotos. …”.

Armando Morales no solo fue el pintor de Nicaragua, fue uno de los más grandes pintores de América Latina. Un pintor poeta en una república llena de poetas. Un verdadero renacentista en el trópico. La alquimia especial del Maestro Morales fue parte de una extraordinaria vida dedicada al arte de pintar, contemplando su entorno con pupila siempre alerta, en su sombrío taller en Granada, con un pañuelo ceñido a la cabeza como habitual distintivo. Una suerte de ritual solo interrumpido por la muerte que lo sorprendió el año 2011.



El autor es escritor y pintor


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