El lenguaje de la calle entra a la RAE

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Jose Eduardo Mora

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El escritor y periodista Álex Grijelmo, después de un largo recorrido, fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua (RAE), para ocupar el sillón “o” dejado por Antonio Fernández de Alba, y con él ingresa el lenguaje de calle a la docta casa de las letras españolas.

Aunque goza de una sólida formación, a Grijelmo lo que le apasiona es rastrear las formas del habla de la gente común y corriente, reflexionar acerca de ello y luego volcarlo en una función informativa de altos quilates, puesto que a través de medios tradicionales, en especial la prensa escrita y la radio, ha impulsado una amplia tarea informativa y formativa.

Todo ello lo complementa de forma consistente con sus numerosos libros que abordan diferentes aspectos de la lengua española, siempre con el afán de que se pueda emplear el idioma de la mejor forma.

Su trayectoria como periodista acredita una larga línea evolutiva, dado que pasó por diferentes fases, desde la de reportero, que para Gabriel García Márquez era el mejor oficio del mundo, hasta coordinar secciones y ser uno de los pilares en la consolidación del libro de estilo de El País, que por muchos años se vendió en formato de libro, dada su utilidad para otras esferas.

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Su labor divulgativa y formativa la ha realizado, en gran parte, gracias a los numerosos libros dedicados al idioma español. (Collage, realización propia)

Gracias a ese basto recorrido, Grijelmo aprendió a escuchar cómo habla la gente que va al supermercado, que se reúne todavía en parques y quioscos, sabe qué se grita en un estadio de fútbol, le gusta entender a los periodistas y narradores deportivos, pero al mismo tiempo se atreve a hacer una propuesta para acabar con el enfrentamiento entre quienes defienden el lenguaje inclusivo y entre aquellos que sostienen que el idioma ya cuenta con suficientes mecanismos para evitarlo, sin que medie discriminación alguna.

Antes de que la RAE optara por votar su ingreso, Grijelmo recibió esa distinción pero de la Academia Colombiana de la Lengua, que lo incorporó a sus filas el viernes 13 de abril de 2018.

Con motivo de su ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua, el autor de Defensa apasionada del idioma español, disertó sobre “El poder de la palabra” y la abordó desde diferentes ópticas.

En el boletín LXIX, números 279-280, de enero-junio de 2018, se recogió su discurso, en el que invocó elementos útiles para la reflexión en torno al lenguaje.

“Las palabras constituyen el mayor invento del ser humano. Sin ellas no habría existido ninguno de los demás. Desde las articulaciones guturales de nuestros antepasados de las cavernas prehistóricas hasta las obras maestras del ingenio como El Quijote o Cien años de soledad, la palabra posibilita la argumentación y marca el camino de todo conocimiento”.

La afirmación anterior —las palabras constituyen el mayor invento del ser humano— no es menor, por el contrario, es un llamado, entre otras interpretaciones, a enamorarse del lenguaje como elemento esencial. Tanto es así, que desde la visión de Grijelmo, este descubrimiento es superior a todos los demás. De entrada, podría tomarse como una hipérbole, pero una vez sopesado el discurso —leer es un acto de sopesar, decía Harold Bloom— se puede coincidir con su autor en que lleva gran verdad en su disertación.

Entonces, si las palabras son el mayor invento del mundo y están a disposición, ¿por qué no apropiarse de ellas? No pasar de largo, como le sucede a muchos que deberían tener a la palabra como el centro de su hacer, debido a las áreas en que se desenvuelven.

El lenguaje, refiere el periodista y escritor español, responde a una tecnología sofisticada, pero a la vez sencilla de incorporar.

“El lenguaje constituye la más compleja tecnología y a la vez la más sencilla, pues incluso los niños saben descifrarla. Cómo no admirarse ante una expresión infantil como ‘ha rebuenecido el tiempo’ en lugar de ‘ha mejorado’; o ‘yo no cabo’ en vez de ‘yo no quepo’. El niño que inventa esas expresiones no hace sino aplicar la lógica de la gramática, acude a sus recursos para lograr construcciones lógicas. Y con ello demuestra un conocimiento profundo de las reglas, antes de escuchar sus excepciones”.

El proceso de apropiación de esa lengua, no obstante, implica asumir desafíos, porque en el camino surgen obstáculos y excepciones que el hablante de una u otra manera tendrá que aprender para lograr una comunicación lo más eficaz posible.

“La voz infantil que dice ‘yo no cabo’ aplica con rigor la norma gramatical porque la ha interiorizado a partir de las analogías con otros verbos, sin que nadie se lo haya tenido que explicar. Más tarde conocerá las irregularidades de la lengua, sí, pero su capacidad para expresarse y hacerse entender mediante la aplicación de las reglas compensa de sobra los escasos errores que comete cuando su lógica infantil choca con las excepciones consolidadas por el uso de los adultos. Es tan perfecta esa ductilidad de las palabras y tan previsible su ensamblaje, que los mecanismos básicos de construcción y crecimiento de la lengua continúan intactos desde sus remotos orígenes”.

La construcción del lenguaje, que más tarde se convertirá en una herramienta fundamental para el encuentro con el otro y para el desarrollo en sociedad, es un aspecto al que Grijelmo le dedicó amplio espacio en su incorporación a la Academia Colombiana y que mantiene una vigencia plena en el presente.

“Los soportes en los cuales se plasmaron han ido desde la tablilla de arcilla a la pantalla de un dispositivo celular, pero muchas palabras han recorrido todo ese trayecto incluso sin transformación alguna en su grafía.

Algunos vocablos se dicen ahora igual que hace más de diez siglos. Cuando escribimos ‘fortuna’, cuando escribimos ‘observo’, cuando escribimos ‘habito’, cuando escribimos ‘amor’, o ‘déficit’, o ‘actor’, o ‘rosa’, lo hacemos exactamente igual que nuestros antepasados de hace mil años; y estamos utilizando una tecnología tan avanzada, que no hemos sido capaces de superarla en todo ese tiempo”.

Frente a tal vitalidad del lenguaje y a su extraordinaria capacidad para captar la realidad, a veces se olvida ese inmenso poder, resalta el autor de El estilo del periodista.

“A veces nos maravillamos ante un mueble del siglo XV y no nos damos cuenta de que en el acto de describirlo hemos usado vocablos más antiguos aun. Las palabras constituyen una herramienta de la razón, pero se hallan tan imbricadas en el pensamiento que se nos hace casi imposible separarlas de él. ¿Cómo pensar sin palabras? ¿Cómo razonar sin ellas?”.

Ante este desafío ha de entenderse la dimensión del idioma y lo que en verdad representa.

“(…) Hemos de ver el lenguaje solamente como un instrumento. ‘El instrumento de la inteligencia’, según escribió Pedro Salinas. Porque con palabras se hiere y con palabras se consuela, con palabras acusa el fiscal y con palabras exculpa el defensor. Las palabras no tienen vida propia, sino que solo adquieren la que un ser humano desea darles”.

En este punto, en relación con el nuevo miembro de la RAE, junto con el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, quien ingresó a la docta casa el 21 de mayo de 2026, hay que resaltar que no son las palabras por sí mismas las responsables. Puede existir, por ejemplo, un mandatario que considere que a él se le da bien el pachuquismo, entonces, en su ejercicio del poder intenta comunicarse desde esta trinchera. Todo el maltrato que pueda propiciar dicho gobernante al lenguaje a la hora de comunicarse con su pueblo, no puede cargarse sobre las palabras simples y llanas, sino más bien sobre la elección de aquel.

Pachuco, por cierto, es una voz que, según el Diccionario de la Lengua Española (DLE), proviene de la voz náhuatl y que en su primera acepción, que alude a Costa Rica, aclara que se trata de “dicho de una persona. De habla y hábitos no aceptados socialmente”. Acto seguido, el DLE agrega que pachuco puede utilizarse como sinónimo de “ordinario, vulgar, hortera”.

¿Es sabio o no es el idioma? Grijelmo transita por esta vía. Por la que sostiene que el lenguaje desarrolla mecanismos extraordinarios con el paso del tiempo, que le permiten a quien lo utilice las mejores formas para comunicarse.

“Las palabras son como cuchillos que causan una herida o que cortan el pan, dependiendo de la intención de quien esté al mando. Con palabras podemos hacer sangre y con palabras podemos consolar. Con palabras mentimos y con palabras defendemos la verdad. Incluso los números, en sus fórmulas matemáticas, necesitan las palabras que los nombran”.

Siguiendo esta línea entre escoger una manera de hablar, el pachuquismo, u otra más culta, pero que puede tener grietas si no se cuidan los detalles, el creador de El genio del idioma, añade un concepto que clarifica, dado que las palabras retratan, en el fondo, el pensamiento de quien las utiliza.

“Y ahí reside el primer poder de las palabras: en su capacidad de radiografiar el pensamiento, mostrar la estructura de las ideas y ofrecernos información sobre la cultura y la confiabilidad de quien habla o escribe”.

De inmediato, brinda un ejemplo para comprender la dimensión del lenguaje, que hoy, con el poder que tienen los medios digitales, se magnificaría de forma exponencial.

“En 1945, un aspirante a la presidencia de Venezuela por el Partido Democrático Venezolano (PDV) llamado Ángel Biaggini fracasó con su candidatura porque en un saludo a los lectores, escrito a mano a petición del diario Últimas noticias puso ‘entuciasmo’, con ce, confundiendo la fonética correcta de América con la ortografía incorrecta de todo el ámbito del español. El diario publicó el manuscrito en primera página, y el ambiente general determinó que un presidente debía ser una persona culta y sin faltas ortográficas. Biaggini perdió las elecciones. Así lo relata Carlos Alarico Gómez en El poder andino”.

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La RAE custodia el idioma español desde su fundación el 3 de agosto de 1713. (Foto RAE).

Guiado por la palabra

Para Grijelmo (Burgos, 26 de febrero de 1956) la palabra siempre ha ocupado un lugar central en la forma de abordar el periodismo y la comunicación. Esto desde que a los 16 años comenzó a escribir en La voz de Castilla. En la actualidad publica semanalmente la columna La punta de la lengua, en El País.

La mayor parte de su carrera la ha desarrollado en el grupo Prisa, y en especial en El País. Estuvo vinculado con la citada empresa desde 1983 hasta 2022, aunque en el período 2004-2012 se ausentó debido a que presidió la agencia española de noticias EFE.

Por esa conexión que ha tenido con el lenguaje de la cotidianidad, impulsó la creación de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), que se encarga de vigilar el uso que se hace en los medios de comunicación del lenguaje y que a diario emite un boletín en el que se dan consejos y se brindan perspectivas sobre un buen empleo del idioma.

La otra vertiente en la que se ha prodigado son sus libros, a través de los cuales ha procurado desarrollar temas de interés para el gran público. Es decir, el foco de este escritor y periodista no ha estado en los especialistas. No escribe para ellos. Escribe para el ciudadano que tenga interés en un adecuado manejo del idioma como elemento fundamental para tener la mejor comunicación posible. En este aspecto, la palabra, sea escrita o hablada, ocupa un espacio esencial en el reto humano de entenderse con el otro.

De esta manera, libros como El estilo del periodista han venido a llenar muchos vacíos. En él, Grijelmo, con ejemplos tomados del quehacer directo de los periodistas, señala una serie de errores comunes. Y en este apartado también incluyó a ciertos columnistas, como el propio Mario Varga Llosa, premio nobel de literatura 2010.

En una de las puntualizaciones que le hace Grijelmo a Vargas Llosa es que, siempre que escribía sus columnas, empleaba mal el sustantivo duda, porque en lugar de escribir que dudaba de, escribía que dudaba que. Omitía, como puede verse, la preposición “de”. No obstante, en este caso particular, Grijelmo llegó a pensar que esa omisión no era por falta de conocimiento, sino más bien porque el autor de Conversación en La Catedral había asumido el yerro como parte de su estilo.

En Defensa apasionada del idioma español, llama la atención sobre la necesidad de escribir bien, aspecto que le compete a todo ciudadano responsable, y no solo a aquel que trabaja directamente con el lenguaje.

“El letrero colocado en el portal de mi casa decía textualmente: ‘El servicio de T. V. vía satélite, estará suspendido, alrededor de cuatro días, plazo estimado para la impermeabilización de la zona donde están ancladas las mismas. La comunidad de propietarios’”.

Ante este aviso, así reaccionaba Grijelmo en el comienzo de Defensa apasionada del idioma español: “Así que al repasar esas frases me he preguntado por fin si alguna vez podré leer un cartel, rótulo, aviso, indicador, comunicado, anuncio, prospecto, bando, ordenanza, ley, nota, periódico, sentencia, carta, folleto, mensaje, catálogo, acta, tríptico, manual de instrucciones o aviso en general que aparezca redactado no ya con originalidad o talento, sino con la más sencilla corrección ortográfica”.

Ante esta redacción tan enmarañada con omisiones y con una puntuación que, lejos de orientar, lleva al caos del texto en sí, Grijelmo reflexionaba que se ha perdido ese pudor por escribir mal.

¿Por qué se ha perdido la vergüenza por no escribir bien y ya no se reclama cierta elegancia en ello; y ningún vecino habrá avisado al autor del texto de que “las mismas” no tiene antecedente alguno (se le ha olvidado poner la palabra ‘antenas’), o que el ‘plazo estimado’ incluye un calco del inglés”.

En El genio del idioma, lo que propone el escritor es un viaje por el origen de las palabras y cómo estas van creando su propio sistema, aferradas a sus genes. Este libro, aunque de entrada no lo parezca, es divertido y educativo.

“Es fácil imaginarse al genio del idioma como alguien flexible y tolerante, dispuesto a admitir cualquier innovación: alguien con mancha ancha. Algunos suponen que su carácter encaja con esta idea, seguramente porque necesitan creer en ese rasgo para forzar con ventaja sus costuras”. Esto dice Grijelmo en el capítulo dos.

Como su compromiso es divulgar el lenguaje de la mejor forma y de paso hacerle ver a los hablantes, escritores, pensadores, etc., que no hay excusas para disponer de un buen uso del lenguaje, publicó La gramática descomplicada, con el fin de que el enfoque en dicho apartado estuviese explicado de manera asequible para los interesados.

El amor que Grijelmo le profesa al lenguaje está tan asumido en su vida, que en 2019 se aventuró a escribir una novela, El cazador de estilemas, en la cual las palabras, las huellas que iban dejando, eran la materia prima para resolver la trama.

El experimento no salió de la mejor manera, pero es una novela que se lee bien y que deja al lector con la expectativa de si habrá una segunda o una tercera. Han pasado siete años y todo indica que no sucederá esa futura entrega.

Como puede observarse, el mundo de Grijelmo ha girado alrededor de las palabras. Estas han definido cada uno de sus pasos. Esas palabras no son aquellas que nacen en las academias universitarias ni en las de la lengua; son las que surgen en el corazón del pueblo y de la vida que pasa rauda por las plazas, los parques, los bares, los periódicos y las comisarías.

Por eso, el ingreso de Grijelmo a la RAE tiene un significado simbólico extraordinario. A partir de ahora, la prestigiosa institución protectora del idioma español tendrá un integrante que lleva en los genes de sus palabras mucha calle, mucha vida activa y apuesta por una gramática descomplicada y una defensa a ultranza del buen decir y el buen escribir.



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