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Jenny Martínez
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A primera vista, cualquiera que revise las últimas Cuentas Nacionales Trimestrales publicadas por el Banco Central del Ecuador (BCE) podría caer en la tentación de aplaudir. Las cifras oficiales señalan que, en el primer trimestre de este año, el sector de Alojamiento y Comidas —que engloba a nuestros hoteles y restaurantes— registró un vistoso crecimiento interanual del 11,8%. Sobre el papel, fuimos la segunda actividad con mayor incremento en todo el país, solo superada por el poderoso sector financiero.
Pero en economía, los promedios y los grandes porcentajes suelen esconder realidades mucho más complejas. Ese 11,8% no es el reflejo de un sector boyante gracias a políticas públicas acertadas; es, en realidad, un efecto rebote. Nos comparamos con los primeros meses del año pasado, un período profundamente golpeado por la incertidumbre y la crisis. Cuando la marea baja demasiado, cualquier pequeña ola parece un tsunami.
El verdadero balde de agua fría aparece cuando observamos el peso real del sector en la economía global. El mismo informe revela que la contribución de los hoteles y restaurantes a la variación del Producto Interno Bruto (PIB) fue de apenas 0,1 puntos porcentuales. La realidad es cruda: el turismo y la gastronomía empujan con el alma, pero el motor de la economía nacional apenas los siente.
La respuesta está en el persistente abandono y las falencias estructurales del Estado Ecuatoriano. Hoy en día, los gremios y la academia se ven obligados a exigir algo tan básico como transparencia y precisión en las estadísticas turísticas. Operamos a ciegas. Un empresario hotelero o un propietario de un restaurante no puede conducir su negocio, planificar sus inversiones o contratar personal, basándose en brújulas oxidadas o abstracciones macroeconómicas que no reflejan la microeconomía de nuestras provincias.
El Gobierno ha caído en una peligrosa zona de confort respecto al turismo, cometiendo un doble error de cálculo. Por un lado, asume una supuesta fidelidad electoral del sector, creyendo que el apoyo político está garantizado sin necesidad de otorgar incentivos. Por el otro, se ha vuelto adicto a la palabra “resiliencia”. Es una costumbre estatal aplaudir la capacidad del sector turístico para levantarse después de apagones, paros indígenas, crisis de seguridad, carreteras colapsada; como una excusa para no hacer nada.
Pero el Gobierno se equivoca en ambas cosas. La paciencia política tiene un límite que se agotó al mismo ritmo que las cuentas bancarias de los pequeños y medianos empresarios. Y la resiliencia económica no es un recurso infinito; es un elástico que, de tanto estirarlo sin darle soporte, terminará por romperse en la cara de todos.
Abandonar el turismo a su suerte y dejarlo depender exclusivamente del ya golpeado bolsillo de los hogares ecuatorianos, representa un peligro inminente para la economía nacional. Si este sector quiebra debido a la falta de promoción internacional competitiva, la inseguridad y la ausencia de créditos blandos; el impacto social será devastador. El turismo es uno de los mayores redistribuidores de riqueza y uno de los principales generadores de empleo joven y femenino en el país. Matar el turismo por omisión e inanición, es secar los campos, asfixiar la economía de las comunidades, de los guías, de los transportistas, de los pequeños productores agrícolas locales y de miles de familias que sostienen la clase media.
La economía no se reactiva con decretos ni con aplausos a la resistencia del empresariado. Se reactiva con datos claros, seguridad jurídica, infraestructura y una promoción internacional agresiva que traiga divisas frescas. El turismo está listo para ser el verdadero motor del Ecuador, pero ningún motor funciona si el encargado de mantenerlo decide, simplemente: apagarlo.
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El gigante de papel y la marea
Pero en economía, los promedios y los grandes porcentajes suelen esconder realidades mucho más complejas. Ese 11,8% no es el reflejo de un sector boyante gracias a políticas públicas acertadas; es, en realidad, un efecto rebote. Nos comparamos con los primeros meses del año pasado, un período profundamente golpeado por la incertidumbre y la crisis. Cuando la marea baja demasiado, cualquier pequeña ola parece un tsunami.
El verdadero balde de agua fría aparece cuando observamos el peso real del sector en la economía global. El mismo informe revela que la contribución de los hoteles y restaurantes a la variación del Producto Interno Bruto (PIB) fue de apenas 0,1 puntos porcentuales. La realidad es cruda: el turismo y la gastronomía empujan con el alma, pero el motor de la economía nacional apenas los siente.
Navegar a ciegas e un mar de datos
La respuesta está en el persistente abandono y las falencias estructurales del Estado Ecuatoriano. Hoy en día, los gremios y la academia se ven obligados a exigir algo tan básico como transparencia y precisión en las estadísticas turísticas. Operamos a ciegas. Un empresario hotelero o un propietario de un restaurante no puede conducir su negocio, planificar sus inversiones o contratar personal, basándose en brújulas oxidadas o abstracciones macroeconómicas que no reflejan la microeconomía de nuestras provincias.
El mito del elástico infinito
El Gobierno ha caído en una peligrosa zona de confort respecto al turismo, cometiendo un doble error de cálculo. Por un lado, asume una supuesta fidelidad electoral del sector, creyendo que el apoyo político está garantizado sin necesidad de otorgar incentivos. Por el otro, se ha vuelto adicto a la palabra “resiliencia”. Es una costumbre estatal aplaudir la capacidad del sector turístico para levantarse después de apagones, paros indígenas, crisis de seguridad, carreteras colapsada; como una excusa para no hacer nada.
Pero el Gobierno se equivoca en ambas cosas. La paciencia política tiene un límite que se agotó al mismo ritmo que las cuentas bancarias de los pequeños y medianos empresarios. Y la resiliencia económica no es un recurso infinito; es un elástico que, de tanto estirarlo sin darle soporte, terminará por romperse en la cara de todos.
El peligro de apagar el motor
Abandonar el turismo a su suerte y dejarlo depender exclusivamente del ya golpeado bolsillo de los hogares ecuatorianos, representa un peligro inminente para la economía nacional. Si este sector quiebra debido a la falta de promoción internacional competitiva, la inseguridad y la ausencia de créditos blandos; el impacto social será devastador. El turismo es uno de los mayores redistribuidores de riqueza y uno de los principales generadores de empleo joven y femenino en el país. Matar el turismo por omisión e inanición, es secar los campos, asfixiar la economía de las comunidades, de los guías, de los transportistas, de los pequeños productores agrícolas locales y de miles de familias que sostienen la clase media.
La economía no se reactiva con decretos ni con aplausos a la resistencia del empresariado. Se reactiva con datos claros, seguridad jurídica, infraestructura y una promoción internacional agresiva que traiga divisas frescas. El turismo está listo para ser el verdadero motor del Ecuador, pero ningún motor funciona si el encargado de mantenerlo decide, simplemente: apagarlo.
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