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Pablo Deheza
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Desde que Estados Unidos e Israel atacaron Irán y el Estrecho de Ormuz quedó parcialmente bloqueado, el precio internacional de la urea se disparó. La referencia FOB Egipto saltó de alrededor de $us 450 por tonelada a cerca de $us 700. Los precios en New Orleans subieron 36% en pocas semanas. El Banco Mundial proyecta un alza acumulada del 60% en la urea durante 2026.
Por Ormuz pasa un tercio del comercio mundial de fertilizantes nitrogenados y los Estados del Golfo concentran el 36% de las exportaciones globales de urea.
En medio de esa tormenta, Bolivia ocupa una posición inusual. Tras un mantenimiento en el pasado mes de marzo, la Planta de Amoniaco y Urea de Bulo Bulo retomó operaciones. Actualmente produce unas 1.900 toneladas métricas diarias de urea, operando cerca del 90% de su capacidad.
En el primer trimestre del año, YPFB comercializó más de 139.700 toneladas, de las cuales 124.486 fueron exportadas, generando ingresos totales por $us 53,79 millones, un 76% más que en el mismo período de 2025. Estas cifras reflejan una mayor estabilidad operativa y una buena demanda regional para el fertilizante boliviano.
Sin embargo, la planta aún no logra operar de manera sostenida a plena capacidad, debido a paradas técnicas, suministro de gas y desafíos operativos pendientes. Para todo 2026, YPFB proyecta colocar alrededor de 87.400 toneladas en el mercado interno, buscando reducir la dependencia de importaciones para el sector agrícola nacional. Esto posiciona al país como uno de los pocos de la región con autosuficiencia en nitrogenados.
YPFB ratificó, por boca de su Dirección de Comercialización, que el abastecimiento interno tiene prioridad sobre los compromisos de exportación. Es aquí que aparece el dilema.
Brasil, principal importador mundial de fertilizantes con 46 millones de toneladas anuales y la mitad de esas compras transitando normalmente por Ormuz, paga hoy precios que no se veían desde 2022. Sus importaciones de urea ya cayeron 33% interanual. Argentina, que en 2025 gastó más de 2.000 millones de dólares en fertilizantes importados — un 38% más que el año anterior —, opera con su mercado paralizado a la espera de definiciones. Paraguay y Perú completan un anillo de demanda regional. Cada tonelada que Bolivia exporte hoy deja márgenes excepcionales y aporta divisas en un momento de presión severa sobre las reservas internacionales.
La lógica opuesta también es contundente. Santa Cruz invertirá cerca de $us 1.000 millones en la campaña de verano sobre 1,5 millones de hectáreas de soya, maíz y sorgo. Si la urea boliviana se va afuera, el productor cruceño termina compitiendo, por su propio fertilizante, contra el bolsillo brasileño.
Este planteamiento, sin embargo, esconde una verdad incómoda. La soya cruceña no se siembra solo con urea: requiere fosfatados como el MAP y el DAP, insumos que Bolivia importa sin sustituto nacional y cuyos precios también escalan. El MAP mayorista en Argentina ronda actualmente los $us 870 por tonelada. La planta NPK proyectada en el Parque Industrial Santiváñez, anunciada con ahorros estimados en $us 40 millones anuales para los agricultores, sigue siendo asignatura pendiente.
La soberanía fertilizante boliviana, en realidad, está a medio construir.
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Por Ormuz pasa un tercio del comercio mundial de fertilizantes nitrogenados y los Estados del Golfo concentran el 36% de las exportaciones globales de urea.
La situación boliviana
En medio de esa tormenta, Bolivia ocupa una posición inusual. Tras un mantenimiento en el pasado mes de marzo, la Planta de Amoniaco y Urea de Bulo Bulo retomó operaciones. Actualmente produce unas 1.900 toneladas métricas diarias de urea, operando cerca del 90% de su capacidad.
En el primer trimestre del año, YPFB comercializó más de 139.700 toneladas, de las cuales 124.486 fueron exportadas, generando ingresos totales por $us 53,79 millones, un 76% más que en el mismo período de 2025. Estas cifras reflejan una mayor estabilidad operativa y una buena demanda regional para el fertilizante boliviano.
Sin embargo, la planta aún no logra operar de manera sostenida a plena capacidad, debido a paradas técnicas, suministro de gas y desafíos operativos pendientes. Para todo 2026, YPFB proyecta colocar alrededor de 87.400 toneladas en el mercado interno, buscando reducir la dependencia de importaciones para el sector agrícola nacional. Esto posiciona al país como uno de los pocos de la región con autosuficiencia en nitrogenados.
YPFB ratificó, por boca de su Dirección de Comercialización, que el abastecimiento interno tiene prioridad sobre los compromisos de exportación. Es aquí que aparece el dilema.
La tentación externa
Brasil, principal importador mundial de fertilizantes con 46 millones de toneladas anuales y la mitad de esas compras transitando normalmente por Ormuz, paga hoy precios que no se veían desde 2022. Sus importaciones de urea ya cayeron 33% interanual. Argentina, que en 2025 gastó más de 2.000 millones de dólares en fertilizantes importados — un 38% más que el año anterior —, opera con su mercado paralizado a la espera de definiciones. Paraguay y Perú completan un anillo de demanda regional. Cada tonelada que Bolivia exporte hoy deja márgenes excepcionales y aporta divisas en un momento de presión severa sobre las reservas internacionales.
La lógica opuesta también es contundente. Santa Cruz invertirá cerca de $us 1.000 millones en la campaña de verano sobre 1,5 millones de hectáreas de soya, maíz y sorgo. Si la urea boliviana se va afuera, el productor cruceño termina compitiendo, por su propio fertilizante, contra el bolsillo brasileño.
Este planteamiento, sin embargo, esconde una verdad incómoda. La soya cruceña no se siembra solo con urea: requiere fosfatados como el MAP y el DAP, insumos que Bolivia importa sin sustituto nacional y cuyos precios también escalan. El MAP mayorista en Argentina ronda actualmente los $us 870 por tonelada. La planta NPK proyectada en el Parque Industrial Santiváñez, anunciada con ahorros estimados en $us 40 millones anuales para los agricultores, sigue siendo asignatura pendiente.
La soberanía fertilizante boliviana, en realidad, está a medio construir.
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