El Día de la Honradez

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Editorial

El Día de la Honradez

Es tiempo de repudiar el tráfico de influencias, de considerar intolerables los conflictos de interés y respetar a quien actúa con integridad.​

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26 de abril de 2026

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Como tantas conmemoraciones, sea el Día de la Tierra, el Día del Libro, de la Mujer, del Trabajo o de la Madre, por solo mencionar algunas muy populares, no se trata de que esos temas solo tengan 24 horas de validez, sino los 365 días. Pero precisamente por ello se exalta en una fecha emblemática, para reivindicar su permanente relevancia.


En esa línea de ideas hace sentido la existencia, en Estados Unidos, de un día, el 30 de abril, dedicado a la honestidad o la honradez, sobre todo en el desempeño de funciones públicas, pero extensible a toda labor humana. A menudo, el término honradez se asocia más con el respeto a los bienes o dinero ajeno; sin embargo, va más allá: se trata de la coherencia entre el discurso y la acción, el respeto al derecho ajeno, la conducta ética e incluso la honradez intelectual. Vivir en sociedad, en armonía y en desarrollo implica relaciones sociales, económicas y laborales sostenidas por un código de valores que va más allá de las leyes pero que constituye el fundamento moral que provee el espíritu de las mismas.


La honradez es una actitud individual a menudo alimentada por el ejemplo de los padres, los maestros, los líderes religiosos y comunitarios. Es una convicción personal que hace posible la empatía, la solidaridad, la responsabilidad y la excelencia en el desempeño. Por eso mismo existe la necesidad de una coherencia colectiva: instituciones que rindan cuentas, funcionarios de todo nivel que reúnan las capacidades necesarias para un desempeño eficiente del servicio público, ciudadanos que no toleren ni intenten relativizar la trampa.


Se es honrado en el tránsito al conducir con cortesía, sin transgredir las normas vigentes ni poner en riesgo a otras personas al privilegiar la propia conveniencia. Ese autobús que conduce contra la vía, ese motorista que se sube a la acera o se pasa en rojo no están siendo honrados con los demás. Ese magistrado que coloca a sus familiares en dependencias del Estado o ese diputado que se autoaumenta el sueldo —sin preguntar a quienes le eligieron y a cuenta de los impuestos pagados para mejorar la vida del país— no está siendo honesto. Y ya empiezan sus discursos electoreros.


Ser propositivos en este ámbito implica algo más que repetir conceptos de valores, pero por algo se empieza. Significa crear condiciones donde la honestidad sea viable, sostenible y cotidiana. Eso incluye educación ética desde edades tempranas, pero también hábitos reales de transparencia y repudio a toda práctica que propugne privilegios ilícitos, corrupción o clientelismo.


Es tiempo de repudiar el tráfico de influencias, de considerar intolerables los conflictos de interés y respetar a quien actúa con integridad. La honradez no se pregona, se vive en el secreto de la cotidianidad, pero sus efectos se notan —igual que su ausencia está escrita en cheques de desfalcos, cuentas trucadas, obras mediocres o contratos amañados. Guatemala ha padecido demasiado a causa de la deshonestidad de gente que ofrece una cosa y hace otra, que regala una lámina a cambio de la conciencia, que finge humildad en campaña pero luego engorda sus caletas. No hay que celebrar el día de la honradez el 30 de abril, sino todos los días, para vivirla, exigirla y recuperar la confianza en nuestra capacidad de lograr un desarrollo integral.

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