El carácter bipolar del votante latinoamericano

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Jaime Cheng Peñalba

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De acuerdo con varios escritores de cuentos y novelas de América, incluyendo al premio Nobel Gabriel García Márquez, los latinoamericanos tenemos memoria de “papel”.

Fácilmente olvidamos, al cabo de pocos años, los eventos relacionados con actos de corrupción de muchos gobernantes y nuevamente le damos el voto a quienes fueron nuestros verdugos.

En varios países de América Latina hemos visto desfilar a candidatos que fueron militares perseguidores de los movimientos sociales y que luego, en una campaña política, se autoerigen como “defensores de la democracia”. Lo más preocupante es que volvemos a creer en sus propuestas demagógicas y terminamos dándoles el voto para que nos abusen otra vez.

Tal parece que la actitud del votante latinoamericano está envuelta en tintes de bipolaridad, ya que en un momento determinado censuramos y acusamos para después terminar aplaudiendo y abrazando.

El caso de Perú es un claro ejemplo de lo que mencionamos.

Alberto Fujimori fue elegido presidente del Perú en 1990 y luego se convirtió en una especie de “líder salvador” cuando desarticuló y prácticamente exterminó al movimiento Sendero Luminoso, que aspiraba a llegar al poder por medio de las armas y una revolución de carácter maoísta.

Fujimori estuvo en el poder casi una década gracias al voto de los peruanos, creyentes en su nuevo salvador.

Sin embargo, Fujimori pretendió perpetuarse en el poder con aquel famoso autogolpe de 1992, que lo llevó a su destitución por el Congreso para después ser enjuiciado y puesto en prisión prácticamente hasta el día de su muerte.

Recuerdo bien las enormes manifestaciones contra Fujimori, quizás las mismas que le dieron su respaldo como presidente.

Algunos años después, y luego de varios intentos por llegar a la Presidencia, su hija, Keiko Fujimori, con una agenda muy parecida a la de su padre, puede estar muy cerca de convertirse en la próxima gobernante del país andino.

Perú es un país tan convulsionado que en diez años ha tenido nueve gobernantes, producto de golpes civiles con apoyo militar.

Aquí en Panamá no andamos muy lejos de la realidad peruana, pues tenemos a las mismas figuras que fueron protagonistas de actos de corrupción con aspiraciones de ser nuevamente candidatos y presidentes de nuestro país.

Los que fueron condenados por actos de corrupción y se presentan como víctimas de la “persecución política” son aplaudidos por muchos en sus mensajes por canales alternativos.

El propio Presidente José Raúl Mulino que salió de las filas de la cruzada civilista que luchó contra la dictadura militar es uno de los más represores del movimiento civil que ha llevado a la persecución de sindicatos y gremios educativos.

¿Será que las sociedades latinoamericanas se asemejan a la conducta de un niño que, cuando lo regañan, forma un “berrinche”, pero cuando le ofrecen un caramelo se contenta?

El autor es sociólogo y docente panameño.

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