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Dimas Cornejo
Guest
Cuando contemplamos el estancamiento, la miseria y el avance del autoritarismo en nuestras sociedades, tendemos instintivamente a buscar chivos expiatorios. Culpamos a fuerzas siniestras, al supuesto “capitalismo salvaje” o a la herencia de nuestros antepasados, negándonos a aceptar la cruda realidad empírica y praxeológica: que el declive de nuestra civilización procede de nuestros propios errores y de la obstinada persecución de ideales colectivistas. Esta es la advertencia con la que Friedrich A. Hayek inicia el primer capítulo de su magistral obra Camino de servidumbre, una lectura indispensable para comprender la tragedia política y económica de nuestro tiempo.
A lo largo de las últimas décadas, hemos abandonado progresivamente las ideas esenciales sobre las que se fundó la civilización occidental. Hemos repudiado el individualismo fundamental que heredamos de la Antigüedad clásica, de los preceptos morales judeocristianos y del Renacimiento: aquel principio ético que exige el respeto irrestricto por el ser humano como individuo soberano en su propia esfera de acción. En su lugar, hemos abrazado el mesianismo de un Estado omnipresente, muchas veces de corte marxista o populista, que pretende dirigir coactivamente la vida de los ciudadanos. Hemos sustituido el mecanismo impersonal, pacífico y anónimo del libre mercado por la dirección colectiva y “consciente” de las fuerzas sociales hacia metas impuestas por una élite burocrática.
¿Cómo llegamos a este grado de ceguera? Hayek ofrece una explicación histórica: el propio éxito del liberalismo clásico fue la causa de su decadencia. La prosperidad material, la independencia y la seguridad que generó la libertad económica llevaron a las masas a dar por sentada esa riqueza, desconectándola del sistema que la hizo posible. Surgió entonces una impaciencia ante el ritmo del progreso; se creyó erróneamente que para solucionar los males persistentes había que destruir la estructura social existente, reemplazando la cooperación voluntaria por la planificación central.
Desde el anarcocapitalismo se comprende esta dinámica. La pretensión de que el Estado puede organizar la sociedad de forma más eficiente y justa que los individuos actuando libremente termina, con frecuencia, en restricciones a la libertad. Las soluciones gubernamentales y la expansión de derechos positivos pueden afectar el crecimiento económico y limitar la autonomía individual. Por el contrario, la organización voluntaria en el mercado tiende a generar beneficios mutuos entre los participantes, al basarse en el intercambio y no en la imposición.
Los panameños debemos extraer una lección de este “camino abandonado”. Si aspiramos a superar el ciclo de estancamiento y pobreza, no podemos delegar completamente nuestros proyectos de vida en decisiones políticas. Es necesario fortalecer la libertad económica, el respeto a la propiedad y la responsabilidad individual. Solo mediante instituciones que promuevan la iniciativa privada, la seguridad jurídica y la cooperación voluntaria será posible retomar una senda sostenible de prosperidad.
El autor es analista independiente.
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A lo largo de las últimas décadas, hemos abandonado progresivamente las ideas esenciales sobre las que se fundó la civilización occidental. Hemos repudiado el individualismo fundamental que heredamos de la Antigüedad clásica, de los preceptos morales judeocristianos y del Renacimiento: aquel principio ético que exige el respeto irrestricto por el ser humano como individuo soberano en su propia esfera de acción. En su lugar, hemos abrazado el mesianismo de un Estado omnipresente, muchas veces de corte marxista o populista, que pretende dirigir coactivamente la vida de los ciudadanos. Hemos sustituido el mecanismo impersonal, pacífico y anónimo del libre mercado por la dirección colectiva y “consciente” de las fuerzas sociales hacia metas impuestas por una élite burocrática.
¿Cómo llegamos a este grado de ceguera? Hayek ofrece una explicación histórica: el propio éxito del liberalismo clásico fue la causa de su decadencia. La prosperidad material, la independencia y la seguridad que generó la libertad económica llevaron a las masas a dar por sentada esa riqueza, desconectándola del sistema que la hizo posible. Surgió entonces una impaciencia ante el ritmo del progreso; se creyó erróneamente que para solucionar los males persistentes había que destruir la estructura social existente, reemplazando la cooperación voluntaria por la planificación central.
Desde el anarcocapitalismo se comprende esta dinámica. La pretensión de que el Estado puede organizar la sociedad de forma más eficiente y justa que los individuos actuando libremente termina, con frecuencia, en restricciones a la libertad. Las soluciones gubernamentales y la expansión de derechos positivos pueden afectar el crecimiento económico y limitar la autonomía individual. Por el contrario, la organización voluntaria en el mercado tiende a generar beneficios mutuos entre los participantes, al basarse en el intercambio y no en la imposición.
Los panameños debemos extraer una lección de este “camino abandonado”. Si aspiramos a superar el ciclo de estancamiento y pobreza, no podemos delegar completamente nuestros proyectos de vida en decisiones políticas. Es necesario fortalecer la libertad económica, el respeto a la propiedad y la responsabilidad individual. Solo mediante instituciones que promuevan la iniciativa privada, la seguridad jurídica y la cooperación voluntaria será posible retomar una senda sostenible de prosperidad.
El autor es analista independiente.
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