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Ana Beatriz Fernández González
Guest
Dos voces, múltiples experiencias, mucha música y ganas de compartir historias, conocimiento y gusto por el jazz profundo. Eso ofrecerá el programa Club 96.7 Jazz desde el campus, que Radio Universidad puso al aire desde el lunes 29 de junio.
La propuesta radiofónica, de una hora con música y comentarios jazzísticos, es conducida por Alberto Zúñiga Montero, crítico musical, comunicador y productor radial, y Patricia Gutiérrez Gross.
De lunes a viernes, de 4 a 5 p. m., los anfitriones del espacio hacen un recorrido por los universos del jazz en sus distintas manifestaciones, con el objetivo de crear, despacio y con buena letra, una comunidad de escuchas de todas las generaciones y proveniencias.
Para ello, el programa es perfilado por Zúñiga y Gross dentro del marco de una emisora que se ha caracterizado por su vocación universitaria de investigación, controversia, panel de discusión y diálogo, y la exigencia de profundizar en saberes y emociones despertadas, por ejemplo, por el asombro del jazz.
El diseño del guion se basa en una estructura curatorial que parte de una elección previa equilibrada, que reconoce la diversidad de los públicos, entre ellos los radioescuchas de música clásica considerados tradicionales, y “que a lo mejor se quieran quedar escuchando jazz, porque incluso hay jazz que colinda y se fusiona con el género clásico”, expresó Zúñiga en conversación con UNIVERSIDAD (ver entrevista más adelante).
Luego, añadió Zúñiga, la dupla de conductores saldrá a buscar otras audiencias que también deseen escuchar jazz, pero no sabían que existe un programa sobre ello.
“La preocupación nuestra, en primera instancia, no es tener un oyente que sea capaz de oír todo; la preocupación es que la gente sepa que existe este programa en Radio Universidad y que se publica la programación los lunes en el WhatsApp”, detalló Zúñiga.
A continuación un extracto de la entrevista con Zúñiga, quien cuenta que la idea nació del deseo de recuperar una experiencia propia en radio que se remonta a 40 años atrás, cuando inició en 1978 en Radio Nacional e hizo programas de jazz.
Eso, en algún momento, se cortó, recuerda Zúñiga. “Ahora pensionado tengo la opción de regresar, porque tengo el tiempo y lo puedo hacer como una donación”.
Zúñiga siempre quiso hacer un programa de jazz en la última etapa de su vida; “así lo he asumido y se me ha cumplido ese sueño. Es muy rico poder compartir algo que me gusta mucho y que sé que a mucha gente le gusta también”, puntualizó.
El programa de jazz es perfilado por Zúñiga y Gross dentro del marco de una emisora que se ha caracterizado por su vocación universitaria de investigación, controversia y panel de diálogo y discusión. (Foto: Kattia Alvarado)
Patricia y vos se acompañan para hacer el programa. Definitivamente es necesaria su presencia como mujer. ¿Cómo nace esta asociación?
—Cuando me dijeron (en Radio Universidad) que sí me daban el espacio, había una intención previa de hacerlo en grupo, o sea, que cada día tuviera un productor. Esta fue una idea del programador de la radio César Delgado, que no cuajó porque las personas se fueron retirando y no se involucraron. Al quedar solo me dije: “aquí hace falta una mujer” y recordé a Patricia Gutiérrez —que había sido alumna en un curso libre de jazz de los que di en la UCR (Universidad de Costa Rica)—, de quien me impresionó su pasión, conocimiento y el manejo del tema. Lo más fácil era hacer el programa solo con invitados ocasionales pero esta asociación hace que la gente oiga a una mujer hablando de jazz en este país. Hay tantas mujeres ahora estudiando jazz, por ejemplo, y es consecuente abrir portillos. Por dicha conocí a Patricia y por dicha ella se apuntó.
Hablar sobre jazz siempre es novedoso; quiero decir es novedoso porque el jazz siempre se está reinventando y sus públicos siempre están renaciendo.
—Hay un espíritu que siempre está ahí y que se renueva en las generaciones. El jazz es tal vez la música más similar a lo que es una constante en la vida. Todos tenemos hábitos, repetimos cosas todos los días, algunos días tenemos algunas nuevas, pero en general tenemos nuestro propio menú de comportamiento diario. En el jazz hay un gran repertorio con las mismas canciones que son interpretadas día a día por diferentes músicos, y algo sucede que siempre suenan diferente. Suena un poco romántico, pero es una capacidad de tratar de que el asombro nunca desaparezca. Todas las músicas producen emociones, pero, por ejemplo, uno cree que ha oído a Thelonious Monk, y lo deja de oír un tiempo y regresa a él, y es como si estuvieras escuchando a otro Thelonious Monk, porque descubrís cosas que no habías percibido antes, aunque sea el mismo disco.
Lo digo también porque en Costa Rica se desarrolló un movimiento jazzístico vibrante hace varias décadas que nos acompañó por un buen tiempo —lo que siento es una percepción personal— en que los músicos aportaron incluso con música original y, por supuesto, esos temas reelaborados llamados standards. Sin embargo, percibo que hubo un decaimiento, una baja en el nivel de intensidad, y que si bien siempre se mantuvo una escena pequeña, tal vez desde hace unos diez años para acá se está recuperando. ¿Vos sentís que hay de nuevo una acogida aunque los espacios para escuchar sean escasos?
—La escena nuestra de jazz no es consistente porque no ofrece profesionalmente una continuidad de supervivencia para los músicos, que tienen que mutar hacia otros géneros para sobrevivir. Entonces, muchos músicos muy buenos de jazz, buenísimos, tienen que trabajar casi todos los días en conciertos de otros tipos de música, y los compositores y arreglistas, tienen que estar haciendo composición y arreglos para tributos estilo plancha para sobrevivir, que son bien pagados, pero los distancia del jazz. Por un lado, esa diversificación para sobrevivir provoca la inconstancia para mantener un público de jazz que sabe que en tal lugar siempre hay jazz. Es una comunidad cuya realidad nos dicta la dificultad de aglutinarnos, reunirnos, convocarnos y cuando hay opciones para eso, es por un rato y después desaparece, se desvanece la oferta. ¿Por qué en Costa Rica no tenemos un festival de jazz anual? Hubo intentos en el Centro Cultural Costarricense Norteamericano, que se logró unos cuantos años y desapareció. Hubo intentos de hacer uno en el Teatro Nacional, se logró y desapareció. Es muy triste, porque si vos ves en otros países hay constancia, hay festivales o encuentros de jazz, hay radios, hay programas.
Ustedes, vos y Patricia, están asumiendo este programa que podría ser difícil sostenerlo por esto mismo que hablamos y porque no es masivo el jazz. Entonces pregunto: ¿es elitista? Sé que el origen del jazz no lo es, pero se fue convirtiendo en un gusto sofisticado hacia algunos tipos de jazz. Además de no masivo hay gente que considera que es música elitista y de ascensor.
—Creo que existe música de ascensor en donde pareciera ser que hay jazz, pero no hay jazz de ascensor; se parecen, pero no es jazz. Ese tipo de “jazz” se mete mucho en el pop, que lo aliviana o convierte en algo más digerible. La música de ascensor difícilmente es jazz porque es música para acompañar momentos de ese tipo, es decir, música de fondo que no incomode.
Para los comederos, como les dijiste a los restaurantes. ¿La música jazz que va a los comederos no es música de ascensor?
—No, y es porque hay categorías dentro del jazz y hay uno muy comercial, liviano, que no complica la vida al que escucha. El jazz más profundo exige, y ahí es donde entra la duda de si es elitista o no. Per se no es elitista, pero la dinámica del jazz conduce a una dinámica selectiva, es decir, no cualquiera entra en el jazz profundo y disfrutarlo y quedarse y crecer en ese género. Hay jazz más liviano como el smooth jazz que tiene cosas muy buenas, que permite que mucha gente se quede en esa capa epidérmica del jazz y lo disfrute, y es respetable. Pero pasar por debajo de ese nivel de la piel sí exige comprender a gente como Thelonius Monk, a Charlie Parker, exige poner más atención para poder comprender lo que está sucediendo con el tratamiento de los instrumentos, con la capacidad de digitación, conocimiento, estructuras y creatividad. Entonces, más que elitista es selectivo, y después de esa selección entramos a un nivel de élite, que es una consecuencia de esa selectividad. Como yo ya pasé esas pruebas que el jazz me hizo, yo me considero de una élite de seguidores del jazz de ese tipo, pero no es porque sea elitista, sino porque me condujo a tener la capacidad para disfrutar el jazz en niveles profundos.
—Eso es bellísimo, porque hay que partir de lo siguiente: hay que ubicarse en el tipo de radio que es Universidad, que durante mucho tiempo ha sido la única que ha transmitido la música denominada clásica y eso ya define un tipo de público. También define un tipo de programa dentro de un perfil universitario de investigación, de controversia, de panel, de discusión, y la exigencia para aquel que quiera profundizar. Necesariamente para esa curaduría hay una elección previa y un equilibrio de saber a quién le vamos a programar la música, porque resulta que tenemos que llegar tanto a públicos diversos, como al público tradicional de la emisora, que a lo mejor se quiera quedar escuchando jazz, porque, inclusive, hay jazz que colinda y se fusiona con la música clásica o el jazz clásico. Ese es público primario y luego vamos a salir a buscar otros públicos que también están deseando oír jazz, pero no sabían que hay un programa. La preocupación mía no es tener un oyente que sea capaz de escuchar todo, mi preocupación es que la gente sepa que está ese programa en Radio Universidad y que se publica la programación los lunes en el WhatsApp. También que hay un Instagram Club 96.7Jazz desde el campus.
Tenemos un público que le gusta el jazz y anda buscando jazz, otro público que quiere aprender sobre jazz, que es muy grande, y tenemos todos los niveles de edad. ¿Cómo hacer para jalar a la gente joven a una emisora que se supone es adulta? No hay que complicarse mucho ni traumarse, simplemente programar cosas que les puedan atraer sin desequilibrar la programación semanal, de tal manera que no se sienta un programa muy juvenil, sino que se sienta para todos los gustos. El peor error que cometeríamos es decidir qué vamos a transmitir solo para jóvenes o solo para adultos o solo para conocedores de jazz.
Fuiste uno de los fundadores de Radio U.
—Fui el primer coordinador de esa radio.
Volvés ahora a un espacio que es como tu casa.
—Sí. Crecí mucho ahí y me involucré demasiado. Me gusta Radio Universidad porque es un tipo de producción radiofónica inteligente, sensible.
Es una radio de digestión lenta. Vos al principio de esta conversación hablabas sobre los hábitos, y quizá escuchar radio es más bien un culto. ¿Cómo llevar al oyente al programa entre semana a las cuatro de la tarde?
—Voy a sustituir la palabra culto por ritual. ¿Cuáles son los condimentos de un ritual? Es una acción relacionada con crecer espiritualmente, sobre todo para integrarse a ideas superiores a las cotidianas. En este caso a través de un programa de radio, necesariamente tiene que convertirse en el ritual cotidiano de que a las cuatro de la tarde dedico tiempo para escuchar un programa de jazz, y que, si me gusta tanto y si soy tan fiebre, puede ser que lo oiga todos los días. Entonces elijo un espacio para oírlo, que puede ser el carro o corro para estar en la casa. Lo que importa es que yo a las cuatro tengo que estar escuchando porque es parte de mi ritual diario.
Eso está muy unido a la noción de lo lento, de ir despacio, de llevarla suave —recordé esa expresión tan linda que tenemos los costarricenses: llévela suave—.
¿Qué pueden esperar los oyentes del programa?
—El programa de jazz es el punto de partida hacia una convocatoria de lo que sea. El programa permite que la experiencia se extienda a otras cosas como armar un club de jazz y lo que eso signifique. Me refiero a un grupo de gente que se reúna a escuchar y hablar de jazz. Ese es uno de los planes futuros, pero todavía falta un rato para que el programa camine y que tengamos una audiencia. Ver películas, invitar personas que hablen sobre jazz, escritores, pintores, cocineros que están relacionados con el mundo del jazz. Eso lo he vivido en otros momentos y me gustaría que sucediera a través de este programa. En esta primera etapa lo que queremos es generar el deseo de escuchar jazz y que la gente se dé cuenta que existe el programa.
Club 96.7 Jazz desde el campus cuenta diversidad de historias de compositores del jazz, como es el caso del costarricense radicado en Arizona, Luis Muñoz, de quien se hará un programa especial el 14 de agosto alrededor del álbum Of Soul and Shadow. (Fotos cortesía: Alberto Zúñiga y Luis Muñoz)
La partitura en blanco: el jazz como filosofía de libertad y poder
El jazz no es un género musical que se escucha, es una dimensión de la existencia que se habita. Nací arrullada por sus acordes, en un entorno familiar donde la música era el lenguaje de la alegría. Sin embargo, la verdadera iniciación ocurrió en mi adolescencia,
cuando decidí cerrar los ojos y reclamar ese legado como propio. En ese instante de silencio consciente, dejé de ser una espectadora pasiva del entorno para convertirme en la autora de mi propia escucha.
Como filosofía de vida, el jazz nos enseña que la existencia es intrínsecamente imperfecta, libre y humana. Su mayor lección radica en la improvisación: el arte de
transformar el error aparente en la verdadera perfección. Para una mujer, esta premisa es un acto de emancipación. En un mundo que a menudo nos exige partituras rígidas y roles predecibles, el jazz nos invita a abrazar lo inesperado, a tomar los giros del destino y convertirlos en nuestra propia obra de arte. Al igual que el amor o la inspiración, este género no se explica, se sostiene desde el alma; es la certeza de que somos capaces de elevarnos sobre las circunstancias normales para habitar la cúspide de nuestro propio potencial.
Esta búsqueda de libertad me convirtió en una ciudadana del mundo. Cada viaje es una reafirmación de mi independencia: el derecho legítimo de una mujer a explorar el planeta bajo sus propios términos y encontrar comunidad en cualquier rincón de la Tierra a través del ritmo. El jazz es memoria activa y optimismo político. Curiosamente, este arte posee una geografía olfativa: huele a la calidez de mi madre, a la complicidad de la gente entrañable, a metas conquistadas con esfuerzo y a esa elegancia sobria que otorga la
seguridad en una misma. Cada vez que suena “Take Five” de Dave Brubeck, el tiempo se dobla. Regreso a la infancia para ver a mi padre chasquear los dedos y bailar con suavidad. Esa imagen no es nostalgia pasiva, es el cimiento de mi fuerza. Al evocarla, comprendo que el jazz es, en última instancia, el eco de mi propia soberanía: el ritmo indomable que da vida a mi vida.
Autora: Patricia Gutiérrez Gross
Las personas interesadas en formar parte de la comunidad en WhatsApp pueden escribir al correo radiouniversidad@ucr.ac.cr o compartir su contacto al número de cabina 2511-6850.
La información sobre la programación y otros datos están disponibles en el instagram Club 96.7 Jazz desde el campus.
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