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Marco Antonio Rodríguez
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“En Viena hay diez muchachas, / un hombro donde solloza la muerte/ y un bosque de palomas disecadas”, García Lorca.
Dos escritores, Stefan Zweig y Robert Musil, me condujeron a aproximarme a la vida y al arte de Egon Schiele (Austria, 1890-1918). Los dos proclamaron su admiración por el artista. Discípulo de Gustav Klimt –su ídolo y mentor– dejó un ingente acervo artístico de más de 3000 obras entre óleos, acuarelas y dibujos, a pesar de que murió a los 28 años, víctima de la pandemia de gripe española.
Los dibujos que puso en manos de Klimt, al momento de pedirle que fuera su guía cuando apenas cumplía 17 años, conmocionaron al maestro: “Estos dibujos son de un genio, ha llegado un artista que nació para deslumbrarme”, escribió.
Era la Viena de finales del siglo XIX e inicios del XX: época de rupturas, zozobras y vínculos inusitados. En el plano político: fin del absolutismo austríaco y anuncios de la Primera Guerra Mundial. En lo cultural: una trepidante interacción cultural entre países europeos daba lugar a un clima creativo sin precedentes.
A partir del primer encuentro entre Klimt y Schiele se estableció una amistad íntima, no solo reducida al arte, sino a amores compartidos que causaron repudio en la Viena conservadora.
Huérfano de padre, la madre del artista –irascible y áspera, hostil– fue la causante de que dejara su hogar a los 15 años para refugiarse donde un tío suyo, sordo y necio, que nada pudo hacer para restañar las heridas dejadas por los ultrajes que recibió de su progenitora.
Díscolo, displicente y arrebatado, Egon encontró en Wally Neuzil a su amor y su musa. Juntos fueron a vivir en el sur de Bohemia en un reducido espacio donde el artista albergó a jóvenes malhechores. Su vida libertina –contumaz enemigo del imperialismo ultraconservador de la época– provocó su expulsión y la de Wally, tras ser acusado de emplear a adolescentes como modelos.
“Nací libre, pero el mundo se opuso; entonces, yo me opuse al mundo”, dijo Schiele al salir de prisión. Los amantes se instalaron en una aldea cercana a Viena pero nuevamente contrarió a sus vecinos por su disoluto estilo de vida.
Proscrito y vejado, luego de ir nuevamente a prisión acusado de seducir a una menor de edad y de incautarle un centenar de dibujos supuestamente pornográficos y exponerlos en sitios a los cuales acudían adolescentes, salió de esa aldea sin una sola “corona” en los bolsillos.
Madre muerta, 1910. Óleo. El rostro frío y amargo de una mujer yace posado sobre un envoltorio negro –ven, regálame siquiera un sueño, parece decirnos–, un rictus de quebranto y ruina labra las líneas magistrales de Schiele. En el fondo inescrutable del negro hondo y hosco, asoma una criatura: ¿a punto de nacer, ya nacida, muerta?
La mano huesuda de la mujer, resuelta en verdes pálidos, abraza la madeja negra carbón en cuyo centro esplende un círculo donde habita un crío, blanco rosa, pestañas rizadas, boca pintada de carmín. Una mano aprieta su cuerpo, otra se subleva, sanguinolenta, se aparta sola y pugna por salir. ¿Irse, la mano de él en ademán de despedida, la de los seres humanos que lidian por salir de sí mismos? Desasimiento. Repulsión. Huida.
Schiele iba de aldea en aldea rechazado por autoridades y pobladores que no conciliaban con su inveterada costumbre de instaurar amistad con delincuentes y exponer su arte de intenso y desbordado erotismo.
Inquilino de un habitáculo en el suburbio vienés, descubrió a una familia de cerrajeros de clase media. Vio en una joven de esta familia la salvación de su infortunada existencia y contrajo matrimonio con ella.
Compartió su decisión con un amigo suyo y también con su amante, quien, al enterarse, lo abandonó. El pintor cumplió su cometido y se casó con Edith Harms. Tiempo después supo de la muerte de Wally y pintó una de sus obras emblemáticas: La muerte y la doncella, 1915.
Nupcias de Eros y Tánatos. Erotismo: desate de nuestros instintos, extravío, desarreglo. La muerte es cesación del ser. Acabamiento. Somos sueño de tierra. Reclamante entraña de arcilla. Gimiente y jubiloso barro. Retorno a nuestro origen primigenio. Gimen los cuerpos pintados por Schiele calcinados por el erotismo y la muerte, apretados hasta la extenuación.
La muerte y la doncella. Abrazo final. Desgarramiento. Despedida. Un halo de dolor indecible irradia el cuadro. Arden de amor, dolor y muerte los personajes. Ella abraza a un fraile que personifica a la muerte. La sábana, que se pliega y repliega a los pies, es el sudario, mortaja que arropa el morir. Wally dos veces muerta. Cuando dejó al artista y cuando murió de escarlatina, ese mal que enrojece la piel hasta incendiarlo.
“¡Cómo de entre mis manos te resbalas!/ ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!/ ¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,/ pues con callado pie todo lo igualas!”, Quevedo.
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Dos escritores, Stefan Zweig y Robert Musil, me condujeron a aproximarme a la vida y al arte de Egon Schiele (Austria, 1890-1918). Los dos proclamaron su admiración por el artista. Discípulo de Gustav Klimt –su ídolo y mentor– dejó un ingente acervo artístico de más de 3000 obras entre óleos, acuarelas y dibujos, a pesar de que murió a los 28 años, víctima de la pandemia de gripe española.
Trashumante forzado
Los dibujos que puso en manos de Klimt, al momento de pedirle que fuera su guía cuando apenas cumplía 17 años, conmocionaron al maestro: “Estos dibujos son de un genio, ha llegado un artista que nació para deslumbrarme”, escribió.
Era la Viena de finales del siglo XIX e inicios del XX: época de rupturas, zozobras y vínculos inusitados. En el plano político: fin del absolutismo austríaco y anuncios de la Primera Guerra Mundial. En lo cultural: una trepidante interacción cultural entre países europeos daba lugar a un clima creativo sin precedentes.
A partir del primer encuentro entre Klimt y Schiele se estableció una amistad íntima, no solo reducida al arte, sino a amores compartidos que causaron repudio en la Viena conservadora.
Huérfano de padre, la madre del artista –irascible y áspera, hostil– fue la causante de que dejara su hogar a los 15 años para refugiarse donde un tío suyo, sordo y necio, que nada pudo hacer para restañar las heridas dejadas por los ultrajes que recibió de su progenitora.
Díscolo, displicente y arrebatado, Egon encontró en Wally Neuzil a su amor y su musa. Juntos fueron a vivir en el sur de Bohemia en un reducido espacio donde el artista albergó a jóvenes malhechores. Su vida libertina –contumaz enemigo del imperialismo ultraconservador de la época– provocó su expulsión y la de Wally, tras ser acusado de emplear a adolescentes como modelos.
“Nací libre, pero el mundo se opuso; entonces, yo me opuse al mundo”, dijo Schiele al salir de prisión. Los amantes se instalaron en una aldea cercana a Viena pero nuevamente contrarió a sus vecinos por su disoluto estilo de vida.
Proscrito y vejado, luego de ir nuevamente a prisión acusado de seducir a una menor de edad y de incautarle un centenar de dibujos supuestamente pornográficos y exponerlos en sitios a los cuales acudían adolescentes, salió de esa aldea sin una sola “corona” en los bolsillos.
Madre muerta, 1910. Óleo. El rostro frío y amargo de una mujer yace posado sobre un envoltorio negro –ven, regálame siquiera un sueño, parece decirnos–, un rictus de quebranto y ruina labra las líneas magistrales de Schiele. En el fondo inescrutable del negro hondo y hosco, asoma una criatura: ¿a punto de nacer, ya nacida, muerta?
La mano huesuda de la mujer, resuelta en verdes pálidos, abraza la madeja negra carbón en cuyo centro esplende un círculo donde habita un crío, blanco rosa, pestañas rizadas, boca pintada de carmín. Una mano aprieta su cuerpo, otra se subleva, sanguinolenta, se aparta sola y pugna por salir. ¿Irse, la mano de él en ademán de despedida, la de los seres humanos que lidian por salir de sí mismos? Desasimiento. Repulsión. Huida.
Schiele iba de aldea en aldea rechazado por autoridades y pobladores que no conciliaban con su inveterada costumbre de instaurar amistad con delincuentes y exponer su arte de intenso y desbordado erotismo.
Inquilino de un habitáculo en el suburbio vienés, descubrió a una familia de cerrajeros de clase media. Vio en una joven de esta familia la salvación de su infortunada existencia y contrajo matrimonio con ella.
Compartió su decisión con un amigo suyo y también con su amante, quien, al enterarse, lo abandonó. El pintor cumplió su cometido y se casó con Edith Harms. Tiempo después supo de la muerte de Wally y pintó una de sus obras emblemáticas: La muerte y la doncella, 1915.
Nupcias de Eros y Tánatos. Erotismo: desate de nuestros instintos, extravío, desarreglo. La muerte es cesación del ser. Acabamiento. Somos sueño de tierra. Reclamante entraña de arcilla. Gimiente y jubiloso barro. Retorno a nuestro origen primigenio. Gimen los cuerpos pintados por Schiele calcinados por el erotismo y la muerte, apretados hasta la extenuación.
La muerte y la doncella. Abrazo final. Desgarramiento. Despedida. Un halo de dolor indecible irradia el cuadro. Arden de amor, dolor y muerte los personajes. Ella abraza a un fraile que personifica a la muerte. La sábana, que se pliega y repliega a los pies, es el sudario, mortaja que arropa el morir. Wally dos veces muerta. Cuando dejó al artista y cuando murió de escarlatina, ese mal que enrojece la piel hasta incendiarlo.
“¡Cómo de entre mis manos te resbalas!/ ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!/ ¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,/ pues con callado pie todo lo igualas!”, Quevedo.
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