G
Gabriela Quiroz
Guest
América Latina volvió a ganar relevancia en el escenario global. Esta vez no es por un renovado liderazgo regional, sino por la creciente competencia entre EE.UU. y China. Pero esta disputa no adopta la forma clásica de bloques ideológicos ni de repartos territoriales. Más bien se expresa en comercio, financiamiento, control de rutas, acceso a recursos y capacidad de influencia. En ese tablero, Ecuador no es un actor central, pero tampoco es irrelevante.
EE.UU. mantiene en la región una primacía menos visible, pero más profunda. Su influencia descansa en el sistema financiero internacional, en la cooperación en seguridad, la política arancelaria. Además, del peso del dólar y de su papel determinante en los organismos multilaterales. Además, buena parte de las élites políticas, económicas y técnicas de América Latina se forman y operan dentro de ese marco. Esto refuerza una afinidad estructural que no depende del signo político de los gobiernos.
China, por su parte, avanzó con rapidez en el terreno económico. En poco más de una década se convirtió en un socio comercial clave para varios países sudamericanos. Es financista de proyectos de infraestructura, energía y minería. En Ecuador, su presencia ha sido visible a través de créditos y obras estratégicas. Sin embargo, esa influencia tiene límites claros: no se traduce en respaldo político ante crisis internas ni en cooperación en seguridad. En estos dos ámbitos, Washington sigue siendo dominante.
Para EE.UU., Ecuador es un país funcional dentro de su esquema regional. Su ubicación en el Pacífico, su cercanía a Colombia y su papel en las rutas del narcotráfico lo convierten en un socio necesario para la cooperación en seguridad, aunque no prioritario. Para China, en cambio, Ecuador es una pieza táctica: acceso a recursos, plataforma logística. También es un caso de estudio sobre los alcances y riesgos de su modelo de financiamiento en economías pequeñas.
La fragilidad institucional, marcada por la corrupción, la inestabilidad política y la baja confianza ciudadana en el sistema judicial, limita la capacidad del Estado para ofrecer reglas claras y sostenibles en el tiempo. A ello se suman problemas de seguridad interna, como el control de las cárceles por parte de grupos criminales y la expansión del narcotráfico hacia ciudades portuarias. Esto ha deteriorado la percepción de control territorial y puesto en evidencia la vulnerabilidad del Estado.
En el plano social, estas tensiones se reflejan en la vida cotidiana: el aumento de las informalidad y la migración, la presión sobre los servicios públicos y la sensación de inseguridad afectan la confianza ciudadana en las instituciones. La política exterior no puede desligarse de esta dimensión interna, porque la capacidad de proyectar estabilidad hacia afuera depende de la cohesión social hacia adentro.
Aun así, Ecuador conserva activos que siguen siendo relevantes en la lógica geopolítica: su rol como proveedor confiable de alimentos estratégicos, un potencial energético significativo aunque mal gestionado y su ubicación en rutas logísticas clave del Pacífico. Son ventajas reales, pero hoy debilitadas por problemas estructurales internos, en un entorno global cada vez más tenso.
La comparación con Panamá resulta ilustrativa. Aunque también es un país pequeño y dependiente de potencias externas logró convertir el Canal en un activo estratégico que le otorga margen de maniobra internacional. Ecuador, sin un recurso equivalente, debe construir su relevancia a partir de previsibilidad institucional y seguridad interna.
En un mundo cada vez más fragmentado, la geopolítica ya no se mide solo por el tamaño del territorio o la población. Se mide por la capacidad de ubicarse con inteligencia dentro de cadenas de valor, flujos comerciales y equilibrios de poder. Ecuador no compite por hegemonía ni por liderazgo regional, pero sí compite por relevancia. Entender esa diferencia es crucial. Para los países pequeños, la supervivencia estratégica no pasa por alineamientos automáticos, sino por pragmatismo, previsibilidad y una política exterior capaz de convertir sus limitaciones en margen de maniobra.
Sigue leyendo...
EE.UU. mantiene en la región una primacía menos visible, pero más profunda. Su influencia descansa en el sistema financiero internacional, en la cooperación en seguridad, la política arancelaria. Además, del peso del dólar y de su papel determinante en los organismos multilaterales. Además, buena parte de las élites políticas, económicas y técnicas de América Latina se forman y operan dentro de ese marco. Esto refuerza una afinidad estructural que no depende del signo político de los gobiernos.
China, por su parte, avanzó con rapidez en el terreno económico. En poco más de una década se convirtió en un socio comercial clave para varios países sudamericanos. Es financista de proyectos de infraestructura, energía y minería. En Ecuador, su presencia ha sido visible a través de créditos y obras estratégicas. Sin embargo, esa influencia tiene límites claros: no se traduce en respaldo político ante crisis internas ni en cooperación en seguridad. En estos dos ámbitos, Washington sigue siendo dominante.
Para EE.UU., Ecuador es un país funcional dentro de su esquema regional. Su ubicación en el Pacífico, su cercanía a Colombia y su papel en las rutas del narcotráfico lo convierten en un socio necesario para la cooperación en seguridad, aunque no prioritario. Para China, en cambio, Ecuador es una pieza táctica: acceso a recursos, plataforma logística. También es un caso de estudio sobre los alcances y riesgos de su modelo de financiamiento en economías pequeñas.
El verdadero desafío para Ecuador no es optar por uno u otro actor. La experiencia regional muestra que los países pequeños que eligen bando suelen perder margen de maniobra y aumentar su dependencia. La alternativa pasa por entender que su valor no está en competir con las grandes economías de la región, sino en la posibilidad de consolidarse como un país previsible y funcional dentro del sistema internacional, algo que hoy sigue siendo una tarea pendiente.
La fragilidad institucional, marcada por la corrupción, la inestabilidad política y la baja confianza ciudadana en el sistema judicial, limita la capacidad del Estado para ofrecer reglas claras y sostenibles en el tiempo. A ello se suman problemas de seguridad interna, como el control de las cárceles por parte de grupos criminales y la expansión del narcotráfico hacia ciudades portuarias. Esto ha deteriorado la percepción de control territorial y puesto en evidencia la vulnerabilidad del Estado.
En el plano social, estas tensiones se reflejan en la vida cotidiana: el aumento de las informalidad y la migración, la presión sobre los servicios públicos y la sensación de inseguridad afectan la confianza ciudadana en las instituciones. La política exterior no puede desligarse de esta dimensión interna, porque la capacidad de proyectar estabilidad hacia afuera depende de la cohesión social hacia adentro.
Aun así, Ecuador conserva activos que siguen siendo relevantes en la lógica geopolítica: su rol como proveedor confiable de alimentos estratégicos, un potencial energético significativo aunque mal gestionado y su ubicación en rutas logísticas clave del Pacífico. Son ventajas reales, pero hoy debilitadas por problemas estructurales internos, en un entorno global cada vez más tenso.
La comparación con Panamá resulta ilustrativa. Aunque también es un país pequeño y dependiente de potencias externas logró convertir el Canal en un activo estratégico que le otorga margen de maniobra internacional. Ecuador, sin un recurso equivalente, debe construir su relevancia a partir de previsibilidad institucional y seguridad interna.
En un mundo cada vez más fragmentado, la geopolítica ya no se mide solo por el tamaño del territorio o la población. Se mide por la capacidad de ubicarse con inteligencia dentro de cadenas de valor, flujos comerciales y equilibrios de poder. Ecuador no compite por hegemonía ni por liderazgo regional, pero sí compite por relevancia. Entender esa diferencia es crucial. Para los países pequeños, la supervivencia estratégica no pasa por alineamientos automáticos, sino por pragmatismo, previsibilidad y una política exterior capaz de convertir sus limitaciones en margen de maniobra.
Sigue leyendo...