Domingos de clausura y silencio familiar

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Jenny Martínez

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Francisco Miño para el Comercio

Mi madre siempre dice que el domingo es el día del Señor. En Los domingos, el tercer largometraje de Alauda Ruiz de Azúa, Ainara (Blanca Soroa) lleva esa idea al extremo: decide entregar toda su vida a Dios. A los 17 años, tras dejar de lado los estudios universitario, esta estudiante de un colegio religioso vasco le dice a su padre que se va a meter en un retiro en una pequeña comunidad de clausura para probar su vocación.

La noticia cae como muy mal a una familia que, hasta ese momento, parecía funcionar en “muy normal”. Lo que sigue es una crisis que sacude lealtades, creencias y silencios acumulados.

Lo que más valoro del cine de Ruiz de Azúa es su capacidad para abrir conversaciones sin imponer respuestas. Aquí no juzga la fe de Ainara; la respeta con una sobriedad que casi se siente muy natural. El problema no radica en que la chica crea en Dios, sino en que elija abandonar el mundo: colegio, familia, el primer romance adolescente.

Ainara es una joven normal, con gustos y deseos propios de su edad, a la que la directora nos muestra en pequeños detalles cotidianos: una risa compartida con amigas, una mirada coqueta hacia un chico… Pero el llamado de su Dios pesa más que todo eso.

Para justificar esta decisión repentina, Ainara confiesa que Dios le habla. La frase genera reacciones de todo tipo. Pablo (el gran Juan Minujín), el cuñado argentino casado con la tía de la chica, reacciona con una mezcla de curiosidad y humor irónico: intenta descifrar cómo funciona esa “conexión divina”, como si fuera un canal de radio mal sintonizado. Su esposa, en cambio, no le encuentra la gracia. Las opiniones evolucionan a lo largo de la película, y eso es parte de su fuerza: todos cambian de postura.

El padre, Iñaki (Miguel Garcés), un viudo con una vida profesional estable pero emocionalmente distante, se sorprende pero no se opone frontalmente. Su preocupación principal: el dinero. Sin embargo, la tía Maité (Patricia López Arnaiz), la persona más cercana a Ainara y una mujer atea, reacciona con una mezcla de dolor y furia contenida. Para ella, esta elección no es vocación, sino síntoma: un vacío dejado por la muerte de la madre y la indiferencia del padre. ¿No sería mejor, se pregunta Maité, un sillón cómodo de terapeuta que una silla dura de convento?

Ruiz de Azúa construye estas historias de tensión con pinzas. La fotografía, sobria y de luz natural en muchos tramos de la película. La música es correcta. La edición fluye con naturalidad entre el hogar y el convento, mostrando cómo la decisión de Ainara reverbera en ambos mundos sin necesidad de explicaciones excesivas.

Entre los personajes secundarios destaca Nagore Aranburu como Sor Isabel, la madre superiora. No se ve como el típico estereotipo de monja severa, ofrece una presencia serena y firme. Pero de no confiar mucho. Cuando el padre de la chica y su tía visitan el convento para intentar convencer a Ainara que no entre, la monja defiende con calma la libertad individual y la autenticidad de la llamada divina. Su interpretación, fría pero convincente, es uno de los pilares de la peli y que le llevó a ganar el premio Goya a Mejor Actriz de Reparto.

Juan Minujín aporta el contrapunto necesario. Pablo, extranjero en una familia vasca tradicional y cerrada, observa desde fuera. Su acento argentino resalta esa distancia cultural que le permite ver lo que los demás no: la hipocresía de un padre que presume de fe pero no tolera que su hija la lleve hasta las últimas consecuencias.

En una de las escenas más potentes, confronta a Ainara sobre su futuro con una mezcla de ternura y crudeza. Recuerdo una entrevista que le hice hace años a Juan Minujín: decía que los personajes tienen una columna vertebral donde se engancha todo, guion e interpretación. En los Domingos se nota; el papel parece escrito para él. Su pasividad choca con la oposición de su esposa, y esa pelea daña su matrimonio. Pablo ve cómo el control que Maité ejerce sobre la sobrina se convierte en amargura que termina afectando su propia vida.

La preparación del guion fue muy profesional. La directora se reunió con varias jóvenes en conventos que estaban ahí para probar su vocación. Algunas siguieron adelante; otras volvieron al mundo. Ningún personaje es real, pero las situaciones sí: las confesiones de familiares alimentaron la tormenta que estalla en casa.

Los domingos no cuestiona si el llamado de Ainara es auténtico; lo presenta como una realidad para ella. Eso obliga al espectador a confrontar el dilema de los demás: ¿hasta dónde llega el derecho a decidir sobre la vida ajena cuando se trata de un hijo? ¿qué pasaría si lo vemos hacia adentro y fuera el caso de una hija nuestra?

Blanca Soroa, en su debut, construye a Ainara con una intensidad que no necesita gritos ni lágrimas. Su fe se vive en silencio, en la mirada fija, en la determinación tranquila. Es muy real. Patricia López Arnaiz, que para mi es una de las mejores actrices del cine español actual, da vida a Maité con una rabia que no se aguanta ni ella misma; su dolor es palpable, humano, contradictorio.

La película ha ganado muchos premios: Concha de Oro en San Sebastián y en los Goya 2026 arrasó con cinco premios, además de múltiples nominaciones. No es para menos; en poco más de 100 minutos, Los domingos logra algo raro en el cine actual: tratar la fe católica sin cinismo ni devoción ciega, y la familia sin (muchas) idealizaciones.

Alauda Ruiz de Azúa plantea preguntas sin respuestas fáciles. Respeta a cada personaje, permite que sus decisiones duelan y respiren. Nos deja pensando en nuestros propios domingos, en lo que dejamos atrás cuando elegimos un camino.

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