I
Iván Robles
Guest
El título no hace referencia a la última disputa en la Casa Blanca. Nos invita a retroceder más de dos siglos, hasta el primer gobierno de Estados Unidos, instaurado en 1789, conforme a la nueva estructura gubernamental establecida por la Constitución de 1787. Los sucesos que estoy por narrarte abordan los enfrentamientos que surgieron entre el secretario de Estado, Thomas Jefferson, y el secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, dentro de ese primer gabinete bajo el mandato del presidente, George Washington, y luego después de que ambos dejaran sus cargos. Sus diferencias no respondían a motivos personales: eran estrictamente ideológicas, con profundas discrepancias sobre el desarrollo político y económico de la naciente república.
Incluso sus trayectorias de vida antes de ingresar a la política fueron diametralmente opuestas. Jefferson nació en una acomodada familia de plantadores del sur, en el estado de Virginia, y desde joven se destacó en sociedad por sus notables dotes intelectuales. Por el contrario, Hamilton nació fruto de una relación extramatrimonial en la colonia británica de Saint Kitts and Nevis (hoy, por cierto, es una nación caribeña formada por dos islas y el Estado soberano más pequeño del hemisferio occidental).
El joven Hamilton emigra a Nueva York, donde se convierte en un exitoso banquero y establece estrechos vínculos con la clase mercantil de la región. Además, desempeña un papel activo en la guerra revolucionaria contra Inglaterra: primero como secretario personal del general George Washington durante la campaña militar, y más tarde al comandar tropas en la Batalla de Yorktown, el último gran enfrentamiento del conflicto.
Por su parte, el joven Jefferson redacta, a petición de los próceres, el documento más importante en la historia de Estados Unidos: la Declaración de Independencia, proclamada el 4 de julio de 1776.
Solo una vez estos próceres lograron ponerse de acuerdo: en el célebre Compromiso de 1790. El trasfondo era tenso y repleto de intereses cruzados. Los estados del sur se resistían a que la capital del país permaneciera en el norte, en ese entonces Nueva York, y se negaban a asumir la deuda generada durante la guerra, pues la mayor parte del gasto público la habían soportado los estados norteños.
En una cena que el tiempo convertiría en legendaria, Hamilton, voz del norte, y Jefferson, representante del sur, se sentaron a negociar. La atmósfera era densa, las apuestas altas y las diferencias profundas. Por fin alcanzaron un acuerdo decisivo: el sur aceptaría asumir parte de la deuda federal y, a cambio, el norte permitiría que la capital se trasladara al sur, precisamente a un punto entre Maryland y Virginia. Así, en una sola noche, sellaron un pacto que definiría el mapa político y financiero de la naciente república.
No tardaron en surgir las primeras disputas entre ambos líderes. Ese mismo año, el país debatió el destino de los bonos de guerra emitidos a los soldados que lucharon por la independencia, cuyo pago se había diferido en el tiempo. Terminada la guerra, muchos soldados, necesitados de liquidez, vendieron sus bonos a inversionistas financieros antes de su vencimiento, por un precio inferior al valor nominal. Los compradores asumían tanto la espera como el riesgo de que el gobierno no cumpliera con el pago.
Jefferson sostenía que, al vencimiento, el gobierno debía reconocer a los inversionistas solo el monto que pagaron por los bonos y no su valor nominal. Hamilton, en cambio, argumentaba que estos inversionistas no eran meros oportunistas: habían atendido la necesidad de liquidez de los soldados y asumido un riesgo real de impago. Afirmaba que, si el gobierno quería mantener su crédito en el futuro, debía honrar sus deudas de manera absoluta. El Congreso votó a favor de la propuesta de Hamilton.
La segunda gran disputa legislativa enfrentó a ambos por la propuesta de crear un banco central que gestionara las recaudaciones impositivas y el gasto federal. Jefferson rechazó este concepto, convencido de que la élite financiera del norte administraría el banco en beneficio exclusivo de la clase industrial y mercantil. Hamilton, por su parte, defendió la necesidad de fundar el banco central para mantener el orden en las cuentas públicas y evitar los perjuicios de tener distintos emisores de papel moneda en el país. Una vez más, el Congreso aprobó la propuesta de Hamilton.
Durante el segundo mandato de Washington, ambos ministros se distanciaron de su gobierno y pasaron a liderar sus propios proyectos rivales de cara a las elecciones de 1796. Así, prepararon el escenario político para la primera gran confrontación electoral en la historia de Estados Unidos.
El autor es abogado.
Sigue leyendo...
Incluso sus trayectorias de vida antes de ingresar a la política fueron diametralmente opuestas. Jefferson nació en una acomodada familia de plantadores del sur, en el estado de Virginia, y desde joven se destacó en sociedad por sus notables dotes intelectuales. Por el contrario, Hamilton nació fruto de una relación extramatrimonial en la colonia británica de Saint Kitts and Nevis (hoy, por cierto, es una nación caribeña formada por dos islas y el Estado soberano más pequeño del hemisferio occidental).
El joven Hamilton emigra a Nueva York, donde se convierte en un exitoso banquero y establece estrechos vínculos con la clase mercantil de la región. Además, desempeña un papel activo en la guerra revolucionaria contra Inglaterra: primero como secretario personal del general George Washington durante la campaña militar, y más tarde al comandar tropas en la Batalla de Yorktown, el último gran enfrentamiento del conflicto.
Por su parte, el joven Jefferson redacta, a petición de los próceres, el documento más importante en la historia de Estados Unidos: la Declaración de Independencia, proclamada el 4 de julio de 1776.
Solo una vez estos próceres lograron ponerse de acuerdo: en el célebre Compromiso de 1790. El trasfondo era tenso y repleto de intereses cruzados. Los estados del sur se resistían a que la capital del país permaneciera en el norte, en ese entonces Nueva York, y se negaban a asumir la deuda generada durante la guerra, pues la mayor parte del gasto público la habían soportado los estados norteños.
En una cena que el tiempo convertiría en legendaria, Hamilton, voz del norte, y Jefferson, representante del sur, se sentaron a negociar. La atmósfera era densa, las apuestas altas y las diferencias profundas. Por fin alcanzaron un acuerdo decisivo: el sur aceptaría asumir parte de la deuda federal y, a cambio, el norte permitiría que la capital se trasladara al sur, precisamente a un punto entre Maryland y Virginia. Así, en una sola noche, sellaron un pacto que definiría el mapa político y financiero de la naciente república.
No tardaron en surgir las primeras disputas entre ambos líderes. Ese mismo año, el país debatió el destino de los bonos de guerra emitidos a los soldados que lucharon por la independencia, cuyo pago se había diferido en el tiempo. Terminada la guerra, muchos soldados, necesitados de liquidez, vendieron sus bonos a inversionistas financieros antes de su vencimiento, por un precio inferior al valor nominal. Los compradores asumían tanto la espera como el riesgo de que el gobierno no cumpliera con el pago.
Jefferson sostenía que, al vencimiento, el gobierno debía reconocer a los inversionistas solo el monto que pagaron por los bonos y no su valor nominal. Hamilton, en cambio, argumentaba que estos inversionistas no eran meros oportunistas: habían atendido la necesidad de liquidez de los soldados y asumido un riesgo real de impago. Afirmaba que, si el gobierno quería mantener su crédito en el futuro, debía honrar sus deudas de manera absoluta. El Congreso votó a favor de la propuesta de Hamilton.
La segunda gran disputa legislativa enfrentó a ambos por la propuesta de crear un banco central que gestionara las recaudaciones impositivas y el gasto federal. Jefferson rechazó este concepto, convencido de que la élite financiera del norte administraría el banco en beneficio exclusivo de la clase industrial y mercantil. Hamilton, por su parte, defendió la necesidad de fundar el banco central para mantener el orden en las cuentas públicas y evitar los perjuicios de tener distintos emisores de papel moneda en el país. Una vez más, el Congreso aprobó la propuesta de Hamilton.
Durante el segundo mandato de Washington, ambos ministros se distanciaron de su gobierno y pasaron a liderar sus propios proyectos rivales de cara a las elecciones de 1796. Así, prepararon el escenario político para la primera gran confrontación electoral en la historia de Estados Unidos.
El autor es abogado.
Sigue leyendo...