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Laura Martínez Quesada
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Estamos ante la presencia de un nuevo orden social cuya lógica ha redefinido al capitalismo a partir de la acumulación en torno a las tecnologías digitales. Este orden social ha sido denominado por Pérez Sáinz como “digitalismo” y se ha imbricado políticamente con la ultraderecha en el contexto de su auge global, bajo una lógica weberiana de afinidad electiva, es decir, de atracción y potenciamiento recíproco como sucedió en antaño entre el capitalismo y el protestantismo. Actualmente, esta convergencia entre digitalismo y autoritarismo reflejan una tendencia estructural del capitalismo contemporáneo, en la que la concentración del poder tecnológico y la erosión de la democracia se refuerzan mutuamente.
El digitalismo va más allá de la expansión del internet y de la inteligencia artificial. Supone una reorganización de las formas de acumulación, del trabajo, de las relaciones entre Estado y mercado, de la producción de subjetividades y, en una medida cada vez mayor, de la manera en que se ejerce el poder. Nos encontramos frente a un cambio tecnológico no comparable a otros experimentados por el capitalismo en el pasado.
En el capitalismo digital, los datos constituyen el recurso estratégico y los algoritmos el principal medio de producción. Las grandes empresas tecnológicas concentran información, infraestructura y capacidad de decisión sobre la economía global, por lo que aspiran a consolidarse en una nueva fuente de poder geopolítico basada en el control de las plataformas digitales y la inteligencia artificial.
Esta concentración de poder y recursos tecnológicos impactan no solo la economía y la geopolítica, sino que también transforma radicalmente las dinámicas laborales. El trabajo conectado redefine las relaciones laborales mediante el home office, las plataformas digitales de trabajo y nuevas formas de automatización. Paralelamente, los Estados encuentran en la digitalización oportunidades de ejercer una vigilancia sin precedentes, a la luz de una transformación profunda de las formas de gubernamentalidad.
Una de las principales características del digitalismo consiste en que modifica la manera en que se conduce la conducta social. Si el disciplinamiento que caracterizó la modernidad requería instituciones de control como la escuela, la fábrica o la prisión, hoy en día el control algorítmico se ejerce de manera fragmentaria y sigilosa. Los algoritmos procesan enormes volúmenes de información que anticipan comportamientos, orientan las decisiones y moldean preferencias, sin necesidad de recurrir a mecanismos explícitos de coerción, en una falsa percepción de estar ejerciendo el libre albedrío.
Este nuevo orden también produce un nuevo sujeto social: “la persona conectada”, quien dejó de ser únicamente consumidora para transformarse en productora permanente de información. Con cada interacción digital generamos datos que alimentan los procesos de acumulación de las plataformas. La experiencia digital aparece, entonces, como un espacio de libertad individual, pero constituye simultáneamente una fuente de apropiación de trabajo impago y de producción de conocimiento sobre las conductas sociales, tal como expresa Yanis Varoufakis en su libro Tecnofeudalismo:el sigiloso sucesor del capitalismo.
Bajo esta lógica resulta claro que la sostenibilidad del capitalismo, a través del digitalismo, requiere de mayor concentración del poder para establecer un modelo político que refuerce la influencia de las nuevas oligarquías y restrinja la democracia liberal. Nunca antes un grupo tan reducido de empresas privadas había acumulado semejante capacidad para intervenir simultáneamente en la economía, la política, el ambiente, la comunicación, la cultura y la producción de conocimiento. La analogía con los grandes monopolios estadounidenses de finales del siglo XIX, los llamados Robber Barons (Morgan, Rockefeller, Carnegie, etc.), se queda corta.
Según Cas Mudde, la ultraderecha crece en una cuarta ola, marcada por la normalización política de posturas más autoritarias y radicales. Mientras agendas centristas se califican de izquierda radical, ideas incompatibles con la democracia entran al debate público como un tema más. La polarización asimétrica (es decir, acentuada en la derecha) facilita el aumento de liderazgos autoritarios y debilita los controles democráticos al deslegitimarlos para su socavamiento. Así, la nueva ultraderecha impulsa un Estado gerencial donde la legitimidad ya no deriva de la representación democrática, sino de la capacidad de propiciar decisiones rápidas que beneficien la imagen de liderazgos que impulsan aparentes cambios y avances.
Esta convergencia no es fortuita. Desde hace varias décadas una parte de la élite tecnológica de Silicon Valley elabora proyectos políticos que cuestionan abiertamente los fundamentos de la democracia liberal. La denominada «ilustración oscura», asociada a Nick Land, sostiene que la igualdad constituye un obstáculo para el despliegue del capitalismo tecnológico. Peter Thiel, Balaji Srinivasan y otros exponentes de esta corriente imaginan formas de organización social donde la pertenencia política deja de descansar en la ciudadanía, para transformarse en una relación contractual mediada por el mercado y la tecnología. En esa misma dirección se sitúan las propuestas de Curtis Yarvin, quien plantea sustituir los regímenes democráticos por formas de autoridad altamente centralizadas y administradas por élites tecnocráticas.
El manifiesto tecnooptimista de Marc Andreessen expresa esta visión al presentar la expansión tecnológica como un proceso inherentemente emancipador, independientemente de sus consecuencias sociales, laborales o ambientales. Sin embargo, es el manifiesto recientemente publicado por Alex Karp de Palantir, el que lleva esta idea aún más lejos. La empresa abandona cualquier pretensión de neutralidad tecnológica para reivindicar una alianza explícita entre las grandes corporaciones digitales, el Estado y la industria militar como condición para preservar la supremacía de Occidente a través de la remilitarización basada en la inteligencia artificial. La innovación deja de justificar su desarrollo en la mejora del bienestar colectivo y se centra en su capacidad para fortalecer la seguridad nacional, la inteligencia militar y la competencia geopolítica, pero no para todas las sociedades, solo para aquellas cuyas culturas son consideradas por los poderosos como superiores, tal como se interpreta de la tesis XXI del manifiesto.
De esta manera la democracia liberal es percibida por amplios sectores de la élite tecnológica como un arreglo institucional ineficaz para responder al “aceleracionismo”. Las exigencias de regulación, redistribución y control democrático son interpretadas como restricciones que limitan la innovación y reducen la competitividad. De ahí que Naomi Klein y Astra Taylor interpreten que la «salida» –de la que hablaba Albert Hirschman– adquiera para estos poderosos el significado de sustraerse de las obligaciones propias de la comunidad política democrática. Las fantasías de colonización espacial promovidas por Elon Musk o Jeff Bezos pueden leerse también desde esta perspectiva, la búsqueda de espacios donde el capital pueda operar sin las limitaciones impuestas por la regulación democrática. Sin duda, el ecosistema digital de las redes sociales configura las condiciones bajo las cuales se fomentan esas opiniones.
En ese sentido, la democracia enfrenta hoy un desafío distinto al que representó el neoliberalismo. Ya no basta con limitar el poder de los mercados. Es necesario democratizar las propias tecnologías que organizan la vida contemporánea y el rol de las universidades estatales frente a este reto es fundamental.
Se requiere de propuestas para la regulación de las grandes plataformas y de la protección de los datos personales. La innovación no puede seguir respondiendo exclusivamente a las estrategias de acumulación de las Big Tech, ni a los intereses geopolíticos de las grandes potencias. Debe orientarse a resolver necesidades sociales, fortalecer bienes públicos y enfrentar la crisis ecológica. La Coalición por la Soberanía Digital Democrática y Ecológica ha presentado un manifiesto para recuperar el control democrático sobre la digitalización (rgets.org/wp-content/uploads/2025/01/spanish_reclaiming-digital-sovereignty-3.pdf): la construcción de infraestructuras digitales públicas, la promoción de una investigación científica y tecnológica guiada por necesidades colectivas, los protocolos de regulación y limitación del monopolio que ejercen las grandes corporaciones tecnológicas, el cabildeo para una fiscalidad internacional capaz de gravar las rentas digitales y lucha por el desmantelamiento de los sistemas de vigilancia masiva. Atender esta agenda desde las universidades públicas es una tarea ineludible para evitar una mayor marginalización.
Puede parecer un programa excesivamente ambicioso. Sin embargo, toda transformación histórica inició alguna vez como una utopía. Frente a la distopía donde la concentración del poder tecnológico y la erosión de la democracia se refuerzan mutuamente, se debe pensar en formas democráticas de gobernar la digitalización como una misión de la Universidad de Costa Rica para atender los desafíos del presente.
La entrada Digitalismo y autoritarismo: las afinidades perversas del capitalismo aparece primero en Semanario Universidad.
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