Destino de la inversión extranjera: cuando la posición geográfica ya no es suficiente

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Manuel Brea

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En 2025, la inversión extranjera directa (IED) en el mundo alcanzó los $1.6 millones de millones. Este monto representó un crecimiento de 6% frente al año anterior y revirtió la tendencia negativa observada desde 2022. Sin embargo, estuvo altamente concentrada: más del 80% de los flujos se dirigió a solo 20 economías, encabezadas por Estados Unidos, Singapur, Hong Kong y Canadá. En América Latina, los principales destinos fueron Brasil, México y Argentina.

La concentración de la IED no se limitó a un reducido grupo de economías; también se observó en determinados sectores económicos. En 2025, los sectores vinculados a inteligencia artificial e infraestructura digital, semiconductores y tecnologías avanzadas, minerales críticos y tecnologías para la transición energética concentraron el 44% del valor de los nuevos proyectos de inversión anunciados globalmente, frente al 16% en 2020.

Para comprender el destino y la composición sectorial de la IED, debemos entender sus componentes: aportes de capital, reinversión de utilidades y financiamiento entre empresas relacionadas. Detrás de ellos subyace una decisión empresarial sobre dónde colocar o mantener recursos, que compara expectativas de crecimiento y rentabilidad, estabilidad institucional, acceso a mercados, infraestructura física y tecnológica, talento humano y riesgos.

La ubicación geográfica continúa siendo relevante en las decisiones de IED, como demuestra su concentración en economías con grandes mercados o posiciones estratégicas. Pero su valor aumenta cuando se complementa con las condiciones que permiten transformar esa ubicación en una ventaja competitiva.

Entre las economías que han sabido complementar su posición geográfica destaca Singapur. Después de su independencia en 1965, convirtió su ubicación sobre una de las principales rutas comerciales del mundo en una estrategia deliberada de atracción de inversión, complementándola con infraestructura, conectividad, capital humano e instituciones. Seis décadas después, su PIB per cápita supera los $99 mil y atrae inversiones en semiconductores, manufactura avanzada, biotecnología, economía digital e inteligencia artificial.

Esta capacidad de competir por la inversión extranjera, como lo ha demostrado Singapur, será aún más relevante hacia adelante. Los mercados anticipan incrementos graduales de las tasas de interés en Estados Unidos en los próximos meses. Un mayor costo del capital elevará la rentabilidad exigida a las inversiones, haciendo más selectiva la elección de economías y sectores receptores de IED.

¿Está Panamá preparado para competir por esa inversión? La pregunta no es únicamente cuánto IED podemos atraer, sino cuál. Panamá debería aprovechar su plataforma logística, conectividad y posición regional para atraer actividades de mayor valor: tecnología aplicada a logística, servicios digitales, centros regionales de servicios corporativos y tecnológicos, manufactura especializada y servicios vinculados al comercio internacional.

El objetivo no debería medirse únicamente por el volumen de IED recibido, sino por su capacidad para ampliar la base productiva del país. Inversiones que transfieran conocimiento, desarrollen proveedores locales, incorporen tecnología y eleven la productividad permitirían que la IED genere efectos que trasciendan el capital inicialmente invertido. Competir por esa inversión exigirá reformas que trasciendan los incentivos fiscales: educación, seguridad jurídica y, eventualmente, una modernización del marco constitucional.

El autor es financista.

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