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Marcos Vaca
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La desinformación adquiere otra dimensión cuando aparece durante una emergencia. No es solamente un problema de contenidos falsos: puede provocar miedo, alterar decisiones y competir con las instrucciones que una población necesita para protegerse.
El terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia el 10 de agosto volvió a demostrarlo también en Ecuador.
Horas después del sismo comenzaron a circular videos, imágenes y mensajes falsos o descontextualizados. Verificadores identificaron escenas atribuidas a Colombia que correspondían a otros países y contenidos generados con inteligencia artificial.
En Ecuador, una publicación incluso simuló una alerta oficial sobre una supuesta actividad sísmica inusual en la Costa y fijó una franja horaria para un posible terremoto.
La Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos la desmintió. La ciencia tampoco deja espacio para esa afirmación: los terremotos no pueden predecirse indicando anticipadamente fecha, lugar y magnitud. Ecuador tiene una amenaza sísmica permanente, pero reconocerla no equivale a anunciar que un terremoto ocurrirá mañana.
Ese matiz debería ser sencillo de comunicar. En la práctica, compite con cadenas de WhatsApp, videos espectaculares y publicaciones diseñadas para captar atención. La lógica de las plataformas premia muchas veces la velocidad, la sorpresa y la emoción antes que la comprobación.
Una imagen de destrucción puede recorrer miles de teléfonos antes de que una institución redacte su primer desmentido.
Por eso, pedir únicamente que el ciudadano “verifique antes de compartir” resulta insuficiente.
También las autoridades deben preguntarse si sus mecanismos de comunicación funcionan con la rapidez, claridad y credibilidad que exige una emergencia. Una cuenta oficial que solo aparece cuando debe negar un rumor llega tarde.
Ese desafío será todavía más importante en los próximos meses. El Niño no es ya una posibilidad distante: al 13 de agosto, la NOAA señala que el fenómeno se está fortaleciendo y calcula una probabilidad superior al 90% de que alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño e invierno del hemisferio norte de 2026-2027. Eso no garantiza impactos determinados en Ecuador, pero sí obliga a preparar información pública útil frente a posibles emergencias meteorológicas.
Además, el país llegará a esa etapa en medio del proceso electoral seccional, cuya votación está prevista para el 29 de noviembre. En ese contexto, la comunicación de riesgos necesita diferenciarse con especial cuidado de la propaganda política. Una alerta debe explicar qué ocurre, dónde, qué debe hacer la población y qué se sabe todavía, sin triunfalismo ni aprovechamiento partidista.
No existe una fórmula capaz de impedir que circule información falsa. Tampoco es realista aspirar a controlar todos los mensajes privados y redes sociales. Sí es posible reducir el espacio que ocupan los rumores cuando existen fuentes técnicas confiables, visibles y rápidas.
Las emergencias no dan tiempo para construir credibilidad. Cuando llegan, esa credibilidad ya debería existir.
Esa es una tarea institucional, mediática y ciudadana que debe practicarse antes del próximo terremoto, inundación o elección, no después de la alarma viral.
Aquí pueder leer nuestros editoriales
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El terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia el 10 de agosto volvió a demostrarlo también en Ecuador.
Horas después del sismo comenzaron a circular videos, imágenes y mensajes falsos o descontextualizados. Verificadores identificaron escenas atribuidas a Colombia que correspondían a otros países y contenidos generados con inteligencia artificial.
En Ecuador, una publicación incluso simuló una alerta oficial sobre una supuesta actividad sísmica inusual en la Costa y fijó una franja horaria para un posible terremoto.
La Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos la desmintió. La ciencia tampoco deja espacio para esa afirmación: los terremotos no pueden predecirse indicando anticipadamente fecha, lugar y magnitud. Ecuador tiene una amenaza sísmica permanente, pero reconocerla no equivale a anunciar que un terremoto ocurrirá mañana.
Ese matiz debería ser sencillo de comunicar. En la práctica, compite con cadenas de WhatsApp, videos espectaculares y publicaciones diseñadas para captar atención. La lógica de las plataformas premia muchas veces la velocidad, la sorpresa y la emoción antes que la comprobación.
Una imagen de destrucción puede recorrer miles de teléfonos antes de que una institución redacte su primer desmentido.
Por eso, pedir únicamente que el ciudadano “verifique antes de compartir” resulta insuficiente.
También las autoridades deben preguntarse si sus mecanismos de comunicación funcionan con la rapidez, claridad y credibilidad que exige una emergencia. Una cuenta oficial que solo aparece cuando debe negar un rumor llega tarde.
La confianza se construye antes: con vocerías técnicas identificables, protocolos conocidos, información frecuente y explicaciones que distingan riesgo, probabilidad, alerta y predicción.
Ese desafío será todavía más importante en los próximos meses. El Niño no es ya una posibilidad distante: al 13 de agosto, la NOAA señala que el fenómeno se está fortaleciendo y calcula una probabilidad superior al 90% de que alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño e invierno del hemisferio norte de 2026-2027. Eso no garantiza impactos determinados en Ecuador, pero sí obliga a preparar información pública útil frente a posibles emergencias meteorológicas.
Además, el país llegará a esa etapa en medio del proceso electoral seccional, cuya votación está prevista para el 29 de noviembre. En ese contexto, la comunicación de riesgos necesita diferenciarse con especial cuidado de la propaganda política. Una alerta debe explicar qué ocurre, dónde, qué debe hacer la población y qué se sabe todavía, sin triunfalismo ni aprovechamiento partidista.
No existe una fórmula capaz de impedir que circule información falsa. Tampoco es realista aspirar a controlar todos los mensajes privados y redes sociales. Sí es posible reducir el espacio que ocupan los rumores cuando existen fuentes técnicas confiables, visibles y rápidas.
Las emergencias no dan tiempo para construir credibilidad. Cuando llegan, esa credibilidad ya debería existir.
Esa es una tarea institucional, mediática y ciudadana que debe practicarse antes del próximo terremoto, inundación o elección, no después de la alarma viral.
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