Democracia, autoritarismo y los agentes ocultos

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Manuel Bermúdez

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En este marco de inestabilidad, los procesos electorales en las repúblicas democráticas son difíciles de ver como salidas u opciones solución y, por el contrario, parecen alimentar la incertidumbre.

En los recientes meses, América Latina ha vivido un giro hacia la extrema derecha que no vivía desde la infausta época de las dictaduras militares.

Pero ese auge de la extrema derecha o “postfascismo”, como le llama el historiador italiano Enzo Traverso, se convierte en un combustible para las llamas del caos.

Al canalizar el malestar, grupos advenedizos, sin partido y, por tanto, sin mucho qué perder como miembros de la clase política, acceden al poder sin planes ni proyectos, inspirados más en demoler que en construir.

Las élites dominantes los respaldan desde la sombra, con tal de que les ahuyenten la amenaza de la izquierda y sus intereses sociales y les permitan una reforma del Estado que les permita hacer negocios.

“El fascismo del siglo XXI no busca abolir las formas democráticas, sino intervenir desde dentro, erosionarlas, transformarlas desde su interior. Esta manera de desdibujar las fronteras entre fascismo y democracia crea cierta obsolescencia de las viejas categorías analíticas”, dice Traverso en una entrevista con la revista Jacobino.

Para este historiador ese auge sorpresivo e irresponsable creció a la sombra de una institucionalidad democrática previamente vulnerada.

“El fascismo del siglo XXI no busca abolir las formas democráticas, sino intervenir desde dentro, erosionarlas, transformarlas desde su interior”, Enzo Traverso.

“Si la democracia es solo estas instituciones vaciadas, será muy difícil movilizar un gran movimiento antifascista para defenderlas, sobre todo cuando quienes las atacan se presentan también como demócratas y dicen —con algo de razón— que estas instituciones no funcionan. ¿Qué es lo que hay que defender? Ahí está el problema”, explica.

La democracia, entonces, aparece como un importante instrumento antidemocrático, lo cual contribuye a la desazón.

Los procesos electorales son la única participación directa de los ciudadanos en las instituciones políticas, pero no constituyen garantía de sociedades más democráticas, ni siquiera de que esos ciudadanos elijan un proyecto a futuro para su conveniencia.

Las democracias de Occidente son distintas a las de otros países como Irán, Rusia o China, pero estas también son repúblicas, tienen procesos electorales y tienen debates en sus Congresos donde las leyes se aprueban o rechazan.

En los próximos meses, cuatro procesos electorales revisten un interés internacional y elevan la expectativa: le elección de la Duma Estatal de la Federación Rusa, del 18 al 20 de setiembre; las elecciones generales en Brasil el 4 de octubre; la elección de la Knéset o parlamento israelí, el 27 de octubre, y las elecciones de medio periodo en EE. UU., el martes 3 de noviembre. Cada uno de estos procesos funciona como plebiscito para sus gobiernos.

La Rusia de Putin

Pese a estar en una situación de guerra, acosado por Gobiernos hostiles reclutados por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que pasó de ser un organismo militar de defensa a uno agresivo luego de la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y ser objeto de sanciones internacionales tan arbitrarias como reiteradas, así como sufrir constantes ataques terroristas, el gobierno de Vladimir Putin en Rusia sostiene un sistema republicano democrático con importantes procesos electorales.

Lejos de la imagen que se ha intentado difundir en Occidente de un líder dictatorial de poder monolítico y mano férrea, el presidente Putin ha logrado mantenerse el poder gracias a un respaldo masivo, que las encuestas de empresas extranjeras tienen que reconocer con un respaldo cercano al 80%.

Putin, un político de conservador nacionalista de centro-derecha, ha sido un buen gobernante para los rusos. Desde su ascenso al poder como presidente, al inicio de este siglo, ha logrado impulsar la economía rusa, ordenar al caos heredado tanto en lo institucional como en lo privado y pasar de una Rusia humillada y ofendida, a finales del siglo pasado, hace menos de 30 años, a una de las tres principales potencias mundiales.

Guerra con Ucrania

El golpe de Estado en Ucrania en 2014, orquestado por las agencias de inteligencia de EE. UU., provocó que Crimea decidiera separarse del gobierno ucraniano y adherirse a la Federación Rusa, algo que Putin respaldó inmediatamente y le valió la primera carga de sanciones de las potencias occidentales. Asimismo, como consecuencia de ese golpe de Estado, Donetsk y Lugansk, en el Donbás ucraniano, se declararon en rebeldía, por lo cual se inició una guerra civil en esa región en la que los rusos respaldaron a los autonomistas dado que la mayoría de la población ahí era de origen ruso y la legislación del gobierno instaurado tras el golpe de Estado en Kiev los perseguía particularmente.

Cuando en 2021, el presidente ucraniano Voldomir Zelenki anunció que integraría a su país a la OTAN, la respuesta de Moscú es que eso sería intolerable y llamó a una conversación, pero no fue escuchada.

El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania, por lo que sufrió la mayor carga de sanciones que las potencias occidentales habían aplicado jamás a un país. Putin sostuvo lo que llamó una “operación militar especial” que pretendía obligar a que se respetaran los acuerdos de Minsk II sobre los territorios del Donbás y que Ucrania renunciara a sus aspiraciones de sumarse a la OTAN.

La respuesta de los países sancionadores fue abandonar la vía diplomática y dedicar un gigantesco esfuerzo económico a sostener a Ucrania en una guerra de desgaste que, a la larga, podría debilitar lo suficiente a Rusia como para someter a su gobierno por la vía de las sanciones.

Tras casi cinco años de guerra, en la que Rusia no logró obligar a una negociación, pero donde Kiev ha perdido, y sigue perdiendo, una parte importante de su territorio (más del 20%), la acción bélica ha tomado una forma muy distinta. Ucrania se ha convertido, de facto, en una base de la OTAN para el hostigamiento y desgaste de Rusia. Las nuevas tecnologías de misiles y drones han permitido que ese hostigamiento a profundidad en territorio ruso hacia objetivos civiles obligue al ejército ruso a emplear gran cantidad de recursos en el abatimiento de las bases e instalaciones desde las cuales se lanzan los ataques. Esta costosa operación en términos económicos y de arsenal especializado puede ser de especial importancia para la OTAN que sigue pregonando una guerra directa con Rusia a mediano plazo, pero para Ucrania y su pueblo supone enfrentarse al aniquilamiento.

Como estaba claro desde 2022, en este “gambito ucraniano” no había posibilidad de que Kiev ganara, ni con el potente respaldo de sus socios atlantistas, pero la devastación y muerte a que se está aventurando, al decidir convertir su territorio en general en una base de misiles y drones para el hostigamiento de Rusia, evidencia la insensatez de su gobierno y el desalmado cinismo de sus aliados.

El presidente ruso ha intentado en reiteradas ocasiones poner fin a la guerra. Durante los primeros cuatro años del ataque a Ucrania procuró reducir el daño más allá del frente de guerra, lo que provocó fuertes críticas internas dentro de su gobierno por no poner fin al conflicto de manera contundente. Ahora, en las próximas elecciones esas críticas empiezan a expresarse.

La Duma Estatal rusa

Las elecciones legislativas de Rusia de 2026 se llevarán a cabo del 18 al 20 de septiembre para asignar los 450 escaños de la Duma Estatal, la cámara baja de la Asamblea Federal de Rusia, el poder legislativo.

Rusia Unida es el partido gobernante de Putin, al ganar las elecciones de 2021 con el 49,8% de los votos, obtuvo 324 escaños, pero esa cifra podría bajar el mes próximo.

Encuestas del Centro de Opinión Pública de la Federación Rusa señalan que el respaldo a la gestión ejecutiva se sitúa actualmente en el 66%. Lo cual es una reducción sensible para un mandatario que ha gozado en forma continua de un respaldo de alrededor del 80%.

Rusia Unida, el partido de más respaldo, cuenta con intención de voto de apenas el 31%, seguido por el opositor Partido Comunista, que ha ido ganando terreno hasta llegar al 17%.

En las elecciones de este año participarán Jersón, Zaporozhie, Luhansk y Donetsk, territorios ucranianos adheridos a la Federación Rusa.

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El presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva busca la reelección a sus 80 años para sostenerse como un contrapeso de los Gobiernos sudamericanos dominados por EE. UU.

Brasil contra Trump

Las elecciones que inician oficialmente este 15 de agosto en Brasil, convocan a 156 millones de votantes y revisten un especial interés para América Latina por diversas razones.

Se trata de la mayor potencia latinoamericana, además gobernada por Luiz Inácio Lula da Silva, del izquierdista Partido de los Trabajadores.

Con la oposición expresa del presidente de EE. UU. Donald Trump y el intervencionismo de su discípulo argentino Javier Milei, Lula busca su urgente reelección en una panorama regional donde la extrema derecha ha tomado el protagonismo.

Con sus 80 años, Lula se mantiene como un líder querido y con gran respaldo, pero su rival, Flávio Bolsonaro, hijo del exmandatario Jair Bolsonaro ha logrado subir en la intención de voto. Según las recientes encuestas, Lula alcanza un 40% frente a Bolsonaro con 32% en la primera ronda del 4 de octubre.

Mientras en abril y mayo se mantenían empatados, en julio las predicciones los ponían 43% a 48% a favor de Lula. Con votos nulos de 9%.

Pero la más reciente del Quaest del 31 de julio al 3 de agosto, aumentaba los indecisos y ponía a los delanteros con 39 a 30, siempre a favor de Lula. Para una segunda ronda el actual presidente alcanza 44 y Bolsonaro 39, según ese sondeo. La segunda ronda se daría tres semanas después, el 25 de octubre.

Por otra parte, además de la disputa en un balotaje, lo que ya se ha establecido como una constante en los procesos electorales latinoamericanos recientes, el tema de principal preocupación de los votantes es la inseguridad y el crimen, único en que Bolsonaro equipara a Lula.

La gestión del gobierno de Lula mantiene una aprobación del 48% frente a una desaprobación del 47%, según Quaest.

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Benjamin Netanyahu enfrenta la posibilidad de perder el poder en que se ha sostenido más que ningún otro primer ministro israelí, pero también perder su inmunidad.

Israel

Las elecciones parlamentarias en Israel están previstas a celebrarse el 27 de octubre de 2026 para elegir a los 120 miembros de la vigésimo sexta Knéset o parlamento israelí, el cual sería encargado de nombrar al primer ministro, de lo que depende que Benjamin Netanyahu sea reelecto.

Pese a que la constante en Israel ha sido que los gobiernos sean inestables y las elecciones frecuentes, Netanyahu es el primer ministro que más tiempo ha estado a cargo del gobierno.

La última vez que el gobierno de Israel cumplió la legislatura sin convocar elecciones anticipadas fue en 1988. Solo entre 2019 y 2022, los israelíes acudieron a las urnas cinco veces. El ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023 permitió a Netanyahu fortalecerse en el poder, pero la operación genocida con que atacó la Franja de Gaza le ha quitado a Israel apoyos internacionales y, a lo interno, muchos israelíes piensan que no ha manejado bien la guerra ni ha garantizado su seguridad.

Netanyahu ahora intenta ponerse firme ante Trump y su plan de paz para Gaza. Niega que vaya a pactar con Hamás y desocupar esos territorios. El primer ministro rechazó el plan y sostuvo que Israel no se replegaría de ninguna de sus posiciones en Gaza hasta que Hamás haya sido completamente desarmado. Pero tampoco es bueno para su partido de extrema derecha Likud mostrar un distanciamiento de su principal aliado y protector en el mundo.

Las encuestas en el país muestran un auge del apoyo a los partidos de la oposición, encabezados por el exprimer ministro Naftali Bennett.

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Donald Trump sabe manejar un poder más allá de las urnas, pero no deja de advertir un riesgo en las elecciones de medio periodo.

El noviembre de Trump

Pese a su desastrosa gestión gubernamental y al “reality show” en que convirtió la política interna y externa de EE. UU., el presidente republicano Donald Trump no teme a la batalla electoral del próximo 3 de noviembre.

El primer martes de noviembre cada dos años, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos se renueva por completo. En esa fecha, las llamadas elecciones de medio periodo, eligen los 435 escaños de la Cámara de Representantes de EE. UU., además de 35 (un tercio) de los 100 del Senado. Así como gobernadores en 39 estados.

Este proceso de medio periodo suele hacer perder escaños al partido de gobierno, por el desgaste político de su gestión. Pero, también, es frecuente que los presidentes busquen la reelección después de su primer mandato, con lo cual en la nueva campaña presidencial puede recuperar el control de la Cámara Baja. No será el caso en 2028, ya que Trump estaría terminando su segundo mandato y no puede reelegirse.

El presidente republicano se podría jugar todo aquí, pues mucho se rumora que el Congreso pueda convocar un juicio político o impeachment debido a las graves faltas que ha cometido en dos años de gestión, pero esa posibilidad no parece preocuparle mucho, como sí el rechazo que significaría.

Sus rivales demócratas continúan sin capacidad de articularse y, por ahora, las élites dominantes prefieren negociar con el dueño del circo.

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