De Mosaddeq a Trump: crónica de una derrota anunciada

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Pablo Deheza

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El gobierno de Trump II pasará a la historia como un gobierno de pulsiones erráticas bajo control del sionismo mundial, en medio de un proceso irreversible de decadencia imperial acelerado por la emergente hegemonía productiva, tecnológica y económica de China.

Un cuadro agravado porque corre un siglo multipolar y horizontal —relaciones Sur/Sur, emergencia de los países BRICS y hasta de una tardorrevolución descolonizadora como la de Burkina Faso— que no acepta la dictadura del dólar y ha enterrado al mundo unipolar. Estamos en vísperas de la desaparición de la OTAN; la Europa vieja y decadente urge construir un lugar donde existir en el mundo contemporáneo. Al mismo tiempo, vuelven los tiempos en que un país pequeño o mediano puede derrotar militarmente y hasta humillar, como lo hizo Vietnam —primero a Francia y luego a Estados Unidos—, que era un país mucho menor que lo que es hoy Irán, hace más de medio siglo.

Pulsiones erráticas​


Esas histriónicas pulsiones —mezcla de gestos, pasitos de baile, consignas y frases cortas que buscan ser una idea— se ventilan diariamente con incontinencia verbal, adornadas por las limitaciones físicas e intelectuales del presidente norteamericano, y manifiestan improvisaciones de graves consecuencias, solo protegidas por la enorme capacidad mediática corporativa y una creatividad discursiva hilarante que siempre deja abierta la definición de lo que se hace o se pretende.

La última agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán fue denominada, con alharaca y algo de misticismo, «Furia Épica». Lo de furia no necesita mayor explicación, porque es un sentimiento humano básico que manifiesta el ánimo descontrolado que precede a la agresión física, verbal o simbólica de un semejante, tal como venimos haciendo desde los tiempos de las cavernas. El calificativo de épica es lo relevante, porque descubre algo de las pretensiones y las urgencias narrativas del gobierno norteamericano: mostrar el matonaje como si estuviese relacionado con el heroísmo, y su necesidad de palabras para tratar de cubrir un ataque brutal como si pudiera ser una leyenda.

Piedra en el zapato​


La verdad histórica es que Irán siempre fue una piedra en el zapato del imperialismo británico —hasta 1945— y luego del norteamericano. Irán siempre fue un Estado-civilización estratégico por su posición geográfica entre Asia y el mar Rojo, con una enorme costa sobre el estrecho de Ormuz, protegido por mares y montañas, y en extremo valioso por sus hidrocarburos.

El problema es que Irán, por su revolución islámica, no forma parte del proceso de domesticación imperial de países —sultanatos o reinos árabes del golfo Pérsico que, en su cómodo y rentable sometimiento al dólar norteamericano, permitieron la construcción de bases militares norteamericanas alrededor de Irán—. De esta forma, directa e indirectamente, los países del Golfo se sumaron al relato sionista de que Irán era una amenaza existencial para Israel, y los países árabes como Arabia Saudita o Jordania —evidentemente incompatibles en lo religioso y lo político— permitieron el cerco militar norteamericano.

En consecuencia, estamos ante una vieja y asentada campaña del sionismo contra Irán —con todo su poder mundial, su control político en Estados Unidos y el virtual secuestro de Trump por el caso Epstein—, en coincidencia con los intereses anglosajones que salieron perdiendo en la ecuación petrolera a raíz de la revolución islámica de 1979.

Memoria​


Hay que recordar que esta revolución, liderada por el ayatolá Ruhollah Musaví Jomeini, derrocó al sha Mohammad Reza Pahleví, puesto por Estados Unidos (1953) luego del tradicional golpe de Estado contra el gobierno democrático —sí, Irán tenía un gobierno democráticamente electo— de Mohammad Mosaddeq, porque había cometido el pecado de nacionalizar el petróleo (1951), afectando a la empresa británica Anglo-Iranian Oil Company.

Obviamente, de esta larga historia Trump debe saber poco, o quizá ni le interese, y ni hablar de su ministro de Defensa, que saltó de presentador de noticias de Fox News a encabezar esta guerra. El problema es que Trump hizo campaña en 2015 contra las guerras, y de hecho el movimiento de «América grande otra vez» se basaba en la idea de gobernar sin perderse en interminables guerras y luego salir a la escapada, como en Afganistán en 2022, para más bien concentrarse en recuperar las industrias expatriadas y el liderazgo tecnológico.

Disidencias dentro de MAGA​


Frente al relato de que Irán es una amenaza existencial y que, en consecuencia, había que acabar con su programa nuclear y de hecho había que promover y ejecutar el «cambio de régimen», hubo en MAGA potentes voces disidentes, como la de Tucker Carlson, mediático periodista vinculado a Fox News y a Trump, que, cuando se desató la guerra, denunció su ilegalidad y sus nefastas consecuencias para Estados Unidos. Es este mismo periodista el que recuerda que Joe Kent, uno de los máximos responsables de Inteligencia del país, renunció al empezar la guerra, argumentando que era una falacia decir que Irán fuese una amenaza y, más aún, que estuviera en condiciones de fabricar una bomba atómica.

A estas alturas no queda duda: fue Israel y, en particular, su líder necrófilo, Netanyahu, el que dejó a Trump sin resistencia y llevó a su gobierno por las narices —vía el poderoso lobby judío en los alrededores del Capitolio y la Casa Blanca— a la guerra. Israel, a estas alturas el Estado canalla, llegó al extremo de intentar destrozar a Irán como antes, con mano norteamericana, se hizo con Irak, Libia o Siria. Según la doctrina sionista del «Gran Israel», la ocupación colonial creada por el Reino Unido en 1948 debe avanzar sobre la base de la destrucción de los países árabes del entorno no doblegados, en particular Irán, que es el gran obstáculo.



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