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Gabriela Quiroz
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Dos familias quiteñas. Un mismo dilema durante julio y agosto. En una escena, la madre busca en su teléfono campamentos vacacionales mientras su hijo de ocho años espera en el sofá con la tablet encendida. En otro escenario, a cuatro km de distancia, una abuela cuida a tres nietos mientras sus padres trabajan: no hay campamento, no hay tablet propia, hay un departamento pequeño y un parque al que no siempre es seguro bajar. La pregunta que se hacen las dos familias es la misma: ¿Qué actividades para niños en vacaciones se pueden hacer? La respuesta, según los especialistas, no depende solo del presupuesto familiar. Depende de la etapa de desarrollo en la que están.
Antes de hablar de actividades hay un dato que encuadra el problema. Pamela Defaz, investigadora y coordinadora de Educación de World Vision Ecuador, distingue dos tipos de vacaciones que conviven en el mismo país y, específicamente en la Sierra y Amazonía. Se trata de las vacaciones con privilegios y las vacaciones por supervivencia. Las primeras tienen campamentos, talleres de arte, clases de idiomas y tecnología. Las segundas transcurren encerradas por inseguridad, al cuidado de hermanos mayores o menores, o con una incorporación temprana al trabajo infantil.
Defaz señala que el período vacacional evidencia las desigualdades estructurales, y que Ecuador aún está lejos del estándar que establece el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño, que garantiza el derecho al juego, al descanso y a la recreación. “Si bien existen esfuerzos locales valiosos, no contamos con una política pública nacional articulada, sostenida y con financiamiento adecuado”. Ese vacío es especialmente crítico en zonas rurales, periurbanas y periféricas, donde los niños enfrentan condiciones de desprotección estructural durante el receso escolar.
Lo que sigue aplica a todas las familias. Pero no todas parten del mismo lugar:
A esta edad, el juego no es una forma de pasar el tiempo. Es el mecanismo principal mediante el cual el cerebro infantil construye las bases del pensamiento abstracto, el lenguaje y la regulación emocional. Silvia Tapia, especialista en neurodesarrollo de la UDLA, explica que aparece el juego imaginativo. Y, que ese juego simbólico –jugar a la casita, al doctor, a cocinar, a construir castillos con cobijas– es mucho más que entretenimiento. Es el punto de partida del simbolismo que más adelante permitirá al niño asociar grafemas con sonidos, formar palabras y comunicar ideas.
Liliana Guerrero, docente de la Facultad de Ciencias Sociales, Educación y Humanidades de la UTPL, lo confirma desde la pedagogía. “Un niño que juega no está perdiendo el tiempo; está comprendiendo el mundo a su manera”. En esta etapa, agrega, el niño aprende con el cuerpo: necesita correr, saltar, tocar, oler, escuchar, ensuciarse y transformar los objetos. Una caja puede ser un carro, una casa o un castillo.
Para los campamentos de la USFQ, que reciben desde cuatro años, las actividades para niños en vacaciones que mejor funcionan: juegos cooperativos, arte, experimentos sencillos y dinámicas con historias. Lo que no funciona, en vacacionales y en casa, son las actividades largas con poca participación activa. En estas edades se requiere de movimiento.
Tapia agrega un punto que los padres suelen pasar por alto: la calidad del lenguaje del adulto en esta etapa es determinante. El uso infantilizado del lenguaje -hablarle al niño con diminutivos exagerados o con pronunciación incorrecta- no permite una buena retroalimentación auditiva. Y puede generar dificultades de articulación. El niño imita lo que escucha. También importa escucharle de verdad. “Tener ese espacio de verdad escuchar lo que me quieras decir”, describe la especialista al hablar del intercambio comunicativo que fortalece el desarrollo cognitivo.
Los niños más pequeños demandan juegos al aire libre y con movimiento. Foto: EL COMERCIO
Entre los seis y los nueve años el centro de gravedad se desplaza. El niño ya no aprende solo a través del juego libre, sino a través del contacto con sus pares, el reto y la responsabilidad. Tapia describe que a esta edad los niños tienden a tomar todo como cierto. En esta fase, los padres son los más sabios, los profesores siempre son justos, al amigo se le debe lealtad absoluta. Se forman los primeros lazos reales de cooperación e independencia.
Lo que se desarrolla en este rango no es conocimiento memorístico sino pensamiento basado en el razonamiento. Tapia advierte sobre lo que llama la doble presencia. Tiene que ver con que el niño coma mientras mira pantallas, o que pinte mientras juega con algo entre los pies. Esa doble presencia impide la atención plena y limita el desarrollo de la memoria de trabajo y la planificación. “Si hoy voy a trabajar en esta tarea, tengo que hacer únicamente esta tarea”, explica.
Guerrero propone una imagen que ilustra bien lo que puede pasar en vacaciones sin costo. “Una caminata puede convertirse en una clase de ciencias, de lenguaje y de valores al mismo tiempo. Observamos plantas, inventamos historias, conversamos, hacemos preguntas y aprendemos a cuidar el entorno. Todo eso ocurre sin necesidad de cuaderno ni examen”.
Tapia añade un elemento que pocas guías de vacaciones mencionan: las responsabilidades del hogar. No el tender la cama -que es una responsabilidad individual- sino contribuir a la familia. Por ejemplo: vaciar la papelera del baño, regar las plantas, darle de comer a la mascota. “Delegar las tareas sencillas que contribuya para que toda la familia también se encuentre bien. Y, no solamente se vea como una responsabilidad exclusiva de los padres”. Ese tipo de encargo, reconocido y valorado por adultos, desarrolla sentido de pertenencia y autoestima.
La preadolescencia es una etapa de transición que los padres suelen enfrentan sin herramientas, porque lo que funcionaba antes deja de dar resultado. Tapia describe que es común que aparezcan retrocesos: el niño que ya se organizaba solo vuelve al desorden, el que se acostaba temprano empieza a resistirse. Esos retrocesos no son señales de alarma: son parte de la reorganización que anticipa la pubertad.
Lo que necesita esta etapa no es menos estructura, sino límites explícitos y no autoritarios. La diferencia, según Tapia, es decisiva: “Los límites no quieren decir tener un adulto autoritario”. Si durante la infancia se construyeron lazos de comunicación, el preadolescente entiende que las reglas existen para algo y que su incumplimiento tiene consecuencias que impactan a toda la familia, no solo a él.
La participación en las decisiones familiares es también clave. Tapia recomienda incluir al niño en conversaciones como qué hacer en el feriado, cómo organizarse, qué proponer. “Opiniones de todos, busquen, vean, propongan”, señala. Escucharle con atención real -haciendo silencio, mirándole a los ojos- es una forma concreta de decirle que lo que piensa importa.
Isabel Merino, directora del Instituto de Enseñanza y Aprendizaje de la USFQ, observa desde la experiencia del campamento que entre los ocho y los doce años generan gran interés los desafíos en equipo, los deportes, los proyectos STEAM, la construcción y las actividades donde los niños puedan crear algo tangible. Lo que fracasa, en cambio, son las actividades que se parecen demasiado a la rutina escolar.
En los campamentos de la USFQ, Salvatore Foti, encargado del Summer Camp, observa que los grupos de esta edad se integran rápidamente una vez que encuentran un ambiente dinámico: “En pocas horas los grupos ya están integrados, los niños comienzan a relacionarse con naturalidad, se sienten felices y nacen amistades que muchas veces continúan después del campamento.”
Tapia agrega un punto urgente para el contexto ecuatoriano actual: a esta edad es indispensable conversar sobre seguridad, no para generar psicosis, sino para que la falta de experiencia no los lleve a ser “extremadamente confiados” y presa fácil de situaciones de riesgo. La hipersexualización temprana, el acceso a contenidos no apropiados para su edad y la exposición a redes delictivas digitales son riesgos concretos que requieren acompañamiento, no silencio.
La actividad física en medio de la naturaleza es clave durante el periodo de vacaciones escolares.
En la adolescencia el grupo de pares se convierte en la prioridad. Eso no es un problema: es parte del proceso de construcción de identidad. El error que cometen muchos adultos es intentar competir con ese grupo o reemplazarlo con actividades impuestas. Tapia propone otra estrategia: conocer a las familias de los amigos con quienes se rodea el adolescente, no de forma invasiva, sino para tener una idea de cómo está estructurado su mundo social.
Lo que un adolescente necesita en vacaciones no es entretenimiento sino propósito. Tapia señala que las actividades comunitarias -organizarse para apoyar a otras personas, gestionar proyectos para el bien común- desarrollan habilidades blandas que serán necesarias en la vida adulta: liderazgo, organización, empatía, responsabilidad. Y evitan que el tiempo libre se llene de actividades “que no van a tener un propósito, que no van a ayudar a construirse.”
La actividad física sigue siendo fundamental. Tapia advierte que el desarrollo físico del adolescente exige movimiento activo, pero que las condiciones urbanas actuales -viviendas sin patio, espacios públicos con inseguridad- lo dificultan. La solución no es la inactividad sino buscar alternativas: deportes en espacios controlados, actividad dentro de casa, acompañamiento adulto en las salidas.
En los campamentos de la USFQ, Merino observa que los adolescentes responden mejor a talleres especializados, laboratorios, tecnología, retos de innovación y actividades vinculadas con posibles carreras universitarias. La orientación vocacional en vacaciones no es presión: es exploración. Y Merino aporta una observación que cambia el enfoque sobre las pantallas en esta etapa: “Lo que inicialmente parece una dependencia de la pantalla responde más a la falta de alternativas estimulantes que a una necesidad real.”
Las vacaciones son también el momento para las conversaciones que durante el año escolar quedan pendientes. Tapia recomienda hablar con los adolescentes sobre lo que puede pasar: las fiestas, el alcohol, los cigarrillos, el inicio de la sexualidad, las redes sociales y las fuentes confiables de información. No como una alerta aterradora, sino como preparación. “Ayudarle a entender que esto puede pasar para que cuando llegue ese momento no sea tan impactante”, describe.
Las familias que no pueden pagar un campamento no están en desventaja inevitable. Están en desventaja estructural, pero tienen herramientas. Defaz recomienda construir una red de cuidado entre vecinos y familiares, aprovechar espacios públicos gratuitos —parques, bibliotecas, canchas deportivas en horarios seguros— y establecer rutinas con propósito: actividades diarias con un objetivo claro, como crear juegos con materiales reciclados, leer en familia o asumir responsabilidades del hogar de forma lúdica.
Guerrero propone actividades con cero presupuesto que tienen alto valor pedagógico: juegos de observación desde la ventana, juegos tradicionales como la rayuela, las escondidas, las adivinanzas y los trabalenguas, y el “día de talentos”, en el que cada miembro de la familia comparte algo que sabe hacer. “Esto fortalece la autoestima y ayuda a que los niños comprendan que todos tenemos algo valioso que aportar”, señala.
Foti, desde la experiencia del campamento, resume los principios que cualquier familia puede replicar sin costo: momentos diarios sin pantallas para el juego libre, actividades prácticas como cocinar o sembrar, juegos cooperativos en familia, salidas al aire libre aunque sean al parque del barrio, responsabilidades del hogar acordes con la edad, y un espacio diario de conversación. Merino agrega un sexto elemento que muchas familias omiten: reservar tiempo cada día para que el niño cuente cómo se sintió, qué aprendió y qué le gustaría descubrir después.
Las vacaciones escolares no deberían ser ni una extensión del año escolar ni dos meses sin estructura. Guerrero lo define con precisión: “Las vacaciones pueden ser una escuela distinta: una escuela sin pupitres, sin uniforme y sin exámenes, pero llena de aprendizajes para la vida”.
Foti añade que lo más importante no es reproducir un campamento completo, sino generar experiencias variadas, activas y compartidas. Y termina con una reflexión que aplica a todos los adultos que acompañan a un niño este julio: Mi invitación es a volver a lo esencial: ofrecerles libros, cuentos, materiales para dibujar. Acerquemos nuevamente a los niños al mundo de la lectura, de la imaginación y del juego. Y, si me permite una reflexión final, creo que uno que otro adulto también debería volver a los libros”.
¿Qué actividades son adecuadas para niños de 3 a 5 años en vacaciones escolares?
El juego simbólico, el movimiento libre, el arte con materiales simples y los experimentos sencillos. Silvia Tapia, especialista en neurodesarrollo de la UDLA, explica que el juego imaginativo en esta etapa es la base del pensamiento abstracto, el lenguaje y la regulación emocional.
¿Qué diferencia hay entre lo que necesita un niño de 8 años y un adolescente de 15 en vacaciones?
Un niño de 8 necesita contacto con pares, retos y responsabilidades del hogar. Un adolescente de 15 necesita propósito, privacidad y conversaciones sobre los temas que el año escolar deja pendientes. Las estrategias que funcionan a los ocho ya no funcionan a los quince.
¿Qué pueden hacer las familias sin recursos para que sus hijos tengan vacaciones enriquecedoras?
Construir una red de cuidado vecinal, aprovechar parques y bibliotecas gratuitas, establecer rutinas con propósito y reservar un espacio diario de conversación. Todo esto tiene costo cero y alto valor pedagógico, según Pamela Defaz de World Vision Ecuador.
¿Qué habilidades desarrollan los niños en actividades grupales que no desarrollan frente a una pantalla?
Comunicación, trabajo en equipo, empatía, resolución de conflictos, tolerancia a la frustración y confianza. Isabel Merino, del Instituto de Enseñanza y Aprendizaje de la USFQ, observa que estas habilidades se fortalecen cuando los niños negocian reglas y enfrentan retos reales con sus pares.
¿Cómo saber si los retrocesos de un preadolescente de 10 a 12 años son normales en vacaciones?
Son normales. Tapia explica que el desorden, la resistencia a los horarios y los cambios de humor en esta etapa son parte de la reorganización que anticipa la pubertad. Las señales que sí ameritan consulta son el aislamiento extremo, el desinterés absoluto o regresiones conductuales sostenidas.
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No todas las actividades para niños en vacaciones son iguales
Antes de hablar de actividades hay un dato que encuadra el problema. Pamela Defaz, investigadora y coordinadora de Educación de World Vision Ecuador, distingue dos tipos de vacaciones que conviven en el mismo país y, específicamente en la Sierra y Amazonía. Se trata de las vacaciones con privilegios y las vacaciones por supervivencia. Las primeras tienen campamentos, talleres de arte, clases de idiomas y tecnología. Las segundas transcurren encerradas por inseguridad, al cuidado de hermanos mayores o menores, o con una incorporación temprana al trabajo infantil.
Defaz señala que el período vacacional evidencia las desigualdades estructurales, y que Ecuador aún está lejos del estándar que establece el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño, que garantiza el derecho al juego, al descanso y a la recreación. “Si bien existen esfuerzos locales valiosos, no contamos con una política pública nacional articulada, sostenida y con financiamiento adecuado”. Ese vacío es especialmente crítico en zonas rurales, periurbanas y periféricas, donde los niños enfrentan condiciones de desprotección estructural durante el receso escolar.
Lo que sigue aplica a todas las familias. Pero no todas parten del mismo lugar:
De 3 a 5 años: el juego es el trabajo
A esta edad, el juego no es una forma de pasar el tiempo. Es el mecanismo principal mediante el cual el cerebro infantil construye las bases del pensamiento abstracto, el lenguaje y la regulación emocional. Silvia Tapia, especialista en neurodesarrollo de la UDLA, explica que aparece el juego imaginativo. Y, que ese juego simbólico –jugar a la casita, al doctor, a cocinar, a construir castillos con cobijas– es mucho más que entretenimiento. Es el punto de partida del simbolismo que más adelante permitirá al niño asociar grafemas con sonidos, formar palabras y comunicar ideas.
“Es una etapa en la que al niño le gusta mucho el juego y sus juegos son tan importantes como lo es para nosotros cualquier otra herramienta que tengamos para trabajar”, señala Tapia. Por eso, minimizar frente a ellos el valor de un juguete o de una actividad lúdica tiene consecuencias reales en su desarrollo.
Liliana Guerrero, docente de la Facultad de Ciencias Sociales, Educación y Humanidades de la UTPL, lo confirma desde la pedagogía. “Un niño que juega no está perdiendo el tiempo; está comprendiendo el mundo a su manera”. En esta etapa, agrega, el niño aprende con el cuerpo: necesita correr, saltar, tocar, oler, escuchar, ensuciarse y transformar los objetos. Una caja puede ser un carro, una casa o un castillo.
Para los campamentos de la USFQ, que reciben desde cuatro años, las actividades para niños en vacaciones que mejor funcionan: juegos cooperativos, arte, experimentos sencillos y dinámicas con historias. Lo que no funciona, en vacacionales y en casa, son las actividades largas con poca participación activa. En estas edades se requiere de movimiento.
El adulto también importa
Tapia agrega un punto que los padres suelen pasar por alto: la calidad del lenguaje del adulto en esta etapa es determinante. El uso infantilizado del lenguaje -hablarle al niño con diminutivos exagerados o con pronunciación incorrecta- no permite una buena retroalimentación auditiva. Y puede generar dificultades de articulación. El niño imita lo que escucha. También importa escucharle de verdad. “Tener ese espacio de verdad escuchar lo que me quieras decir”, describe la especialista al hablar del intercambio comunicativo que fortalece el desarrollo cognitivo.
Los niños más pequeños demandan juegos al aire libre y con movimiento. Foto: EL COMERCIO
De 6 a 9 años: aprender haciendo
Entre los seis y los nueve años el centro de gravedad se desplaza. El niño ya no aprende solo a través del juego libre, sino a través del contacto con sus pares, el reto y la responsabilidad. Tapia describe que a esta edad los niños tienden a tomar todo como cierto. En esta fase, los padres son los más sabios, los profesores siempre son justos, al amigo se le debe lealtad absoluta. Se forman los primeros lazos reales de cooperación e independencia.
Lo que se desarrolla en este rango no es conocimiento memorístico sino pensamiento basado en el razonamiento. Tapia advierte sobre lo que llama la doble presencia. Tiene que ver con que el niño coma mientras mira pantallas, o que pinte mientras juega con algo entre los pies. Esa doble presencia impide la atención plena y limita el desarrollo de la memoria de trabajo y la planificación. “Si hoy voy a trabajar en esta tarea, tengo que hacer únicamente esta tarea”, explica.
Guerrero propone una imagen que ilustra bien lo que puede pasar en vacaciones sin costo. “Una caminata puede convertirse en una clase de ciencias, de lenguaje y de valores al mismo tiempo. Observamos plantas, inventamos historias, conversamos, hacemos preguntas y aprendemos a cuidar el entorno. Todo eso ocurre sin necesidad de cuaderno ni examen”.
Tapia añade un elemento que pocas guías de vacaciones mencionan: las responsabilidades del hogar. No el tender la cama -que es una responsabilidad individual- sino contribuir a la familia. Por ejemplo: vaciar la papelera del baño, regar las plantas, darle de comer a la mascota. “Delegar las tareas sencillas que contribuya para que toda la familia también se encuentre bien. Y, no solamente se vea como una responsabilidad exclusiva de los padres”. Ese tipo de encargo, reconocido y valorado por adultos, desarrolla sentido de pertenencia y autoestima.
De 10 a 12 años: autonomía con límites claros
La preadolescencia es una etapa de transición que los padres suelen enfrentan sin herramientas, porque lo que funcionaba antes deja de dar resultado. Tapia describe que es común que aparezcan retrocesos: el niño que ya se organizaba solo vuelve al desorden, el que se acostaba temprano empieza a resistirse. Esos retrocesos no son señales de alarma: son parte de la reorganización que anticipa la pubertad.
Lo que necesita esta etapa no es menos estructura, sino límites explícitos y no autoritarios. La diferencia, según Tapia, es decisiva: “Los límites no quieren decir tener un adulto autoritario”. Si durante la infancia se construyeron lazos de comunicación, el preadolescente entiende que las reglas existen para algo y que su incumplimiento tiene consecuencias que impactan a toda la familia, no solo a él.
Escucharles también es educarles
La participación en las decisiones familiares es también clave. Tapia recomienda incluir al niño en conversaciones como qué hacer en el feriado, cómo organizarse, qué proponer. “Opiniones de todos, busquen, vean, propongan”, señala. Escucharle con atención real -haciendo silencio, mirándole a los ojos- es una forma concreta de decirle que lo que piensa importa.
Isabel Merino, directora del Instituto de Enseñanza y Aprendizaje de la USFQ, observa desde la experiencia del campamento que entre los ocho y los doce años generan gran interés los desafíos en equipo, los deportes, los proyectos STEAM, la construcción y las actividades donde los niños puedan crear algo tangible. Lo que fracasa, en cambio, son las actividades que se parecen demasiado a la rutina escolar.
En los campamentos de la USFQ, Salvatore Foti, encargado del Summer Camp, observa que los grupos de esta edad se integran rápidamente una vez que encuentran un ambiente dinámico: “En pocas horas los grupos ya están integrados, los niños comienzan a relacionarse con naturalidad, se sienten felices y nacen amistades que muchas veces continúan después del campamento.”
Tapia agrega un punto urgente para el contexto ecuatoriano actual: a esta edad es indispensable conversar sobre seguridad, no para generar psicosis, sino para que la falta de experiencia no los lleve a ser “extremadamente confiados” y presa fácil de situaciones de riesgo. La hipersexualización temprana, el acceso a contenidos no apropiados para su edad y la exposición a redes delictivas digitales son riesgos concretos que requieren acompañamiento, no silencio.
La actividad física en medio de la naturaleza es clave durante el periodo de vacaciones escolares.
De 13 a 17 años: propósito e identidad
En la adolescencia el grupo de pares se convierte en la prioridad. Eso no es un problema: es parte del proceso de construcción de identidad. El error que cometen muchos adultos es intentar competir con ese grupo o reemplazarlo con actividades impuestas. Tapia propone otra estrategia: conocer a las familias de los amigos con quienes se rodea el adolescente, no de forma invasiva, sino para tener una idea de cómo está estructurado su mundo social.
Lo que un adolescente necesita en vacaciones no es entretenimiento sino propósito. Tapia señala que las actividades comunitarias -organizarse para apoyar a otras personas, gestionar proyectos para el bien común- desarrollan habilidades blandas que serán necesarias en la vida adulta: liderazgo, organización, empatía, responsabilidad. Y evitan que el tiempo libre se llene de actividades “que no van a tener un propósito, que no van a ayudar a construirse.”
La actividad física sigue siendo fundamental. Tapia advierte que el desarrollo físico del adolescente exige movimiento activo, pero que las condiciones urbanas actuales -viviendas sin patio, espacios públicos con inseguridad- lo dificultan. La solución no es la inactividad sino buscar alternativas: deportes en espacios controlados, actividad dentro de casa, acompañamiento adulto en las salidas.
Las conversaciones que no pueden esperar
En los campamentos de la USFQ, Merino observa que los adolescentes responden mejor a talleres especializados, laboratorios, tecnología, retos de innovación y actividades vinculadas con posibles carreras universitarias. La orientación vocacional en vacaciones no es presión: es exploración. Y Merino aporta una observación que cambia el enfoque sobre las pantallas en esta etapa: “Lo que inicialmente parece una dependencia de la pantalla responde más a la falta de alternativas estimulantes que a una necesidad real.”
Las vacaciones son también el momento para las conversaciones que durante el año escolar quedan pendientes. Tapia recomienda hablar con los adolescentes sobre lo que puede pasar: las fiestas, el alcohol, los cigarrillos, el inicio de la sexualidad, las redes sociales y las fuentes confiables de información. No como una alerta aterradora, sino como preparación. “Ayudarle a entender que esto puede pasar para que cuando llegue ese momento no sea tan impactante”, describe.
Actividades para niños en vacaciones cuando no hay recursos
Las familias que no pueden pagar un campamento no están en desventaja inevitable. Están en desventaja estructural, pero tienen herramientas. Defaz recomienda construir una red de cuidado entre vecinos y familiares, aprovechar espacios públicos gratuitos —parques, bibliotecas, canchas deportivas en horarios seguros— y establecer rutinas con propósito: actividades diarias con un objetivo claro, como crear juegos con materiales reciclados, leer en familia o asumir responsabilidades del hogar de forma lúdica.
Guerrero propone actividades con cero presupuesto que tienen alto valor pedagógico: juegos de observación desde la ventana, juegos tradicionales como la rayuela, las escondidas, las adivinanzas y los trabalenguas, y el “día de talentos”, en el que cada miembro de la familia comparte algo que sabe hacer. “Esto fortalece la autoestima y ayuda a que los niños comprendan que todos tenemos algo valioso que aportar”, señala.
Foti, desde la experiencia del campamento, resume los principios que cualquier familia puede replicar sin costo: momentos diarios sin pantallas para el juego libre, actividades prácticas como cocinar o sembrar, juegos cooperativos en familia, salidas al aire libre aunque sean al parque del barrio, responsabilidades del hogar acordes con la edad, y un espacio diario de conversación. Merino agrega un sexto elemento que muchas familias omiten: reservar tiempo cada día para que el niño cuente cómo se sintió, qué aprendió y qué le gustaría descubrir después.
El mejor campamento no tiene precio de entrada
Las vacaciones escolares no deberían ser ni una extensión del año escolar ni dos meses sin estructura. Guerrero lo define con precisión: “Las vacaciones pueden ser una escuela distinta: una escuela sin pupitres, sin uniforme y sin exámenes, pero llena de aprendizajes para la vida”.
Foti añade que lo más importante no es reproducir un campamento completo, sino generar experiencias variadas, activas y compartidas. Y termina con una reflexión que aplica a todos los adultos que acompañan a un niño este julio: Mi invitación es a volver a lo esencial: ofrecerles libros, cuentos, materiales para dibujar. Acerquemos nuevamente a los niños al mundo de la lectura, de la imaginación y del juego. Y, si me permite una reflexión final, creo que uno que otro adulto también debería volver a los libros”.
5 preguntas sobre actividades para niños en vacaciones
El juego simbólico, el movimiento libre, el arte con materiales simples y los experimentos sencillos. Silvia Tapia, especialista en neurodesarrollo de la UDLA, explica que el juego imaginativo en esta etapa es la base del pensamiento abstracto, el lenguaje y la regulación emocional.
Un niño de 8 necesita contacto con pares, retos y responsabilidades del hogar. Un adolescente de 15 necesita propósito, privacidad y conversaciones sobre los temas que el año escolar deja pendientes. Las estrategias que funcionan a los ocho ya no funcionan a los quince.
Construir una red de cuidado vecinal, aprovechar parques y bibliotecas gratuitas, establecer rutinas con propósito y reservar un espacio diario de conversación. Todo esto tiene costo cero y alto valor pedagógico, según Pamela Defaz de World Vision Ecuador.
Comunicación, trabajo en equipo, empatía, resolución de conflictos, tolerancia a la frustración y confianza. Isabel Merino, del Instituto de Enseñanza y Aprendizaje de la USFQ, observa que estas habilidades se fortalecen cuando los niños negocian reglas y enfrentan retos reales con sus pares.
Son normales. Tapia explica que el desorden, la resistencia a los horarios y los cambios de humor en esta etapa son parte de la reorganización que anticipa la pubertad. Las señales que sí ameritan consulta son el aislamiento extremo, el desinterés absoluto o regresiones conductuales sostenidas.
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