Cuatro años de Petro en Colombia

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Sergio García

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El que acaba el 7 de agosto en Colombia ha sido un gobierno por lo menos polémico. Para unos era el gobierno que iba a convertir Colombia en un régimen parecido al venezolano, mientras para otros iba a representar el mayor y mejor cambio social y político en la historia reciente del país. Lo cierto es que ni Colombia termina siendo un régimen parecido al del vecino país, ni las condiciones sociales y políticos colombianas han mejorado como se esperaba. Lo que sí ha pasado es que el gobierno de Gustavo Petro (2022-2026) parece ilustrar de muy buena manera algunos retos de los intentos de transformaciones políticas en la región.

Para comenzar, los proyectos políticos centrados en liderazgos personalistas, y con partidos que giran en torno a ellos, combinan mal con regímenes presidenciales clientelares. Estas condiciones de liderazgo y reglas institucionales terminan acentuando el ánimo, carácter e interés personal del líder, más que los programas y propuestas políticas colectivas que sobrepasen su figura. La razón de esto es que es el presidente quien encabeza el gobierno y tiene los recursos estatales para lograr apoyos legislativos, no los partidos políticos. Entonces los órganos legislativos terminan respondiendo más a las negociaciones al por menor que el Ejecutivo realiza, y que pueden garantizar la continuidad del proyecto político de los adherentes, y menos a las posiciones ideológicas y partidistas.

En esa misma línea, pasa que puede haber giros abruptos en posiciones programáticas que no tienen mayor implicación en los apoyos y resistencias, anulando ese atributo de la representación partidista. Un ejemplo es que Petro, que representaba la oposición a las políticas de seguridad y medio ambiente de su predecesor, terminó defendiendo las muertes de menores ocasionadas en las operaciones militares que aprobó, y su propia decisión de utilizar drones para fumigar con glifosato a pesar de los impactos ambientales. En ningunas de las dos ocasiones hubo consecuencias partidistas marcadas dentro de su organización, dado que lo que importaba era mantenerse bajo el favor del presidente, no el programa político.

Además de estas condiciones del liderazgo y del régimen presidencialista, aparece un nuevo desafío para los intentos de cambio social y político: la pequeñez de la voluntad y de la ideología para enfrentar rasgos estructurales del sistema político como la corrupción, el clientelismo y el patronazgo. Si bien Petro tuvo un lúcido pasado como opositor político e hizo parte de grandes denuncias de corrupción y paramilitarismo, sólo pudo acceder a la presidencia luego de transar políticamente con cuestionados sectores de la política tradicional. Al final estos sectores, plagados de corrupción y clientelismo, terminaron teniendo más importancia y efecto práctico que sus discursos o ideales políticos. Tratando de conseguir la presidencia, Petro la terminó teniendo que ceder a los medios y estrategias ilegales que otrora denunció, pero que hace cuatro años le ayudaron a cumplir su fin. Ciertos sistemas políticos tienen fuertes estructuras corruptas de distribución de recursos públicos que deben ser superadas más allá de la figura política individual, y que requieren transformaciones graduales y de los distintos niveles, nacional, provincial y local.

Finalmente, a nivel de la ideología también se reveló la distancia entre lo que se desea y se puede, sobre todo a nivel de un país entero. Su gobierno procuró sin duda disminuir las desigualdades y recuperar el peso de lo público, en un proyecto que casi se presentaba como ese capítulo nacional popular que sólo había alcanzado Alfonso López Pumarejo en la década de los 30 del siglo pasado.

Pero en la práctica la despreocupación por cómo ese fin podía llevarse a cabo, la sobreestimación del discurso y la subestimación de la gestión pública, terminó vaciando las buenas intenciones. La reducción al absurdo fue un presidente anunciando a mitad de mandato y con largos diagnósticos en X qué era lo que debía hacerse, mientras que en la gestión se revelaba imposible, porque es que en el mundo de carne y hueso toca enfrentar los problemas con planes posibles y sostenibles.

Todo esto resulta, en opinión de quien escribe, relevante para Panamá y para la mayoría de los países de la región. Las grandes transformaciones sociales y políticas que nuestros países requieren serán más difíciles si descansan en liderazgos personalistas, si no enfrentan el problema de la corrupción como un problema estructural, y si no superan el nivel ideológico en sus propósitos.

El autor es investigador del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS).

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