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Jenny Martínez
Guest
Hay escenas que ocurren en segundos y que, sin embargo, pueden quedarse mucho tiempo en la memoria de un niño.
Dos pequeños juegan. Uno se acerca, observa lo que están haciendo y pregunta si puede participar. El otro responde: “No quiero jugar contigo”.
Entonces aparece el adulto.
Y en ese instante surge una pregunta que parece sencilla, pero no lo es: ¿qué hacemos?
La respuesta más inmediata puede ser: “Déjalo jugar”, “tienen que compartir” o “no puedes decirle eso”. Queremos proteger al niño que acaba de escuchar una negativa y, al mismo tiempo, enseñar al otro a ser amable.
Pero existe algo más importante que conseguir que esos dos niños jueguen juntos.
Enseñarles a relacionarse.
Durante la primera infancia, los niños están descubriendo cómo acercarse a los demás, cómo expresar sus preferencias y cómo participar en un juego compartido. El juego ofrece precisamente ese escenario para practicar habilidades sociales, lenguaje, negociación y regulación emocional.
Por eso, que un niño diga “ahora no quiero jugar contigo” no significa necesariamente que esté rechazando a la persona.
También puede ocurrir que todavía no sepa expresar su deseo de una manera socialmente adecuada.
La tarea del adulto no debería ser eliminar automáticamente ese “no”, sino ayudar al niño a aprender a decirlo sin lastimar.
Parece una diferencia pequeña. No lo es.
Estamos enseñando que poner un límite es válido, pero que la manera de comunicarlo también importa.
Hay otra parte de la escena que merece nuestra atención.
El niño que se acerca y recibe una negativa puede sentirse triste, confundido o avergonzado. Especialmente en los primeros años, todavía está construyendo la capacidad para interpretar las intenciones de los demás y comprender que una experiencia puntual no define quién es.
Por eso, decirle inmediatamente “no te pongas triste” o “no le hagas caso” tampoco ayuda demasiado.
Podemos acompañarlo de otra manera:
“Veo que querías jugar con él y te puso triste que te dijera que no”.
Validar la emoción no significa confirmar una interpretación negativa.
Podemos añadir:
“Que ahora no quiera jugar contigo no significa que nadie quiera jugar contigo”.
Y entonces abrir otras posibilidades:
“¿Quieres que busquemos otro juego?”
“¿Quieres invitar a otro compañero?”
“¿Quieres continuar construyendo y ver quién puede sumarse después?”
El objetivo no es convencer al niño de que no debe sentirse mal.
Es ayudarlo a descubrir que una negativa no determina su valor ni sus posibilidades de relacionarse.
Existe una idea muy instalada en la infancia: si todos están jugando, todos deberían jugar juntos.
Pero obligar a un niño a incluir a otro no necesariamente construye una relación positiva. La investigación sobre desarrollo social en Educación Inicial advierte que imponer que todos jueguen siempre con todos puede incluso generar insatisfacción; el acompañamiento adulto resulta más útil cuando ayuda a los niños a desarrollar habilidades para negociar y relacionarse.
Por eso, frases como “tienes que dejarlo jugar” pueden resolver el momento, pero no necesariamente enseñan a convivir.
El niño que no quería compartir el juego aprende que debe ceder porque el adulto lo ordenó.
El niño que quería entrar aprende que solo puede pertenecer si un adulto interviene.
Ninguno de los dos está aprendiendo realmente a construir una relación.
Acompañar no significa resolver inmediatamente. A veces significa:
Y ofrecer alternativas.
Podemos acercarnos y decir:
“Veo que tú estás construyendo y que tú quieres jugar. ¿Cómo podemos hacer para que ambos puedan participar?”
Y también está bien.
Los niños necesitan experimentar que las relaciones no siempre funcionan exactamente como imaginamos. Necesitan aprender a proponer, esperar, negociar, aceptar una respuesta y buscar otra posibilidad.
Esas experiencias cotidianas son parte del desarrollo socioemocional.
También es importante no romantizar cualquier situación bajo la idea de que “son cosas de niños”.
Una negativa ocasional no es lo mismo que una exclusión repetida.
Si observamos que un niño es sistemáticamente apartado, que varios compañeros se organizan para impedirle participar, que se utilizan expresiones para humillarlo o que existe una dinámica persistente de exclusión, el adulto debe intervenir de manera intencional.
En esos casos ya no estamos únicamente ante una preferencia individual de juego.
Necesitamos observar la dinámica del grupo, comprender qué está ocurriendo y enseñar otras formas de relacionarse. La exclusión social persistente puede afectar las relaciones entre pares y el bienestar socioemocional, por lo que no debería ser ignorada.
Quizá uno de los aprendizajes más importantes de la primera infancia sea comprender que convivir no significa conseguir siempre lo que queremos del otro.
Un niño necesita aprender que puede acercarse.
Que puede invitar.
Que puede proponer un juego.
Pero también que el otro puede decir que no.
Y necesita descubrir que él mismo tiene derecho a decirlo.
Lo verdaderamente educativo está en enseñarles a transitar ambas experiencias: poner límites sin lastimar y recibir un límite sin sentirse menos.
Eso requiere adultos que no reaccionen desde la prisa por solucionar, sino desde la intención de enseñar.
Porque quizá nuestra tarea no sea conseguir que todos los niños jueguen juntos todo el tiempo.
Sea ayudarles a descubrir algo mucho más importante: que pueden relacionarse respetando que el otro también tiene voz.
Y que un “no quiero jugar contigo” puede convertirse, con el acompañamiento adecuado, no en una herida que define a un niño, sino en una oportunidad para aprender a convivir.
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Dos pequeños juegan. Uno se acerca, observa lo que están haciendo y pregunta si puede participar. El otro responde: “No quiero jugar contigo”.
Entonces aparece el adulto.
Y en ese instante surge una pregunta que parece sencilla, pero no lo es: ¿qué hacemos?
La respuesta más inmediata puede ser: “Déjalo jugar”, “tienen que compartir” o “no puedes decirle eso”. Queremos proteger al niño que acaba de escuchar una negativa y, al mismo tiempo, enseñar al otro a ser amable.
Pero existe algo más importante que conseguir que esos dos niños jueguen juntos.
Enseñarles a relacionarse.
Un “no” también forma parte de aprender a convivir
Durante la primera infancia, los niños están descubriendo cómo acercarse a los demás, cómo expresar sus preferencias y cómo participar en un juego compartido. El juego ofrece precisamente ese escenario para practicar habilidades sociales, lenguaje, negociación y regulación emocional.
Por eso, que un niño diga “ahora no quiero jugar contigo” no significa necesariamente que esté rechazando a la persona.
- Puede querer continuar una actividad solo.
- Puede estar concentrado en lo que hace.
- Puede querer jugar con otro compañero.
- Puede necesitar espacio.
También puede ocurrir que todavía no sepa expresar su deseo de una manera socialmente adecuada.
La tarea del adulto no debería ser eliminar automáticamente ese “no”, sino ayudar al niño a aprender a decirlo sin lastimar.
“No quieres jugar ahora. Puedes decirle: ‘Ahora quiero jugar solo'”.
Parece una diferencia pequeña. No lo es.
Estamos enseñando que poner un límite es válido, pero que la manera de comunicarlo también importa.
Y el niño que escucha el “no”
Hay otra parte de la escena que merece nuestra atención.
El niño que se acerca y recibe una negativa puede sentirse triste, confundido o avergonzado. Especialmente en los primeros años, todavía está construyendo la capacidad para interpretar las intenciones de los demás y comprender que una experiencia puntual no define quién es.
Por eso, decirle inmediatamente “no te pongas triste” o “no le hagas caso” tampoco ayuda demasiado.
Podemos acompañarlo de otra manera:
“Veo que querías jugar con él y te puso triste que te dijera que no”.
Validar la emoción no significa confirmar una interpretación negativa.
Podemos añadir:
“Que ahora no quiera jugar contigo no significa que nadie quiera jugar contigo”.
Y entonces abrir otras posibilidades:
“¿Quieres que busquemos otro juego?”
“¿Quieres invitar a otro compañero?”
“¿Quieres continuar construyendo y ver quién puede sumarse después?”
El objetivo no es convencer al niño de que no debe sentirse mal.
Es ayudarlo a descubrir que una negativa no determina su valor ni sus posibilidades de relacionarse.
No obligar tampoco es acompañar
Existe una idea muy instalada en la infancia: si todos están jugando, todos deberían jugar juntos.
Pero obligar a un niño a incluir a otro no necesariamente construye una relación positiva. La investigación sobre desarrollo social en Educación Inicial advierte que imponer que todos jueguen siempre con todos puede incluso generar insatisfacción; el acompañamiento adulto resulta más útil cuando ayuda a los niños a desarrollar habilidades para negociar y relacionarse.
Por eso, frases como “tienes que dejarlo jugar” pueden resolver el momento, pero no necesariamente enseñan a convivir.
El niño que no quería compartir el juego aprende que debe ceder porque el adulto lo ordenó.
El niño que quería entrar aprende que solo puede pertenecer si un adulto interviene.
Ninguno de los dos está aprendiendo realmente a construir una relación.
El adulto puede ser un puente
Acompañar no significa resolver inmediatamente. A veces significa:
- Observar.
- Escuchar.
- Poner palabras.
Y ofrecer alternativas.
Podemos acercarnos y decir:
“Veo que tú estás construyendo y que tú quieres jugar. ¿Cómo podemos hacer para que ambos puedan participar?”
- Quizá encuentren una solución.
- Quizá necesiten materiales diferentes.
- Quizá puedan incorporar una idea nueva al juego.
- quizá, sencillamente, ese encuentro no sea posible en ese momento.
Y también está bien.
Los niños necesitan experimentar que las relaciones no siempre funcionan exactamente como imaginamos. Necesitan aprender a proponer, esperar, negociar, aceptar una respuesta y buscar otra posibilidad.
Esas experiencias cotidianas son parte del desarrollo socioemocional.
Cuando el “no” se convierte en exclusión
También es importante no romantizar cualquier situación bajo la idea de que “son cosas de niños”.
Una negativa ocasional no es lo mismo que una exclusión repetida.
Si observamos que un niño es sistemáticamente apartado, que varios compañeros se organizan para impedirle participar, que se utilizan expresiones para humillarlo o que existe una dinámica persistente de exclusión, el adulto debe intervenir de manera intencional.
En esos casos ya no estamos únicamente ante una preferencia individual de juego.
Necesitamos observar la dinámica del grupo, comprender qué está ocurriendo y enseñar otras formas de relacionarse. La exclusión social persistente puede afectar las relaciones entre pares y el bienestar socioemocional, por lo que no debería ser ignorada.
Aprender a acercarse, pero también a aceptar
Quizá uno de los aprendizajes más importantes de la primera infancia sea comprender que convivir no significa conseguir siempre lo que queremos del otro.
Un niño necesita aprender que puede acercarse.
Que puede invitar.
Que puede proponer un juego.
Pero también que el otro puede decir que no.
Y necesita descubrir que él mismo tiene derecho a decirlo.
Lo verdaderamente educativo está en enseñarles a transitar ambas experiencias: poner límites sin lastimar y recibir un límite sin sentirse menos.
Eso requiere adultos que no reaccionen desde la prisa por solucionar, sino desde la intención de enseñar.
Porque quizá nuestra tarea no sea conseguir que todos los niños jueguen juntos todo el tiempo.
Sea ayudarles a descubrir algo mucho más importante: que pueden relacionarse respetando que el otro también tiene voz.
Y que un “no quiero jugar contigo” puede convertirse, con el acompañamiento adecuado, no en una herida que define a un niño, sino en una oportunidad para aprender a convivir.
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