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macsep2005
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Cada vez que Costa Rica vuelve a discutir Crucitas, el oro ocupa el centro de la conversación. Es comprensible: se trata de un recurso con precio internacional, demanda conocida y una valoración económica relativamente directa. Más recientemente, incluso se ha planteado la posibilidad de tokenizar ese oro bajo tierra mediante blockchain. La propuesta puede sonar innovadora, pero creo que corre el riesgo de comenzar por el lugar equivocado.
Durante los últimos cinco años he dedicado una parte importante de mi trabajo a explorar la tokenización de activos naturales. Una de esas experiencias ha sido BIOTA, una iniciativa desarrollada en Costa Rica para analizar cómo la biodiversidad y otros servicios ecosistémicos pueden convertirse en instrumentos capaces de movilizar recursos hacia la conservación.
Ese trabajo me ha dejado una conclusión clara, crear un token es relativamente sencillo; crear un activo legítimo, un mercado y una economía alrededor de él es mucho más complejo.
Blockchain puede facilitar trazabilidad, registrar transacciones, automatizar procesos y representar digitalmente determinados activos o derechos. Pero la tecnología no resuelve por sí sola las preguntas esenciales: qué se está comercializando, quién tiene derecho a hacerlo, cómo se mide su valor, quién lo verifica, quién está dispuesto a comprarlo y cómo se distribuyen los beneficios. Por eso, antes de preguntarnos cómo tokenizar Crucitas, deberíamos preguntarnos qué es exactamente lo que queremos valorar.
Durante años hemos mirado hacia abajo, ¿cuánto oro existe?, ¿cuánto vale y cuánto podría generar su eventual explotación? Pero sobre ese oro existe un territorio con bosques, biodiversidad, agua, conectividad ecológica y posibilidades de restauración. Todos estos elementos poseen valor, aunque sus mercados sean mucho menos maduros que el mercado del oro.
La experiencia de BIOTA precisamente nos ha obligado a trabajar sobre esa diferencia. No basta con asociar un token a una hectárea de bosque y esperar que aparezca un comprador. Para construir un activo natural se necesitan metodologías, indicadores, líneas base, sistemas de monitoreo, verificación independiente, reglas para evitar la doble contabilidad y mecanismos claros de distribución de beneficios. Después viene probablemente la parte más difícil: desarrollar demanda y confianza. Ese aprendizaje puede ser muy útil para pensar Crucitas.
El desafío no debería ser simplemente tokenizar el oro o incluso tokenizar la biodiversidad. El desafío debería ser construir una economía de conservación capaz de generar suficientes recursos para contribuir a proteger el territorio.
Mientras exista debajo de la tierra un recurso de alto valor económico y sobre ella no exista una economía suficientemente fuerte para financiar su conservación, los incentivos para la extracción ilegal permanecerán. La respuesta seguirá siendo vigilancia, seguridad, restauración de áreas degradadas y presencia institucional. Todo esto tiene un costo que termina siendo asumido por el Estado y, en última instancia, por todos los costarricenses.
Un modelo diferente podría movilizar recursos para vigilancia, restauración, investigación, monitoreo científico y participación comunitaria. Organizaciones de la sociedad civil podrían involucrarse en la custodia del territorio, universidades y centros de investigación podrían monitorear biodiversidad, tecnologías satelitales y sensores podrían verificar cambios, y empresas o fondos de impacto podrían financiar resultados ambientales concretos. En esa arquitectura, blockchain podría tener un papel, pero como herramienta, no como punto de partida.
También hay una condición indispensable, los marcos habilitadores deben venir acompañados por el Estado. Los nuevos mercados asociados con biodiversidad, agua o restauración necesitan reglas claras sobre derechos, emisión, verificación, supervisión y distribución de beneficios. Un token puede existir técnicamente sin que exista detrás un activo reconocido, un marco jurídico sólido o un mercado real.
Costa Rica tiene experiencia en esto. El pago por servicios ambientales demostró que una política pública adecuada puede reconocer económicamente beneficios de la naturaleza y modificar incentivos. La siguiente generación de instrumentos puede ampliar esa lógica hacia la biodiversidad, restauración, agua y otros servicios ecosistémicos. Crucitas podría convertirse en un laboratorio para explorar esa transición.
No se trata de romantizar la conservación ni de asumir que estos mercados resolverán por sí solos el problema. Se trata de reconocer que mientras el único valor económico evidente del territorio permanezca bajo tierra, la presión para extraerlo continuará.
Después de varios años trabajando con BIOTA, probablemente la lección más importante sea esta: no debemos enamorarnos del token. La tecnología puede ser útil, pero no sustituye al mercado, la regulación, la ciencia ni la gobernanza.
El verdadero desafío de Crucitas no es encontrar una manera novedosa de representar digitalmente su oro. Es lograr que conservar lo que existe sobre la tierra genere suficiente valor económico para justificar, también desde una lógica financiera, que ese oro permanezca exactamente donde está.
La entrada Crucitas: tokenizar lo que está debajo o darle valor a lo que está sobre la tierra aparece primero en Semanario Universidad.
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