Créditos fiscales, un instrumento para invertir en el futuro turístico

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Octavio Vallarino Arias

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En días pasados leí en La Prensa un artículo de mi amigo, el abogado Rodrigo Raúl Molina, titulado ‘Un instrumento para invertir en el futuro, no para reducir impuestos’. Me pareció sumamente oportuno a raíz del escándalo de la Operación Pandora, en el que se burló nuestro sistema tributario, causándole enormes perjuicios al Estado. Afortunadamente, la trama fue descubierta y decenas de personas responderán ante la justicia.

Años atrás se impulsó una propuesta para crear créditos fiscales destinados a desarrollos hoteleros fuera de la capital. La iniciativa provocó opiniones encontradas y murió en su cuna, sin dársele la oportunidad de demostrar lo que podía llegar a ser. En ese entonces se discutía utilizar créditos fiscales para incentivar el turismo mediante el desarrollo de lugares apartados, sin infraestructura ni financiamiento bancario, carencia que nos privaba de la oportunidad de crear nuevos destinos turísticos, de los cuales Panamá tiene un enorme potencial.

A mi juicio, aquel proyecto de ley tuvo muchas «arandelas» que no apuntaban al verdadero objetivo, que para mí era tan sencillo como financiar exclusivamente la construcción de un hotel, y punto. Ni el costo del terreno, ni los estudios, ni los planos, ni otros elementos que distorsionaban el concepto real debían formar parte del beneficio. Los créditos fiscales debían otorgarse únicamente para la construcción y el equipamiento del hotel. Y, si el sitio requería infraestructura —calles de acceso, electricidad o agua potable—, pues que el Estado pusiera su parte.

Aquí viene la pregunta obligada: ¿y qué hay para las finanzas del Estado? Tuve entonces la oportunidad de intercambiar ideas y análisis financieros con economistas de renombre en este país. Se corrieron modelos a diez años, con todas las consideraciones del caso, incluidos los aportes que generaría la actividad y, aunque no lo parezca, el Estado salía ganando con creces.

Conviene conocer nuestra realidad: en muchos sitios exóticos de Panamá no existe oferta hotelera de calidad internacional. Costa Rica explotó el interior e ignoró la capital —lo opuesto a nosotros—, y no en vano su turismo de placer es la envidia de tantos. Esas facilidades serán necesarias para promover nuestros recursos naturales de montaña y playa y aumentar nuestro turismo de placer.

Los indicadores mundiales muestran que el turismo de placer moderno busca lugares nuevos por descubrir. Muchos viajeros ya visitaron los destinos existentes de Latinoamérica —particularmente Costa Rica, República Dominicana y México— y solo aspiran a descubrir destinos nuevos y diferentes. Es aquí donde Panamá tendrá su oportunidad.

Ante la falta de financiamiento bancario, el Estado buscó, mediante la Ley 789, una herramienta creativa y distinta para incentivar que los capitales fluyeran al sector turismo, con el fin de crear empleos primero en la construcción y luego en la operación del desarrollo hotelero.

Una sinopsis de la ley: el promotor recibe financiamiento por el costo del hotel, considerando solo un 5 % en infraestructura, y al inversionista se le conceden créditos fiscales por ese valor, cedibles a terceros. Estos créditos no se descuentan de inmediato: no pueden empezar a utilizarse hasta dos años después de iniciada la inversión; no puede usarse más del 15 % del incentivo por año, durante siete años; no puede descontarse más del 50 % de los tributos que le corresponda pagar al tenedor ese año; y la ley solo estará vigente hasta un año determinado, para que los desarrollos despeguen cuanto antes y sus beneficios para la economía se reflejen en una renta sustitutiva del sacrificio fiscal.

Sin esta ley, los inversionistas no vendrán y los promotores no desarrollarán estos proyectos. Es lo mismo que ocurrió con las leyes SEM, EMMA y otras: también implicaron sacrificios fiscales y, sin ellas, las empresas no hubieran venido.

Panamá fue bendecido por Dios: es uno de los pocos países del mundo con dos océanos tan cerca uno del otro, dos archipiélagos, una flora y fauna únicas, pueblos originarios únicos en esta parte del continente y un clima cálido durante todo el año, que aprovechan los habitantes del hemisferio norte para escapar de sus fríos inviernos. No hay huracanes ni terremotos de gran magnitud, y nuestra población es noble y respeta la vida. Además, allá afuera hay un mundo deseoso de descubrir estos encantos, pero en muchos de esos lugares aún no existen facilidades para pernoctar.

Es el momento, entonces, de que, basados en esta ley, se construyan las facilidades necesarias para promover nuestros destinos y acceder al turismo de placer que anhelamos, que de seguro será un pilar de nuestro crecimiento económico. Sus beneficios llegarán a todos los sectores de la población, generando empleo y contribuyendo a reducir la pobreza en sitios apartados y desconocidos por falta de infraestructura.

El hecho de que Panamá aún no haya desarrollado plenamente muchos de sus recursos naturales exóticos nos brinda hoy la oportunidad de hacerlo siguiendo las nuevas tendencias del turismo. Con la ciudad de Panamá y su oferta hotelera, su conectividad aérea, su centro de convenciones, el Casco Antiguo y el Canal, estamos hechos para el turismo urbano. Ahora nos falta imitar a Costa Rica y, para nuestra suerte, Panamá llegará a tener ambas ofertas.

El autor es promotor de proyectos.

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