Costumbrismo y ciencia ficción en Costa Rica

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Redacción Universidad

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El 4 de diciembre de 1927, según informó el periódico La Tribuna, el Instituto de Alajuela clausuró el ciclo lectivo de ese año con la juramentación de sus nuevos bachilleres. La actividad inició con el Himno Nacional de Costa Rica, seguida por una selección de “Il trovatore” (1853) de Giuseppe Verdi (1813-1901) y la lectura del cuento “La botija”, escrito por el profesor Francisco Rodríguez Ruiz.

Nacido el 2 de noviembre de 1896, Rodríguez destacó como caricaturista y pintor, impartió clases de dibujo en el Instituto y, a mediados de 1929, viajó becado a España para realizar estudios de Bellas Artes. Tras estallar la guerra civil en este país, se trasladó a Francia a finales de agosto de 1936, antes de emprender el regreso a Costa Rica. Falleció el 12 de diciembre de 1939.

Todavía no existe una compilación de los relatos de Rodríguez, pese a la simpatía que despertaron en su época. Debutó con la publicación del cuento “Frijoles”, en la edición del 22 de octubre de 1927 del Repertorio Americano. Al prologarlo, Carlos Luis Sáenz Elizondo (1899-1983) reconoció al autor como legítimo representante de la “literatura tica” iniciada por Manuel González Zeledón (1864-1936) y Aquileo J. Echeverría Zeledón (1866-1909), y equiparó su estilo con el de los Cuentos de mi tía Panchita (1920) de Carmen Lyra (1888-1949).

Casi dos años después, Joaquín García Monge (1881-1958), director del Repertorio Americano, en la edición del 20 de julio de 1929 de esta revista, resaltó que Rodríguez había escrito “algunos cuentos criollos amenísimos”.

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Dibujo de Hugo Díaz Jiménez para ilustrar el capítulo V de “Jaque mate a la televisión”,
Semanario Universidad, 30 de septiembre de 1983, p. 18.

Literatura comprometida

Profesor de Música y compañero de labores de Rodríguez en el Instituto de Alajuela, a Gonzalo Sánchez Bonilla (1884-1965) le correspondió presentar “La botija”, en la actividad efectuada el 4 de diciembre de 1927. No es claro si el autor le solicitó que lo hiciera o si lo decidió el director del Instituto, el arquitecto, dramaturgo y novelista José Fabio Garnier Ugalde (1884-1956).

Sánchez tenía a su haber una reconocible huella cultural: con “El pobre manco”, obtuvo mención de honor en el primer concurso de novela efectuado en Costa Rica, convocado por la revista Páginas Ilustradas en 1909; coeditó, junto con Luis Dobles Segreda (1889-1956), la publicación Selenia. Surcos de Arte Libre (1910-1911); y fue director del semanario El Heraldo de Alajuela (1916).

Al empezar su presentación, Sánchez destacó los méritos de los relatos de Rodríguez en captar la cultura de “nuestros conchos”, cuyas expresiones “son una mina inagotable de sinceridad y conservatismo”. Sin embargo, de inmediato enfatizó que el arte, aunque por sí solo ennoblecía, debía comprometerse con la regeneración social para ser también útil, y citó como modelos de literatura revolucionaria a Fiódor Dostoyevski (1821-1881), León Tosltói (1828-1910) y Máximo Gorki (1868-1936).

Distante de Sáenz, que tácitamente aconsejó a Rodríguez perseverar en el cultivo de la literatura costumbrista, Sánchez lo instó a ampliar sus horizontes: “pintemos con vívidos colores la sinceridad augusta de nuestros labriegos sencillos, pero sin descuidar las escenas urbanas de las covachas en donde se agostan las flores de la esclavitud y la miseria”. También le sugirió descubrir los dramas escondidos en “los salones de los ricos”, muchos de los cuales “debieran escribirse con corrosiva tinta roja”.

Aunque Sánchez no criticó abiertamente “La botija”, lo hizo de manera implícita, quizá porque se sintió interpelado por la narrativa de Rodríguez, que abordó, con un enfoque diferente, la problemática tratada en “El pobre manco”: un joven campesino pierde una mano en un accidente laboral y su prometida lo abandona para huir con el hijo del patrón.

La botija

El tema de las jóvenes campesinas seducidas por los hijos de familias acomodadas de la ciudad alcanzó su mejor expresión con la novela Hijas del campo, publicada por García Monge en 1900. Sánchez lo recuperó en “El pobre manco” y Rodríguez en “La botija”, pero, a diferencia de sus predecesores, este último lo abordó de forma satírica, no como drama.

Si bien Sánchez se refirió a “La botija” como “el segundo cuento” de Rodríguez, lo cierto es que, como lo indicó el periodista del Diario de Costa Rica que cubrió el acto de graduación del Instituto de Alajuela, se trata más bien de “una novelita”. Fue organizada en tres capítulos, según la única versión impresa conocida, publicada por la revista Brecha en su edición de febrero de 1958.

“La botija” inicia con una conversación entre Gonzalo, hijo del hacendado Pedro Rojas, y su vecino, el campesino ñor Juan de Dios. Del primero se destaca que es persona “bien peinada y de corbata”, que nunca deja “de oler a perjumen o jabón de olor”. En contraste, el segundo es retratado como ingenuo, con dedos “gruesos y agrietados”, boca “casi simiesca” y una cara “moreno pizarra”.

Rápidamente, resulta claro que ñor Juan está obsesionado con la búsqueda de botijas, mientras que el único interés de Gonzalo en acercarse a él es su joven hija, Licha, descrita como “una flor del campo”.

A ñor Juan le preocupa que, cuando las botijas han permanecido enterradas mucho tiempo, la plata que contienen “juye cuando ya la van a coger”. Gonzalo calma sus inquietudes con la promesa de que ha mandado a traer de Alemania una “maquinita” que encontrará “cualquier tesoro” por más enterrado que esté. Tal aparato “eléctrico”, en palabras de ñor Juan, tenía “dos cordones, uno que se pone en ‘contaito’ con la tierra y el otro ‘pa los oídos’”.

De este modo, Gonzalo crea una oportunidad para seducir a Licha, a la que embaraza. Enterado ñor Juan, la expulsa del hogar, pero la recibe de nuevo tras ser acorralado por la presión “de todo el vecindario”. Al final de la novela, su hijo menor, Procopio, se burla de él, al decirle que la única que encontró una botija fue su hermana.

Innovaciones

Hay tres innovaciones principales en “La botija” que no fueron observadas por Sánchez. Ante todo, Licha, lejos de ser una simple víctima de Gonzalo, es descrita como una joven con iniciativa propia, que se sobrepone a la adversidad y, en vez de permitir que se le margine, afirma su posición en la vida de la familia.

También sobresale el reconocimiento de que la comunidad campesina podía intervenir para limitar y desafiar el poder patriarcal, un tema que la historiadora Eugenia Rodríguez Sáenz ha analizado en relación con la violencia de pareja para el período 1821-1950; en el caso de la novela, esa presión vecinal fue lo que posibilitó el retorno de Licha a la casa.

Por último, lo más sorprendente de “La botija” es la incorporación de una mediación tecnológica en el plan de Gonzalo para ganarse la confianza de ñor Juan, acercarse a la familia y seducir a Licha.

Desde el siglo XIX, por lo menos, el asunto de las botijas formaba parte del imaginario colectivo. Ricardo Fernández Guardia (1867-1950) lo convirtió en tema literario en 1901, al publicar sus Cuentos ticos. A su vez, la prensa, cada vez que el hallazgo de una botija era divulgado, informaba al respecto.

La expectativa de encontrar una botija adquirió más fuerza tras conocerse, como lo muestra la investigación de Wei-Chih Wang, Benjamin Estroff y Wei-Shu Hua, que en 1925 el ingeniero alemán Gerhard Fischer (1899-1988), había fabricado el primer detector de metales portátil. Basado en los avances iniciales de Alexander Graham Bell (1847-1922), este novedoso artefacto empezó a ser comercializado en 1931.

Francisco Rodríguez combinó todo lo anterior para escribir una novela costumbrista que se aproximó a la ciencia ficción, pero sin terminar de incursionar en tal género, algo que sí hizo, casi medio siglo después, Miguel Zúñiga Díaz (1933-2018), conocido como Miguel Salguero.

Salguero

En contraste con Rodríguez, que provenía de un hogar urbano de profesionales (su padre era dentista) y se bachilleró de la segunda enseñanza en el Instituto de Alajuela en 1921, Salguero nació en un área rural (Guatil de Acosta) y no terminó la educación primaria. Por consiguiente, mientras el primero fue un observador de la cultura campesina, el segundo la vivió.

Mediante una formación autodidacta, Salguero se abrió espacio en la prensa costarricense y ya para la década de 1960 se había convertido en el principal representante del periodismo costumbrista. Su producción en este campo amalgamó tres corrientes previas: el costumbrismo literario, el periodístico —desde las primeras décadas del siglo XX algunos diarios empezaron a publicar reportajes especiales sobre distintos cantones del país— y el nacionalismo geográfico, investigado por el historiador Ronald Díaz Bolaños.

De 1964 a 1983, Salguero, además de incursionar en la televisión, publicó 11 libros basados en sus crónicas periodísticas o de un estilo similar, 6 publicados por la Editorial Costa Rica, 3 por la Editorial Universidad Estatal a Distancia, 1 por la Asociación Nacional de Fomento Económico y 1 por la Editorial STVDIVM de la Universidad Autónoma de Centroamérica.

A inicios de la década de 1980, Salguero debutó como novelista con una combinación de costumbrismo modernizado y ciencia ficción: “Jaque mate a la televisión”, la cual circuló en el Semanario Universidad entre el 2 de septiembre y el 28 de octubre de 1983, ilustrada por Hugo Díaz Jiménez (1930-2001). Menos de un año después, finalizó otros dos textos de la misma índole: El primer hombre, terminado el 15 de julio de 1984 y publicado por la Editorial Costa Rica en 1994, y “La república independiente de Chirripó”, concluido el 5 de agosto de 1984 y dado a conocer por La Prensa Libre del 1 de agosto al 14 de septiembre de 1985.

Recurrir a la publicación en periódicos se explica porque, con el estallido de una profunda crisis económica en 1980, las editoriales públicas del país empezaron a experimentar crecientes dificultades financieras. Además, una parte de sus ahora disminuidos recursos estaban comprometidos con obras de Salguero, tanto primeras ediciones como reimpresiones, lo que limitaba aceptar sus nuevos manuscritos.

Ciencia ficción

“Jaque mate a la televisión” trata sobre un transmisor nuclear que contrarresta las falsedades difundidas por los medios de comunicación, la publicidad comercial y la propaganda política. De modo paralelo, expone la corrupción y denuncia la intervención militar de Estados Unidos en Centroamérica. Con este texto, Salguero se adelantó a las sátiras similares que, años después, daría a conocer el académico Álvaro Quesada Soto (1945-2001) en el Semanario Universidad.

En El primer hombre, Salguero mantuvo cierto trasfondo costumbrista, pero abandonó el escenario local para incursionar en una narrativa global, en la que el propio Ronald Reagan (1911-2004) figura como personaje. Al intensificarse la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la pugna por una tecnología que permite devolver los misiles nucleares a su sitio de lanzamiento conduce a la destrucción de la humanidad.

Con La república independiente de Chirripó, Salguero retornó al costumbrismo de base local: la zona sur de Costa Rica decide independizarse debido a que sus necesidades no son atendidas y a la corrupción gubernamental, una trama que anticipó la actual escisión política entre las costas y el centro del país.

Salguero, cuya visión de mundo fue formada por las políticas desarrollistas impulsadas por el Partido Liberación Nacional, pronto se percató de que el costumbrismo resultaba insuficiente para abordar, desde la novela, la situación sin precedente que enfrentaba Costa Rica entre 1983 y 1984. Estados Unidos presionaba al país para sumarlo a su estrategia militar contra la Revolución sandinista; la Agencia para el Desarrollo Internacional lo apremiaba para que profundizara las políticas favorables al libre mercado; y los principales medios de comunicación y las cámaras empresariales intensificaban sus campañas en defensa del militarismo y el neoliberalismo impulsados por Washington.

Ante esto, la respuesta de Salguero fue recurrir a la ciencia ficción para politizar el costumbrismo y convertirlo en un medio para satirizar lo que sucedía en Costa Rica y en el mundo. Sin ser un revolucionario, como lo evidencian los desenlaces de sus novelas que apelan al nacionalismo costarricense o a la fe cristiana, sus cuestionamientos podían resultar explosivos en un país virulentamente anticomunista.

No fue casual que “Jaque mate a la televisión”, que también aludía a la persecución contra Radio Noticias del Continente entre 1979 y 1981, circulara en uno de los pocos medios opuestos a los planes de Washington: el Semanario Universidad, al que Curtin Winsor, embajador estadounidense en Costa Rica, amenazó con hacerlo “pedazos” en septiembre de 1984.

Pionero en novelizar la intensificación de la Guerra Fría en América Central y las primeras manifestaciones del neoliberalismo, Salguero también lo fue en producir la primera trilogía de novelas de ciencia ficción de la región. El guatemalteco Rafael Arévalo García (1884-1975) intentó algo similar a finales de la década de 1930, pero solo produjo dos obras (El mundo de los maharachías y Viaje a Ipanda).

Tras los pasos de Salguero, el empresario costarricense, Fernando Ortuño Sobrado (1920-2004), publicó una nueva trilogía de ciencia ficción entre 1986 y 1996 (Conspiración en el Caribe, El proyecto Fénix y Eulalia). Al igual que su predecesor, partió del desarrollismo liberacionista para incursionar en el futurismo político, pero no para reivindicar la dimensión más progresista del liberacionismo como lo hizo Salguero, sino para denunciar la amenaza representada por el comunismo.

De esta forma, mientras Rodríguez enrumbó al costumbrismo costarricense por vías inéditas, al explorar el impacto de las nuevas tecnologías en el imaginario rural, Salguero lo reformuló para, desde la ciencia ficción, satirizar al imperialismo estadounidense y a la temprana Costa Rica neoliberal.

Créditos de las ilustraciones:

Francisco Rodríguez Ruiz, carbón de Eginhard Menghius, Repertorio Americano, 20 de julio de 1929, p. 44.

Miguel Salguero, Semanario Universidad, 2 de mayo de 2018, p. 22.

Dibujo de Hugo Díaz Jiménez para ilustrar el capítulo V de “Jaque mate a la televisión”, Semanario Universidad, 30 de septiembre de 1983, p. 18.

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