Converger, no anular

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Rodolfo Aliaga

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Son tiempos de ansiedad política. No hablo de la ansiedad del gobierno, sino de la ansiedad sobre el gobierno: la de la ciudadanía, la de los medios, la de los analistas y opinadores que buscamos explicaciones inmediatas allí donde solo han transcurrido horas. Esta ansiedad colectiva maquina rápidas hipótesis, apresuradas conclusiones y puede convertir cualquier gesto en un conflicto mayor antes de que los hechos tengan siquiera tiempo de asentarse.

Las primeras intervenciones del vicepresidente Lara fueron la oportunidad perfecta para que ésta aflorara. Su estilo confrontativo, emocional y directo —una forma de hacer política que descoloca al establishment y rompe la gramática política tradicional— encendió una maquinaria inmediata de interpretaciones que produjo tres relatos simultáneos: que buscaba ser presidente antes de tiempo, en un supuesto plan con ribetes sediciosos, que había que neutralizarlo hacia futuro para evitar una crisis interna y que era urgente el diálogo entre mandatarios para sacar del foco a la polémica. Tres hipótesis incompatibles que circularon a la misma velocidad, alimentadas por los temores precoces sembrados en la opinión pública, teniendo —como no— como combustible privilegiado: la singular forma de Lara de construir su presencia pública.

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Aquí es necesario hacer una distinción que suele perderse en la agitación del día a día. Una cosa es la verborrea del vicepresidente, al parecer parte constitutiva de su identidad política. Y otra, muy distinta, son los hechos a los que apunta, las razones de sus desacuerdos y la verdad que podría haber en ellos. Reducirlo todo al estilo es tan insuficiente, así como convertirlo en el centro del conflicto. Esto va de dos partes.

Estamos en el día 20 del nuevo mandato. A estas alturas, lo que le toca al gobierno en su conjunto y a cada mandatario en su especificidad es gestionar esa relación. Cuando el binomio pidió el voto lo hizo desde la promesa de complementar dos estilos distintos de liderazgo y dos formas diferentes de relacionarse con el país, esto no fue un secreto para nadie. Es más, fue justamente esa convergencia la que permitió a Paz convertirse en un candidato “atrapa-todo”. Hoy, mientras el estilo del presidente es más cómodo para las élites sectoriales y los poderes factuales que operan en torno a lo “políticamente correcto”, el estilo del vicepresidente continúa operando en y desde una cultura política paralela: una que no se reduce a un accidente o circunstancia comunicacional sino a una forma distinta de entender la vida pública y opera bajo sus propios códigos: pondera de manera distinta el conflicto, valida más la promesa concreta que la coherencia argumental y valora tanto la autenticidad que le permite saltarse al protocolo.

No comprender esta coexistencia, o peor pretender que una debe ser anulada, es desconocer el pacto electoral que les dio el gobierno. Por eso conviene recordarlo con claridad: si el binomio no logra funcionar aceptando sus diferencias en un escenario de corresponsabilidad, ¿cómo podría pedirle a la sociedad que lo haga cuando llegue la hora de asumir las difíciles medidas económicas que nos tocarán a todos? La convivencia democrática si se exige, se practica.

Y eso implica también que la ciudadanía, pero sobre todo quienes mediamos entre población y poder, no podemos ser los primeros en caer ansiosamente en corrientes que apuesten por librarnos de la convivencia compleja que fue elegida por el voto popular. Porque ahí sí —en esa urgencia por deshacernos de lo que no entendemos o no nos gusta— es donde habita muy poco espíritu democrático y mucho riesgo de un reflejo casi sedicioso, exactamente aquello que se dice temer.

(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Red Social X: @verokamchatka

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