Comunista

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Javier Córdoba

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Dejando atrás la terrible noche en la que la democracia decide que no necesita más democracia, la pasada campaña electoral me deja un gusto agridulce, el uso peyorativo del término comunista como si fue un profundo insulto, cercano a que ponen en duda la probidad de nuestra madre.

Toda la sociedad occidental esta transversalizado por un universo ideológico, complejo y dinámico, que desplaza significados relegándolos al olvido por desuso, este es justamente lo que me sorprende de la sociedad costarricense, pues en 40 años este un sub-ámbito cultural, político y moral que actúa como remache superestructural ha cambiado muy poco.

Verán, en la década de los 80, a los jóvenes comunistas, se nos acusaba de todo lo malo que pasara, pues además de enemigos de la democracia, éramos pervertidos, ateos, irrespetuosos y, claro, subversivos. Ciertamente esta exclusión ideológica fue intencionalmente potenciada, no producida, por la geopolítica estadounidense de los 60, la cual, en el contexto de la guerra fría impulsaba políticas de intolerancia que mediatizaran la conflictividad social existente. Siendo así, la derechización política del ciudadano costarricense, como fenómeno cultural, fue resultado de la política educativa que configuro la Junta de gobierno luego del 48, la cual recuperaba la actitud cultural conservadora que arrastraba este país desde la configuración del imaginario nacional, sumándole un visceral anticomunismo, fácilmente explicable por las condiciones del conflicto armado entre calderonistas y, los “medallitas y glostoritas.. todos muchachos de gran valor” como decía la canción. Así, permítame una afirmación para nada novedosa, Costa Rica es culturalmente conservadora y políticamente de derecha. Por esto que no era de extrañar el desprecio con el que las generaciones previas y los otros jóvenes de nuestro mismo rango generacional nos trataban. La exclusión era tan grosera, que, aun entreviéndose relaciones empáticas, se generaban rencillas y enemistades. El universo ideológico permea por los poros de las relaciones de interpersonales enrareciéndolos con prejuicios, exclusiones e insultos.

Una vez que el esquema geopolítico de la guerra fría se viene al suelo y, el Occidente capitalista desarrolla la actitud triunfalista del fin de la historia, misma que lo ha llevado al suicidio geopolítico actual, era de esperarse que criterios específicos de exclusión desaparecieran, pues ya no eran significativos; sin embargo, sigue apareciendo el uso del término comunista con una carga emocional de desprecio, como cualquier insulto.

Es aquí donde hay que hacer una observación problematizadora, efectivamente el significado político del término comunista ha desaparecido, siendo entonces que se le ha sometido a una resignificación en la que el contenido original es desplazado por los antivalores que lo rodeaban.

Así, comunista no es un término político para el tico, no es sinónimo de aquel que sostiene el ideal de una sociedad más justa y mejor a sabiendas de que es una utopía y, que su posibilidad material es, en sus distintas interpretaciones y formas, el socialismo.

Visto así la subsistencia del término comunista, ahora despolitizado, pero éticamente peyorativo aparece como un arcaísmo cultural, pues corresponde a un momento histórico previo; pero que se le usa con una nueva implicación. Esto implicaría, de ser correcto, que ese término se sometió a un desplazamiento en su uso, de una superestructura específica a otra, en el caso tico, de la institución educativa a la institución política. Resulta así que, ideológicamente, Costa Rica se mueve aún dentro de características de racionalidad contemporánea, es decir de enfrentamiento bipolar, mientras que el mundo atraviesa un momento poscontemporáneo de conflicto multipolar…por algo el parque jurásico se ubicó acá.

De este modo resulta que el término comunista se ha desnaturalizado, ya no forma parte del ámbito de los ideales políticas, sino que es más de las perversiones éticas. Siendo en el caso que ya no se sostiene a través de la superestructura educativa, como lo era desde los 50 a los 70; pero sí a través de la superestructura política vigente, filtrándose en los discursos de los diversos partidos que lideran el escenario de la democracia electoral.

No me parece arriesgado afirmar, en relación a ello, que el universo ideológico tico contiene arcaísmos culturales diversos, desde comunista, hasta el echar el ruco o llamar a la puerta con un “upe”.



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