Cartas a Quito / 31 de julio de 2026

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Jenny Martínez

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Teoría de la intolerancia​


La política de convivencia que ha impulsado el gobierno tiene más errores que aciertos, que pueden ser resumidos y evaluados.

Uno de ellos cabe describirlo en la paradoja de la tolerancia, cuyo artífice -Karl Popper- sostenía que una sociedad abierta verdaderamente tolerante debe conservar el derecho a negar la tolerancia a quienes promueven la intolerancia.

Otra es la que dio en forma sucinta el entonces cardenal Joseph Ratzinger -futuro papa Benedicto XVI- en un diálogo con el filósofo Jürgen Habermas en el año 2004: “Es tarea de la política someter el poder al control de la ley a fin de garantizar que se haga un uso razonable de él” (LIBERTAD DIGITAL, Madrid, 23 de enero de 2005), entendiéndose que la ley como manifestación de la voluntad soberana debe controlar al poder en sus excesos.

Advierte Ratzinger que “no debe imponerse la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley”, porque la ley del más fuerte aparece cuando es aprobada por mayoría absoluta y no simple. Aun así pasa a ser ley, aunque ésta sea injusta.

Al final el futuro papa Benedicto XVI da esta alternativa a quien le oiga, en esta vez el mejor filósofo actual: “El poder sometido a la ley y puesto a su servicio es el polo opuesto a la violencia, que entendemos como ejercicio del poder, prescindiendo del derecho y quebrantándolo”. Así si el poder se somete a la ley se opone a la violencia, pues sino como mera práctica el poder ignora el derecho o lo viola. Así de simple.

Llega entonces la vieja cuestión del concepto de la seguridad: ¿Cómo puede una sociedad trabajar en un ambiente de inseguridad?

Tal vez, ¿con declaratorias de estado de excepción? O, digamos, ¿siendo intolerantes con la libertad de expresión?

La expresión al manifestarse desde una mera opinión hasta una actitud de un medio está sujeta a la demostración del ‘machismo’ de oropel del poder por medio de sus escuderos, bajo la presunción de que Don Quijote está enquistado ‘allá arriba’, supuestamente intocable; ahí se incluye la indolencia de la burocracia antiprofesional.

Los tiempos en que el poder ejercía su control, como la violencia de los pichirilos, están lejos, así como la violencia del crimen organizado tiene bajo sitio a la sociedad trabajadora de la Costa, en un mare magnum de delitos.

Es de vital importancia exhibir la estructura de cómo este poder se muestra, que ha sido una costumbre siempre que se pudo mostrar, y más ahora que nunca. Esta estructura incluye mucha corrupción.

Una sociedad así no puede convivir porque la libertad de expresión es muestra de tolerancia. Y su represión es intolerancia. Y ante ello la ley debe controlar al poder.

El poder debe estar bajo vigilancia pública y en el escrutinio del ciudadano común y corriente. Lo primero es tarea del periodismo responsable y lo segundo del ciudadano amante de la libertad.

Francisco Bayancela

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