Cartas a Quito / 17 de mayo de 2026

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Jenny Martínez

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Quito: El gigante maniatado por su propia grasa​


Quito no aguanta más. La capital de la República se está asfixiando bajo el peso de un modelo municipal que es, a todas luces, un cadáver institucional. Tenemos un municipio obeso, con más de 25 000 empleados, donde la burocracia de escritorio devora los recursos que deberían transformarse en asfalto y seguridad. Pero el problema no es solo la cantidad de personal, sino la calidad de lo que entregan: hoy, cuando una obra finalmente se ejecuta tras años de ruego, se hace mal, sin fiscalización y con materiales que parecen diseñados para deshacerse en la primera lluvia.

El ciudadano vive un viacrucis humillante. Si una calle se hunde, la EPMMOP culpa a la EPMAPS, y esta se escuda en la matriz. Es el “ping-pong” de la ineficiencia. Y cuando por fin llega una cuadrilla, el resultado es un parche mediocre que a los tres meses vuelve a ser un cráter. ¿Dónde están los fiscalizadores? ¿Quién recibe esas obras defectuosas que pagamos todos? La desidia institucional ha llegado al punto de dejar a la ciudadanía en total desprotección, obligándola a convivir con escombros y negligencia disfrazada de gestión.

La solución no es cosmética; requiere una cirugía mayor: la promulgación definitiva del Estatuto Autonómico.

Necesitamos transformar el Distrito Metropolitano en un sistema de “Mini Alcaldías”, eficientes y autonómicas, y para ello es imperativo descentralizar el poder y los recursos.

Las Administraciones Zonales deben dejar de ser ventanillas de quejas para convertirse en unidades operativas autónomas. Si una zona tiene su propio presupuesto y su propia capacidad técnica, se acaba la excusa de la “falta de coordinación entre empresas”. La responsabilidad tendría nombre, apellido y proximidad.

Señor Alcalde, señores Concejales: Quito no necesita más diplomacia de pasillo. La ciudad exige una reforma estructural:

· Autonomía Fiscal y Operativa Zonal: Que los recursos lleguen directo a la zona para obras integrales (agua y vía al mismo tiempo) sin mendigar permisos a la matriz.

· Fin del Clientelismo Barrial: Basta de canjear obras por votos. La planificación debe ser técnica y auditada, no un favor personal para dirigentes de turno.

· Tolerancia Cero a la Obra Mal Hecha: Responsabilidad administrativa y penal para los funcionarios y contratistas que entregan trabajos mediocres. Quien hace mal la obra, debe repetirla de su propio bolsillo.

Si no tienen la valentía de desmantelar este sistema obeso, centralista y negligente, seguirán administrando la decadencia. La autonomía y la fiscalización rigurosa no son opciones, son la única ruta para que Quito deje de ser una ciudad remendada y vuelva a ser una capital digna.

Carlos Eduardo Bustamante Salvador

El verdadero título que define a una persona​


Vivimos en una sociedad donde muchas veces se mide el valor de las personas por los títulos que poseen, el dinero que acumulan o el reconocimiento que logran obtener. Sin embargo, la vida demuestra constantemente que el conocimiento académico, aunque importante, no siempre viene acompañado de valores, humildad o calidad humana. Existen profesionales brillantes incapaces de tratar con respeto a quienes consideran inferiores, así como personas sencillas que, sin grandes estudios, transmiten dignidad, respeto y sabiduría con cada una de sus acciones.

La educación abre oportunidades y permite crecer intelectualmente, pero el carácter es lo que realmente define a un ser humano. De poco sirve alcanzar éxito profesional si se pierde la honestidad, la empatía y la capacidad de actuar correctamente cuando nadie está observando. Muchas personas construyen una imagen admirable frente a los demás, mientras en privado viven atrapadas por el orgullo, la falsedad o la necesidad constante de aprobación.

Ser íntegro no significa ser débil ni permitir abusos. Significa mantener principios firmes incluso en momentos difíciles. La verdadera formación humana se refleja en la manera de reaccionar ante el fracaso, en el trato hacia quienes no pueden ofrecer beneficios y en la capacidad de conservar la dignidad aun bajo presión. El poder, el dinero y el reconocimiento suelen revelar quién actúa con valores genuinos y quién solamente aparentaba tenerlos.

Con el paso del tiempo, las apariencias terminan cayendo. La arrogancia suele conducir a la soledad; la mentira, tarde o temprano, se vuelve imposible de sostener; y la envidia impide disfrutar la propia vida porque mantiene la mirada puesta en los logros ajenos. En cambio, quien actúa con rectitud puede caminar tranquilo, dormir en paz y mirar a los demás sin culpa ni temor.

Al final, las personas no recuerdan únicamente cuánto éxito tuvo alguien o cuántos reconocimientos consiguió. Lo que verdaderamente permanece es la huella humana que dejó en los demás: su respeto, su honestidad y la forma en que actuó cuando tuvo la oportunidad de hacer lo correcto. Ese es el verdadero título que no entrega ninguna institución, sino la vida misma, decisión tras decisión.

Elio Roberto Ortega Icaza

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