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A las 7:35 de la noche de ese viernes social, un grupo de 10 jóvenes reunidos en un semicírculo hablan en tonos elevados para contrarrestar el volumen de la música que sale de una vivienda. A pocos metros, un señor de unos 50 años está sentado frente a su casa, desde donde también suena otra radio con una bachata clásica.
Más adelante, hay dos señoras, Mely Ramírez, de 56 años y Carmen Jerez, de 69, que socializan frente a sus residencias sobre la cotidianidad de la vida, mientras otra música se escucha en el fondo.
Esa es la cotidianidad en el callejón de La Javilla, en la extensa y agitada avenida John F. Kennedy, uno de los decenas que hay en Santo Domingo, ciudad que ostenta el título de “cuna de la civilización en América” y cumplirá en agosto próximo 530 años de fundación, pero apenas hace cuatro que promulgó una ley de ordenamiento territorial la cual prohíbe estos asentamientos.
En el tramo de unos 200 metros lineales, donde la sobrepoblación y los angostos laberintos urbanos definen el entorno, operan pequeños negocios —ferreterías, bancas, salones de belleza, colmados, peluquerías, ventas de pacas y frituras—, que buscan satisfacer la demanda de los residentes, quienes conviven en viviendas apiñadas de hasta tres niveles, mientras en los alrededores hay extensas calles y apartamentos valorados en más de 15 millones de pesos.
Ahí, en medio de esa aglomeración, Mely y Carmen llevan viviendo 40 y 20 años, respectivamente. Sentadas sobre el tubo de metal que conduce el agua, dicen sentirse cómodas y pese al bullicio, resaltan que ya están adaptadas y valoran la sana convivencia entre los vecinos, “esa bulla, si no la prenden, me hace falta”, indica la señora Carmen.
“La única chismosa soy yo”, señala en tono jocoso la nativa de Montecristi y explica que la “Policía entra porque uno de los miembros de la patrulla está enamorado de una muchacha”. Otra “bondad” del callejón es la seguridad, “no se pelea, no hay tigres”, aunque admite que “se fuman su cosita”, añade.
Los moradores del también llamado callejón Infotep –lo nombran así porque está al lado derecho del centro de estudios–, presumen estar rodeados de supermercados, canchas, bancos, empresas automotrices y, por supuesto, cerca del Metro. Ante esas bondades, cada día entran más personas a rentar viviendas.
Aunque no tienen títulos de propiedad, las modestas viviendas son costosas, indicó la señora Ileana, de 55 años quien en 2011 llegó al lugar y tomó como suyo un angosto local. Mientras un alto porcentaje de los residentes en la capital luchan con los tapones, ella camina al Metro y en pocos minutos está en el hospital de las Fuerzas Armadas, su lugar de trabajo.
Por esa facilidad, indica que, si tuviera que vender, cobraría 5 millones de pesos, monto cercano al valor de las viviendas de bajo costo, fijado por el Gobierno en 5.4 millones de pesos.
En el sector del Progreso de Bella Vista, popularmente conocido como el “Semillero de Bella Vista”, ubicado entre la calle Desiderio Arias y la avenida Rómulo Betancourt, el ambiente es parecido, pero antes había más seguridad y la juventud era más respetuosa, señala Reutildio Díaz Domínguez, de 76 años, quien hace 53 años reside en el sector.
El Semillero de Bella Vista en una toma aérea. (DIARIO LIBRE/SAMIL MATEO)
De su lado, la señora Paula, de 67 años, indica que ha habido muchos cambios, pero los “vecinos se llevan bien” y “es uno de los barrios más tranquilo”.
Sin embargo, en el callejón del Obrero, en las Villas Agrícolas, se vive otro panorama: hay quejas constantes de que la Policía asedia a los jóvenes y, aunque hay armonía, existen fines de semana en que los “vecinos se corren” con la música.
Doña Sunilda Paredes, de 65 años y con 25 viviendo en el sector, valora la solidaridad de los vecinos, no obstante, reconoce que el ruido suele ser un problema. “Hay un muchacho que amanece tocando”, dice, al describir las largas noches de música que, a veces, alteran la tranquilidad del lugar.
“Nos llevamos como hermanos, somos como una familia”, indica,mientras que Kaury Pérez, de 43 años, nacido y criado en el callejón manifiesta que hizo un curso de repostería, pero no ha encontrado trabajo. Diario Libre constató la presencia de otro grupo nini (ni estudian ni trabajan) una condición que los hace vulnerables a la delincuencia.
El mencionado callejón del Obrero, ubicado entre la avenida Nicolás de Ovando y la calle San Juan de la Maguana, está habitado, en su mayoría, por personas del sector informal, como motoristas, choferes y vendedores, según expresan los vecinos. Una de las entradas se inunda porque el agua de lluvia que cae sobre el techo de una tienda china desemboca justo en ese punto.
Los vecinos coinciden en que el chisme y el rumor es parte de la cotidianidad, pero la mayoría de vecinos se llevan bien y …., como en todas partes, hay gente buena y mala.
Los callejones del Infotep y del Obrero son parte de los múltiples sectores con esta condición en Santo Domingo, una demarcación de 3.7 millones de habitantes, equivalente a 2,721 por kilómetro cuadrado. Algunos emergieron a la sombra de las urbanizaciones de élite, como La Puya, en Arroyo Hondo; El Manguito, en La Julia; La Yuca, en Naco; y El Semillero, en Bella Vista, entre otros.
Pese a los esfuerzos, los gobiernos han ejecutado planes de viviendas de bajo costo, reasentamiento y titulación de terreno, pero la situación persiste, haciendo de los callejones, cañadas y orillas de ríos en tierra fértil para el asentamiento desorganizado.
La Oficina Nacional de Estadística elaboró en 2015 el Atlas de la infraestructura del sistema vial, en el cual se determinó que el Distrito Nacional, compuesto por 71 sectores, tiene 1.8 millones de metros lineales, de los cuales el 19.5 % de toda su infraestructura vial urbana son callejones.
Los sectores con mayor densidad de callejones son La Zurza, con 62 % del total de infraestructura vial; Domingo Savio, con 59.9 %, y Capotillo, con 5.4 %. En el lado opuesto, Piantini, el Jardín Botánico y la Urbanización Tropical tienen 0 %.
En total, de 1.8 millones de metros lineales que tiene la capital, las calles abarcan el 59.4 % y las avenidas un 12 % de la infraestructura vial. El restante 9.1 % corresponde a autopistas, caminos, carreteras y escalones.
En Santo Domingo Este, sobresale Villa Duarte, con el 44.7 %; en Santo Domingo Norte, Los Guaricamos, con 17.4 %; y en Los Alcarrizos, se destaca Nuevo Amanecer, donde el 37.1 % de su infraestructura vial son callejones.
En el aspecto positivo, el hacinamiento en los tejidos urbanos desarrolla patrones de convivencia entre sus residentes, como la solidaridad y el compañerismo, gestos que, a su juicio, no se ven en las clases media y alta, según el sociólogo Cándido Mercedes.
“Todavía se conserva en que yo te paso el café; sí sé que en tu casa no están cocinando, de la mía yo te doy a ti. Esa solidaridad no se da en la clase media ni en el alta (...) Esa gente solo se ve cuando se encuentra en los ascensores”.
Como un factor desfavorable, Mercedes señala que algunas personas que viven en condiciones de pobreza asumen, erróneamente, que esa realidad les da libertad para emplear un lenguaje ofensivo, actuar con grosería o recurrir a la violencia. En ese contexto, considera que la sociedad ha experimentado un deterioro en materia de valores.
Asimismo, sostiene que las carencias del entorno suelen dejar secuelas económicas y emocionales, afectando la autoestima de quienes las padecen. “El ser humano es el resultado del entorno”, afirma.
El planteamiento del sociólogo coincide con las conclusiones de la investigadora y escritora británica Hilary Cottam, quien en la década de 1990 se trasladó al sector La Ciénaga, en Santo Domingo. Tras vivir durante varios años en una vivienda cercana al río Ozama, plasmó esa experiencia en su tesis doctoral, Zozobra: The Tensions of Urban Space (Zozobra: las tensiones del espacio urbano), publicada en 1999.
Cottam describió los callejones como escenarios donde confluyen la basura, la violencia y la desconfianza. En ese ambiente, el rumor y el chisme se convierten, según la autora, en factores que erosionan la cohesión comunitaria y dificultan la organización colectiva.
Además, identificó una frontera social y psicológica que separa la ciudad formal de los barrios populares. Para describir esa realidad, acuñó el concepto de zozobra, en alusión al estado permanente de ansiedad, tensión e incertidumbre en el que viven muchos de sus residentes, marcado por la precariedad de las viviendas y, en algunos casos, por el temor constante al desalojo.
Ante ese panorama, Cottam identificó que muchos moradores recurrían a la disimulación como una estrategia de supervivencia: al buscar empleo, ocultaban que residían en esos barrios para evitar la estigmatización.
Para comprender el fenómeno de estos laberintos en Santo Domingo, es necesario remontarse casi un siglo. En 1930, el ciclón San Zenón devastó más del 60 % de la ciudad. Apenas dos semanas después de iniciar su dictadura, Rafael Leónidas Trujillo aprovechó la destrucción para consolidar su poder e impulsar un ambicioso plan de reconstrucción y transformación urbana, que incluyó la apertura de amplias avenidas y la construcción de parques, hoteles, hospitales y edificios públicos.
En diciembre de 1953, cuando Santo Domingo tenía una población de 239,464 habitantes, el régimen de Trujillo promulgó el Decreto 9563, que establecía que toda migración del campo hacia la ciudad requería una autorización del Poder Ejecutivo. Según la disposición, la medida buscaba evitar “sensibles perjuicios” al desarrollo agrícola del país.
Para la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, celebrada en 1955, la entonces llamada Ciudad Trujillo, con una población superior a los 239,000 habitantes, era presentada como una urbe limpia y organizada. Sin embargo, a partir de 1960, el panorama comenzó a cambiar. El país experimentó un acelerado éxodo de las zonas rurales hacia la capital, impulsado principalmente por factores económicos y por las transformaciones del sistema agrario.
El historiador Welnel Darío Féliz sostiene en su obra Dos miradas a la ciudad de Santo Domingo, 1960-1978, publicada en 2018, que entre 1966 y 1968 se erigieron 30 nuevos barrios y urbanizaciones y que, entre 1970 y 1978, se levantaron otros 111, sin contar los asentamientos informales. Para 1977, se estimaba que esos barrios marginados concentraban el 74 % de la población total de la ciudad, y sus viviendas representaban el 67 % del total de la capital.
Entre los barrios que surgieron durante ese proceso figuran algunos que hoy concentran la mayor cantidad de callejones de Santo Domingo, entre ellos La Ciénaga, Los Guandules, Gualey, Guachupita, La Zurza, Capotillo, Villa Duarte, Cristo Rey, Ensanche Espaillat, Villas Agrícolas, Mata Hambre y Buenos Aires de Herrera.
En los censos históricos, Santo Domingo solo registró una disminución de la población en el año 1935 como consecuencia del ciclón San Zenón, y en 1993, debido a procedimientos metodológicos. Al margen de esos dos episodios, el crecimiento poblacional de la capital ha sido constante.
A nivel político, en los callejones se concentra un alto flujo de votantes. Por ejemplo, en la Circunscripción 3 de la capital –la que más concentra sectores con callejones– la densidad de habitantes por kilómetro cuadrado es casi cuatro veces mayor al promedio de las circunscripciones 1 y 2. Sin embargo, moradores consultados señalan que “los políticos solo vienen en tiempo de votos”.
A nivel de gestión, estos sectores son un desafío para las alcaldías, ya que las necesidades que concentran suelen desbordar la capacidad de respuesta de las autoridades municipales.
En su Plan Municipal de Desarrollo 2020-2024, la Alcaldía del Distrito Nacional reconoció que la transformación de los asentamientos informales es uno de los principales desafíos para evitar un deterioro social y ambiental de la ciudad.
El documento identificó como problemas prioritarios la ocupación de zonas vulnerables a inundaciones, el déficit de saneamiento, la escasez de áreas verdes y la desconexión urbana que generan estos sectores. Asimismo, advierte que su intervención enfrenta obstáculos legales y políticos, entre ellos la dificultad para proteger la propiedad formal y la alta influencia electoral de estas comunidades.
En ese sentido, propuso crear un catastro jurídico e ambiental e impulsar alianzas público-privadas para financiar obras de infraestructura como sistemas de alcantarillado y el soterramiento de redes, con el fin de integrar los barrios al desarrollo formal de la ciudad.
La Ley 368-22 establece, en su artículo 74, que los asentamientos humanos solo podrán establecerse en terrenos titulados y autorizados por las normas municipales de uso del suelo, con acceso a servicios básicos y vías de comunicación adecuadas.
Santo Domingo llegará a su 530 aniversario como una ciudad de contraste: por un lado, presume su crecimiento con el enarbolamiento de grandes edificios residenciales, pero por el otro lado, próximo a esas urbanizaciones exclusivas, están los sectores rezagados, con viviendas de zinc, símbolo de la desigualdad y la falta de planificación.
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Más adelante, hay dos señoras, Mely Ramírez, de 56 años y Carmen Jerez, de 69, que socializan frente a sus residencias sobre la cotidianidad de la vida, mientras otra música se escucha en el fondo.
Esa es la cotidianidad en el callejón de La Javilla, en la extensa y agitada avenida John F. Kennedy, uno de los decenas que hay en Santo Domingo, ciudad que ostenta el título de “cuna de la civilización en América” y cumplirá en agosto próximo 530 años de fundación, pero apenas hace cuatro que promulgó una ley de ordenamiento territorial la cual prohíbe estos asentamientos.
En el tramo de unos 200 metros lineales, donde la sobrepoblación y los angostos laberintos urbanos definen el entorno, operan pequeños negocios —ferreterías, bancas, salones de belleza, colmados, peluquerías, ventas de pacas y frituras—, que buscan satisfacer la demanda de los residentes, quienes conviven en viviendas apiñadas de hasta tres niveles, mientras en los alrededores hay extensas calles y apartamentos valorados en más de 15 millones de pesos.
Ahí, en medio de esa aglomeración, Mely y Carmen llevan viviendo 40 y 20 años, respectivamente. Sentadas sobre el tubo de metal que conduce el agua, dicen sentirse cómodas y pese al bullicio, resaltan que ya están adaptadas y valoran la sana convivencia entre los vecinos, “esa bulla, si no la prenden, me hace falta”, indica la señora Carmen.
“La única chismosa soy yo”, señala en tono jocoso la nativa de Montecristi y explica que la “Policía entra porque uno de los miembros de la patrulla está enamorado de una muchacha”. Otra “bondad” del callejón es la seguridad, “no se pelea, no hay tigres”, aunque admite que “se fuman su cosita”, añade.
Los moradores del también llamado callejón Infotep –lo nombran así porque está al lado derecho del centro de estudios–, presumen estar rodeados de supermercados, canchas, bancos, empresas automotrices y, por supuesto, cerca del Metro. Ante esas bondades, cada día entran más personas a rentar viviendas.
Aunque no tienen títulos de propiedad, las modestas viviendas son costosas, indicó la señora Ileana, de 55 años quien en 2011 llegó al lugar y tomó como suyo un angosto local. Mientras un alto porcentaje de los residentes en la capital luchan con los tapones, ella camina al Metro y en pocos minutos está en el hospital de las Fuerzas Armadas, su lugar de trabajo.
Por esa facilidad, indica que, si tuviera que vender, cobraría 5 millones de pesos, monto cercano al valor de las viviendas de bajo costo, fijado por el Gobierno en 5.4 millones de pesos.
En el sector del Progreso de Bella Vista, popularmente conocido como el “Semillero de Bella Vista”, ubicado entre la calle Desiderio Arias y la avenida Rómulo Betancourt, el ambiente es parecido, pero antes había más seguridad y la juventud era más respetuosa, señala Reutildio Díaz Domínguez, de 76 años, quien hace 53 años reside en el sector.
El Semillero de Bella Vista en una toma aérea. (DIARIO LIBRE/SAMIL MATEO)
De su lado, la señora Paula, de 67 años, indica que ha habido muchos cambios, pero los “vecinos se llevan bien” y “es uno de los barrios más tranquilo”.
Sin embargo, en el callejón del Obrero, en las Villas Agrícolas, se vive otro panorama: hay quejas constantes de que la Policía asedia a los jóvenes y, aunque hay armonía, existen fines de semana en que los “vecinos se corren” con la música.
Doña Sunilda Paredes, de 65 años y con 25 viviendo en el sector, valora la solidaridad de los vecinos, no obstante, reconoce que el ruido suele ser un problema. “Hay un muchacho que amanece tocando”, dice, al describir las largas noches de música que, a veces, alteran la tranquilidad del lugar.
“Nos llevamos como hermanos, somos como una familia”, indica,mientras que Kaury Pérez, de 43 años, nacido y criado en el callejón manifiesta que hizo un curso de repostería, pero no ha encontrado trabajo. Diario Libre constató la presencia de otro grupo nini (ni estudian ni trabajan) una condición que los hace vulnerables a la delincuencia.
El mencionado callejón del Obrero, ubicado entre la avenida Nicolás de Ovando y la calle San Juan de la Maguana, está habitado, en su mayoría, por personas del sector informal, como motoristas, choferes y vendedores, según expresan los vecinos. Una de las entradas se inunda porque el agua de lluvia que cae sobre el techo de una tienda china desemboca justo en ese punto.
Los vecinos coinciden en que el chisme y el rumor es parte de la cotidianidad, pero la mayoría de vecinos se llevan bien y …., como en todas partes, hay gente buena y mala.
Qué tanto abarcan
Los callejones del Infotep y del Obrero son parte de los múltiples sectores con esta condición en Santo Domingo, una demarcación de 3.7 millones de habitantes, equivalente a 2,721 por kilómetro cuadrado. Algunos emergieron a la sombra de las urbanizaciones de élite, como La Puya, en Arroyo Hondo; El Manguito, en La Julia; La Yuca, en Naco; y El Semillero, en Bella Vista, entre otros.
Pese a los esfuerzos, los gobiernos han ejecutado planes de viviendas de bajo costo, reasentamiento y titulación de terreno, pero la situación persiste, haciendo de los callejones, cañadas y orillas de ríos en tierra fértil para el asentamiento desorganizado.
La Oficina Nacional de Estadística elaboró en 2015 el Atlas de la infraestructura del sistema vial, en el cual se determinó que el Distrito Nacional, compuesto por 71 sectores, tiene 1.8 millones de metros lineales, de los cuales el 19.5 % de toda su infraestructura vial urbana son callejones.
Los sectores con mayor densidad de callejones son La Zurza, con 62 % del total de infraestructura vial; Domingo Savio, con 59.9 %, y Capotillo, con 5.4 %. En el lado opuesto, Piantini, el Jardín Botánico y la Urbanización Tropical tienen 0 %.
En total, de 1.8 millones de metros lineales que tiene la capital, las calles abarcan el 59.4 % y las avenidas un 12 % de la infraestructura vial. El restante 9.1 % corresponde a autopistas, caminos, carreteras y escalones.
En Santo Domingo Este, sobresale Villa Duarte, con el 44.7 %; en Santo Domingo Norte, Los Guaricamos, con 17.4 %; y en Los Alcarrizos, se destaca Nuevo Amanecer, donde el 37.1 % de su infraestructura vial son callejones.
El patrón que desarrollan
En el aspecto positivo, el hacinamiento en los tejidos urbanos desarrolla patrones de convivencia entre sus residentes, como la solidaridad y el compañerismo, gestos que, a su juicio, no se ven en las clases media y alta, según el sociólogo Cándido Mercedes.
“Todavía se conserva en que yo te paso el café; sí sé que en tu casa no están cocinando, de la mía yo te doy a ti. Esa solidaridad no se da en la clase media ni en el alta (...) Esa gente solo se ve cuando se encuentra en los ascensores”.
Como un factor desfavorable, Mercedes señala que algunas personas que viven en condiciones de pobreza asumen, erróneamente, que esa realidad les da libertad para emplear un lenguaje ofensivo, actuar con grosería o recurrir a la violencia. En ese contexto, considera que la sociedad ha experimentado un deterioro en materia de valores.
Asimismo, sostiene que las carencias del entorno suelen dejar secuelas económicas y emocionales, afectando la autoestima de quienes las padecen. “El ser humano es el resultado del entorno”, afirma.
El planteamiento del sociólogo coincide con las conclusiones de la investigadora y escritora británica Hilary Cottam, quien en la década de 1990 se trasladó al sector La Ciénaga, en Santo Domingo. Tras vivir durante varios años en una vivienda cercana al río Ozama, plasmó esa experiencia en su tesis doctoral, Zozobra: The Tensions of Urban Space (Zozobra: las tensiones del espacio urbano), publicada en 1999.
Cottam describió los callejones como escenarios donde confluyen la basura, la violencia y la desconfianza. En ese ambiente, el rumor y el chisme se convierten, según la autora, en factores que erosionan la cohesión comunitaria y dificultan la organización colectiva.
Además, identificó una frontera social y psicológica que separa la ciudad formal de los barrios populares. Para describir esa realidad, acuñó el concepto de zozobra, en alusión al estado permanente de ansiedad, tensión e incertidumbre en el que viven muchos de sus residentes, marcado por la precariedad de las viviendas y, en algunos casos, por el temor constante al desalojo.
Ante ese panorama, Cottam identificó que muchos moradores recurrían a la disimulación como una estrategia de supervivencia: al buscar empleo, ocultaban que residían en esos barrios para evitar la estigmatización.
Pero, ¿cómo se llegó a este callejón sin salida?
Para comprender el fenómeno de estos laberintos en Santo Domingo, es necesario remontarse casi un siglo. En 1930, el ciclón San Zenón devastó más del 60 % de la ciudad. Apenas dos semanas después de iniciar su dictadura, Rafael Leónidas Trujillo aprovechó la destrucción para consolidar su poder e impulsar un ambicioso plan de reconstrucción y transformación urbana, que incluyó la apertura de amplias avenidas y la construcción de parques, hoteles, hospitales y edificios públicos.
En diciembre de 1953, cuando Santo Domingo tenía una población de 239,464 habitantes, el régimen de Trujillo promulgó el Decreto 9563, que establecía que toda migración del campo hacia la ciudad requería una autorización del Poder Ejecutivo. Según la disposición, la medida buscaba evitar “sensibles perjuicios” al desarrollo agrícola del país.
Para la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, celebrada en 1955, la entonces llamada Ciudad Trujillo, con una población superior a los 239,000 habitantes, era presentada como una urbe limpia y organizada. Sin embargo, a partir de 1960, el panorama comenzó a cambiar. El país experimentó un acelerado éxodo de las zonas rurales hacia la capital, impulsado principalmente por factores económicos y por las transformaciones del sistema agrario.
El historiador Welnel Darío Féliz sostiene en su obra Dos miradas a la ciudad de Santo Domingo, 1960-1978, publicada en 2018, que entre 1966 y 1968 se erigieron 30 nuevos barrios y urbanizaciones y que, entre 1970 y 1978, se levantaron otros 111, sin contar los asentamientos informales. Para 1977, se estimaba que esos barrios marginados concentraban el 74 % de la población total de la ciudad, y sus viviendas representaban el 67 % del total de la capital.
Entre los barrios que surgieron durante ese proceso figuran algunos que hoy concentran la mayor cantidad de callejones de Santo Domingo, entre ellos La Ciénaga, Los Guandules, Gualey, Guachupita, La Zurza, Capotillo, Villa Duarte, Cristo Rey, Ensanche Espaillat, Villas Agrícolas, Mata Hambre y Buenos Aires de Herrera.
En los censos históricos, Santo Domingo solo registró una disminución de la población en el año 1935 como consecuencia del ciclón San Zenón, y en 1993, debido a procedimientos metodológicos. Al margen de esos dos episodios, el crecimiento poblacional de la capital ha sido constante.
Factor político y de gestión
A nivel político, en los callejones se concentra un alto flujo de votantes. Por ejemplo, en la Circunscripción 3 de la capital –la que más concentra sectores con callejones– la densidad de habitantes por kilómetro cuadrado es casi cuatro veces mayor al promedio de las circunscripciones 1 y 2. Sin embargo, moradores consultados señalan que “los políticos solo vienen en tiempo de votos”.
A nivel de gestión, estos sectores son un desafío para las alcaldías, ya que las necesidades que concentran suelen desbordar la capacidad de respuesta de las autoridades municipales.
En su Plan Municipal de Desarrollo 2020-2024, la Alcaldía del Distrito Nacional reconoció que la transformación de los asentamientos informales es uno de los principales desafíos para evitar un deterioro social y ambiental de la ciudad.
El documento identificó como problemas prioritarios la ocupación de zonas vulnerables a inundaciones, el déficit de saneamiento, la escasez de áreas verdes y la desconexión urbana que generan estos sectores. Asimismo, advierte que su intervención enfrenta obstáculos legales y políticos, entre ellos la dificultad para proteger la propiedad formal y la alta influencia electoral de estas comunidades.
En ese sentido, propuso crear un catastro jurídico e ambiental e impulsar alianzas público-privadas para financiar obras de infraestructura como sistemas de alcantarillado y el soterramiento de redes, con el fin de integrar los barrios al desarrollo formal de la ciudad.
La Ley 368-22 establece, en su artículo 74, que los asentamientos humanos solo podrán establecerse en terrenos titulados y autorizados por las normas municipales de uso del suelo, con acceso a servicios básicos y vías de comunicación adecuadas.
Santo Domingo llegará a su 530 aniversario como una ciudad de contraste: por un lado, presume su crecimiento con el enarbolamiento de grandes edificios residenciales, pero por el otro lado, próximo a esas urbanizaciones exclusivas, están los sectores rezagados, con viviendas de zinc, símbolo de la desigualdad y la falta de planificación.
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