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Gabriela Quiroz
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La lista de convocados a la Copa del Mundo tiene un dato que pasa casi inadvertido. 13 de los 26 seleccionados de Ecuador para el Mundial 2026 se formaron en Independiente del Valle (IDV). Es la mitad del plantel. Y, si se suman los casos de futbolistas que pasaron parte de su formación por esa cantera, la cifra sube a 18. Uno de ellos es Jordy Alcívar. Ni siquiera tuvo que cambiar de camiseta para llegar al Mundial 2026: sigue jugando en el IDV, de Sangolquí.
Este número de jugadores con el sello del IDV es la huella de un sistema que empezó a construirse hace años. A sus canchas llegan niños de ocho y nueve años a entrenar y, en algunos casos, terminan vistiendo la camiseta de la Tri. Y para esta fiesta mundialista jugando en estadios de EE.UU. México o Canadá.
Este domingo 14, una idea estará clara: la Selección Ecuador que juega el Mundial 2026 no es la misma del 2002, cuando Ecuador llegó al Mundial, en Japón. Pese a que el país sigue teniendo recursos limitados, hoy produce jugadores que compiten en la Premier League, la Champions League y la Bundesliga. Parte de ese salto se explica en el interior del IDV. Ahí desde hace más de una década médicos, fisiólogos, nutricionistas, preparadores físicos y otros profesionales trabajan bajo protocolos que han marcado una diferencia en el fútbol formativo ecuatoriano.
En el caso ecuatoriano, según Wendy Montiel, deportóloga del IDV, es posible que la diversidad genética y factores geográficos como la altura contribuyan a la variedad de perfiles físicos que llegan al fútbol formativo. “Hemos visto que el rendimiento en el fútbol de élite emerge de la interacción entre predisposición biológica, ambiente y años de desarrollo estructurado, más que de una característica genética o étnica aislada”.
Esa interacción empieza a trabajarse desde el primer día. Cuando un niño llega a las formativas del IDV, Montiel explica que se hace una evaluación médico-deportiva integral. Se identifica posibles factores de riesgo cardiovasculares, musculoesqueléticos o de salud general. Y se confirma que su crecimiento y maduración biológica ocurra de forma adecuada para su edad.
Después viene la valoración física y funcional. Pero en esta etapa, dice Montiel, “le damos mayor importancia al desarrollo neuromotor y a la competencia motriz que a indicadores de rendimiento físico aislados”. Se evalúan antropometría, coordinación, patrones fundamentales de movimiento, equilibrio, movilidad, control neuromuscular, velocidad y capacidad de aceleración. Dice más de su potencial futuro la capacidad de aprender nuevas habilidades motrices y adaptarse al entrenamiento. Para Montiel esto está por encima de que sea el más fuerte o el más rápido de su grupo.
Sobre si existe un biotipo que distinga a los jugadores formados ahí, Montiel prefiere otro término: habla de un “perfil neuromuscular y fisiológico”. Esto encuentra que se repite en los jugadores del IDV que llegaron a la Selección o clubes internacionales: combinación de adecuada composición corporal (porcentaje de masa muscular y grasa), elevados niveles de fuerza relativa, velocidad y capacidad de aceleración, desaceleración y reacción. También de eficiencia de movimiento, coordinación, y una adecuada resistencia a la fatiga para repetir esfuerzos de alta intensidad durante el juego.
Detrás de ese niño evaluado hay un equipo completo. Montiel explica que la medicina deportiva, la fisiología del ejercicio, la biomecánica y el sport science cuidan la salud del jugador. Orientan su desarrollo físico. Optimizan su rendimiento. Los preparadores físicos y especialistas en fuerza desarrollan capacidades físicas clave. También están los fisioterapeutas y readaptadores. Su trabajo es esencial para prevenir lesiones, acompañar la recuperación y guiar el retorno al rendimiento.
Los nutricionistas sostienen el crecimiento y la disponibilidad energética del jugador. Los psicólogos deportivos trabajan el bienestar, la resiliencia y la capacidad de aprendizaje. Además, ganaron peso los entrenadores de desarrollo individual, metodólogos y analistas de rendimiento. Permiten personalizar los procesos y tomar decisiones basadas en evidencia. La neurociencia, la epidemiología deportiva y la ciencia de datos también entraron con fuerza en los últimos años.
Esto no es exclusivo de Ecuador. Manangón explica que la última década reforzó esta lógica con evidencia científica internacional. Autores como Bangsbo, Mujika, Malina y Vaeyens confirman que el modelo institucional determina el perfil morfofuncional del futbolista. Menciona estudios que comparan academias de la Premier League con academias de La Liga española. Las primeras se enfocan en potencia, transiciones verticales y carreras de alta velocidad. Las segundas priorizan agilidad, toma de decisiones en espacios reducidos y resistencia intermitente. Según Manangón, esas diferencias de modelo producen perfiles físicos distintos en jugadores que egresan de cada una.
El biotipo final de un jugador-agrega- es un fenotipo. Es decir, el resultado de la interacción entre la genética y el ambiente. “No se puede ‘diseñar’ genéticamente la estructura ósea ni la estatura de un futbolista, pero sí se puede producir y moldear su composición corporal, su potencia muscular y su eficiencia bioenergética”. Para él, el biotipo del futbolista moderno es, en gran medida, un producto de ingeniería del entrenamiento y ciencias del deporte aplicadas.
Hay un período en la vida de un niño que no vuelve. Manangón lo describe como la ‘fase sensible’. Entre 8 y 12 años, el sistema nervioso central alcanza casi 95% de su tamaño adulto. Entre 12 y 14 años llega el ‘Pico de velocidad de crecimiento’. En esa etapa se activa la producción de hormona de crecimiento, IGF-1 y testosterona o estrógenos.
Si un niño con potencial atlético pasa esos años sin estímulo físico sistemático, las pérdidas son irreversibles. Manangón detalla tres ejemplos. Primero, la coordinación intermuscular nunca llegará al mismo nivel. Segundo, la base de resistencia aeróbica que se construye durante el crecimiento es extremadamente difícil de replicar más tarde. Tercero, los tendones -como el de Aquiles- adaptan su estructura a las cargas mecánicas durante esos años. Sin ese estímulo, el jugador tendrá menor capacidad de almacenar y liberar energía elástica al saltar o acelerar.
Justo en esa ventana, entre los 8 y 14 años, Montiel ubica el trabajo más delicado del IDV. En esta etapa pueden aparecer alteraciones temporales en coordinación, movilidad, control neuromuscular y mecánica de movimiento. Por eso, el objetivo es dar el estímulo adecuado en el momento adecuado. Así se maximiza la adaptación sin generar sobrecarga ni lesión.
Dos jugadores pueden tener la misma edad y estar en etapas distintas de desarrollo físico y hormonal. Montiel explica que, desde el área de ‘Sport science’, el IDV intenta que la planificación del entrenamiento no dependa solo de los años del niño. También depende del grado de maduración biológica.
Para lograrlo, el club inició el proyecto de ‘biobanding’. Consiste en un seguimiento periódico del crecimiento mediante evaluaciones antropométricas. Las realiza y analiza el área de nutrición. Con esa información, el club estima qué tan cerca está cada jugador de su Pico de Velocidad de Crecimiento. Junto con valoraciones biomecánicas, funcionales y de biomarcadores, ajusta progresivamente las cargas de entrenamiento de cada uno. Ese trabajo, año tras año, es parte de lo que hoy se ve en buena parte de la Selección Ecuador en el Mundial 2026.
Para Enrique Chávez, médico de la Concentración Deportiva de Pichincha y docente de la ESPE, la técnica de un futbolista se forma antes, en el entorno donde crece. Explica que el desarrollo motriz tiene fases. De 0 a 8 años se forman las habilidades motrices básicas. De 8 a 12, las específicas. Después vienen las especializadas. Según él, un niño que crece jugando en la calle, en una cancha de tierra o en el patio de su casa, va grabando una técnica depurada sin que nadie intervenga. Esa técnica, dice, es la que después buscan los scouts. No la crean los clubes: la encuentran ya formada.
Para ilustrar esa idea, Chávez recurre a una analogía agrícola. Compara al talento ecuatoriano con una papa recién cosechada. Sale de la tierra con su estructura básica, pero sucia, con raíces. El intermediario la compra, la limpia, la pone bonita y la vende. Para Chávez, la sociedad -el barrio, la cancha, el patio- es la que produce ese “producto natural”. Lo que hacen los clubes es captar ese talento ya formado en su técnica, para después limpiarlo, fortalecerlo físicamente y prepararlo para competir afuera.
Chávez respalda esta idea con un ejemplo histórico. Recuerda que al Mundial del 2002 fueron siete u ocho futbolistas formados en El Chota. Entrenaban en tierra, en arena, con pelotas que no botaban. Hoy esa zona tiene canchas sintéticas. Pero, la producción de jugadores de élite bajó. Para él, antes de hablar del proceso físico-científico, hay que entender en qué condiciones se forma mejor la técnica de base.
Las cifras de la Selección Ecuador para el Mundial 2026 muestran la magnitud del cambio frente a 2002. El promedio de edad de los seleccionados era de 27,7 años; en 2026 bajó a 25,5. La mayoría jugaba en LigaPro. Hoy, 24 de los 26 convocados militan fuera del país.
La estatura promedio también subió, de 1,78 a 1,80 metros, aunque varía mucho según la posición: los arqueros promedian 1,86 metros y los volantes apenas 1,76.
El origen geográfico de los convocados también se diversificó: en 2002 la Selección se concentraba en Esmeraldas, Guayaquil e Ibarra, hoy hay jugadores nacidos en Santo Domingo, Lago Agrio, Quinindé, Shushufindi, Durán, Manta, Babahoyo y Riobamba.
Parte de este proceso tiene respaldo universitario. Sebastián Vallejo, director de Deportes de la USFQ, explica que la academia aporta investigación, evaluación física, control de cargas, análisis biomecánico, nutrición, psicología, prevención de lesiones, gestión del sueño, recuperación, datos y planificación. Pero además, dice, la universidad mira al jugador como persona, no solo como atleta, “porque no todos llegarán a Europa, no todos jugarán hasta los 38 años”.
Para Vallejo, la academia no sustituye al entrenador: “lo potencia”, dándole información objetiva para tomar decisiones que antes dependían solo de la intuición.
¿Cuánto de este cambio se debe a modelos como el del IDV y cuánto a otros factores, como jugar en Europa o mejores condiciones de vida? Vallejo responde que el cambio es multifactorial: “no se puede explicar solo por un club ni solo por una causa”. Modelos como el del IDV, dice, “aceleraron ese proceso porque ordenaron el talento”, dándole al jugador joven un ecosistema completo para entrenar, competir, estudiar y proyectarse. También influyó ver a otros ecuatorianos triunfar afuera. Cuando un niño ve jugar a Moisés Caicedo, Piero Hincapié o Kendry Páez, según Vallejo, “ya no siente que llegar a la élite es una fantasía lejana. Lo ve como un camino posible”.
El biotipo del futbolista ecuatoriano cambió y no tiene una sola causa. Para Vallejo, es la suma de mejores procesos de formación, nutrición, medicina deportiva y exposición internacional. Para Montiel y Manangón, hay un componente científico que ahora interviene en el cuerpo del jugador desde niño, algo que antes no ocurría. Para Chávez, esa intervención llega después: lo que primero existe es una técnica que se forma en la calle, y que los clubes reciben y complementan. Lo que sí coinciden es en algo: detrás del jugador que hoy representa a la Selección Ecuador en el Mundial 2026 hay un proceso más largo, más cuidado y más documentado que el que existía hace 24 años.
¿Cuántos jugadores de la Selección Ecuador para el Mundial 2026 se formaron en Independiente del Valle?
13 de los 26 convocados se formaron en el IDV, el 50% del plantel. Si se suman los que pasaron parte de su proceso por esa cantera, la cifra sube a 18.
¿Qué es el biobanding y por qué lo usa el IDV?
Es un método que ajusta las cargas de entrenamiento según la maduración biológica del jugador, no según su edad cronológica. Permite que dos niños de la misma edad entrenen distinto, según qué tan cerca estén de su pico de crecimiento.
¿A qué edad empieza el proceso físico-científico en el IDV?
Desde los 8 o 9 años, con evaluaciones médico-deportivas y de desarrollo motriz. En esa etapa se prioriza la coordinación y el aprendizaje motor, no el rendimiento físico aislado.
¿Por qué Richard Manangón habla de una “ventana irrecuperable” en el desarrollo físico?
Entre los 8 y los 14 años ocurren cambios neurológicos y hormonales que no se repiten. Sin estímulo físico en ese período, ciertas capacidades —como la resistencia aeróbica o la elasticidad tendinosa— no se desarrollan igual después.
¿El cambio físico del futbolista ecuatoriano se explica solo por el IDV?
No. Las fuentes coinciden en que es multifactorial: formación, nutrición, medicina deportiva y exposición a ligas europeas se combinan, aunque no todas las fuentes coinciden en qué pesa más.
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Este número de jugadores con el sello del IDV es la huella de un sistema que empezó a construirse hace años. A sus canchas llegan niños de ocho y nueve años a entrenar y, en algunos casos, terminan vistiendo la camiseta de la Tri. Y para esta fiesta mundialista jugando en estadios de EE.UU. México o Canadá.
¿Por qué a Ecuador le importa entender este cambio?
Este domingo 14, una idea estará clara: la Selección Ecuador que juega el Mundial 2026 no es la misma del 2002, cuando Ecuador llegó al Mundial, en Japón. Pese a que el país sigue teniendo recursos limitados, hoy produce jugadores que compiten en la Premier League, la Champions League y la Bundesliga. Parte de ese salto se explica en el interior del IDV. Ahí desde hace más de una década médicos, fisiólogos, nutricionistas, preparadores físicos y otros profesionales trabajan bajo protocolos que han marcado una diferencia en el fútbol formativo ecuatoriano.
Esto ocurre cuando un niño de nueve años entra al sistema
En el caso ecuatoriano, según Wendy Montiel, deportóloga del IDV, es posible que la diversidad genética y factores geográficos como la altura contribuyan a la variedad de perfiles físicos que llegan al fútbol formativo. “Hemos visto que el rendimiento en el fútbol de élite emerge de la interacción entre predisposición biológica, ambiente y años de desarrollo estructurado, más que de una característica genética o étnica aislada”.
Esa interacción empieza a trabajarse desde el primer día. Cuando un niño llega a las formativas del IDV, Montiel explica que se hace una evaluación médico-deportiva integral. Se identifica posibles factores de riesgo cardiovasculares, musculoesqueléticos o de salud general. Y se confirma que su crecimiento y maduración biológica ocurra de forma adecuada para su edad.
Después viene la valoración física y funcional. Pero en esta etapa, dice Montiel, “le damos mayor importancia al desarrollo neuromotor y a la competencia motriz que a indicadores de rendimiento físico aislados”. Se evalúan antropometría, coordinación, patrones fundamentales de movimiento, equilibrio, movilidad, control neuromuscular, velocidad y capacidad de aceleración. Dice más de su potencial futuro la capacidad de aprender nuevas habilidades motrices y adaptarse al entrenamiento. Para Montiel esto está por encima de que sea el más fuerte o el más rápido de su grupo.
Sobre si existe un biotipo que distinga a los jugadores formados ahí, Montiel prefiere otro término: habla de un “perfil neuromuscular y fisiológico”. Esto encuentra que se repite en los jugadores del IDV que llegaron a la Selección o clubes internacionales: combinación de adecuada composición corporal (porcentaje de masa muscular y grasa), elevados niveles de fuerza relativa, velocidad y capacidad de aceleración, desaceleración y reacción. También de eficiencia de movimiento, coordinación, y una adecuada resistencia a la fatiga para repetir esfuerzos de alta intensidad durante el juego.
El sistema detrás del salto físico de los seleccionados de Ecuador
Detrás de ese niño evaluado hay un equipo completo. Montiel explica que la medicina deportiva, la fisiología del ejercicio, la biomecánica y el sport science cuidan la salud del jugador. Orientan su desarrollo físico. Optimizan su rendimiento. Los preparadores físicos y especialistas en fuerza desarrollan capacidades físicas clave. También están los fisioterapeutas y readaptadores. Su trabajo es esencial para prevenir lesiones, acompañar la recuperación y guiar el retorno al rendimiento.
Los nutricionistas sostienen el crecimiento y la disponibilidad energética del jugador. Los psicólogos deportivos trabajan el bienestar, la resiliencia y la capacidad de aprendizaje. Además, ganaron peso los entrenadores de desarrollo individual, metodólogos y analistas de rendimiento. Permiten personalizar los procesos y tomar decisiones basadas en evidencia. La neurociencia, la epidemiología deportiva y la ciencia de datos también entraron con fuerza en los últimos años.
Lo que dice la ciencia fuera de Ecuador
Esto no es exclusivo de Ecuador. Manangón explica que la última década reforzó esta lógica con evidencia científica internacional. Autores como Bangsbo, Mujika, Malina y Vaeyens confirman que el modelo institucional determina el perfil morfofuncional del futbolista. Menciona estudios que comparan academias de la Premier League con academias de La Liga española. Las primeras se enfocan en potencia, transiciones verticales y carreras de alta velocidad. Las segundas priorizan agilidad, toma de decisiones en espacios reducidos y resistencia intermitente. Según Manangón, esas diferencias de modelo producen perfiles físicos distintos en jugadores que egresan de cada una.
El biotipo final de un jugador-agrega- es un fenotipo. Es decir, el resultado de la interacción entre la genética y el ambiente. “No se puede ‘diseñar’ genéticamente la estructura ósea ni la estatura de un futbolista, pero sí se puede producir y moldear su composición corporal, su potencia muscular y su eficiencia bioenergética”. Para él, el biotipo del futbolista moderno es, en gran medida, un producto de ingeniería del entrenamiento y ciencias del deporte aplicadas.
La ventana de tiempo que no se repite en los jugadores
Hay un período en la vida de un niño que no vuelve. Manangón lo describe como la ‘fase sensible’. Entre 8 y 12 años, el sistema nervioso central alcanza casi 95% de su tamaño adulto. Entre 12 y 14 años llega el ‘Pico de velocidad de crecimiento’. En esa etapa se activa la producción de hormona de crecimiento, IGF-1 y testosterona o estrógenos.
Si un niño con potencial atlético pasa esos años sin estímulo físico sistemático, las pérdidas son irreversibles. Manangón detalla tres ejemplos. Primero, la coordinación intermuscular nunca llegará al mismo nivel. Segundo, la base de resistencia aeróbica que se construye durante el crecimiento es extremadamente difícil de replicar más tarde. Tercero, los tendones -como el de Aquiles- adaptan su estructura a las cargas mecánicas durante esos años. Sin ese estímulo, el jugador tendrá menor capacidad de almacenar y liberar energía elástica al saltar o acelerar.
Justo en esa ventana, entre los 8 y 14 años, Montiel ubica el trabajo más delicado del IDV. En esta etapa pueden aparecer alteraciones temporales en coordinación, movilidad, control neuromuscular y mecánica de movimiento. Por eso, el objetivo es dar el estímulo adecuado en el momento adecuado. Así se maximiza la adaptación sin generar sobrecarga ni lesión.
Entrenar según la maduración biológica, no según la edad
Dos jugadores pueden tener la misma edad y estar en etapas distintas de desarrollo físico y hormonal. Montiel explica que, desde el área de ‘Sport science’, el IDV intenta que la planificación del entrenamiento no dependa solo de los años del niño. También depende del grado de maduración biológica.
Para lograrlo, el club inició el proyecto de ‘biobanding’. Consiste en un seguimiento periódico del crecimiento mediante evaluaciones antropométricas. Las realiza y analiza el área de nutrición. Con esa información, el club estima qué tan cerca está cada jugador de su Pico de Velocidad de Crecimiento. Junto con valoraciones biomecánicas, funcionales y de biomarcadores, ajusta progresivamente las cargas de entrenamiento de cada uno. Ese trabajo, año tras año, es parte de lo que hoy se ve en buena parte de la Selección Ecuador en el Mundial 2026.
Otra mirada: la técnica nace en la calle, no en el laboratorio
Para Enrique Chávez, médico de la Concentración Deportiva de Pichincha y docente de la ESPE, la técnica de un futbolista se forma antes, en el entorno donde crece. Explica que el desarrollo motriz tiene fases. De 0 a 8 años se forman las habilidades motrices básicas. De 8 a 12, las específicas. Después vienen las especializadas. Según él, un niño que crece jugando en la calle, en una cancha de tierra o en el patio de su casa, va grabando una técnica depurada sin que nadie intervenga. Esa técnica, dice, es la que después buscan los scouts. No la crean los clubes: la encuentran ya formada.
Para ilustrar esa idea, Chávez recurre a una analogía agrícola. Compara al talento ecuatoriano con una papa recién cosechada. Sale de la tierra con su estructura básica, pero sucia, con raíces. El intermediario la compra, la limpia, la pone bonita y la vende. Para Chávez, la sociedad -el barrio, la cancha, el patio- es la que produce ese “producto natural”. Lo que hacen los clubes es captar ese talento ya formado en su técnica, para después limpiarlo, fortalecerlo físicamente y prepararlo para competir afuera.
Chávez respalda esta idea con un ejemplo histórico. Recuerda que al Mundial del 2002 fueron siete u ocho futbolistas formados en El Chota. Entrenaban en tierra, en arena, con pelotas que no botaban. Hoy esa zona tiene canchas sintéticas. Pero, la producción de jugadores de élite bajó. Para él, antes de hablar del proceso físico-científico, hay que entender en qué condiciones se forma mejor la técnica de base.
Los números que confirman el cambio de la Selección Ecuador
Las cifras de la Selección Ecuador para el Mundial 2026 muestran la magnitud del cambio frente a 2002. El promedio de edad de los seleccionados era de 27,7 años; en 2026 bajó a 25,5. La mayoría jugaba en LigaPro. Hoy, 24 de los 26 convocados militan fuera del país.
La estatura promedio también subió, de 1,78 a 1,80 metros, aunque varía mucho según la posición: los arqueros promedian 1,86 metros y los volantes apenas 1,76.
El origen geográfico de los convocados también se diversificó: en 2002 la Selección se concentraba en Esmeraldas, Guayaquil e Ibarra, hoy hay jugadores nacidos en Santo Domingo, Lago Agrio, Quinindé, Shushufindi, Durán, Manta, Babahoyo y Riobamba.
La alianza con la academia
Parte de este proceso tiene respaldo universitario. Sebastián Vallejo, director de Deportes de la USFQ, explica que la academia aporta investigación, evaluación física, control de cargas, análisis biomecánico, nutrición, psicología, prevención de lesiones, gestión del sueño, recuperación, datos y planificación. Pero además, dice, la universidad mira al jugador como persona, no solo como atleta, “porque no todos llegarán a Europa, no todos jugarán hasta los 38 años”.
Para Vallejo, la academia no sustituye al entrenador: “lo potencia”, dándole información objetiva para tomar decisiones que antes dependían solo de la intuición.
¿Modelo o contexto?
¿Cuánto de este cambio se debe a modelos como el del IDV y cuánto a otros factores, como jugar en Europa o mejores condiciones de vida? Vallejo responde que el cambio es multifactorial: “no se puede explicar solo por un club ni solo por una causa”. Modelos como el del IDV, dice, “aceleraron ese proceso porque ordenaron el talento”, dándole al jugador joven un ecosistema completo para entrenar, competir, estudiar y proyectarse. También influyó ver a otros ecuatorianos triunfar afuera. Cuando un niño ve jugar a Moisés Caicedo, Piero Hincapié o Kendry Páez, según Vallejo, “ya no siente que llegar a la élite es una fantasía lejana. Lo ve como un camino posible”.
Un cambio sin una sola causa
El biotipo del futbolista ecuatoriano cambió y no tiene una sola causa. Para Vallejo, es la suma de mejores procesos de formación, nutrición, medicina deportiva y exposición internacional. Para Montiel y Manangón, hay un componente científico que ahora interviene en el cuerpo del jugador desde niño, algo que antes no ocurría. Para Chávez, esa intervención llega después: lo que primero existe es una técnica que se forma en la calle, y que los clubes reciben y complementan. Lo que sí coinciden es en algo: detrás del jugador que hoy representa a la Selección Ecuador en el Mundial 2026 hay un proceso más largo, más cuidado y más documentado que el que existía hace 24 años.
- Enlace externo: La optimización del desarrollo atlético a largo plazo
5 preguntas sobre el perfil físico de los seleccionados de Ecuador
13 de los 26 convocados se formaron en el IDV, el 50% del plantel. Si se suman los que pasaron parte de su proceso por esa cantera, la cifra sube a 18.
Es un método que ajusta las cargas de entrenamiento según la maduración biológica del jugador, no según su edad cronológica. Permite que dos niños de la misma edad entrenen distinto, según qué tan cerca estén de su pico de crecimiento.
Desde los 8 o 9 años, con evaluaciones médico-deportivas y de desarrollo motriz. En esa etapa se prioriza la coordinación y el aprendizaje motor, no el rendimiento físico aislado.
Entre los 8 y los 14 años ocurren cambios neurológicos y hormonales que no se repiten. Sin estímulo físico en ese período, ciertas capacidades —como la resistencia aeróbica o la elasticidad tendinosa— no se desarrollan igual después.
No. Las fuentes coinciden en que es multifactorial: formación, nutrición, medicina deportiva y exposición a ligas europeas se combinan, aunque no todas las fuentes coinciden en qué pesa más.
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