Breve biografía de la palabra dictadura

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Jose Eduardo Mora

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El viejo refrán de que las palabras se las lleva el viento ha hecho que muchas sociedades despierten cuando es demasiado tarde, y cuando sus calles y barrios se han teñido de sangre y muerte.

En ese sentido, llama la atención que el 24 de julio de 2026, con motivo de la celebración del 202 aniversario de la anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, se pusiera a circular en medios de comunicación, en ámbitos políticos y culturales si al país le asustaba una dictadura y si era oportuno que el gobierno tomase control del Poder Judicial.

La palabra dictadura arrastra una historia ensangrentada desde que, como se verá más adelante, sufrió una mutación semántica que la alejó de los fines con que los romanos la invocaron.

Por eso, vale el esfuerzo de viajar a los tiempos antes de Cristo para escudriñar cómo funcionaba la dictadura entre los romanos y para determinar la manera en que el sustantivo ha evolucionado hasta convertirse en un arma destructiva de la libertad, la tolerancia y la identidad de una nación.

Previo a efectuar ese viaje y a analizar su evolución en los distintos contextos, una mirada a la etimología de la palabra servirá para despejar el camino por recorrer.

Dictadura, de acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española (DLE), proviene del latín dictatūra y tiene afinidades con otros términos que conviene examinar antes de profundizar en los varios significados que ha ido adquiriendo con el paso del tiempo.

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El Diccionario de Autoridades de la RAE de 1732, recoge una definición de dictadura en la que alude a que los antiguos romanos iban a buscar a sus dictadores al campo. (Foto: RAE)

De esta manera, no debería extrañar a nadie que el término dictadura guarde relación con dictar, el cual procede del latín dictāre. En su segunda acepción, se indica que este vocablo trata de «dar, expedir, pronunciar leyes, fallos, preceptos, etc», con lo cual ya emparenta semánticamente con lo que hace un dictador en funciones.

Además, en un giro metafórico de poca monta, pero necesario para explicar las afinidades etimológicas de ambos preceptos, dictar se entronca con dictado, que es, desde el punto de vista técnico, su participio pasado.

La primera acepción de dictar clarifica lo que sucede en una dictadura, aunque su definición se enfoca en el campo del significado: «Decir algo con las pausas necesarias o convenientes para que otra persona lo vaya escribiendo».

Si se hurga con cuidado, se puede inferir cómo, aquí, hay un rasgo de la dictadura: el que toma notas de un dictado no puede estar interrumpiendo a su interlocutor para hacerle correcciones o sugerencias. Simplemente escribe. ¿Qué pasa en una dictadura?

Incluso, algunas acepciones, rastreadas gracias al magnífico archivo del Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (NTLLE), correlacionan dictar con dictadura.

En el diccionario Salvá de 1846, por ejemplo, elaborado por el filólogo, editor y gramático valenciano Vicente Salvá, se hace la siguiente asociación al definir dictadura:

«La dignidad de dictador y la acción de dictar». Lo cual significa que este autor mantiene la relación etimológica de dictar, dictador y dictadura.

Evolución

El Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española, que reúne a las mejores obras lexicográficas del castellano y que se presenta como una edición facsimilar, abarca un período de 500 años, lo cual da apertura para buscar términos y conocer su evolución. Así sucede con dictadura, cuya definición se mantuvo por muchos años asociada a la idea que los romanos le confirieron a dicha palabra.

En los períodos consultados, tanto la Real Academia Española (RAE) como algunos destacados autores entre 1617 y 1837, se limitan a definir dictadura en un sentido más semántico que político: «La dignidad del dictador», expresa el Diccionario de Autoridades en 1732.

La definición de 1837 de la RAE especifica: «f. La dignidad de dictador, y la acción de dictar. Dictatura, dictatoria dignitas». Esta misma edición presentaba así a la figura del dictador: «Magistrado supremo entre los antiguos romanos, que elegía o nombraban los cónsules en los tiempos peligrosos de la república para que mandase como soberano. Dictador».

El propio NTLLE recoge una variante del término dictadura que marcará un giro que años después tendrán que incorporar las distintas ediciones de la RAE, que hasta entonces había mantenido una línea conservadora y clásica al respecto.

Y es la de Ramón Joaquín Domínguez Hervella (Ourense, Galicia, 1811-1848), considerado uno de los estudiosos, fuera de la RAE, más brillantes de su época, quien fue autor del

Diccionario Nacional ó Gran diccionario clásico de la lengua española (1846-1847).

En la reedición de ese diccionario que cita NTLLE, de 1853, Domínguez introduce el sentido clásico del término y añade una acepción figurativa: «s.f. La dignidad. El elevado cargo. La suprema é imponente majistratura del dictador. II Fig. Usurpación de poder, ilegalidad entronizada, elevación de un tirano, de un déspota, de un árbitro ó dominado esclusivo, absoluto, etc., dominación del sable, especialmente en los países que se dicen regidos por instituciones representativas. III El tiempo que dura la dominación de un dictador».

Como puede apreciarse, Domínguez se adelanta al retrato de la dictadura muchos años antes de que esta se perpetúe como tal en el siglo XX y llene de sangre, dolor y desolación a muchas de las naciones en el mundo, incluidas las de América Latina, donde hay una amplia historia manchada de muerte y usurpación, como se verá más adelante, cuando el término ha mutado y responde a una connotación distinta con la que surgió en Roma.

Otro elemento destacable en la acepción de Domínguez, es que introduce la idea del tiempo. Si bien los romanos hablaban de que el dictador debía estar por un tiempo corto, y que algunos autores asociaban con seis meses, aquí el autor, al añadir la variante temporal, corona su percepción de manera significativa, por los largos períodos que luego iban a aferrarse al poder los futuros dictadores.

Domínguez, pese a su corta vida, 37 años, no solo dejó el citado diccionario, sino que convirtió su pensamiento en acción, dado que su muerte en 1848 se dio durante los disturbios revolucionarios de mayo de ese año en contra de las políticas del gobierno de Ramón María Narváez que, precisamente, se caracterizaban por la censura de la prensa y la represión de las revueltas.

Pese a este salto cualitativo en la asunción de lo que significaba una dictadura por parte de Domínguez, la RAE mantuvo una línea tradicional con ligeros ajustes.

Ello se puede comprobar si se hacen algunas consultas sobre el término posterior a la definición realizada por Domínguez en 1846 y recogida por el NTLLE en la edición de 1853.

En 1925, hay algunas leves variantes en relación con definiciones anteriores, pero el espíritu de que la dictadura responde a una coyuntura de la república prevalece: «f. Dignidad y cargo de dictador. 2. Tiempo que dura. 3. Gobierno que, invocando el interés público, se ejerce fuera de las leyes constitutivas de un país».

La de 1983 tiene una ligera modificación en el apartado tres en relación a la de 1925 y se da cuando agrega lo siguiente: «Gobierno que, invocando el interés público, se ejerce por encima de toda limitación jurídica».

Se puede constatar que, en el fondo, es un cambio solo de forma, pero no de fondo, porque el significado de que la dictadura y su dictador se mueven en un marco en torno a las leyes de la nación se conserva.

Para efectos de rigurosidad en este recorrido por la palabra dictadura, es preciso puntualizar lo que escribe el diccionario de la RAE en 1989. Sí, 1989.»f. Dignidad y cargo de dictador. Gobierno que, bajo condiciones excepcionales, prescinde de una parte del ordenamiento jurídico, para ejercer la autoridad de un país, invocando el interés público».

De nuevo, la redacción cambia, pero a la vista de la RAE el significado mantiene una conexión con lo que se pensó por los romanos sobre lo que debía de ser una dictadura. Aunque el objetivo, como se ha podido constatar, es reflexionar desde la cultura con la acepción de dictadura, no es ocioso señalar que la RAE mantiene una postura en exceso conservadora respecto al término, si se parte de que se está a las puertas del siglo XXI.

Es hasta 1992, cuando España celebró lo que desde su praxis denominó «el descubrimiento de América», que la RAE da un paso adelante y coincide, en parte, aunque sin la contundencia de Domínguez, en que la dictadura es una usurpación del poder y un rompimiento del orden jurídico: «(del latín dictatūra) Dignidad y cargo de dictador. 2. Tiempo que dura. 3. Gobierno que, bajo condiciones excepcionales, prescinde de una parte, mayor o menor, del ordenamiento jurídico para ejercer la autoridad en un país. 4. Gobierno que en un país impone su autoridad violando la legislación anteriormente vigente».

Tuvieron que pasar 146 años, es decir, casi siglo y medio de historia, para que desde la mayor autoridad en lengua castellana, como es el diccionario de la RAE, se diera un paso y se acercara su concepción de la dictadura a lo que en su obra ya había denunciado Domínguez en 1846, es decir, dos años antes de morir.

Si se da un salto en el tiempo, se llega a la definición actual, la cual establece: «Del lat. dictatūra. f. Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales. f. En la antigua Roma, magistratura extraordinaria ejercida temporalmente con poderes excepcionales.f. Tiempo que dura una dictadura. f. País con un gobierno dictatorial. f. Régimen autoritario en cualquier ámbito. Esta casa es una dictadura. f. Predominio, fuerza dominante. La dictadura de la moda».

El cambio de nomenclatura es completamente distinto, con lo cual se evidencia la evolución (o involución) que ha sufrido el término en las sociedades después de que la idea romana de dictadura se rompiera en mil pedazos. Incluso, en esta acepción se le vincula, por la vía de la sinonimia, con «tiranía, despotismo, autocracia, absolutismo, cesarismo, totalitarismo, fascismo».

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La historia recoge que Lucio Quincio Cincinato fue el primer dictador romano, nombrado en el 458 antes de Cristo y que fue sacado de su pequeña finca en el campo para asumir poderes especiales en la República romana. Estuvo en el cargo 16 días y renunció. (Pintura de 1806 de Juan Antonio Ribera)

Dictadura romana

Para los romanos, la dictadura era una solución temporal en pro de la república. El dictador asumía poderes excepcionales por un período determinado —por lo general seis meses—, mientras restablecía el orden jurídico que debía prevalecer.

Gabriela Rodríguez Rial, politóloga de la Universidad de Buenos Aires, en el libro Dictaduras, significados y usos de un concepto político fundamental, del Consejo Latinoamerocano de Ciencias Sociales (Clacso) y publicado en 2024, explica que entre la dictadura romana y la moderna se dio un cambio semántico y político considerable.

Rodríguez detalla lo que representaba esa primera idea de dictadura para los romanos, basándose en esta cita del jurista y político alemán Carl Smitt (1888-1985): «La dictadura es una sabia invención de la República Romana, el dictador un magistrado romano extraordinario, que fue introducido después de la expulsión de los reyes para que en tiempos de peligro hubiera un imperium fuerte, que no estuviera obstaculizado como el poder de los cónsules por la colegialidad, por el derecho a veto de los tribunos y por la apelación al pueblo».

El desconocimiento y el abuso de quienes invocan a la dictadura como una solución a los problemas de los Estados actuales, hace que jueguen con la semántica que el término invocaba en sus inicios y que en un contexto histórico específico, como el romano, se comprendía el espíritu que llevó a su creación.

Aunque la mayoría de los pensadores de la antigüedad, y también algunos modernos, estuvieron de acuerdo con esta visión de la dictadura romana, algunos la adversaban, como el caso de Dionisio de Halicarnaso (Halicarnaso c. 60 a C – Roma, 7 a C) y Apiano de Alejandría (Alejandría, c. 95-c. 165 d. C.). Lucio Quincio Cincinato fue, de acuerdo con la tradición, el primer dictador romano nombrado y la historia cuenta que fue arrebatado al campo, donde se desempeñaba, para asumir la dictadura en el año 458 antes de Cristo.

Además, como añade Rodríguez, la instauración de una dictadura en la concepción romana, conllevaba todo un procedimiento para su legitimación.

«El Senado, por su parte, recomendaba a quiénes designar y sus consejos solían ser escuchados. A su vez, para conferir legalidad al acto de proclamación de un dictador, su imperium era confirmado por una lex curiata, es decir, aprobada por los comicios, asamblea representativa del pueblo romano. Todos estos procedimientos daban cuenta de la legitimidad institucional de la dictadura».

Hay otro detalle relevante para entender la idea de los romanos de la dictadura y era que el dictador procuraba terminar lo antes posible su mandato, dado el peso que recaía sobre él.

Así lo plantea Rodríguez: «la dictadura romana no es una forma de gobierno; es órgano institucional del régimen republicano. Es una magistratura unipersonal con ejecutivas absolutas durante un corto tiempo. Era tal la carga de ser revestido de un poder tan grande que el dictador designado se apresuraba a deshacerse rápidamente de su cargo».

Con Julio César va a ocurrir, no obstante, un punto de inflexión en el concepto de lo que se tenía por dictadura, porque es nombrado dictador perpetuo en la Roma Republicana. Eso fue visto por algunos senadores como una amenaza, que culminó con sus asesinato el 15 de marzo del 44 antes de Cristo.

Como se puede observar, aquella realidad romana de una dictadura que encajaba en la idea de República, contrasta, como ha quedado detallado mediante el repaso al término recogido por el Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española, con lo que representa hoy esa concepción en los ámbitos político, cultural y económico.

De hecho, la cultura, los artistas, por lo general, son los primeros que reciben fuertes ataques de las dictaduras y los dictadores, porque uno de los elementos que esta forma violenta de gobierno busca perpetuar es la limitación al pensamiento libre y racional.

El punto de quiebre entre aquel concepto romano de dictadura —que fue visto por grandes pensadores como una manera legítima de gobierno, tal fue el caso de Tito Livio, Cicerón, Maquiavelo, Rousseau, Mömmsen o el propio Schmitt—, se dio tras el período de entreguerras, ya en el siglo XX.

A partir de entonces, «la dictadura pasó a ser el tipo que engloba a las formas opresivas del poder político, como el totalitarismo soviético o el fascismo italiano». Este cambio conceptual impactó fuertemente en las concepciones predominantes de la dictadura en los campos políticos (…) durante el siglo XX», señala Rodríguez.

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Ramón Joaquín Domínguez escribió en su Diccionario Nacional una de las acepciones sobre la dictadura que se adelantaron al menos 150 años a su tiempo. (Retrato tomado del blog hurgapalabras)

Un hilo de sangre

Si un escritor quisiera contar la historia de las dictaduras en América Latina, por ejemplo, le bastaría con seguir el rastro de un hilo de sangre que recorrió varios países en los que los regímenes totalitarios se instauraron sembrando terror, muerte, persecución y destrucción entre sus habitantes.

Ese hilo de sangre puede empezar en República Dominicana, donde Rafael Leónidas Trujillo gobernó con mano criminal durante 31 años y su historia se recoge en una narración extraordinaria en La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa.

Ese hilo de sangre no se detiene ahí, sino que alcanzó a la Nicaragua de Anastasio Somoza García y su familia entera, que instauraron el terror entre 1936 y 1979, lo que significó la salida de miles de nicaragüenses hacia países vecinos huyendo de la muerte. Y hoy ha vuelto a tener su correlato con Daniel Ortega. Ese hilo ensangrentado, también, mancha de dolor y destrucción al Paraguay de Alfredo Stroessner (1954-1989), quien llevó persecución y asesinatos por todo el territorio de este país suramericano.

Este hilo sangriento sigue extendiéndose hasta la Argentina de Jorge Rafael Videla (1976-1981) con miles de desaparecidos, guerra sucia, persecuciones y torturas. Y si la sangre inocente corrió a borbotones en Argentina, en el Chile de Augusto Pinochet la situación fue incluso peor, por la ferocidad con que se persiguió a quienes pensaban distinto al régimen que derrocó a Salvador Allende. Desde Chile se lanzó el plan Cóndor como una manera de asesinar y desaparecer a los llamados «disidentes».

Y para que el hilo de sangre siga ampliando su radio de muerte, se ha de atar aquí lo sucedido en Uruguay entre 1973 y 1976 con Juan María Bordaberry con el falsamente denominado «régimen cívico militar». Y el hilo no se rompe todavía porque hay que añadir lo ocurrido en Bolivia (1971-1978), Brasil 1964-1985 con persecuciones y muerte, y en Guatemala, donde se registraron masacres contra la población indígena en el período 1954-1986. Y el hilo también alcanzó a El Salvador que entre 1930 y 1979 sufrió una fuerte militarización del Estado y sus ciudadanos fueron víctimas de severas presiones.

Y este hilo sangriento y totalitario no se ha roto; por el contrario, empieza a atar nuevas realidades con el resurgir de gobiernos autoritarios en el subcontinente latinoamericano y en numerosos países en el orbe.

En el contexto costarricense, cuya última dictadura data de entre 1917-1919, cuando Federico Tinoco y su hermano José Joaquín dieron un golpe de Estado, cabe preguntarse si un funcionario público, con rango de ministro, está legitimado para lanzar a los cuatro vientos estas afirmaciones: «Nicoya. ¿Les da miedo la dictadura? ¿Les da miedo que cierre el Poder Judicial?», como si la palabra dictadura fuera un simple juego y no un arma semántica, política y de destrucción, como lo constata la historia y la evolución que el vocablo ha tenido a lo largo de los siglos de los siglos.



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