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Fausto Segovia Baus
Guest
Vida
La vida no es antónima de muerte. Es autoorganización, energía prodigiosa que supera a la materia. Es biosfera evolucionada que se nutre del corazón y el cerebro, que con alegría celebra el portento.
La vida humana es pasado, presente y futuro. Espacio y tiempo, hermanas siamesas desde el alfa y el omega. Es palabra dulce y amarga. Cada letra es abecedario completo del ADN, torre de Babel de la esperanza. La vida es signo y significado: molécula de todos los mares, vuelo de todas las aves del firmamento, patria de los afectos, sermón de la montaña.
La vida es amor y dolor. Amor abstracto, amor amado, amor desamado; dolor lágrima, dolor dolorido. Amor y dolor olvidados en un columbario.
Poesía
Solo quedan los poetas, engendros de locuras lingüísticas, para decir lo que otros callan; pensar lo que otros ignoran; sentir lo que otros no sienten.
Los poetas son seres extraños que convierten la imaginación en palabras, las ficciones en realidades, los sueños en despertares. Quedan los poetas para navegar en un océano de recuerdos, que se disponen a describir amaneceres y atardeceres milagrosos; los que siguen el vuelo de una mariposa o una nube llena de algodones.
Los poetas son pequeñas criaturas apasionadas por la brisa, el volar de los pájaros y las gotas del rocío. Los poetas son hijos de la ternura emancipada y la ira reprimida; hijos de la lucidez transparentada y la demencia desatada.
La poesía está en los versos diversos y conversos: diversos porque fluyen como el agua de manantial y el suave murmullo de las hojas; conversos al destino de la vida y la desesperanza. La poesía está en la visita al lado oscuro de la luna y en la opacidad de las despedidas. Está en la lucha eterna jamás vencida, pero siempre liberada por la nada.
La poesía convierte la fe en duda, y la duda en fe. Es el milagro que une el pasado con el hoy, y el hoy con el futuro sin reloj. La poesía tiene cuerpo de mujer; es el amor hecho sentidos, palabras seductoras, placer de los placeres, búsqueda de las búsquedas, tormento de los tormentos.
En el ocaso, en los últimos vestigios de la aventura inhumana estarán la poesía y los poetas como semillas de luz y desasosiego. La tierra de los poetas se acaba sin remedio, ante el enredo imparable de la nueva era. ¡Sólo quedan los poetas para sobrevivir el holocausto!
Página
La página en blanco es un misterio insondable, la suma de todos los colores del arcoíris. La luz que no alumbra, inextinguible, que extraña la oscuridad.
La página en blanco es así: virgen, inmaculada, sin corazón ni razones, pasión retenida por el pensamiento. Frente a ti me extasío, miro de frente, busco a todos y a nadie, ante una muchedumbre anónima, que reclama en silencio una caricia. La página en blanco me saca todos los días los diablillos que llevo dentro.
Galatea
Galatea se hizo humana gracias al sueño de Pigmalión. Eres la mujer imaginada por todos los hombres. Al principio fuiste escultura creada y más tarde te convertiste en la mujer perfecta. Eres mía, Galatea, la mujer de mis fantasías, que algún día latirás en mis brazos. ¡Seré tu Pigmalión definitivo!
Lección
Un día, en pleno bosque, miré una avecilla diminuta de colores: un colibrí, conocido como pájaro-mosca. Mi admiración fue elocuente. Pasaba el colibrí de flor en flor, jugueteaba con habilidad manifiesta. Volaba y volaba cuando, en el momento menos pensado, la avecilla subió a mi cabeza inmóvil.
Sentí sus patitas como un suave rumor y su aleteo alegre, indescriptible. También su gorjear. Y luego sentí un calor tibio, increíble, un líquido que manaba por mi frente. Asombrado, dejé en silencio que la naturaleza obrara. Y obró. Al leve movimiento, el colibrí levantó el vuelo en segundos, y se consumó la lección aviaria.
Piedras
De niño jugué con greda —piedras aguadas— y hacía estatuas, que se cuarteaban con el sol y las aguas. Aprendí a amar las piedras desde pequeño, porque sentí, curiosamente, que antes —cuando no nacía— había sido piedra: una piedra de la montaña o de la playa que entonces no conocía. Era polvo de piedra o ceniza de volcán petrificada.
Y coleccioné piedras, de todos los tamaños y colores. En los bolsillos del pantalón aparecieron agujeros prematuros, y de allí pasaron a un cajón maltrecho, que más tarde pasaron a ser exhibidas en el museo infantil más original del mundo.
Con el tiempo encontré un texto que me cautivó. Hablaba de la piedra filosofal, la mejor piedra de la naturaleza: el origen del conocimiento. Descubrí que las piedras eran, en esencia, metales, algunos preciosos. Pero para mí todas eran especiales, porque tenían historia.
Había redondas, cuadradas, deformes, poliformes; grandes, medianas, pequeñas y diminutas. Insignificantes. La más pequeña simulaba una estrella, porque la vi con una lupa: era de cristal y brillaba como vidrio; resumía todo el universo.
Las piedras de río eran las mejores, porque el agua había horadado sus pliegues y agujeros desde el principio de los tiempos.
El gusto por las piedras era innato. Hoy, con los años, las colecciono y son, en cierto modo, amuletos y querencias. Y de vez en cuando las pinto para emular recuerdos. La piedra es mi vida, pienso yo. Ellas me observan en silencio, y jamás me cuestionan. Están allí: siempre disponibles para que yo las acaricie y descubra, de tiempo en tiempo, sus secretos. ¡Porque son polvo de estrellas fugaces!
Vejentud
Vejez, juventud acumulada; tesoro de plenitud acrisolada. Si la juventud supiera y la vejez pudiera, dice el adagio.
Palabra enriquecida por la sabiduría y la experiencia, que combina, armoniosamente, la constancia con las ilusiones. Utopía para los que aman la vida hasta el último instante.
Tiempo benigno, esperado y deseado sin culpas ni remordimientos; espacio abierto a los pensamientos positivos. Patria del corazón. Luz interior, continua, sin facturas, calor bendecido por las alegrías lejanas y próximas; astro que guía los pasos en noches nubladas.
Vejentud es creer y crear; creer en sí mismo y en los que proclaman el amor y el optimismo; crear nuevas visiones milagrosas, hijas de la experiencia. Liberación de los apegos materiales; búsqueda de acuerdos con la conciencia; camino complaciente con la belleza, la bondad y el espíritu. Plenitud sin culpas ni arrepentimientos, porque la vida está cumplida, la misión realizada.
Escenario de la sabiduría, no la que más conoce, sino la que aprende de la mejor maestra: la vida. Nuevos caminos para forjar ilusiones sin ganancias ni pérdidas. Tiempo de cosecha emocional, al amparo de la salud espiritual y la paz consigo mismo. Derecho a estar vivos y deber de sobrevivir el dolor-amor sin angustias.
Tiempo de vivir junto a los libros leídos, y repasar lo aprendido en los pensamientos. Delirio diario de un amor vivido, y en ocasiones de un amor perdido. Reencuentro de las razones con los corazones.
No, la última gradilla de la existencia; sí, la primera palabra para vivir sin escarnio. No, la víspera de la partida; sí, la alegría fecunda y cosechada. No, el final de un ciclo; sí, el comienzo de la esperanza.
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