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Boris Gongora
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El 9 de mayo es una fecha sagrada para millones de personas. En este día todo el mundo conmemora el término de la Segunda Guerra Mundial, la tragedia más devastadora del siglo XX. Para los pueblos de la Unión Soviética, dicho conflicto bélico se convirtió en la Gran Guerra Patria, una lucha existencial por la supervivencia misma de nuestra amada Patria, nuestra cultura y nuestra gente.
Cada familia rusa perdió a sus seres queridos en los enfrentamientos crueles contra los fascistas y, por lo tanto, mantiene vivos los recuerdos de aquellos años, marcados por el dolor, sacrificio y una determinación inquebrantable de resistir.
El papel decisivo de la Unión Soviética en la derrota del nazismo es un hecho histórico incuestionable. Fue el Ejército Rojo el que soportó el peso principal de la maquinaria militar hitleriana, infligiendo al enemigo pérdidas irreparables en las sangrientas batallas contra el Tercer Reich.
Las trincheras de Stalingrado, resistencia indomable de Leningrado, furia de Kursk, cruce de Dniéper y, finalmente, la bandera roja alzada sobre el Reichstag siguen presentes y vívidas en nuestra memoria colectiva. Fue en el Frente Oriental donde se decidió el destino de la guerra. Más del 70% de las fuerzas de la Alemania nazi fueron destruidas allí.
Estas cifras son mucho más que simples estadísticas: reflejan la envergadura del esfuerzo de nuestros antecesores, el heroísmo de millones de personas que lucharon en condiciones extremas.
El precio de esta victoria fue verdaderamente inmenso: 27 millones de vidas soviéticas (rusos, bielorrusos, ucranianos, entre otros), civiles y militares, devoradas por la barbarie fascista. Detrás de cada cifra hay historias humanas: ciudades arrasadas, familias separadas, generaciones enteras marcadas por la guerra.
Sin embargo, incluso en medio de ese sufrimiento, prevalecieron la solidaridad, coraje y la fe en la justicia. Esa resiliencia colectiva permitió no solo resistir, sino avanzar día a día – hasta lograr la capitulación final del enemigo.
La Victoria no fue un mero triunfo militar, sino también moral. Representó la derrota de una ideología basada en el odio, supremacía racial y deshumanización. El sacrificio del pueblo soviético salvó a Europa y al mundo de un destino oscuro, preservando la posibilidad de un orden internacional basado en principios de justicia, cooperación y respeto mutuo entre los Estados.
Hoy, a más de ocho décadas de aquellos acontecimientos, somos testigos de preocupantes intentos de distorsionar la historia. En algunos países occidentales se busca minimizar o incluso negar el papel fundamental de la Unión Soviética en la derrota del nazismo.
Se promueven narrativas que equiparan a los liberadores con los agresores, que relativizan los crímenes del nazismo o que intentan reinterpretar los hechos según intereses políticos contemporáneos. De allí, la ya tradicional falta de apoyo por parte del “Occidente colectivo” a la resolución rusa sobre la lucha contra el racismo y nazismo en el marco de la Asamblea General de la ONU.
Queda evidente que rechazamos firmemente estas interpretaciones revisionistas. La memoria histórica no es un instrumento político que pueda moldearse según conveniencias coyunturales. Es una responsabilidad moral hacia quienes dieron sus vidas, pero también hacia las generaciones futuras. Defender la verdad histórica significa defender los mismos fundamentos de la paz internacional, evitando que los errores del pasado se repitan.
En este contexto, es esencial preservar los principios consagrados tras la guerra, incluyendo el papel central de la Organización de las Naciones Unidas como garante del equilibrio internacional. Seamos honestos, el sistema surgido después de 1945 no es perfecto. Sin embargo, ha permitido evitar un conflicto global de escala comparable. Debilitar estos principios mediante la reinterpretación de la historia solo genera nuevos riesgos.
Al mismo tiempo, es importante recordar que la victoria fue un esfuerzo colectivo de muchos pueblos del mundo: la coalición antihitleriana para los finales de la guerra incluía más de 50 países. Cada nación que contribuyó a la derrota del nazismo tiene su lugar en esta historia compartida. En tal sentido, encontrándome en nuestra linda La Paz, me gustaría destacar la valiosa contribución de Bolivia.
Este país hermano, a pesar de la distancia geográfica, apoyó la causa aliada sobre todo mediante el suministro de recursos estratégicos, especialmente estaño, esencial para la industria bélica. Asimismo, ciudadanos bolivianos se unieron a la lucha contra el fascismo, derramaron sangre en los campos de batalla en Europa, demostrando que la defensa de la libertad no conoce fronteras y que la solidaridad internacional puede manifestarse de múltiples formas.
Me permito, en nombre del Gobierno de mi país, agradecerle a este valeroso y digno pueblo su aporte a la derrota de la Alemania nazi – a lo mejor modesto en número, pero tremendamente significativo en espíritu.
Hoy, cuando el mundo enfrenta nuevos desafíos y tensiones, las lecciones de la Segunda Guerra Mundial son más relevantes que nunca. La importancia del respeto mutuo, soberanía de los Estados, no injerencia en los asuntos internos y solución pacífica de controversias sigue siendo fundamental para garantizar la estabilidad global.
La Federación de Rusia, como heredera de la victoria sobre el nazismo, continuará defendiendo la verdad histórica y seguirá honrando la memoria de quienes lucharon y cayeron. No permitiremos que su hazaña sea olvidada o tergiversada. El 9 de mayo no es solo una fecha del pasado: es un recordatorio vivo de lo que la humanidad puede lograr cuando se une dando la cara al mal, y de lo que está en juego cuando la verdad es sacrificada.
La memoria de la Gran Victoria nos tiene en deuda. Nos obliga a recordar, a rendir homenaje a las víctimas y a trabajar por un mundo donde tragedias como la Gran Guerra Patria nunca se repitan. No es ninguna formalidad, sino un deber compartido, que trasciende generaciones y fronteras, ideologías y visiones, y que debe guiarnos en la construcción de un futuro más justo, seguro y humano para todos.
The post 81 años de la Gran Victoria: memoria, verdad y responsabilidad appeared first on La Razón.
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Cada familia rusa perdió a sus seres queridos en los enfrentamientos crueles contra los fascistas y, por lo tanto, mantiene vivos los recuerdos de aquellos años, marcados por el dolor, sacrificio y una determinación inquebrantable de resistir.
El papel decisivo de la Unión Soviética en la derrota del nazismo es un hecho histórico incuestionable. Fue el Ejército Rojo el que soportó el peso principal de la maquinaria militar hitleriana, infligiendo al enemigo pérdidas irreparables en las sangrientas batallas contra el Tercer Reich.
Las trincheras de Stalingrado, resistencia indomable de Leningrado, furia de Kursk, cruce de Dniéper y, finalmente, la bandera roja alzada sobre el Reichstag siguen presentes y vívidas en nuestra memoria colectiva. Fue en el Frente Oriental donde se decidió el destino de la guerra. Más del 70% de las fuerzas de la Alemania nazi fueron destruidas allí.
Estas cifras son mucho más que simples estadísticas: reflejan la envergadura del esfuerzo de nuestros antecesores, el heroísmo de millones de personas que lucharon en condiciones extremas.
El precio de esta victoria fue verdaderamente inmenso: 27 millones de vidas soviéticas (rusos, bielorrusos, ucranianos, entre otros), civiles y militares, devoradas por la barbarie fascista. Detrás de cada cifra hay historias humanas: ciudades arrasadas, familias separadas, generaciones enteras marcadas por la guerra.
Sin embargo, incluso en medio de ese sufrimiento, prevalecieron la solidaridad, coraje y la fe en la justicia. Esa resiliencia colectiva permitió no solo resistir, sino avanzar día a día – hasta lograr la capitulación final del enemigo.
La Victoria no fue un mero triunfo militar, sino también moral. Representó la derrota de una ideología basada en el odio, supremacía racial y deshumanización. El sacrificio del pueblo soviético salvó a Europa y al mundo de un destino oscuro, preservando la posibilidad de un orden internacional basado en principios de justicia, cooperación y respeto mutuo entre los Estados.
Hoy, a más de ocho décadas de aquellos acontecimientos, somos testigos de preocupantes intentos de distorsionar la historia. En algunos países occidentales se busca minimizar o incluso negar el papel fundamental de la Unión Soviética en la derrota del nazismo.
Se promueven narrativas que equiparan a los liberadores con los agresores, que relativizan los crímenes del nazismo o que intentan reinterpretar los hechos según intereses políticos contemporáneos. De allí, la ya tradicional falta de apoyo por parte del “Occidente colectivo” a la resolución rusa sobre la lucha contra el racismo y nazismo en el marco de la Asamblea General de la ONU.
Queda evidente que rechazamos firmemente estas interpretaciones revisionistas. La memoria histórica no es un instrumento político que pueda moldearse según conveniencias coyunturales. Es una responsabilidad moral hacia quienes dieron sus vidas, pero también hacia las generaciones futuras. Defender la verdad histórica significa defender los mismos fundamentos de la paz internacional, evitando que los errores del pasado se repitan.
En este contexto, es esencial preservar los principios consagrados tras la guerra, incluyendo el papel central de la Organización de las Naciones Unidas como garante del equilibrio internacional. Seamos honestos, el sistema surgido después de 1945 no es perfecto. Sin embargo, ha permitido evitar un conflicto global de escala comparable. Debilitar estos principios mediante la reinterpretación de la historia solo genera nuevos riesgos.
Al mismo tiempo, es importante recordar que la victoria fue un esfuerzo colectivo de muchos pueblos del mundo: la coalición antihitleriana para los finales de la guerra incluía más de 50 países. Cada nación que contribuyó a la derrota del nazismo tiene su lugar en esta historia compartida. En tal sentido, encontrándome en nuestra linda La Paz, me gustaría destacar la valiosa contribución de Bolivia.
Este país hermano, a pesar de la distancia geográfica, apoyó la causa aliada sobre todo mediante el suministro de recursos estratégicos, especialmente estaño, esencial para la industria bélica. Asimismo, ciudadanos bolivianos se unieron a la lucha contra el fascismo, derramaron sangre en los campos de batalla en Europa, demostrando que la defensa de la libertad no conoce fronteras y que la solidaridad internacional puede manifestarse de múltiples formas.
Me permito, en nombre del Gobierno de mi país, agradecerle a este valeroso y digno pueblo su aporte a la derrota de la Alemania nazi – a lo mejor modesto en número, pero tremendamente significativo en espíritu.
Hoy, cuando el mundo enfrenta nuevos desafíos y tensiones, las lecciones de la Segunda Guerra Mundial son más relevantes que nunca. La importancia del respeto mutuo, soberanía de los Estados, no injerencia en los asuntos internos y solución pacífica de controversias sigue siendo fundamental para garantizar la estabilidad global.
La Federación de Rusia, como heredera de la victoria sobre el nazismo, continuará defendiendo la verdad histórica y seguirá honrando la memoria de quienes lucharon y cayeron. No permitiremos que su hazaña sea olvidada o tergiversada. El 9 de mayo no es solo una fecha del pasado: es un recordatorio vivo de lo que la humanidad puede lograr cuando se une dando la cara al mal, y de lo que está en juego cuando la verdad es sacrificada.
La memoria de la Gran Victoria nos tiene en deuda. Nos obliga a recordar, a rendir homenaje a las víctimas y a trabajar por un mundo donde tragedias como la Gran Guerra Patria nunca se repitan. No es ninguna formalidad, sino un deber compartido, que trasciende generaciones y fronteras, ideologías y visiones, y que debe guiarnos en la construcción de un futuro más justo, seguro y humano para todos.
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