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Redacción Universidad
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Guillermo Arriaga ha convertido accidentes, enfermedades, encuentros y pérdidas en materia narrativa. El escritor y cineasta mexicano, conocido por Amores perros (2000), 21 gramos (2003) y Babel (2006), sostuvo en Costa Rica que escribir le ha servido para procesar su experiencia y dejar una huella frente a la certeza de la muerte.
Arriaga llegó al país como uno de los invitados internacionales de la XXIV Feria Internacional del Libro de Costa Rica (FILCR), que se realiza del 22 al 30 de agosto en la Antigua Aduana. El domingo 23 presentó su novela más reciente: El hombre (2025), junto con el escritor costarricense Álvaro Rojas; al día siguiente, participó en un conversatorio dirigido a estudiantes en el Salón de Ensayos Ana Poltronieri de la Compañía Nacional de Teatro.
En ese segundo encuentro, el autor habló menos de su nueva novela que de las experiencias que han moldeado su relación con la lectura y la escritura. Frente a estudiantes de secundaria y universitarios, además de otros lectores, Arriaga repasó episodios de su juventud y defendió la disciplina como una condición más determinante que el talento.
El escritor recordó que desde niño quiso dedicarse a la literatura y al cine, aunque durante años escuchó que esas aspiraciones eran difíciles de alcanzar. Por eso, dijo, prefiere hablar de metas antes que de sueños: las primeras, explicó, exigen decisiones y acciones concretas.
La lectura ocupó un lugar central en esa reflexión. Arriaga recurrió a una imagen para explicar cómo los libros ensanchan la mirada: una persona nace viendo únicamente hacia el frente, pero la lectura le permite mirar hacia los lados, arriba, abajo e incluso regresar al mismo punto con una perspectiva distinta. Las obras maestras, añadió, hacen algo todavía más difícil: “nos iluminan por dentro” y permiten que el lector se observe a sí mismo.
Para Arriaga, esa ampliación de la mirada ayuda a decidir qué hacer con la propia vida. Durante sus años como profesor universitario, contó, conoció pocas personas con un talento extraordinario. Sin embargo, no siempre fueron ellas quienes alcanzaron sus objetivos.
“Hay que desarrollar el músculo de la disciplina”, insistió. La determinación, añadió, también obliga a preguntarse quién se es y cuáles decisiones responden realmente a una voluntad propia.
El público no dejó ni un momento de escuchar al escritor y cineasta mexicano, quien fue uno de los invitados internacionales de la XXIV Feria Internacional del Libro de Costa Rica, realizada recientemente en la Antigua Aduana. (Foto: cortesía)
Para ilustrarlo mencionó “mamihlapinatapai”, término asociado con la lengua yagán y conocido por la dificultad de traducirlo de manera directa. Arriaga lo explicó al público como la situación de dos personas que desean decirse o hacer algo, pero ninguna se atreve a dar el primer paso. A partir de esa imagen invitó a los jóvenes a pensar en diez momentos decisivos de sus vidas y distinguir cuáles habían sido producto de sus decisiones y cuáles les habían sido impuestos.
Entre los acontecimientos que la vida le impuso, uno terminó marcando de manera directa su escritura: el accidente automovilístico que sufrió en diciembre de 1985 en la Huasteca Potosina, México. Arriaga viajaba dormido en el asiento trasero de una camioneta cuando el vehículo cayó por un barranco.
El golpe le destrozó la nariz y le produjo otras lesiones en el rostro. Años después, la obsesión por reconstruir qué había ocurrido antes, durante y después de aquel momento se convirtió en uno de los impulsos para la estructura narrativa de Amores perros.
La película entrelaza tres historias cuyos personajes quedan conectados por un accidente automovilístico. Arriaga explicó que la relación con su propia experiencia no fue accidental: aquel episodio lo llevó a pensar en las cadenas de circunstancias capaces de unir para siempre a personas que, de otra manera, nunca se habrían encontrado.
La cercanía con la muerte había aparecido antes en su vida. A los 23 años, mientras entrenaba boxeo y contemplaba la posibilidad de competir a alto nivel, una infección en el pericardio lo obligó a guardar reposo durante meses. Ese periodo, según ha contado el escritor, lo devolvió a una vocación que tenía desde niño y que había relegado: escribir.
Desde entonces convirtió la escritura en una práctica cotidiana. En el conversatorio recordó que comenzó escribiendo todos los días, aun cuando no supiera exactamente qué quería contar. Ese ejercicio, sostuvo, terminó siendo también una manera de comprenderse: “Es necesario saber quiénes somos”.
La materia de sus historias, afirmó, proviene con frecuencia de lo que ha vivido o presenciado. Recordó una madrugada en la que encontró a un hombre atropellado. Mientras agonizaba, el desconocido sacó de su billetera una fotografía junto con su esposa y su hija. La escena quedó grabada en Arriaga y se incorporó después al universo narrativo de 21 gramos.
Esa acumulación de experiencias concretas es, para Arriaga, fundamental para escribir. Durante la charla la contrapuso con los textos producidos por modelos de lenguaje de inteligencia artificial: una máquina, planteó, puede generar palabras, pero no haber sentido cómo se arruga la carrocería de un vehículo ni cómo irrumpe la vegetación por una ventana mientras el automóvil cae.
En su obra, las vivencias no pasan intactas a la página o la pantalla: se transforman. Accidentes se vuelven estructuras; encuentros, premisas; recuerdos, personajes. Esa relación entre vida y escritura atraviesa sus novelas —El salvaje (2016), Salvar el fuego (2020), ganadora del Premio Alfaguara, y El hombre— y su trabajo para el cine.
Arriaga vinculó esa necesidad de narrar con la conciencia de que la vida termina. Citó al escritor Max Aub —“escribir es luchar contra la muerte”— para explicar el deseo de dejar algo que sobreviva a quien lo escribió.
“La vida es una sucesión de pérdidas. No hay que perdernos a nosotros mismos”, dijo hacia el cierre del encuentro.
Entonces volvió a su propio cuerpo para hablar de mortalidad. Señaló su cabeza y bromeó con los estudiantes sobre la calvicie: “Es la muerte que me pasó la lengua y se llevó mi pelo, para dejarme el recordatorio de la mortalidad”.
La imagen dio paso a una última pregunta, esta vez dirigida al público. Arriaga pidió a los asistentes mirar sus manos y recordar que algún día serán las manos de un cadáver. “¿He acariciado las pieles que quería con estas manos? ¿Qué he construido con estas manos?”, preguntó.
En la charla de Arriaga, leer y escribir aparecieron así menos como ejercicios abstractos que como formas de mirar y de actuar sobre una vida limitada. La literatura, sugirió, puede ampliar el mundo; la disciplina permite convertir una intención en obra, y la experiencia —incluso la más dolorosa— puede adquirir otra forma cuando se narra.
La entrada “La vida es una sucesión de pérdidas”: Guillermo Arriaga convierte la experiencia en literatura aparece primero en Semanario Universidad.
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