“El libro costarricense compite en desventaja”

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Jose Eduardo Mora

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En Figueres, la lucha sin fin, una crónica escrita por el periodista Óscar Castro Vega, quien fuera secretario de actas de la Asamblea Constituyente de 1948, al referirse a la fallida carta magna que la comisión redactora presentó, recuerda la importancia que para ese distinguido grupo de costarricenses tenía la cultura.

Al aludir al texto que rechazaron los diputados, cita unos fragmentos de aquel proyecto y entre ellos sobresalen un par de líneas que hoy son aspiración del libro nacional para salir de la encrucijada en que se encuentra.

“La cultura es fin superior de la Nación y merecerá especial consideración dentro de la actividad del Estado”, decía la Constitución que no se aprobó.

Aunque la Constitución de la Segunda República fracasó de manera estrepitosa, la cultura sí vivió años de esplendor, al menos, hasta comienzos de los años 80 y luego apareció el fantasma neoliberal para empezar a borrar todo lo relacionado con el pensamiento crítico.

Y en esa hojarasca, el libro nacional también ha sido arrastrado hasta encontrarse hoy acorralado, debido a que no hay políticas en torno a la lectura. No hay canales de distribución. No hay iniciativas gubernamentales. No hay un norte. No hay nada que oriente la existencia del libro costarricense.

Así lo reconoce en esta entrevista Óscar Aguilar Bulgarelli, quien además de historiador y analista político, es autor de 60 libros publicados, tanto por editoriales estatales como por el propio sello que creó hace 30 años y que lleva por nombre Progreso Editorial.

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Orlando Ramírez Castro es uno de los muchos autores que aprovechaban la Feria Internacional del Libro para dar a conocer sus obras. (Foto: archivo, José Eduardo Mora)

De cara a la Fiesta Nacional de la Lectura, que tendrá lugar en la Antigua Aduana entre el 11 y el 13 de septiembre de 2026, Aguilar Bulgarelli realiza un repaso de las condiciones en que impulsan sus textos los autores nacionales, muchos de los cuales navegan en la oscuridad a falta de iniciativas del Estado que, realmente, acompañen y favorezcan la circulación del libro en el país.

En una nación en la cual las iniciativas no han faltado, pero todas ellas o se han quedado en los archivos de la Asamblea Legislativa, o, una vez aprobadas, han sido relegadas al olvido.

Así sucedió con la nueva Ley de fomento a la lectura, el libro y las bibliotecas, del diputado Mario Castillo Méndez, la cual fue sancionada por el presidente de la República, Carlos Alvarado, el 14 de septiembre de 2021, en el marco de la celebración del bicentenario.

La ley 10025 consta de 48 artículos más un transitorio, y en su artículo 40 creaba El Consejo Nacional de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas como organismo asesor del Estado en la aplicación de la Política Nacional de Fomento a la Lectura, el Libro y las bibliotecas.

Dicho Consejo debía financiarse por medio del Instituto Nacional de Seguros (INS), pero cinco años después no ve la luz por ningún lado. En este período, ya debería contar con ₡1.250 millones aportados por dicho ente estatal.

Antes de que existiera la ley 10025, el anterior Consejo Nacional del Libro había sido enterrado en 2010, como denunció el entonces presidente de la Cámara Nacional del Libro, Bernal Montes de Oca.

Incluso, en 2018, los diputados Javier Francisco Cambronero y Olivier Ibo Jiménez presentaron un proyecto intitulado Ley de Fomento del Libro Costarricense, el cual constaba de 13 artículos y buscaba devolverle el lugar cultural que el libro nacional merecía.

Gestado por medio del expediente 20.708, la propuesta apuntaba a elementos que hoy parecen más utópicos que nunca, aunque igual de necesarios: “El Estado costarricense también tiene la obligación de apoyar la difusión de autores costarricenses en todas las materias, adquiriendo lotes de libros para distribuir en bibliotecas públicas y escolares”.

Y de inmediato añadía: “Las empresas privadas, dentro de su programa de responsabilidad social, también deben apoyar al libro costarricense y para estimular ese apoyo, se plantea un estímulo fiscal a las empresas que adquieran lotes de libros costarricenses”.

Como se observa, ha habido ideas para sacar del ostracismo al libro costarricense, pero se han ido perdiendo en el camino.

Por eso, para hablar sobre la orfandad del libro nacional, los entremeses que hay de cara a la Fiesta Nacional de la Lectura y la necesidad de crear espacios para que los autores encuentren canales para mercadear sus creaciones, se conversa en esta entrevista con Aguilar Bulgarelli, de la que se presenta un extracto.

¿Cómo analiza la situación actual del libro costarricense?

—Yo creo que es una situación que, en algunos aspectos, es muy crítica. En otros sectores, no lo es tanto. Me voy a explicar. Por ejemplo, si yo tomo las editoriales del Estado, las de las universidades de Costa Rica, UNED (Universidad Estatal a Distancia), UNA (Universidad Nacional) y la del Tecnológico, hacen un extraordinario trabajo editorial.

Las obras que publican, muchas de ellas, son verdaderamente impresionantes, pero, y aquí es donde viene el pero, me vengo al otro lado, ya no al editorial, sino al del autor, porque entrar a esas editoriales es toda una lotería.

Las exigencias de comités editoriales, comités directivos, de disposiciones, etc., de regulaciones, hacen que sea sumamente complejo que una obra de un autor, sobre todo no universitario, sea aprobada o aceptada. Entonces, en ese sentido, tenemos dos mundos. Es decir, obras extraordinarias, pero de difícil acceso para el autor no universitario.

Y se lo digo sin prejuicio, porque soy autor de una de esas editoriales: soy autor de la Euned (Editorial de la Universidad Estatal a Distancia). Acabo de firmar el contrato para una reedición de algunos de mis libros, pero cuando veo lo que tuve que pasar para lograr esa reedición, después de haber sido fundador de la editorial y después de pasar 25 años editando libros con ellos, digo: ¿qué le pasa al que no está metido aquí? Es imposible.

Y con las otras editoriales, ¿qué pasa?

—Si vamos a la Editorial Costa Rica, que fue fundada para aportar dinero del Estado para el desarrollo, no solamente editorial, sino de la intelectualidad del país y para que diera la posibilidad a nuevos autores, entonces le digo que lamentablemente la Editorial Costa Rica ha perdido sus nortes. Y ha perdido sus nortes, ¿por qué? Porque está en una crisis económica desde hace ya varios años, que la lleva a ser casi una editorial de reediciones. O sea, que si usted compara lo que reedita la editorial con lo que edita nuevo, la mayor parte son reediciones.

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La Fiesta Nacional del Libro 2025 se efectuó en junio de 2025. Esta vez se hará 15 días después de la Feria Internacional del Libro, lo que ha causado crispación en el sector. (Foto: archivo, José Eduardo Mora)

Fuera de las editoriales estatales, ¿qué panorama prevalece?

—Le he expuesto sobre el mundo del libro en las editoriales estatales. ¿Qué pasa fuera de ellas? Fuera de ellas es donde viene el mundo trágico, verdaderamente trágico. ¿Por qué? Porque salvo dos, yo diría máximo tres pequeñas editoriales privadas, los autores nos convertimos en nuestros editores, y andamos viendo dónde conseguimos el mejor precio, dónde conseguimos que se nos trate mejor en cuanto a la calidad, y ese es un mundo muy grande. La gente no tiene idea de la cantidad de autores que no tienen editorial. Hace 30 años decidí crear Progreso Editorial, de la cual no me he ganado un centavo. Lo que hago es que a esos autores que andan solos les presto el sello editorial para que puedan sacar su ISBN, para que tengan un sello editorial, para que puedan tener su código de barras y poder poner su libro en venta en una librería.

Es facilitarles la vida, por lo menos, en ese sentido. Tal vez le haya ayudado a unos 50 o 60 autores y todos son testigos de que no me gano un cinco.

O sea, es un aporte de la casa.

—Sí, eso, simplemente. Lo hago con todo cariño. Creo que uno tiene que dar algo en la vida. Son personas que, al final, termino queriendo muchísimo. Hoy, por ejemplo, ya vi publicada una novela de una persona muy amiga mía, que conozco desde hace 30 años, y que es su primera obra. Eso también crea una satisfacción emocional.

Pero se nota que es un ámbito complejo el de la publicación.

—Es un mundo muy difícil, porque es la persona que edita y empieza a decirle a la amiga, mira, publiqué este libro, ¿me lo compra? Cuando voy al almuerzo a tu casa, voy a llevar un librito, por si a alguien se le ocurre que me lo pueda comprar.

Literalmente, perdóneme la expresión: está pellejeando la venta de libros.

Ahí es cuando las ferias son fundamentales para esa pequeña editorial o para esa editorial unipersonal. Es gente que quiere vender su libro, pero que no anda haciendo negocio con él.

¿Quizá lo que busque es recuperar la inversión?

—Sí, en el mejor de los casos. Y en otros, como el de mi hermano José Francisco, se da el hecho de decir que él es el autor bestseller de Costa Rica, porque todos sus libros están agotados. Claro, eso se da porque los regala. Ahora, no todos los autores pueden hacer lo mismo.

¿La falta de venta, don Óscar, en muchos casos se da porque no hay canales de distribución?

—Conforme en este país desaparecieron librerías como la Universal y la Lehmann, surgió, por su tamaño actual, un monstruo que se llama Librería Internacional, que le cobra al autor el 40% para venderle su obra y hay que aclarar que aquel no siempre consigue que les abran esa puerta.

Y las otras librerías que todavía quedan por ahí, no tienen, de ninguna manera, el volumen que maneja la Librería Internacional.

Entrar como autor a dicha librería, y en mi caso lo he conseguido, es toda una odisea. Me atrevo a decir que los escritores costarricenses que lo consiguen, si acaso, llega al 10%.

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Óscar Aguilar Bulgarelli ha publicado más de 60 libros entre sellos estatales y el suyo propio. (Foto: Kattia Alvarado)

Es un porcentaje bajo.

—Estamos hablando no de cientos, sino de miles de personas que publican sus libros. Y dentro de ellos hay buenos, malos, regulares y excelentes, pero lo cierto es que no todos tienen acceso a vender sus obras en la citada librería.

Frente a esta realidad, ¿qué se puede hacer, porque ahora viene la Fiesta de la Lectura y hay algunas ferias regionales, como la de Pérez Zeledón, pero pareciera que todo ello es insuficiente?

—Es completamente insuficiente. El problema es que Costa Rica no tiene una política, ni editorial, ni de venta, ni de producción, ni de incentivo a la lectura. Entonces, si existiera ese incentivo y una protección del Estado al autor y al lector, podríamos estar hablando de otra cosa.

Cuando es un mercado que, simplemente, es de los lobos, o más bien del lobo, contra todo el ovejero que hay produciendo, es muy difícil. En este contexto, las ferias del libro se convierten en fundamentales.

Ahora, ¿hay marcadas diferencias entre las ferias existentes?

—Podemos dividirlas en tres campos. La Feria Internacional del Libro auspiciada por la Cámara del Libro. Como entidad, la Cámara se inventó la Feria Internacional del Libro para vender libros como negocio. Ahora, antes de la pandemia, la Cámara recibía una ayuda del Ministerio de Cultura. Con lo cual, se suponía que para las pequeñas editoriales y las del Estado había alguna facilidad en el precio de los estantes.

Esa feria, en la Antigua Aduana, se dividía en dos sectores. El de los ricos, en el edificio de ladrillo, y en la Casa del Cuño, donde estábamos los limpios, porque no podíamos pagar, o podíamos pagar muy poquitico; entonces, nos acomodamos ahí, en un espacio de un par de metros cuadrados. ¿Qué era lo interesante? Que en la Casa del Cuño nos fuimos acomodando todos los pequeñitos, una pequeña editorial y ventas de libros viejos. Y aquello que era como el arrimao, empezó a crecer con los años, y ya al final de ese período, antes de la pandemia, la Casa del Cuño tenía un papel importantísimo en la Feria Internacional del Libro.

Se convirtió en el lugar donde los lectores conseguían libros a un buen precio, vendidos por sus autores. Y, por lo tanto, el lector entraba en contacto directo con el escritor, hablaba e interactuaba con él.

Luego, esa relación entre la Cámara del Libro y el Ministerio de Cultura se rompió y los autores pequeños quedamos en el centro.

¿Ese es el momento cuando surge la idea de una feria para los autores independientes con Convergencia Literaria?

—Sí, exacto, con Evelyn Ugalde, quien plantea la posibilidad de hacer una feria auspiciada por el Ministerio de Cultura sin que se le cobrara a los expositores. Evelyn y la entonces viceministra, Loida Pretiz, idearon un esquema para hacer la fiesta del libro. Y se le debe a ellas dos. Participamos muchos, pero sobre todo ellas fueron quienes la impulsaron.

¿Cuáles eran los objetivos concretos de la iniciativa?

—Una vertiente era la comercial; o sea, que la gente fuera a vender el libro. Y eso representase una reactivación después de la pandemia, cosa importantísima.

Segundo, se buscaba que fuera una feria promotora de la lectura. Ya que no solamente fuera una feria para que la gente llegara a comprar el librito, sino que sirviera para promover la lectura. El lector iba a sentirse motivado a leer, porque se iba a encontrar con el escritor, con un mundo del libro que no conocía y que no podía detectar.

Eso sí, había una condición fundamental: nadie podía tener un espacio mayor a seis metros cuadrados. No se quería a tagarotes.

Me dicen que en la más reciente Feria Internacional del Libro la Librería Internacional tenía un espacio que era como la tercera parte del galpón viejo. Eso es justamente lo que se ha querido evitar con la delimitación de los espacios.

La Fiesta del Libro es, en un sentido filosófico, muy diferente a la Feria Internacional del Libro.

¿Le preocupa que la Fiesta de la Lectura se haga 15 días después de que se haya realizado la Feria Internacional del Libro?

—Es una barbaridad lo que hizo el ministro de Cultura (se refiere a Jorge Rodríguez, actual jerarca de esa entidad). El imponer, incluso con malacrianzas, las fechas de la próxima Fiesta de la Lectura. No se pueden hacer dos ferias con 15 días de diferencia en un país tan pequeño como el nuestro. Eso solo me lo explico por dos razones. O porque hay mala fe de ese ministro hacia la Fiesta de la Lectura, o porque es una persona que no sabe lo que está haciendo. Como diríamos en otra época, es un palurdo.

Sé que la Feria Internacional fue muy exitosa y me alegro por don Óscar (Castillo) mi tocayo, quien es presidente de la Cámara del Libro. Me alegro de que la feria haya estado muy bien. Jamás voy a pretender que a alguien le vaya mal, pero lo que no se vale es poner, con 15 días de diferencia, en el mismo lugar, una actividad similar. Se lo dijimos al ministro y le argumentamos que es absurdo.

La respuesta fue que ya había negociado con Catar, que es el país invitado. No sé qué venderán los cataríes a Costa Rica. Me imagino, pero no lo digo. Es todo muy extraño. ¿Vendrán a vender libros en árabe? No tengo ni idea de para qué va a servir el hecho de que Catar esté en la Fiesta de la Lectura. Lo que sí sé, es que se debieron cambiar las fechas —11, 12 y 13 de septiembre— para distanciarnos de la Feria Internacional.

En este contexto, del que hemos venido conversando, ¿para usted el libro costarricense compite en desventaja?

—No hay ninguna duda de que nuestro libro compite en franca desventaja. Uno tiene un libro y se tiene que preguntar: ¿y ahora dónde lo vendo?

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