J
Jenny Martínez
Guest
Francisco Miño para El Comercio
Óscar Restrepo, interpretado por Ubeimar Ríos, tiene unos cuarenta y cinco a cincuenta años y un currículum que cabe en dos líneas: un premio de poesía y dos libros publicados hace mucho, mucho tiempo. Desde entonces, nada. Vive en Medellín con su madre anciana, a costa de sus hermanos. Es alcohólico. No escribe. Idolatra a José Asunción Silva, un poeta que se suicidó a los 30, y desprecia a García Márquez. Su hermana lo define como un desempleado; él prefiere verse como un creador incomprendido.
De la manera que se los presento, sería muy fácil construir un personaje odioso. Pero esta comedia colombiana tiene suficiente humor negro para aligerar la situación e ironía para hacer una crítica social que no necesita ser obvia.
El giro llega cuando la hermana le consigue trabajo como profesor de literatura en un colegio. El primer día va borracho, tomando ron en el termo de café y suelta una charla incoherente ante un grupo de adolescentes que se ríen en su cara. Todo parece condenado al fracaso. Pero entonces Oscar lee los poemas de una de sus alumnas, Yurlady (Rebeca Andrade), y algo cambia: cree que tiene talento de verdad, y se vuelca en apoyarla para que gane un concurso de jóvenes poetas.
Por un momento, esa posibilidad inesperada le da a Óscar algo que llevaba años sin tener: un propósito. La película aprovecha ese hilo para ampliar su mirada hacia la sociedad de Medellín. Yurlady, nombre “a lo colombiano” que al poeta le causa gracia y admiración, viene de una familia pobre, y su incursión en el mundo literario, expone las desigualdades de siempre: los intelectuales ven en ella una llave para conseguir financiación europea, su propia familia busca sacar tajada. Es la mascota de todos. Oscar, que no se queda atrás en cuanto a defectos, usa su ingenio para convertir una situación ya tensa en un desastre total.
Lo que sostiene la película no es el caos, sino la relación entre Óscar y Yurlady. Ninguno de los dos encuentra en el otro lo que creía necesitar, pero igual conectan. Ella no tiene ningún interés en ser poeta. Él es un pésimo mentor y el hombre más desafortunado del mundo; las cosas tienden a descontrolarse cuando está cerca, como ese personaje de Locademia de Policía (1984). Esa dinámica de tira y afloja mantiene la película en movimiento, entre momentos absurdos y otros genuinamente conmovedores, sin que ninguno aplaste al otro. Hasta ahí llego. No más spoilers. Tienen que verla.
El director Simón Mesa Soto también trabaja dos relaciones que la película maneja con mucha inteligencia: la del padre y la hija, rota y necesitada de rehacerse; y la de Óscar con su madre, cuyo amor parece inmune a cualquier error de su hijo.
Filmada en 16 mm con cámara en mano, al principio puede dar la sensación de una película de estudiante. Eso pasa rápido, a los pocos minutos se ve que es una obra de arte. La estética es áspera, “cutre”, pero coherente con lo que cuenta, y la música, dos o tres canciones que aparecen y desaparecen, llega siempre en el momento exacto.
Ubeimar Ríos es tan convincente que cuesta recordar que hay un guion. No parece que esté interpretando un personaje; parece que alguien lo filmó a él. Parecería a ratos un documental.
Un poeta es una de las películas más lúcidas de los últimos años sobre la hipocresía del mundo del arte latinoamericano: la presión por producir, el ego del artista, el comercio del capital cultural. ¿Cuántos intelectuales del arte, que quieren aprovecharse del talento de otros, conocemos? Aquí en Quito, en Latinoamérica, hay muchos.
La película ha ganado premios en Cannes, San Sebastián y el Premio Goya como mejor película iberoamericana internacional. Ahora llega a los Premios Platino del 9 de mayo en la Riviera Maya con cinco nominaciones.
La pelea no será fácil: en mejor comedia iberoamericana compite con Homo Argentum y con la española La Cena, y Ubeimar Ríos se medirá con Guillermo Francella y Wagner Moura en la categoría de mejor actor, dos nombres muy, muy pesados del cine de la región. Pero el cariño que el público le ha tomado a esta película dice algo. Colombia entrega una joya.
Un poeta está en cartelera en algunos cines de Quito y vale cada centavo esa entrada. Pero al salir del cine notarán que queda una pregunta dando vueltas: ¿cuántos Óscars Restrepo conocemos nosotros? ¿Cuántos talentos como Yurlady pasan por delante sin que nadie los vea dos veces?
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Óscar Restrepo, interpretado por Ubeimar Ríos, tiene unos cuarenta y cinco a cincuenta años y un currículum que cabe en dos líneas: un premio de poesía y dos libros publicados hace mucho, mucho tiempo. Desde entonces, nada. Vive en Medellín con su madre anciana, a costa de sus hermanos. Es alcohólico. No escribe. Idolatra a José Asunción Silva, un poeta que se suicidó a los 30, y desprecia a García Márquez. Su hermana lo define como un desempleado; él prefiere verse como un creador incomprendido.
De la manera que se los presento, sería muy fácil construir un personaje odioso. Pero esta comedia colombiana tiene suficiente humor negro para aligerar la situación e ironía para hacer una crítica social que no necesita ser obvia.
El giro llega cuando la hermana le consigue trabajo como profesor de literatura en un colegio. El primer día va borracho, tomando ron en el termo de café y suelta una charla incoherente ante un grupo de adolescentes que se ríen en su cara. Todo parece condenado al fracaso. Pero entonces Oscar lee los poemas de una de sus alumnas, Yurlady (Rebeca Andrade), y algo cambia: cree que tiene talento de verdad, y se vuelca en apoyarla para que gane un concurso de jóvenes poetas.
Por un momento, esa posibilidad inesperada le da a Óscar algo que llevaba años sin tener: un propósito. La película aprovecha ese hilo para ampliar su mirada hacia la sociedad de Medellín. Yurlady, nombre “a lo colombiano” que al poeta le causa gracia y admiración, viene de una familia pobre, y su incursión en el mundo literario, expone las desigualdades de siempre: los intelectuales ven en ella una llave para conseguir financiación europea, su propia familia busca sacar tajada. Es la mascota de todos. Oscar, que no se queda atrás en cuanto a defectos, usa su ingenio para convertir una situación ya tensa en un desastre total.
Lo que sostiene la película no es el caos, sino la relación entre Óscar y Yurlady. Ninguno de los dos encuentra en el otro lo que creía necesitar, pero igual conectan. Ella no tiene ningún interés en ser poeta. Él es un pésimo mentor y el hombre más desafortunado del mundo; las cosas tienden a descontrolarse cuando está cerca, como ese personaje de Locademia de Policía (1984). Esa dinámica de tira y afloja mantiene la película en movimiento, entre momentos absurdos y otros genuinamente conmovedores, sin que ninguno aplaste al otro. Hasta ahí llego. No más spoilers. Tienen que verla.
El director Simón Mesa Soto también trabaja dos relaciones que la película maneja con mucha inteligencia: la del padre y la hija, rota y necesitada de rehacerse; y la de Óscar con su madre, cuyo amor parece inmune a cualquier error de su hijo.
Filmada en 16 mm con cámara en mano, al principio puede dar la sensación de una película de estudiante. Eso pasa rápido, a los pocos minutos se ve que es una obra de arte. La estética es áspera, “cutre”, pero coherente con lo que cuenta, y la música, dos o tres canciones que aparecen y desaparecen, llega siempre en el momento exacto.
Ubeimar Ríos es tan convincente que cuesta recordar que hay un guion. No parece que esté interpretando un personaje; parece que alguien lo filmó a él. Parecería a ratos un documental.
Un poeta es una de las películas más lúcidas de los últimos años sobre la hipocresía del mundo del arte latinoamericano: la presión por producir, el ego del artista, el comercio del capital cultural. ¿Cuántos intelectuales del arte, que quieren aprovecharse del talento de otros, conocemos? Aquí en Quito, en Latinoamérica, hay muchos.
La película ha ganado premios en Cannes, San Sebastián y el Premio Goya como mejor película iberoamericana internacional. Ahora llega a los Premios Platino del 9 de mayo en la Riviera Maya con cinco nominaciones.
La pelea no será fácil: en mejor comedia iberoamericana compite con Homo Argentum y con la española La Cena, y Ubeimar Ríos se medirá con Guillermo Francella y Wagner Moura en la categoría de mejor actor, dos nombres muy, muy pesados del cine de la región. Pero el cariño que el público le ha tomado a esta película dice algo. Colombia entrega una joya.
Un poeta está en cartelera en algunos cines de Quito y vale cada centavo esa entrada. Pero al salir del cine notarán que queda una pregunta dando vueltas: ¿cuántos Óscars Restrepo conocemos nosotros? ¿Cuántos talentos como Yurlady pasan por delante sin que nadie los vea dos veces?
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