‘Todavía existo’: las huellas del abuso infantil

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Ashley Quesada

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Hay cosas que permanecen aunque hayan pasado los años, no necesariamente como un recuerdo completo o como una historia que pueda contarse de principio a fin, sino como una sensación en el cuerpo, una dificultad para nombrar lo ocurrido, una relación atravesada por la desconfianza o una parte de la infancia que continúa apareciendo en la vida adulta.

Desde ahí construyó Josheline Fernández su primera experiencia profesional como directora escénica con Todavía existo, producción del Teatro Universitario de la Escuela de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica (AED-UCR) seleccionada mediante el concurso Jóvenes Dirigiendo.

La obra, que se presenta hasta el 13 de setiembre, aborda el abuso sexual durante la infancia y las marcas que deja en quienes lo sobreviven.
Fernández, egresada del bachillerato en Artes Dramáticas, llegó al texto de Roxana Campos por recomendación de su profesora tutora, Elvia Amador. No conocía la obra. La leyó y encontró allí una forma de hablar de la violencia que, a su juicio, conseguía ser simultáneamente frontal y poética.

“Yo dije, todas las personas tienen que escuchar estas palabras, porque están dichas de una manera tan linda, tan poética. Creo que eso fue lo que me movió para poder montar el texto”, explicó.

El material original era un monólogo. Para la puesta en escena, Fernández y su asistente de dirección, Ana Herrera, lo transformaron en una obra para dos intérpretes y añadieron escenas, imágenes y textos con un registro más cotidiano. La intención era acercar a los personajes a una dimensión menos abstracta sin perder el carácter poético del texto de Campos.

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El padre escondido​


En Todavía existo, la escenografía no es únicamente un espacio donde sucede la historia. Las telas, las sombras y las superficies que velan parcialmente lo que ocurre funcionan como una extensión de aquello que la obra busca nombrar: lo que se sabe, pero permanece oculto.

Fernández explica que desde el principio planteó a su equipo de diseño la necesidad de llenar el espacio de tela. “Creo que la tela esconde las cosas. Hay algo atrás y hay algo adelante, algo que se esconde, como en el texto”, dijo.

El toldo que aparece en escena también responde a esa lógica. Es un objeto asociado con la protección de bebés y niños, precisamente aquello que les es arrebatado a las protagonistas. “Básicamente a ellas les quitan vivir su infancia y su vida de una manera normal. El espacio es ese lugar donde deberían ser protegidas y no fue”, explicó.

La obra no reproduce el abuso de manera permanente ni convierte la agresión en un espectáculo. El momento de la violencia aparece velado, pero existen signos que no permiten desconocer lo que sucede. Esa tensión entre mostrar y esconder atraviesa la puesta.

El padre, por ejemplo, permanece durante buena parte de la obra en el misterio. Catalina Chaves, una de las actrices, explicó que su figura aparece asociada con el ocultamiento y con una ausencia de responsabilidad posterior al acto de violencia. “A diferencia de la mamá, el papá se mantiene casi que toda la obra en el misterio. No sabemos de quién estamos hablando, no se puede como imaginar una cara, pero en el momento donde sí se ve es en la violencia pura, sí, en la violación y después desaparece”, señaló.

Para Chaves, esa desaparición también representa una forma de impunidad: el perpetrador irrumpe, comete el acto y luego se retira de la historia sin cargar con las consecuencias. Sin embargo, hacia el final la obra abandona ese ocultamiento. El silencio se rompe y aquello que antes permanecía detrás de las telas se nombra directamente.

Fernández considera importante que el montaje no reduzca la violencia a una sola figura. Aunque el padre ocupa un lugar central dentro de esta historia, la obra también apunta hacia una realidad más amplia: “Hay hermanas, hay otras personas que también cometen estos delitos y se calla”.

La madre: ¿víctima y cómplice a la vez?​


Uno de los personajes más complejos es la madre. La obra no la presenta únicamente como una figura que no protegió a la niña, sino como alguien atrapado también dentro de una estructura de violencia; para Fernández, esa distinción era fundamental. “Para mí, la mamá en parte, es víctima también. Yo no la veo como mala, la veo como víctima del papá”, afirmó.

La actriz Catalina Chaves amplía esa lectura al hablar de los ciclos de violencia y de la manera en que pueden repetirse de generación en generación. La madre puede ser cómplice del silencio y, al mismo tiempo, víctima de una relación violenta. “Tal vez no es culpa de la mamá, porque está claro que no es quien cometió la violación, pero sí es cómplice: es cómplice y víctima a la vez”, explicó.

Esa complejidad también aparece en el vínculo afectivo entre madre e hija. La protagonista puede rechazar a su madre y, simultáneamente, seguir buscando sus manos, su olor o un abrazo, pues el daño no elimina automáticamente el vínculo; lo vuelve contradictorio.

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Dos cuerpos, una misma historia​


La decisión de convertir el monólogo original en una puesta para dos actrices permite que distintas etapas de una misma vida aparezcan al mismo tiempo. Michel Murillo y Catalina Chaves comparten la historia de una mujer cuya infancia y adultez no están separadas por completo, sino que continúan dialogando, y Fernández no quiso que fueran dos figuras idénticas.

Hay momentos en que representan a la misma persona y otros en que encarnan edades, voces o posiciones diferentes. La decisión, explica la directora, también responde a una intención de representación más amplia: no construir un único modelo de mujer.

“Yo quiero representar a todas las mujeres. No podía poner, no sé, a dos chicas que sean gemelas porque pierde el sentido de la representación”, dijo. “Representar a las mujeres en Costa Rica, que somos diferentes todas”

El vestuario, diseñado por Natalie Cascante, participa de esa diferencia. Fernández trabajó con la idea de que la ropa permitiera identificar la personalidad de cada una: Murillo representa una figura más madura, mientras Chaves encarna a la niña y trabaja una corporalidad más volátil.

La construcción corporal, además, fue uno de los procesos más exigentes para Murillo. Cuando recibió el texto después de la audición, descubrió que podía memorizarlo, pero no necesariamente conseguir que las palabras salieran.
“Todo el texto está en mi cabeza, solo no sale y no sale y me trababa y era una batalla para que el texto saliera”, relató.

El trabajo terminó convirtiéndose en un proceso profundamente personal. Murillo describió la experiencia como una forma de mirarse al espejo, aceptar ciertas cosas y “pasarlo por el cuerpo”.

No se trata, sin embargo, de utilizar el teatro como sustituto de un proceso terapéutico. Esa frontera fue una de las preocupaciones del equipo. “Hay cosas en el teatro que pueden llegar a ser terapéuticas, pero el teatro no es terapia. Son muy diferentes”, subrayó Chaves.

Para la actriz, representar una historia de esta naturaleza exige una responsabilidad particular con las personas que han atravesado experiencias similares. La intención no es revictimizar ni utilizar el dolor ajeno como materia para intensificar la escena.

“Es un discurso lo que estamos poniendo en el escenario. Son discursos a través de nuestros cuerpos”, explicó. “También siento que el abordaje debe ser muy sensible y muy responsable con respecto a quiénes les quiero hablar, qué quiero decir y cómo puedo honrar también sus historias y vivencias”.

Investigación y psicoeducación​


La preparación del montaje no se limitó al análisis dramático. Antes de presentar el proyecto, Fernández realizó una investigación sobre el tema y, posteriormente, junto con las intérpretes, desarrollaron talleres de psicoeducación.

El trabajo se concentró en las repercusiones del abuso en la infancia y en la manera en que determinadas señales o conductas pueden manifestarse cuando una niña o un niño atraviesa una situación de violencia.
Chaves explicó que parte del trabajo consistió en comprender qué sucede cuando esas consecuencias permanecen y pueden trasladarse a la vida adulta.

“Hablábamos mucho como las señales, como cuando un niño, digamos, hay sospechas de que algo le está pasando, llega a la escuela y no habla con nadie”, señaló.

También trabajaron sobre la despersonalización y sobre la relación entre las dos figuras escénicas, entendidas como diferentes pero pertenecientes a una misma persona.

Fernández confirmó que se realizaron talleres específicamente de psicoeducación para abordar “las repercusiones, las conductas, las señales” que pueden presentar niñas y niños que atraviesan situaciones de violencia.
El proyecto cuenta además con acompañamiento académico de Elvia Amador y acompañamiento psicoeducativo de Abby Solórzano Castillo.

La música como personaje​


El tratamiento del tema no recae únicamente sobre el texto o las actuaciones. La música compuesta por Mariel Ximena Núñez fue concebida como una presencia que acompaña el recorrido mental de las protagonistas.

Fernández quería que el sonido permitiera escuchar aquello que sucede dentro de sus cabezas: pensamientos repetitivos, recuerdos, diferentes etapas de procesamiento.

Chaves plantea incluso que la música funciona como un personaje más. La canción “Periquito”, utilizada dentro de la obra, adquiere su propio recorrido y acompaña la experiencia de las intérpretes.

Así, el montaje articula tela, cuerpo, sonido, silencios e imágenes para hablar de aquello que permanece cuando aparentemente la violencia ya terminó. Todavía existo no está construida únicamente alrededor de una experiencia de abuso. Está construida alrededor de lo que viene después.

La puesta, según el Teatro Universitario, dirige la mirada hacia las personas que continúan viviendo tras la experiencia violenta y hacia la posibilidad de recuperar la voz. En ese sentido, el título no funciona únicamente como una declaración de supervivencia, sino como una afirmación de existencia que permite separar a la persona de aquello que le ocurrió.

La producción se presenta en el Teatro Universitario hasta el 13 de setiembre. Las funciones son jueves, viernes y sábado a las 7 p. m. y domingos a las 5 p. m. La entrada general tiene un costo de ₡7.000 y estudiantes con carné y personas ciudadanas de oro pagan ₡4.000. Habrá funciones con interpretación en LESCO el viernes 11 y sábado 12 de setiembre.

«Reconocer no significa regresar para siempre al dolor»​


Por Paulina Centeno Solís, estudiante de Psicología, Sede de Occidente, UCR

La obra ganadora del concurso Jóvenes Dirigiendo de la UCR, bajo adaptación de la obra nacional El Cristal de mi infancia y de la dirección de Josheline Fernández, aborda una realidad que muchas veces permanece escondida detrás de las puertas de una casa: el abuso sexual durante la infancia. A través de una puesta en escena que enlaza diferentes momentos de la vida de una mujer. La obra muestra cómo la niña que fue y la mujer que es siguen unidas por una historia que los años no lograron borrar. La infancia parece quedar atrás, como si el paso del tiempo fuera suficiente para poner ciertas cosas en su lugar, pero ¿qué tan lejos puede quedar algo que todavía aparece en el cuerpo, en los recuerdos y en la forma de habitar el mundo? Hay experiencias que no respetan esa distancia. Se quedan. A veces aparecen en la memoria y otras veces en aquello que el cuerpo recuerda, aunque la persona no tenga todas las palabras para explicarlo.

Desde el inicio, la historia está atravesada por quienes debieron haber representado hogar. Está la madre, señalada por haber permitido el abuso y por haber ignorado aquello que pasaba en su propia casa. La protagonista no solo fue violentada por su padre, también creció alrededor de un secreto que parecía tragarse todo lo que estaba pasando y su cuerpo, hablaba entre pesadillas, llanto y tartamudeos, se estaba expresando a gritos, aunque no pudiera convertir todo eso en una denuncia o en una explicación clara. Pero, ¿qué pasa cuando una niña da señales de que algo no está bien, pero las personas adultas a su alrededor no logran verlo? ¿Y qué pasa, peor aún, cuando sí lo ven, pero prefieren hacer caso omiso?

La obra hace que esas preguntas duelan especialmente en el enfrentamiento con la madre, porque la violencia también se sostiene alrededor de ese silencio, de aquello que se decidió no voltear a ver y en las palabras que nunca se dijeron. La niña queda atrapada entre quien la agrede y quienes deberían protegerla: la madre, que permitió e ignoró, y el padre, quien abusó constantemente de ella. Este último aparece asociado al cariño y al terror, al cuidado y al daño, y cómo ambas cosas pueden existir dentro de una misma historia. Y, por último, aparece un Dios al que la niña busca con desesperación en una oración infantil que poco a poco comienza a fragmentarse y a sobreponerse entre la niña y la mujer, hasta convertirse en el eco estruendoso de una infancia que buscaba una protección que nunca llegó.

La obra rompe con esa comodidad. Lo que sucede detrás de una puerta cerrada no deja de tener consecuencias porque ocurra dentro de una familia, y el silencio tampoco es neutral cuando una persona se está viendo afectada y nadie se atreve a hablar. Después de una sucesión de historias de niñas y mujeres abusadas, aparecen los primos, los tíos, los padres, los padrastros, los abuelos; las puertas cerradas y los secretos. La historia que nos venían contando comienza a encontrarse con muchas otras historias. Ya no parece una experiencia aislada, sino parte de algo que se repite de distintas maneras. Y entonces cuesta no preguntarse cuántas veces una violencia que se repite dentro de las familias termina tratándose como un caso particular, como una desgracia de una casa y no como un problema que nos atraviesa como sociedad.

Y cuando el abuso termina, la historia no lo hace. Lo que ocurrió sigue apareciendo en la mujer que creció, en sus vínculos, en su relación con los afectos y los cuerpos, pero también en la niña que todavía forma parte de ella. La mujer adulta carga con esa experiencia en sus relaciones, en el rechazo hacia aquello que se parece al cariño y en una sospecha que acompaña a sus vínculos. Son dos momentos de una misma vida que finalmente pueden encontrarse, la niña no desapareció cuando creció la mujer. Sigue ahí, no como alguien atrapada para siempre en el pasado, sino como parte de una historia que la adulta necesita mirar para poder comprenderse.

Al final, sin embargo, la mujer no queda definida únicamente por aquello que le pasó. Después de recorrer el terror, la violencia, la culpa y la memoria, aparece una afirmación sencilla pero profunda: “Yo todavía existo”. Existir después del abuso no significa negar lo que sucedió, pero tampoco significa quedar condenada a vivir para siempre dentro de ese momento. ¿Qué se transforma cuando una mujer puede ver a la niña que fue sin verla únicamente como víctima? ¿Qué queda de ella además del miedo?

Una niña que cantaba, jugaba, soñaba y buscaba mariposas. Queda una mujer que puede finalmente mirarla. Una que no tuvo que desaparecer para que la otra pudiera existir. La mujer que sobrevive lleva consigo a la niña que alguna vez tuvo miedo, pero también a aquella que existía antes, durante y después de la violencia.

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