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Gabriela Quiroz
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‘Prefiero mil veces estar sola que mal acompañada‘. La frase se repite cada vez más entre mujeres adultas en Quito. No como consuelo ni resignación, sino como una decisión consciente después de relaciones marcadas por el desgaste emocional, la desigualdad y la decepción. Elegir estar sola dejó de ser un estigma y empezó a vivirse como una forma de cuidado personal.
No se trata de rechazo al amor ni de una renuncia definitiva. Para muchas mujeres, elegir no tener pareja significa salirse del guion tradicional que equipara la vida en pareja con éxito, estabilidad o plenitud. Es una pausa -a veces indefinida- para priorizar la paz emocional, los proyectos personales y la autonomía.
En el debate contemporáneo aparece un concepto que resume esta mirada: descentrar a los hombres. Es decir, dejar de poner a las relaciones románticas y a la validación masculina como eje de la vida, sin que eso implique resentimiento o rechazo. Es un cambio de prioridades hacia el bienestar propio, las amistades y la realización personal.
Detrás de esta elección hay historias repetidas. Relaciones donde la reciprocidad emocional no existía, donde el engaño, las mentiras o la carga desigual se normalizaron. “Todos terminan haciendo alguna fregada en la relación”, resume Alejandra M., de 38 años.
A escala global, esta tendencia conecta con movimientos que cuestionan estructuras patriarcales y roles tradicionales, como el 4B en Corea del Sur o los debates sobre el celibato voluntario y la autonomía femenina en Europa y América Latina. En Ecuador, el contexto cultural machista y la normalización de la infidelidad aparecen como factores recurrentes en los testimonios.
Lo que muchas mujeres describen no es vacío, sino alivio. La ganancia principal es la paz. No estar en estado de alerta, no esperar mensajes, no justificar ausencias ni soportar mentiras. A eso se suma el control del tiempo, la posibilidad de viajar, dormir, trabajar y decidir sin negociar constantemente.
La independencia económica y emocional aparece como un pilar. Tener estudios, trabajo y redes de apoyo permite que la soledad no sea sinónimo de precariedad, sino de elección.
Alejandra, de 38 años, trabaja en una consultoría ambiental para una ONG canadiense. No habla desde la falta de oportunidades, sino desde la experiencia acumulada. “Ahora lo que yo busco es paz en todos los sentidos. No quiero estar con un hombre que no vaya con mi forma de pensar”.
Sus relaciones anteriores terminaron marcadas por engaños y mentiras. “A mí me han engañado y una mentira ya no permitía. Ya no estamos en edad de aceptar migajas. Es todo o nada”. Esa vigilancia constante terminó por desgastarla. Hoy, su rutina gira alrededor de su trabajo, el gimnasio, sus amigas, su familia y su tiempo. “Prefiero mil veces estar sola que mal acompañada”.
Alejandra no descarta que existan hombres distintos, pero no está dispuesta a sacrificar la tranquilidad que hoy siente. “La paz que uno tiene actualmente no la cambiaría”.
Isabel vive sola desde hace 15 años. Tiene 36 años. Viaja, disfruta de su soltería y tiene un negocio propio. No cerró la puerta al amor, pero sí a los vínculos que no cumplen con mínimos emocionales y ponen en juego sus valores. “Tengo muchos no negociables”, dice, en especial en un contexto donde -según su experiencia- la carga emocional de las relaciones sigue recayendo en las mujeres.
“Descubrí la paz, la tranquilidad, lo bacán que es no despertarme pensando en absolutamente nadie”, cuenta. Esa paz convive con la presión social. Ir sola a matrimonios, responder preguntas familiares o enfrentar prejuicios sigue siendo incómodo.
Paradójicamente, muchas veces el reconocimiento llega desde las mujeres casadas. “Mis amigas me dicen: qué rico cómo vives, qué rico que no tengas que lidiar con esto”. Isabel lo tiene claro: “Solo estoy dispuesta a perder esta tranquilidad con alguien que realmente valga la pena”.
Aunque cada vez más mujeres eligen vivir sin pareja, los prejuicios persisten. Después de los 30, la soltería femenina aún se asocia con fracaso, inmadurez, orientación sexual o ‘se quedó en la percha’. Isabel lo dice sin rodeos: muchos asumen que algo anda mal o que su vida amorosa ya se cerró.
En Quito, Isabel añade que la infidelidad masculina sigue estando socialmente normalizada y que muchas relaciones reproducen un machismo cotidiano. A eso se suma -dice- la falta de autonomía de hombres adultos, aún dependientes de su mamá, lo que termina involucrando a terceros en decisiones de pareja.
Alejandra añade otra capa: el impacto que ciertas actitudes tienen sobre la autoestima. En una relación pasada, quedarse sin trabajo la expuso a comentarios que la marcaron. “¿En qué momento mi pareja se convirtió en mi verdugo?”, se pregunta. Para ambas, estas experiencias explican por qué, pese a la presión social, elegir la paz antes que una relación desigual se vuelve una decisión coherente.
El psicólogo Martín Negrete plantea que la clave está en no confundir la soledad elegida con el aislamiento. “No hablamos de tristeza ni de abandono, sino de una soledad consciente”, en la que las mujeres priorizan su salud mental, sus proyectos y su bienestar emocional.
Negrete reconoce que el cansancio emocional y las experiencias previas influyen en esta decisión, especialmente en contextos culturales donde el machismo sigue presente. Sin embargo, advierte sobre los extremos: cuando la elección de estar sola deriva en encierro, miedo a vincularse o rechazo total a pedir ayuda, puede convertirse en una carga emocional.
“La soledad es saludable cuando se disfruta y no se padece”, resume. El equilibrio, señala, está en mantener redes, vínculos y apoyo, sin que la autonomía se transforme en aislamiento.
Finalmente elegir estar sola no es una huida ni una moda pasajera. Es una respuesta lúcida a vínculos que no cuidan, a mandatos que pesan y a relaciones que dejaron de ser refugio. En Quito, cada vez más mujeres están redefiniendo el amor desde un lugar distinto: primero la paz, luego -si llega- la pareja. No porque no quieran compartir la vida, sino porque ya no están dispuestas a perderse en el intento.
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¿Qué significa para las mujeres solteras?
No se trata de rechazo al amor ni de una renuncia definitiva. Para muchas mujeres, elegir no tener pareja significa salirse del guion tradicional que equipara la vida en pareja con éxito, estabilidad o plenitud. Es una pausa -a veces indefinida- para priorizar la paz emocional, los proyectos personales y la autonomía.
En el debate contemporáneo aparece un concepto que resume esta mirada: descentrar a los hombres. Es decir, dejar de poner a las relaciones románticas y a la validación masculina como eje de la vida, sin que eso implique resentimiento o rechazo. Es un cambio de prioridades hacia el bienestar propio, las amistades y la realización personal.
Las razones: vínculos desiguales y cansancio emocional
Detrás de esta elección hay historias repetidas. Relaciones donde la reciprocidad emocional no existía, donde el engaño, las mentiras o la carga desigual se normalizaron. “Todos terminan haciendo alguna fregada en la relación”, resume Alejandra M., de 38 años.
A escala global, esta tendencia conecta con movimientos que cuestionan estructuras patriarcales y roles tradicionales, como el 4B en Corea del Sur o los debates sobre el celibato voluntario y la autonomía femenina en Europa y América Latina. En Ecuador, el contexto cultural machista y la normalización de la infidelidad aparecen como factores recurrentes en los testimonios.
Lo que se gana: paz, libertad y control del tiempo
Lo que muchas mujeres describen no es vacío, sino alivio. La ganancia principal es la paz. No estar en estado de alerta, no esperar mensajes, no justificar ausencias ni soportar mentiras. A eso se suma el control del tiempo, la posibilidad de viajar, dormir, trabajar y decidir sin negociar constantemente.
La independencia económica y emocional aparece como un pilar. Tener estudios, trabajo y redes de apoyo permite que la soledad no sea sinónimo de precariedad, sino de elección.
Dos historias de soledad elegida en Quito
Alejandra: ‘Lo que busco es paz en todos los sentidos’
Alejandra, de 38 años, trabaja en una consultoría ambiental para una ONG canadiense. No habla desde la falta de oportunidades, sino desde la experiencia acumulada. “Ahora lo que yo busco es paz en todos los sentidos. No quiero estar con un hombre que no vaya con mi forma de pensar”.
Sus relaciones anteriores terminaron marcadas por engaños y mentiras. “A mí me han engañado y una mentira ya no permitía. Ya no estamos en edad de aceptar migajas. Es todo o nada”. Esa vigilancia constante terminó por desgastarla. Hoy, su rutina gira alrededor de su trabajo, el gimnasio, sus amigas, su familia y su tiempo. “Prefiero mil veces estar sola que mal acompañada”.
Alejandra no descarta que existan hombres distintos, pero no está dispuesta a sacrificar la tranquilidad que hoy siente. “La paz que uno tiene actualmente no la cambiaría”.
Isabel: ‘No soy de las que hago las cosas por presión social’
Isabel vive sola desde hace 15 años. Tiene 36 años. Viaja, disfruta de su soltería y tiene un negocio propio. No cerró la puerta al amor, pero sí a los vínculos que no cumplen con mínimos emocionales y ponen en juego sus valores. “Tengo muchos no negociables”, dice, en especial en un contexto donde -según su experiencia- la carga emocional de las relaciones sigue recayendo en las mujeres.
“Descubrí la paz, la tranquilidad, lo bacán que es no despertarme pensando en absolutamente nadie”, cuenta. Esa paz convive con la presión social. Ir sola a matrimonios, responder preguntas familiares o enfrentar prejuicios sigue siendo incómodo.
Paradójicamente, muchas veces el reconocimiento llega desde las mujeres casadas. “Mis amigas me dicen: qué rico cómo vives, qué rico que no tengas que lidiar con esto”. Isabel lo tiene claro: “Solo estoy dispuesta a perder esta tranquilidad con alguien que realmente valga la pena”.
Lo que muestran las cifras de mujeres solteras
- 16,6% de los hogares en Ecuador son unipersonales, frente a 12,1% en 2010. En Quito, el porcentaje ronda el 18% (INEC, Censo 2022).
- 38,5% de los hogares tienen jefa mujer, frente al 25,4% en 2001 (INEC). En Quito, 37,7% de hogares son encabezados por mujeres.
- En 2024, la edad promedio de matrimonio en mujeres fue de 31 años, frente a 25 en 2007.
- 66% de mujeres en Ecuador, en promedio, buscó propiedades, entre enero y noviembre del 2025 (intención de compra), frente a 68% en 2024, según el perfil de usuarios de Plusvalía.
- 6 de cada 10 mujeres en Ecuador han sufrido algún tipo de violencia (INEC).
- El tamaño promedio del hogar bajó de 4,2 personas en 2001 a 3,2 en 2022.
- 1 021 711 mujeres en Ecuador desde los 24 años en adelante cuentan con un título académico post-bachillerato (35%) frente a 809 501 hombres (28%).
¿Qué dice la sociedad? Mandatos culturales en disputa
Aunque cada vez más mujeres eligen vivir sin pareja, los prejuicios persisten. Después de los 30, la soltería femenina aún se asocia con fracaso, inmadurez, orientación sexual o ‘se quedó en la percha’. Isabel lo dice sin rodeos: muchos asumen que algo anda mal o que su vida amorosa ya se cerró.
En Quito, Isabel añade que la infidelidad masculina sigue estando socialmente normalizada y que muchas relaciones reproducen un machismo cotidiano. A eso se suma -dice- la falta de autonomía de hombres adultos, aún dependientes de su mamá, lo que termina involucrando a terceros en decisiones de pareja.
Alejandra añade otra capa: el impacto que ciertas actitudes tienen sobre la autoestima. En una relación pasada, quedarse sin trabajo la expuso a comentarios que la marcaron. “¿En qué momento mi pareja se convirtió en mi verdugo?”, se pregunta. Para ambas, estas experiencias explican por qué, pese a la presión social, elegir la paz antes que una relación desigual se vuelve una decisión coherente.
Lo psicológico: entre la autonomía y el riesgo del aislamiento
El psicólogo Martín Negrete plantea que la clave está en no confundir la soledad elegida con el aislamiento. “No hablamos de tristeza ni de abandono, sino de una soledad consciente”, en la que las mujeres priorizan su salud mental, sus proyectos y su bienestar emocional.
Negrete reconoce que el cansancio emocional y las experiencias previas influyen en esta decisión, especialmente en contextos culturales donde el machismo sigue presente. Sin embargo, advierte sobre los extremos: cuando la elección de estar sola deriva en encierro, miedo a vincularse o rechazo total a pedir ayuda, puede convertirse en una carga emocional.
“La soledad es saludable cuando se disfruta y no se padece”, resume. El equilibrio, señala, está en mantener redes, vínculos y apoyo, sin que la autonomía se transforme en aislamiento.
Finalmente elegir estar sola no es una huida ni una moda pasajera. Es una respuesta lúcida a vínculos que no cuidan, a mandatos que pesan y a relaciones que dejaron de ser refugio. En Quito, cada vez más mujeres están redefiniendo el amor desde un lugar distinto: primero la paz, luego -si llega- la pareja. No porque no quieran compartir la vida, sino porque ya no están dispuestas a perderse en el intento.
- Enlace externo: ¿Qué es celibato?
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