Álvaro Ramos: un hombre culto

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Laura Martínez Quesada

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Muchos aducirán: “a mí no me interesa tener a un presidente culto, sino a un individuo que sepa gobernar, administrar la res publica y liderar al país hacia un futuro mejor”. En suma: eficiencia más que cultura. Lo que estos opinadores no entienden es que no se puede lograr nada de lo que ellos esperan si no es desde una sólida y prominente plataforma cultural. La cultura ve mucho más allá que la burocracia, la administración, la política, los juegos de poder, la eficiencia monda y lironda. Nadie puede ser realmente eficiente en área alguna del saber si no es, en primerísimo lugar, una persona culta.

Les propongo una metáfora. Estamos en plena representación de una ópera. El especialista, el tecnócrata, el burócrata glorificado ocupa el lugar del “soplador”, esto es, el hueco, sobre el proscenio, cubierto por una concha de metal, donde un pobre hombre, desde la clandestinidad, sigue en silencio un libreto, para “soplarle” a un actor su parlamento, si este sufriese algún bache de memoria. Este individuo tiene la mejor vista concebible de los pies de los actores y cantantes. Lo sabe todo con respecto a sus calzados, uñas, medias… y aún sobre el olor de todas esas extremidades que corren de un lado a otro en los grandes momentos teatrales que movilizan a multitudes insurrectas o corps de danse compuestos por docenas de libélulas balletísticas. Pero su visión, focal, puntual, especializada, discriminante, no alcanza ni remotamente a abarcar la totalidad del panorama escénico. ¿Quién goza de este privilegio? Quizás los ocupantes del palco presidencial, asientos panópticos desde los que se puede ver confortablemente todo cuanto sucede en la escena.

La variopinta fauna que nos ofrecen las elecciones del próximo domingo se compone, casi exclusivamente, de “sopladores”, criaturas que viven ahí, agazapadas en su habitáculo de lata, y dialogan estúpidamente con los pies de mil actores, cantantes, bailarines y figurantes. Carecen de la visión comprensiva, integradora y exhaustiva de la situación que atraviesa el país. No son personas cultas: son tecnócratas de sus respectivas porciúnculas del conocimiento. Todos menos uno: Álvaro Ramos. Este hombre llano, noble, bien nacido, decente, es un hombre culto. Tuve la oportunidad de hablar con él, y discurrió en torno a Kafka, Tolstoy, Dostoievski y Joyce con presteza, solvencia, agilidad y sin un ápice de pretensión. Se desliza sobre ellos como un bailarín sobre una pista de hielo. Los conoce profunda, entrañablemente. Eso no puede ser dicho de ninguno de sus contendientes. De hecho, me ha asombrado el nivel cultural burdamente peatonal de algunos de ellos. Creo con convicción profunda que el presidente más culto que Costa Rica ha tenido es Oscar Arias. Un hombre que escucha la integral de las treinta y dos sonatas para piano de Beethoven en la versión de Alfred Brendel. Que ha leído la obra completa de Ortega y Gasset. Que tararea el melancólicamente arcaico tema del corno inglés de la Sinfonía de César Franck. Que ama la pintura renacentista y ha gastado su vida explorando la obra de Mantegna, autor muy cercano a su corazón. Ese es Oscar Arias, para aquellos que quizás solo lo conozcan por su premio Nobel y sus dos períodos al frente de los destinos de la patria. Pero después de Oscar Arias, Álvaro Ramos, hombre de apenas cuarenta y dos años de edad, es el político más culto, intelectualmente más ávido, y la inteligencia mejor labrada y esculpida de nuestro país. Y sí, yo soy de los que creo que un presidente debe ser una persona culta. Creo en ello como creo que en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos.

La persona culta tiene un horizonte espiritual más dilatado que el mero político de turno. Entiende mejor las cosas porque sabe ubicarlas en sus vastos y complejos contextos. Establece entre ellas profundas relaciones que pasan inadvertidas para los profanos. Ve mucho más allá de los lugares comunes, de los prejuicios, de las ideas recibidas. Todo lo cuestiona y lo valora. Su cultura le permite ejercer un espíritu crítico mucho más aguzado que el del “bárbaro especialista” (Ortega y Gasset). Cuando activa esas capacidades privilegiadas, bendecidas, que llamamos “elegir”, “decidir”, “juzgar”, lo hará armado de un instrumental teórico y de una visión de mundo que incrementarán inmensamente sus posibilidades de acertar, o bien minimizarán esa facultad inherentemente humana que llamamos “errar”. Álvaro tiene una comprensión del alma humana infinitamente más honda y tamizada que la de sus contrincantes: ha abrevado para ello en los más puros hontanares: Cervantes, Dante, Beethoven, Monet, Camus, todos ellos, audaces espeleólogos de la psique y la naturaleza humana. Conoce al ser humano en profundidad, y con ello conoce también el alma colectiva y multiforme de la nación que se apresta a gobernar. Sí, ya lo creo que es importante ser culto para liderar a un país. Inmensa, tremenda, insoslayablemente importante.

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