I
Indhira Londoño
Guest
Me preguntaron mi opinión sobre lo ocurrido en el Ministerio de Educación. Y aquí está.
Como siempre, es simplemente una opinión. Usted puede estar de acuerdo, puede discrepar, puede pensar que estoy equivocada o incluso puede molestarse.
Todo eso está bien.
No pretendo que todos piensen como yo. De hecho, si después de leer esto usted se queda pensando, cuestionando, contradiciendo o incluso discutiendo consigo mismo, entonces el texto ya cumplió una función.
Porque una opinión no tiene que conseguir unanimidad.
A veces basta con provocar una pregunta.
Y si algo nos hace pensar, aunque sea para llevarnos la contraria, ya consiguió algo que el silencio difícilmente consigue.
Ahora sí, vamos al asunto.
¿Y ahora qué celebramos?
Porque he visto celebraciones, mensajes de satisfacción y expresiones de victoria.
Y yo me pregunto, con toda sinceridad:
¿Qué ganamos?
Sí, una persona salió del cargo.
Sí, ya hay un nuevo ministro.
Pero seamos honestos: ¿qué parte de esa decisión estuvo realmente en nuestras manos?
¿Quién decidió la salida?
¿Quién decidió el nombramiento?
¿Quién tiene la potestad de hacer esos cambios?
Nosotros no.
Y ahí está, para mí, la parte incómoda de esta historia.
Podemos sentir satisfacción por una salida. Podemos considerar que era necesaria. Podemos tener esperanza con quien llega.
Todo eso es legítimo.
Pero una cosa es celebrar un cambio y otra muy distinta es llamarlo una victoria.
Porque una victoria supone que algo se consiguió.
Y entonces la pregunta es: ¿qué conseguimos nosotros?
¿Tenemos ahora mayor capacidad para decidir quién dirige la educación?
No.
¿Tenemos garantizado que el nuevo ministro resolverá los problemas que enfrenta el sistema?
Tampoco.
¿Sabemos cuáles serán sus resultados?
Todavía no.
Entonces, quizá estamos celebrando una posibilidad.
Y las posibilidades pueden generar esperanza, pero todavía no son resultados.
Aquí tenemos una costumbre bastante curiosa: celebrar el anuncio antes de conocer el resultado.
Es como abrir el champán porque cambiaron al jugador sin haber terminado el partido.
Muy entusiastas nosotros.
A veces hasta celebramos el tráiler antes de ver la película.
Pero la educación no necesita tráileres.
Necesita resultados.
Por eso creo que deberíamos bajar un poco el volumen de la celebración y subir el de la reflexión.
Porque los problemas siguen allí.
Las escuelas siguen allí.
Los docentes siguen allí.
Los estudiantes siguen allí.
Y ahora también está allí un nuevo ministro, que tendrá que demostrar qué puede hacer.
No sería justo condenarlo antes de comenzar.
Pero tampoco sería sensato convertirlo en salvador antes de que produzca resultados.
Ni héroe ni villano: primero, resultados.
Y aquí llegamos al punto que considero verdaderamente importante.
Tal vez el problema no sea solamente quién ocupa el Ministerio.
Tal vez deberíamos preguntarnos por qué quienes vivimos la educación desde las aulas tenemos una participación tan limitada en la decisión sobre quién conduce esa educación.
Porque mientras la designación del ministro dependa de las decisiones políticas del gobierno de turno, nosotros seguiremos esperando.
Esperando quién llega.
Esperando qué propone.
Esperando qué decide.
Esperando si funciona.
Y, eventualmente, esperando su salida.
Así podemos pasar años cambiando personas mientras los problemas desarrollan una admirable estabilidad laboral.
Uno entra.
Uno sale.
Nosotros celebramos.
Después protestamos.
Luego esperamos.
Y la educación sigue esperando que alguien la convierta en prioridad.
Por eso, si me preguntan cuál sería para mí una verdadera victoria, la respuesta es sencilla:
Que los educadores tengamos una participación real en la construcción y conducción de la política educativa.
Que la educación tenga continuidad más allá del gobierno de turno.
Que existan criterios técnicos, transparencia y mecanismos de evaluación.
Que quienes conocemos las aulas tengamos una voz que no aparezca únicamente cuando hay una protesta.
Eso sí sería un avance.
Eso sí sería algo que podríamos celebrar.
Porque cambiar de ministro puede ser una decisión política.
Pero transformar la manera en que se conduce la educación sería una conquista institucional.
Y esa diferencia importa.
Ahora bien, ¿qué viene?
No lo sabemos.
Y precisamente por eso hay que observar.
Que el nuevo ministro demuestre.
Que trabaje.
Que escuche.
Que resuelva.
Que rinda cuentas.
Y si lo hace bien, habrá razones para celebrar.
Pero, si no lo hace, tampoco podemos convertir la próxima renuncia en nuestra nueva fiesta nacional.
Porque si cada cambio de ministro termina siendo presentado como una victoria, corremos el riesgo de confundir movimiento con avance.
Y no todo lo que se mueve avanza.
A veces solamente cambia de lugar.
Así que yo no voy a celebrar todavía.
No porque esté en contra de nadie.
No porque defienda a quien salió.
Ni porque tenga nada personal contra quien llega.
Simplemente porque prefiero esperar a tener algo concreto que celebrar.
La esperanza puede recibir al nuevo ministro; la evidencia será la que decida si merece nuestro aplauso.
Mientras tanto, observemos.
Preguntemos.
Exijamos.
Y, sobre todo, recordemos.
Porque quizá la verdadera victoria no sea conseguir que un ministro se vaya.
Quizá la verdadera victoria sea dejar de depender exclusivamente de quien decide desde arriba para empezar a construir, desde las aulas y con participación de la comunidad educativa, una política educativa con rumbo, continuidad y visión de Estado.
Así que sí: renunció, la renunciaron y ya tenemos un nuevo ministro.
Perfecto.
Ahora empieza el verdadero examen.
Y esta vez no hay razón para celebrar antes de conocer la nota.
Porque, en educación, cambiar al que dirige no garantiza que haya mejorado la educación.
La verdadera celebración debería llegar después de los resultados.
No antes.
La autora es profesora de filosofía.
Sigue leyendo...
Como siempre, es simplemente una opinión. Usted puede estar de acuerdo, puede discrepar, puede pensar que estoy equivocada o incluso puede molestarse.
Todo eso está bien.
No pretendo que todos piensen como yo. De hecho, si después de leer esto usted se queda pensando, cuestionando, contradiciendo o incluso discutiendo consigo mismo, entonces el texto ya cumplió una función.
Porque una opinión no tiene que conseguir unanimidad.
A veces basta con provocar una pregunta.
Y si algo nos hace pensar, aunque sea para llevarnos la contraria, ya consiguió algo que el silencio difícilmente consigue.
Ahora sí, vamos al asunto.
¿Y ahora qué celebramos?
Porque he visto celebraciones, mensajes de satisfacción y expresiones de victoria.
Y yo me pregunto, con toda sinceridad:
¿Qué ganamos?
Sí, una persona salió del cargo.
Sí, ya hay un nuevo ministro.
Pero seamos honestos: ¿qué parte de esa decisión estuvo realmente en nuestras manos?
¿Quién decidió la salida?
¿Quién decidió el nombramiento?
¿Quién tiene la potestad de hacer esos cambios?
Nosotros no.
Y ahí está, para mí, la parte incómoda de esta historia.
Podemos sentir satisfacción por una salida. Podemos considerar que era necesaria. Podemos tener esperanza con quien llega.
Todo eso es legítimo.
Pero una cosa es celebrar un cambio y otra muy distinta es llamarlo una victoria.
Porque una victoria supone que algo se consiguió.
Y entonces la pregunta es: ¿qué conseguimos nosotros?
¿Tenemos ahora mayor capacidad para decidir quién dirige la educación?
No.
¿Tenemos garantizado que el nuevo ministro resolverá los problemas que enfrenta el sistema?
Tampoco.
¿Sabemos cuáles serán sus resultados?
Todavía no.
Entonces, quizá estamos celebrando una posibilidad.
Y las posibilidades pueden generar esperanza, pero todavía no son resultados.
Aquí tenemos una costumbre bastante curiosa: celebrar el anuncio antes de conocer el resultado.
Es como abrir el champán porque cambiaron al jugador sin haber terminado el partido.
Muy entusiastas nosotros.
A veces hasta celebramos el tráiler antes de ver la película.
Pero la educación no necesita tráileres.
Necesita resultados.
Por eso creo que deberíamos bajar un poco el volumen de la celebración y subir el de la reflexión.
Porque los problemas siguen allí.
Las escuelas siguen allí.
Los docentes siguen allí.
Los estudiantes siguen allí.
Y ahora también está allí un nuevo ministro, que tendrá que demostrar qué puede hacer.
No sería justo condenarlo antes de comenzar.
Pero tampoco sería sensato convertirlo en salvador antes de que produzca resultados.
Ni héroe ni villano: primero, resultados.
Y aquí llegamos al punto que considero verdaderamente importante.
Tal vez el problema no sea solamente quién ocupa el Ministerio.
Tal vez deberíamos preguntarnos por qué quienes vivimos la educación desde las aulas tenemos una participación tan limitada en la decisión sobre quién conduce esa educación.
Porque mientras la designación del ministro dependa de las decisiones políticas del gobierno de turno, nosotros seguiremos esperando.
Esperando quién llega.
Esperando qué propone.
Esperando qué decide.
Esperando si funciona.
Y, eventualmente, esperando su salida.
Así podemos pasar años cambiando personas mientras los problemas desarrollan una admirable estabilidad laboral.
Uno entra.
Uno sale.
Nosotros celebramos.
Después protestamos.
Luego esperamos.
Y la educación sigue esperando que alguien la convierta en prioridad.
Por eso, si me preguntan cuál sería para mí una verdadera victoria, la respuesta es sencilla:
Que los educadores tengamos una participación real en la construcción y conducción de la política educativa.
Que la educación tenga continuidad más allá del gobierno de turno.
Que existan criterios técnicos, transparencia y mecanismos de evaluación.
Que quienes conocemos las aulas tengamos una voz que no aparezca únicamente cuando hay una protesta.
Eso sí sería un avance.
Eso sí sería algo que podríamos celebrar.
Porque cambiar de ministro puede ser una decisión política.
Pero transformar la manera en que se conduce la educación sería una conquista institucional.
Y esa diferencia importa.
Ahora bien, ¿qué viene?
No lo sabemos.
Y precisamente por eso hay que observar.
Que el nuevo ministro demuestre.
Que trabaje.
Que escuche.
Que resuelva.
Que rinda cuentas.
Y si lo hace bien, habrá razones para celebrar.
Pero, si no lo hace, tampoco podemos convertir la próxima renuncia en nuestra nueva fiesta nacional.
Porque si cada cambio de ministro termina siendo presentado como una victoria, corremos el riesgo de confundir movimiento con avance.
Y no todo lo que se mueve avanza.
A veces solamente cambia de lugar.
Así que yo no voy a celebrar todavía.
No porque esté en contra de nadie.
No porque defienda a quien salió.
Ni porque tenga nada personal contra quien llega.
Simplemente porque prefiero esperar a tener algo concreto que celebrar.
La esperanza puede recibir al nuevo ministro; la evidencia será la que decida si merece nuestro aplauso.
Mientras tanto, observemos.
Preguntemos.
Exijamos.
Y, sobre todo, recordemos.
Porque quizá la verdadera victoria no sea conseguir que un ministro se vaya.
Quizá la verdadera victoria sea dejar de depender exclusivamente de quien decide desde arriba para empezar a construir, desde las aulas y con participación de la comunidad educativa, una política educativa con rumbo, continuidad y visión de Estado.
Así que sí: renunció, la renunciaron y ya tenemos un nuevo ministro.
Perfecto.
Ahora empieza el verdadero examen.
Y esta vez no hay razón para celebrar antes de conocer la nota.
Porque, en educación, cambiar al que dirige no garantiza que haya mejorado la educación.
La verdadera celebración debería llegar después de los resultados.
No antes.
La autora es profesora de filosofía.
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