B
Boris Gongora
Guest
Como la gota que horada la piedra, lenta y permanentemente, así se pierde la confianza en las creencias. Superar el ciclo dictatorial fue arduo y difícil. El discurso, que el pueblo no sabía gobernar y los predestinados para ello eran los militares, caló hondo en algunas mentes. En cuatro años (1978-82) tuvimos trece presidentes; al final se impuso el juego democrático. La lucha tuvo un alto costo: líderes como Marcelo Quiroga Santa Cruz y Luis Espinal, asesinados, organizaciones políticas divididas y debilitadas, organizaciones sociales agotadas. Cuando Hernán Siles Zuazo tomó el poder, después de ganar tres elecciones, sobre su cabeza pendía la amenaza del congreso opositor, el garrote militar y la inflación, en fin, estaba acorralado. Con la experiencia del plan de estabilización monetaria (1956), podría haber adoptado medidas radicales como el no pago de la deuda externa, ilegítima y amoral, pero prefirió lidiar con los gremios repartiendo lo poco que quedaba.
Derrotado el campo popular, por acción u omisión, se impuso el modelo neoliberal. No sólo fueron relocalizados 35.000 mineros y 60.000 fabriles, sino fueron borrados de la toma de decisiones políticas; ese rol se les adjudicaba a los partidos políticos; los sindicatos debían trabajar y entenderse con los patrones. El modelo importado no cuajaba en Bolivia, así que se tuvieron que ensayar normas para inventar partidos: cursillos, financiamiento a los partidos, estatutos para que no haya dueños y sean democráticos, diputados uninominales, burocracia estable (servicio civil) y reforma judicial (Ley Blattman), etc. Pero los partidos no se enderezaban, perdieron su visión de futuro sin ideologías políticas; se ocupaban del presente, lograban el poder para asegurar el futuro personal. Mientras tanto el pueblo aprendía a sobrevivir, inventando el pan de cada día y renunciando a los derechos. Contra los dinosaurios surgieron nuevos populismos, UCS y CONDEPA, sorprendiendo con sus altas votaciones; muertos sus líderes, entraron al rebaño.
El descontento buscó otros cauces: surgieron cuatro grupos armados, se vinieron enfrentamientos violentos en Amayapampa, descontento que se extendió en la guerra del agua, los bloqueos en el altiplano y la guerra del gas (2003); la huida de Gonzalo Sánchez de Lozada fue la derrota de la clase política neoliberal. Se acabó un ciclo, expresándose en una crisis económica y la muerte política de los partidos tradicionales.
El nuevo ciclo iniciado el 2006 era un rabo de nube; deslumbrando una patria democrática, próspera y soberana, se elaboró una Constitución ideal para un futuro digno, se consolidaron varios derechos y se dio paso a la inclusión de los siempre marginados; creció el producto interno bruto, las exportaciones cada año batían récords -no había que preocuparse de que la acumulación favoreciera al sector privado-, se vertebró el país y mucho más. Sin embargo, nuestra democracia no cambió; el protagonista del proceso, el instrumento, se convirtió en partido -una vanguardia sin cuerpo- teniendo que batir con prácticas como el lawfare, fake news, etc.; al final se impuso la retórica del fraude y se puso en paréntesis el proceso de cambio.
Los últimos procesos electorales estuvieron precedidos de hechos que minan la democracia. Un tribunal electoral (TSE) permite el atropello de otro poder, que elimina e impone direcciones partidarias, quita personería a los partidos; cuando se presentaron estos problemas, el TSE ya había tomado una determinación; en su léxico ya había precluido. La ausencia de partidos democráticos se incentiva cuando se suprime la elección de primarias de los candidatos, provocándose una compra y venta de siglas; el resultado es que hoy no sabemos qué partido gobierna, si los que perdieron son la voz cantante del mismo.
En ese sentido la voz del ciudadano que confió en algo diferente, hoy se siente traicionado: cuando se endeuda al país, y prometieron no hacerlo, se dijo respetar lo conquistado, pero hoy el pan y el salario se les escapa entre los dedos. El caso de la gasolina basura, que golpea a todos, tiene muchas explicaciones y ninguna convence; al final se acepta que la compra fue mal hecha y no se muestra a los culpables. Una bandera del nuevo gobierno fue la lucha contra la corrupción, por lo que no puede haber mácula que ensombrezca la nueva gestión.
Finalmente, la bravuconada del vocero presidencial al llamar “sicariato sindical” al movimiento obrero es un despropósito que no ayuda en nada a solucionar un problema esencialmente salarial. Que algunos dirigentes tengan altas comisiones, tal vez; pero quien conoce los sueldos del poder ejecutivo, de las empresas estatales y las de carácter mixto, sabe que sobre ellos está la responsabilidad de los resultados y nunca rinden cuentas.
¡Democráticos, pero no de esta manera!
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Derrotado el campo popular, por acción u omisión, se impuso el modelo neoliberal. No sólo fueron relocalizados 35.000 mineros y 60.000 fabriles, sino fueron borrados de la toma de decisiones políticas; ese rol se les adjudicaba a los partidos políticos; los sindicatos debían trabajar y entenderse con los patrones. El modelo importado no cuajaba en Bolivia, así que se tuvieron que ensayar normas para inventar partidos: cursillos, financiamiento a los partidos, estatutos para que no haya dueños y sean democráticos, diputados uninominales, burocracia estable (servicio civil) y reforma judicial (Ley Blattman), etc. Pero los partidos no se enderezaban, perdieron su visión de futuro sin ideologías políticas; se ocupaban del presente, lograban el poder para asegurar el futuro personal. Mientras tanto el pueblo aprendía a sobrevivir, inventando el pan de cada día y renunciando a los derechos. Contra los dinosaurios surgieron nuevos populismos, UCS y CONDEPA, sorprendiendo con sus altas votaciones; muertos sus líderes, entraron al rebaño.
El descontento buscó otros cauces: surgieron cuatro grupos armados, se vinieron enfrentamientos violentos en Amayapampa, descontento que se extendió en la guerra del agua, los bloqueos en el altiplano y la guerra del gas (2003); la huida de Gonzalo Sánchez de Lozada fue la derrota de la clase política neoliberal. Se acabó un ciclo, expresándose en una crisis económica y la muerte política de los partidos tradicionales.
El nuevo ciclo iniciado el 2006 era un rabo de nube; deslumbrando una patria democrática, próspera y soberana, se elaboró una Constitución ideal para un futuro digno, se consolidaron varios derechos y se dio paso a la inclusión de los siempre marginados; creció el producto interno bruto, las exportaciones cada año batían récords -no había que preocuparse de que la acumulación favoreciera al sector privado-, se vertebró el país y mucho más. Sin embargo, nuestra democracia no cambió; el protagonista del proceso, el instrumento, se convirtió en partido -una vanguardia sin cuerpo- teniendo que batir con prácticas como el lawfare, fake news, etc.; al final se impuso la retórica del fraude y se puso en paréntesis el proceso de cambio.
Los últimos procesos electorales estuvieron precedidos de hechos que minan la democracia. Un tribunal electoral (TSE) permite el atropello de otro poder, que elimina e impone direcciones partidarias, quita personería a los partidos; cuando se presentaron estos problemas, el TSE ya había tomado una determinación; en su léxico ya había precluido. La ausencia de partidos democráticos se incentiva cuando se suprime la elección de primarias de los candidatos, provocándose una compra y venta de siglas; el resultado es que hoy no sabemos qué partido gobierna, si los que perdieron son la voz cantante del mismo.
En ese sentido la voz del ciudadano que confió en algo diferente, hoy se siente traicionado: cuando se endeuda al país, y prometieron no hacerlo, se dijo respetar lo conquistado, pero hoy el pan y el salario se les escapa entre los dedos. El caso de la gasolina basura, que golpea a todos, tiene muchas explicaciones y ninguna convence; al final se acepta que la compra fue mal hecha y no se muestra a los culpables. Una bandera del nuevo gobierno fue la lucha contra la corrupción, por lo que no puede haber mácula que ensombrezca la nueva gestión.
Finalmente, la bravuconada del vocero presidencial al llamar “sicariato sindical” al movimiento obrero es un despropósito que no ayuda en nada a solucionar un problema esencialmente salarial. Que algunos dirigentes tengan altas comisiones, tal vez; pero quien conoce los sueldos del poder ejecutivo, de las empresas estatales y las de carácter mixto, sabe que sobre ellos está la responsabilidad de los resultados y nunca rinden cuentas.
¡Democráticos, pero no de esta manera!
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