¿Por cuánto tiempo la periferia apoyará el colón fuerte que la excluye?

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Laura Martínez Quesada

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El mapa de la elección de febrero es conocido: Laura Fernández ganó en primera vuelta gracias a los cantones costeros o fronterizos de Limón, Alajuela, Puntarenas y Guanacaste y a la mayoría de las zonas rurales. Menos conocido es el otro mapa, el laboral, que el INEC publicó semanas después: la Huetar Caribe tiene la peor ocupación del país (44%) y el mayor desempleo (10,6%); Chorotega y Brunca cargan la mayor presión laboral y el subempleo más alto. Los dos mapas están en el mismo territorio donde vive la misma gente. La periferia que votó masivamente por la continuidad es la periferia que las políticas económicas están dejando sin trabajo. La periferia poco tiene que agradecer directamente al vigor exportador de las zonas francas del centro del país.

El vínculo entre ambos mapas apunta a lo mismo: tipo de cambio. Desde junio de 2022 a la fecha el precio del dólar cayó 34%, de ¢698 a niveles de 2005. Pasada la pandemia y con el pleno despliegue de la reforma fiscal del 2018 ciertamente muchas incertidumbres se disiparon. Pero también alguna muy buena parte se debe a la política económica, más cuando pasa el tiempo.

La apreciación opera como un impuesto silencioso sobre las actividades que dan empleo en las costas y las fronteras: el agro exportador, el turismo, la industria. Los datos del Observatorio de la UNA dicen: el turismo perdió 9.643 empleos en un año pese a un récord de visitación; la manufactura, 38.000 puestos; TicoFrut despidió a 600 trabajadores en junio. Y el daño no se ve en el desempleo -que luce bajo- sino donde importa: la participación laboral cayó a 54%, con 117.000 personas más fuera de la fuerza de trabajo en un año, la mayor parte de ellas mujeres. No están desempleadas; desaparecieron de la estadística.

¿Por qué la periferia vota por el régimen económico que la excluye? Porque el impuesto cambiario es invisible: no tiene autor legible ni recibo. Lo que sí se ve, cada semana, es que los precios no suben; es barato comprar en Temu, Shein o cajas no reclamadas en Amazon, o ir la frontera a comprar algo quizá innecesario, o comprar algún bien durable marcado en dólares; la deflación se vive como alivio, aunque sea síntoma de una economía débil y aunque la inflación acumulada desde 2022 haya golpeado más a los hogares pobres (6,9%) que a los ricos (3,2%). Se ve también un desempleo de 6,7% que los titulares celebran. Y el enojo real -que existe y tiene causas materiales- fue capturado y redirigido: no contra la política que encarece producir en Guanacaste, sino contra los tribunales, la prensa y las universidades. El resultado es una democracia donde las víctimas de una política la sostienen electoralmente porque nadie les ha dicho, en su idioma, que su falta de oportunidades tiene explicación y responsables.

No es un fenómeno natural. El colón fuerte es hijo del éxito exportador de las zonas francas, sí, pero también de decisiones: endeudamiento externo que inyecta dólares algunos sin esterilización, una política monetaria más restrictiva de lo necesario. Mientras el Banco Central debe apurarse a comprar casi $630 millones en las primeras semanas del año, no baja la tasa de política monetaria para quitar incentivo a traer inversiones especulativas. El FMI tiene que reclasificar el régimen cambiario: ya no flota, administra. Si es política, es corregible por política.

El nuevo gobierno hereda la contradicción entera. Su base territorial exige resultados incompatibles con el régimen cambiario que su propia coalición administró. Tiene tres salidas: corregir el rumbo monetario-cambiario y la gestión de deuda; compensar a la periferia con inversión y reconversión productiva, con un espacio fiscal estrecho; o sostener el statu quo y administrar el enojo con más confrontación institucional. La tercera es la más barata hoy y la más cara mañana: un enojo material sin cauce económico siempre encuentra culpables, y ya sabemos a quiénes señala. Pero, ojo, pierde credibilidad por la estrechez fiscal y las promesas postergadas.

Pero si el gobierno se inclina por ampliar ingresos y se financia con el IVA, como receta el FMI, arriesga perder apoyo y quien quita sino hasta la fracción mayoritaria. Al menos el gobierno debería considerar una fuente de ingresos menos regresiva como la que plantea von Breymann (LN 6/7/2026): cobrar el impuesto de renta mínimo a grandes trasnacionales de los países que ya lo aprobaron (UE, Corea, Japón) y que lo pagarían si Costa Rica no lo reclama en esos sus países. También negociar con las empresas domiciliadas en EEUU el pago de un impuesto sobre la renta, deducible del pago del impuesto sobre la renta en los EEUU. Solo tendrían que pagar nuevos impuestos las empresas domiciliadas en Costa Rica que operan en zonas francas.

En los años ochenta, Costa Rica salió de una crisis mayor con pragmatismo: volver a la tierra, modernizar el agro, atraer inversión sin abandonar la producción para el mercado interno. Hoy hace falta esa misma heterodoxia frente a la avalancha de divisas: instrumentos nuevos, no dogmas viejos. Empezar es sencillo: reconocer que un país donde el éxito macroeconómico se mide en San José y el costo se paga en Limón no está teniendo éxito. Está partiéndose en dos, y ya votó partido en dos. ¿Seguirá asi indefinidamente?



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